La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 4
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Capítulo 4

CAPÍTULO

CUATRO

N ick no había bromeado, de verdad que necesitaba sus botas de agua... y un chubasquero mejor.

La lluvia se había vuelto horizontal y ahora golpeaba con fuerza, como si fueran balas de hielo que le acribillaban los dedos entumecidos.

Tomek se subió la capucha, pero de poco sirvió para evitar que la lluvia le azotara la cara.

Al acercarse a la cinta azul y blanca del cordón exterior, que ondeaba con el viento, la tierra mojada se tragó sus zapatos.

Preferiría mil veces estar metiendo las manos en un desagüe que de pie bajo el aguacero.

Aun así, podría haber sido peor. Al menos no le había tocado el desdichado trabajo del pobre diablo que estaba de guardia junto al cordón, registrando las entradas y salidas de la escena del crimen y asegurándose de que la zona circundante permaneciera intacta.

La gorra de plato del agente estaba salpicada de gotas, el agua de lluvia le corría por el borde en riachuelos y su chubasquero de cuello alto le hacía parecer más corpulento de lo que era, con los hombros encogidos para protegerse del temporal.

Más allá de él, apostado en la cuneta cubierta de hierba, el equipo de la policía científica se movía con una precisión frenética, con los monos blancos manchados de regueros del fango negro de la marisma.

Se agachaban, y los flashes de las cámaras destellaban en la penumbra, mientras tiraban de las bolsas de pruebas con los dedos húmedos enfundados en guantes de látex.

Cada pisada chapoteaba y sorbía, dejando tras de sí profundas huellas anegadas que empezaban a llenarse al instante.

Un agente gritó algo, con la voz ahogada por la mascarilla, pero el viento se llevó sus palabras antes de que llegaran a oídos de Tomek.

Otro señaló bruscamente hacia la marea, que ya empezaba a lamer la orilla en su dirección, acercándose cada vez más.

El tiempo corría en su contra.

Lo que le recordó que hacía un rato que no miraba el móvil.

Tomek volvió a sacar el aparato del bolsillo y activó la pantalla con el pulgar.

Seguía sin haber nada. Ni una llamada, ni un mensaje.

Tampoco era de extrañar: la cobertura allí era pésima y la última raya de la señal luchaba por sobrevivir.

Guardó el móvil de nuevo en su empapado abrigo con una mueca, medio tentado de volver a mirarlo de inmediato.

El agente que estaba junto al cordón se enderezó cuando Tomek se acercó, aunque el movimiento fue rígido, más como consecuencia del frío que por cualquier asomo de alerta.

Tomek se detuvo justo antes de la cinta que se agitaba y levantó la barbilla para que se le oyera por encima del viento.

—¿Dónde está el responsable de la escena del crimen?

El agente señaló a una de las figuras vestidas de blanco que estaban junto a la barca. Veía que parte del equipo de la científica había sopesado la idea de montar una carpa sobre los huesos para protegerlos en la medida de lo posible, pero la habían descartado rápidamente.

—Están intentando catalogar lo que pueden antes de que se lo trague el agua —añadió el agente.

Tomek echó un vistazo a las dificultades que habían pasado para llegar a esa zona y decidió que aquello no era para él. Podía esperar en un terreno más elevado, lejos del fango.

—¿Dónde están las personas que han encontrado los huesos? —preguntó—. Creo que iré a hablar con ellas.

Tomek siguió el dedo del agente hasta un coche patrulla que estaba a unos cien metros de distancia, aparcado en la cuneta con las luces puestas.

De pie fuera, encogiéndose contra el viento, había otro agente uniformado que se llevaba un teléfono a la oreja.

Dentro, dos figuras se acurrucaban en el asiento trasero; sus siluetas menudas se veían borrosas a través de las ventanillas empañadas.

Abrió la puerta del copiloto y entró. En el asiento del conductor había una agente de policía uniformada.

En la parte de atrás, dos chicos adolescentes, empapados por la lluvia y cubiertos de barro.

Tenían los ojos y las mejillas enrojecidos más por las lágrimas que por el viento gélido que les había azotado la piel hasta rendirla.

Los chicos se encogieron instintivamente, no por miedo a él, sino por la incertidumbre general de la situación.

Una botella medio bebida de Ribena rodó por el asiento entre ellos.

—¿Qué tal, chavales? —preguntó Tomek, dedicándoles la clase de sonrisa que reservaba para Kasia cuando tenía una pesadilla—. Me llamo Tomek. Soy detective de la policía. Parece que habéis tenido una buena aventura.

Ambos chicos se le quedaron mirando como si fuera un extraterrestre.

