La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO

SIETE

M enos de una hora después, Tomek encontró a Lorna Dean en la morgue, vestida con su uniforme completo, la cabeza inclinada sobre una mesa mientras inspeccionaba la pila de huesos descubiertos en el lugar del crimen.

Un foco brillante le iluminaba el pelo rojo y lo hacía refulgir como si estuviera en llamas.

—¿Tienes el número de los bomberos? —preguntó Tomek en broma—. O, mientras tanto, ¿puedes decirme dónde está el extintor más cercano? —Levantó las manos para protegerse los ojos del resplandor.

—Vaya, mira lo que ha traído la tormenta —dijo Lorna, levantando la vista de la mesa de acero inoxidable—. Pensaba que estarías rescatando perros en la playa.

—Perros, gatos, humanos…, no discrimino. Aunque probablemente lo haría si se tratara de un murciélago.

Lorna apoyó las manos en el borde de la mesa de autopsias. —¿Y por qué narices ibas a tener que rescatar a un murciélago en la playa?

—No lo haría. Esa es la cuestión.

—Eres un tipo peculiar, Tomek —dijo Lorna, negando con la cabeza y sonriendo—. Pero he de reconocer una cosa: no eres nada aburrido.

—Eso es lo que mis exnovias solían decir de mí… justo antes de dejarme.

Ella bufó y le hizo un gesto para que se acercara. —Anda, ven. Basta de bromas. Echa un vistazo.

Tomek se colocó a su lado, bajo el débil zumbido de la luz fluorescente del techo.

El esqueleto estaba dispuesto sobre la mesa de acero con el esmero de un puzle, cada pieza extraída con cuidado del barro y colocada en un orden aproximado.

Los huesos largos yacían paralelos, frágiles pero casi enteros, con la superficie picada y oscurecida por los años en la marisma.

Los fragmentos más pequeños —falanges, astillas de vértebras— estaban ordenados aparte, tan delicados que parecía que un soplo pudiera reducirlos a polvo.

En la cabecera de la mesa, un cráneo completo descansaba sobre un soporte de espuma.

Su mandíbula colgaba ligeramente abierta, con los dientes teñidos de marrón, como si se hubiera quedado paralizada en mitad de un grito.

Las cuencas de los ojos eran cavernosas, huecos vacíos que parecían seguirlo sin importar dónde se pusiera.

Una fina capa de cieno de la marisma aún se adhería a las hendiduras más profundas.

Tomek tragó saliva al verlo, intentando imaginar a la persona que había detrás de esos huesos, la que una vez los había habitado.

—¿Chico o chica? —preguntó, con la voz más baja de lo que pretendía.

Lorna no respondió de inmediato. Se inclinó hacia delante, con los dedos enguantados suspendidos sobre la caja torácica, como si estuviera a punto de tocar una pieza al piano.

—Complicado. La pelvis normalmente nos daría la respuesta más clara, pero esta está muy destrozada.

La tierra y el agua han deformado los bordes y faltan trozos, ya sea por los años que llevan ahí o por la razón por la que acabaron allí.

—Se enderezó y señaló el cráneo con la cabeza—.

¿Ves los arcos superciliares? Gruesos, pronunciados.

Y la mandíbula es más cuadrada que redondeada. Eso se inclina más hacia un varón.

—¿Qué edad?

—Los huesos largos de aquí —dijo dando unos golpecitos en el fémur y la tibia—, todavía se están desarrollando. Las placas de crecimiento no se han fusionado del todo. Eso lo sitúa en la adolescencia. Como mucho, finales de la adolescencia.

Tomek entrecerró los ojos para ver las crestas que ella señalaba pero, en realidad, lo único que veía era hueso. Ella lo hacía sonar como si fuera un marinero que lee y entiende un mapa, mientras que para él era más como mirar un puzle al que le han mordisqueado la mitad de las piezas.

—Así que es solo un chico —dijo Tomek en voz baja.

—Sí. Entre catorce y dieciséis años, diría yo. Potencialmente más joven.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí abajo? —preguntó Tomek.

Lorna frunció los labios, luego pellizcó un fragmento de costilla entre el pulgar y el índice, inclinándolo bajo la luz. La superficie reflejó un tenue brillo.

—Es difícil determinarlo exactamente sin hacer algunas pruebas —dijo—. ¿Pero la tinción? Es propia de una exposición prolongada al suelo de la marisma. ¿Y ves cómo han empezado a acumularse los depósitos minerales? Eso lleva años. Décadas, incluso. Ha estado ahí tirado mucho tiempo.

