Capítulo 5
CAPÍTULO
CINCO
P ara cuando Tomek volvió a comisaría, había consultado el móvil al menos dos docenas de veces, pero seguía sin noticias de Brent.
Se planteó llamarlo para que lo pusiera al día, pero sabía que, cuanta menos comunicación hubiera entre ellos, mejor.
Brent se estaba jugando la profesión y su carrera por filtrarle esa información a Tomek, y cuanto más pudiera hacer para no ponerlo en peligro, mejor.
Al entrar en la oficina, Tomek se quitó el abrigo de una sacudida y se pasó las manos por el pelo, salpicando la moqueta con las gotas de agua.
—Pareces un perro mojado, sargento —dijo Chey desde el otro extremo de la sala, levantándose de detrás de su ordenador.
—Y tú pareces un perro todo el tiempo —replicó Tomek—, pero no me oyes quejarme.
—Uno de los perros más monos y achuchables que has visto en tu vida, ¿a que sí, Rachel?
La agente Hamilton alzó ligeramente la barbilla. —No me metas en esas fantasías enfermizas tuyas. Y ni se te ocurra pedirme que te diga que eres un buen chico.
Las risas recorrieron al equipo. Chey abrió la boca para responder, pero no le salieron las palabras.
—Sé lo que puedes hacer, Tomek —dijo la inspectora Victoria Orange desde el fondo, saliendo de su despacho—. Compórtate como un buen chico y prepáranos la sala de crisis.
Tomek se detuvo a medio giro, y su buen humor se evaporó rápidamente. Una cosa era que cualquier otro miembro del equipo se refiriera a él como un perro —no era más que una broma, pullas de buen rollo—, pero que Victoria se metiera en el ajo era distinto. Era como si le quitara la gracia a todo.
No dijo nada mientras le daba la espalda al equipo y preparaba la sala de interrogatorios: enderezó las sillas, despejó un espacio en una de las pizarras blancas y se aseguró de que los rotuladores tuvieran tinta suficiente.
Unos minutos más tarde, cuando todos empezaron a entrar en la sala con tazas de café y portátiles en la mano, su humor había cambiado por completo.
—Ahora pareces un perro apaleado —comentó Chey—. ¡Perro malo!
—Cuidado con lo que dices, señor Pepper. Sigo siendo tu superior y puedo hacerte la vida muy difícil si quiero.
—Eso no será necesario, sargento —intervino Victoria, irrumpiendo en la sala de crisis como una profesora que llega tarde.
Tomek la ignoró, encontró un sitio en la mesa del centro de la sala y se recostó en la silla. Sentado frente a él estaba Oscar Perez, que le sonrió con compasión.
Siguieron unos instantes de silencio que se rompieron con la llegada del inspector jefe Nick Cleaves.
El hombre, a punto de jubilarse, entró en la sala con la espalda recta y el pecho henchido.
Las intensas luces del techo se reflejaban en su calva, lo que supuso un pequeño alivio para Tomek después de cómo lo había hecho sentir Victoria.
Nick se acomodó en una silla a la cabecera de la mesa y dejó sobre ella un maltrecho cuaderno de cuero y una taza de té humeante.
Su expresión era neutra, pero sus ojos portaban el peso de la expectación mientras recorría la sala, observando al equipo uno por uno, antes de posarse finalmente en Tomek.
—Muy bien —empezó Nick—. ¿Qué tenemos?
Tomek se enderezó ligeramente. —Los forenses han recogido los restos y van de camino al laboratorio. La científica hizo lo que pudo en el tiempo que tenía, pero la marea subía deprisa. Tendrán que depender de las pruebas embolsadas para sacar algo útil.
Victoria se inclinó hacia delante, con el bolígrafo suspendido sobre su cuaderno. —¿Estado de los huesos?
—Antiguos —respondió Tomek, mirándola con frialdad—. No son recientes, desde luego. Aparte de eso, tendremos que esperar. Habrá que limpiarlos, examinarlos y posiblemente reconstruirlos antes de que podamos obtener muchos más detalles, pero parece que tienen el esqueleto completo y que estaba todo.
Victoria se pasó la lengua por la cara interior de la mejilla, sumida en sus pensamientos. —Quiero que la identidad de esos restos se descubra lo antes posible. Personas desaparecidas, registros dentales, todo lo que podamos usar.
—La datación por carbono llevará tiempo —replicó Tomek, más cortante de lo que pretendía—. No podemos sacarnos un nombre de la chistera de la noche a la mañana.
El silencio se prolongó un instante, con el ambiente cargado de tensión. Oscar alternó la mirada entre ellos y luego la bajó de nuevo a su bloc de notas. Chey se removió en su silla, con los labios apretados en un esfuerzo por no sonreír ante el intercambio de pullas.
Victoria ignoró el tono de Tomek. —Entonces empecemos por lo que podemos controlar. Personas desaparecidas en la zona, remontándonos hasta principios de los dos mil. Cotejadlas con la edad y la estatura de los huesos. Si encontramos una coincidencia, nos ahorraremos meses de espera.
Tomek se recostó en la silla, con la mandíbula apretada, sin decir nada. Volvió a mirar el móvil por debajo de la mesa, pero la pantalla en blanco le devolvió la mirada: ni mensajes, ni llamadas. Seguía sin noticias de Brent.
Y eso no hizo más que agriarle el humor.