—¿Cómo os llamáis?

—Jimmy.

—Danny.

—Bueno, encantado de conoceros. —Estudió sus equipaciones de fútbol. Uno llevaba la del Arsenal, mientras que el otro iba vestido con la camiseta del Tottenham.

—Me sorprende que seáis amigos —dijo, señalando los escudos de sus pechos—. Yo me aseguré de ser amigo solo de otros Hammers .

—¿Eres del West Ham? —preguntó Jimmy, animándose un poco.

—El mejor equipo del mundo.

—Si les dan palizas allá donde van —añadió Jimmy—. Buena suerte en la lucha por el descenso este año.

—Como juguéis igual que la temporada pasada, os veremos ahí abajo con nosotros —replicó Tomek en tono desenfadado, refiriéndose a la pésima temporada del Tottenham, en la que habían terminado justo por encima del descenso para asegurarse la permanencia en la Premier League un año más.

Miró a los dos chicos. El ambiente en el coche había cambiado, volviéndose más tranquilo y relajado. Se giró en el asiento para adoptar una postura más incómoda y preguntó:

—Seguro que ya le habéis contado a esta agente lo que ha pasado, pero ¿os importaría volver a contármelo a mí?

Los chicos se miraron como si compartieran un mismo pensamiento y luego volvieron a mirarlo a él. Durante un largo momento, ninguno dijo nada, ambos esperando a que el otro empezara. Al final, fue Jimmy quien habló.

—No queríamos —dijo—. Ha sido un accidente.

Estábamos jugando al fútbol y el balón se nos ha metido en el fango, así que hemos ido a cogerlo y luego nos hemos subido a la barca, aunque sabíamos que no debíamos, pero había mucho barro y queríamos salir de ahí, y luego hemos estado andando por la barca porque teníamos curiosidad y queríamos saber qué había dentro, y entonces ha sido cuando nos hemos asomado por el borde y hemos visto los huesos saliendo del fango.

Tomek le dio a Jimmy un momento para que recuperara el aliento antes de responder. Si hablaba tan rápido y sin pausas, no quería ni imaginarse cómo serían las redacciones de su colegio.

—¿Qué hacíais ahí fuera a estas horas de la mañana? ¿No deberíais estar en clase?

Ambos chicos bajaron la cabeza, evitando la mirada de Tomek, y se pusieron a juguetear con los dedos en el regazo.

—¿Vuestros padres saben que no habéis ido?

—Ya han sido notificados —respondió la agente.

—Muy bien. —Tomek volvió a centrar su atención en los chicos, que por fin habían levantado la vista para mirarlo a los ojos—. Esta pregunta es importante y necesito que seáis muy sinceros conmigo, ¿vale? Cuando estabais ahí fuera, ¿alguno de vosotros tocó los huesos?

Los chicos negaron enérgicamente con la cabeza, con los ojos muy abiertos.

Entonces, Danny habló:

—¿Nos van a detener?

—¿Qué?

—No nos van a detener, ¿verdad?

Antes de que Tomek pudiera responder, Danny rompió a llorar desconsoladamente.

Justo cuando abría la boca para replicar, un grito resonó fuera del coche, arrastrado por el viento.

Tomek se giró y vio a una mujer que se acercaba a toda prisa.

Le abrió la puerta, pero ella lo ignoró y fue directa hacia Danny en el asiento trasero.

—¡Oh, Danny! ¿Estás bien?

La mujer abrazó a su hijo, apretándolo con fuerza contra su pecho mientras la lluvia caía dentro del coche.

—Usted debe de ser la madre de Danny, supongo —dijo Tomek.

—¿Qué le ha estado diciendo? ¿Por qué llora?

Tomek levantó las manos en señal de rendición.

—Solo hablábamos de fútbol —dijo—. Y los chicos me estaban contando lo que ha pasado.

No se preocupe, no les va a pasar nada. —Miró a Danny—.

Jimmy y tú vais a estar bien. Puede que estéis un poco conmocionados durante un tiempo, pero no os van a detener.

—Se agachó y se asomó al coche—. ¿Qué os parece si hablo con vuestro colegio para que os den libre el resto de la semana?

Los chicos asintieron, sus rostros asimilando gradualmente lo que habían visto.

Tomek se compadecía enormemente de ellos.

Él había sido un par de años más joven que ellos cuando se topó con el cuerpo brutalmente profanado de su hermano Michał, y aunque encontrar unos huesos que llevaban allí años no era lo mismo que llegar unos instantes demasiado tarde para salvar a tu hermano de una muerte salvaje y brutal, Tomek sabía que los chicos podrían tener pesadillas durante semanas, meses e incluso años.