—¿Cuánto es mucho tiempo? —insistió Tomek.

Ella le lanzó una mirada de reojo, con el atisbo de una sonrisa asomando en su boca. —Mucho tiempo, Tomek. Probablemente más del que tardas en arreglarte el pelo por la mañana.

Él soltó una risita. —¿Si tuvieras que adivinar?

—Como mínimo veinte años. Potencialmente incluso treinta.

Tomek soltó el aire lentamente, tratando de hacer el cálculo mentalmente.

—Antes incluso de que esas orejas te crecieran del todo —bromeó ella—. Pero sí, mucho tiempo.

Él se inclinó para examinar la costilla que ella había señalado. —¿Has dicho que estaba muy destrozado? ¿Es normal por el tiempo que lleva ahí, o indica cómo acabó en el barro?

Lorna se acercó al cráneo del chico, con los dedos enguantados firmes.

—Hay múltiples fracturas, múltiples signos de traumatismo.

Y eso no es solo por el entorno, donde habría estado rodeado de barro y tierra antes de ser movido por la marea.

Eso lo habría protegido, lo habría envuelto en una burbuja, en realidad.

No, este tipo de cosas ocurrieron mientras estaba vivo, o justo en el momento de la muerte.

Un golpe, quizá varios. Mi mejor conjetura es que alguien lo golpeó lo suficientemente fuerte como para hundírselo.

De eso no se sale. Y las costillas… mira el patrón.

Comprimidas hacia dentro, no abiertas. Eso es fuerza aplicada directamente en el pecho. Fuerte, violenta, deliberada.

Un escalofrío recorrió a Tomek a pesar del aire cargado de la morgue. —Joder.

Le recordó el escenario del crimen de su hermano. Cómo le habían golpeado la cara repetidamente con ladrillos y le habían vertido ácido de batería en los ojos. Cómo habían profanado y destrozado su cuerpo hasta que la vida lo abandonó.

Tomek exhaló lentamente, con la mirada fija en los restos del chico. —Un adolescente… y así es como acaba.

—Mirándolo por el lado bueno —dijo Lorna, captando el cambio en el ambiente—, al menos no eres tú quien tiene que escribir un informe de treinta páginas sobre esto. Ese placer es mío.

—Yo no lo llamaría placer —murmuró Tomek.

—Entonces es una suerte que no te dediques a lo mío.

—Le guiñó un ojo, ajustándose los guantes con un chasquido—.

Vamos, Tomek. Ha estado esperando mucho tiempo a que alguien lo encontrara, aferrándose a sus secretos durante décadas, esperando a que alguien se los quitara y descubriera cuáles son. Parece que ese eres tú.

—Qué suerte la mía —dijo Tomek con sequedad.

Antes de que Lorna pudiera responder con otra ocurrencia, su teléfono vibró con fuerza en el bolsillo; esta vez no era una vibración fantasma, sino una de verdad. Lo sacó de un tirón, sintiendo que se le oprimía el pecho al ver el nombre que parpadeaba en la pantalla.

—Lo siento —murmuró, retrocediendo ya—. Tengo que cogerla.

Lorna frunció el ceño, pero le hizo un gesto para que se marchara, y volvió a girarse hacia el esqueleto. —No me tengas en ascuas. Yo me quedaré aquí, ligando con el muerto, pero ignora que es un adolescente, por favor. No quiero perder mi trabajo.

Tomek salió de la morgue por las puertas batientes hacia el pasillo y lo recorrió a grandes zancadas hasta que encontró un hueco en sombra junto a la salida de incendios.

Se pegó el teléfono a la oreja, conteniendo la respiración. —¿Brent?

Una pausa. Tomek comprobó el teléfono para asegurarse de que no se había cortado la llamada.

—¿Tomek? Tomek, ¿me oyes? —Brent hablaba en voz baja, como si estuviera escondido en algún sitio.

—Sí, sí, te oigo. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes para mí?

Brent continuó en un susurro. —Siento no haber podido hablar contigo antes, tío. Ha sido una locura, y no puedo hablar mucho. Les he dicho que tardaba solo unos minutos.

—No pasa nada. ¿Qué es? ¿Qué le va a pasar?

Una pausa. Esta vez diferente. Esta vez cargada de una premonición que le hizo un nudo en el estómago a Tomek.

Luego: —Lo siento, Tomek. Debería habértelo dicho antes. Lo siento.

—Brent…

—Sale. A partir de mañana, Nathan Burrows será un hombre libre.