La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO

OCHO

L os píxeles de la pantalla se habían desintegrado hasta no ser más que un espejismo en blanco y negro.

A su alrededor, la oficina bullía con el ajetreo de una investigación policial en sus primeras fases.

Sus compañeros se movían de un lado a otro, las preguntas y respuestas rebotaban por la sala y los teléfonos sonaban sin cesar.

Sonaban y callaban. Callaban y sonaban. Interminable, implacable.

Sin embargo, Tomek no oía ni veía nada de eso.

Su cuerpo y su mente estaban en otra parte, en un plano diferente, completamente ajenos al caótico ambiente.

Se sentía como en la escena de una película, mirando el ordenador con una expresión ausente y abobada mientras formas y borrones pasaban a toda velocidad en segundo plano y la cámara se acercaba lentamente a su cara.

Solo podía pensar en Nathan.

Nathan, Nathan, Nathan .

A partir de mañana, Nathan Burrows será un hombre libre.

La sola idea —la de ese hombre saliendo de la cárcel como un hombre libre— le daba ganas de vomitar.

Justo después de terminar de destrozar todo lo que tenía a la vista.

La única parte de su cuerpo que se movía era la pierna, que subía y bajaba con tanta fuerza, producto de la frustración, que chocaba con la parte inferior del escritorio, ignorando el dolor del afilado metal que se le clavaba en el músculo y la carne con cada impacto.

Agradecía el dolor.

Lo quería.

Se lo merecía.

—Sargento —dijo una voz lejana—, quería consultarte una cosa.

Él no respondió, siguió mirando la pantalla, ajeno a quién era o a lo que le decían. La mujer acercó una silla a su lado y colocó unos documentos sobre el escritorio. Le llegó un vago olor a perfume. Rachel, posiblemente. De hecho, lo más probable. Pero en ese momento, le daba igual.

—He estado leyendo el informe preliminar de Lorna y, mientras esperamos los resultados de la datación por carbono y del ADN, he pensado que sería buena idea… —Se interrumpió—. ¿Sargento? ¿Tomek?

Agitó una mano delante de su cara y lo trajo de vuelta al presente.

—Llamando a Tomek… ¿Estás ahí, sargento?

Frunciendo el ceño, le preguntó:

—¿Qué me preguntas?

—Iba a preguntarte si te parece buena idea que haga una búsqueda de desaparecidos desde principios de los noventa hasta hoy mientras esperamos a que lleguen los resultados de la datación por carbono y del posible ADN.

—¿Y por qué me lo preguntas a mí? Victoria está justo ahí…

Rachel ladeó la cabeza, confusa, y enarcó una ceja.

—Porque… —Se inclinó hacia él y bajó la voz—.

Porque ha sido ella la que ha sugerido limitarlo a la década de los dos mil, y he pensado en pedirte tu opinión antes de hacer nada que la moleste.

Ella y yo no siempre vemos las cosas de la misma manera.

Además, eres mi superior directo, así que no quiero que pienses que te estoy ninguneando o pasándome de la raya.

Tomek volvió a centrar su atención en la pantalla.

—Estoy ocupado. Ve a molestar a otro.

Rachel siguió su mirada, se detuvo un instante y luego se volvió hacia él. Ahora le tocaba a ella fruncir el ceño. No dijo nada. Dejó escapar un profundo suspiro de descontento mientras se levantaba de la silla, escenificando su enfado al apartarla bruscamente y arrebatar los documentos.

Antes de que pudiera volver a pensar en Nathan, su breve momento de respiro se vio interrumpido por una imponente figura que se le acercaba.

—¿Qué tal, compi? —dijo Sean, dándole una palmada en el hombro a Tomek—.

No es superimportante ni nada, pero me preguntaba si querías que comprara algo en la tienda para cenar esta noche.

Kasia ha cocinado estos últimos días y me siento culpable por haberla dejado hacerlo todo este tiempo.

—Se repantigó en la misma silla que había ocupado Rachel, como si estuviera en casa.

—¿Qué? —preguntó Tomek bruscamente.

—La cena de esta noche. Estaba pensando que podría preparar un buen estofado de ternera. O eso, o he oído que las pizzas frescas del Morrisons están de muerte. Podría coger un par de esas, unas salsas de ajo, y nos podríamos atiborrar de carbohidratos hasta reventar.

Tomek se le quedó mirando con cara de póker.

—Apañaoslas vosotros dos.

—¿Qué? ¿Qué se supone que significa eso?

Tomek se levantó de la silla de un salto, cogió sus cosas y se marchó hecho una furia.

—¿Adónde vas? ¿No te gusta la idea de mi estofado de ternera? ¡Puedo cambiarlo si quieres!