La historia de la muerte (Detective Sargento Tomek Bowen 10) Capítulo 3
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Capítulo 3

CAPÍTULO

TRES

Estaban en un atasco de paradas y arranques en plena hora punta, de camino al colegio, y llevaban casi cinco minutos parados mientras los coches de delante negociaban un complicado cruce de semáforos y rotondas.

Era en momentos como ese cuando deseaba estar en un coche de policía para poder encender las luces y abrirse paso entre el tráfico, aunque fuera a un ritmo apenas un poco más rápido de lo normal.

Pero con cómo se sentía, con la mente tan ocupada, probablemente no era la mejor idea.

Estaba distraído, era más propenso a cometer errores tontos y a perder la concentración.

Sin ir más lejos, cuando el tráfico avanzó, levantó el pie del freno, pero no se dio cuenta de que el coche de delante se había detenido y casi se estrella contra su parte trasera.

Pisó el freno a fondo y el coche dio una sacudida hacia delante.

Kasia, de forma bastante aparatosa, dio un manotazo en el salpicadero mientras se agarraba al cinturón de seguridad con la otra mano.

—Papá —preguntó ella, preocupada—. ¿Estás prestando atención?

Él parpadeó y el mundo volvió a enfocarse. Sus ojos se posaron en una solitaria gota de lluvia instantes antes de que desapareciera tras la guadaña de los limpiaparabrisas.

—Te estoy escuchando —dijo él sin mucha convicción.

—¿Qué acabo de decir?

Joder. Sus opciones eran limitadas: o había estado hablando del instituto o de algo relacionado con la cultura pop. Fuera como fuese, no tenía ni idea.

—¿Que alguien se ha casado con alguien y ahora van a escribir una canción sobre ello?

—No, papá. —Soltó un bufido—. Sabía que no me estabas escuchando.

—Lo siento, Kash. ¿Qué decías?

—Nada. Ya da igual.

—Venga, va. Ahora te escucho. De verdad. Te lo prometo.

Se volvió hacia ella, pero Kasia desvió rápidamente la mirada hacia la ventanilla, evitando sus ojos.

—Me interesa, de verdad. Y siento no haberte escuchado. Estaba concentrado en el tráfico.

No se lo tragó. Pero la historia le quemaba tanto en los labios que quería soltarla.

—Estaba hablando de una pareja que estaba en un concierto de Bad Bunny, y los grabaron con una cámara, y resulta que tenían una aventura. Todo internet está que arde con el tema.

— Bad… Bunny… —repitió Tomek, incrédulo—. ¿De verdad alguien se llama así?

Suspiró tan fuerte que pareció un gruñido. —¿ Eso es lo que has sacado de lo que acabo de decir? Uf. En serio, no vuelvo a contarte nada.

—No te pongas así.

—Primero no me escuchas y luego intentas hacerte el gracioso y el listo hablando de algo que no tiene nada que ver. ¿Por qué tienes que ser tan complicado a veces?

Pasó la mano de un lado a otro por el volante. —Me temo que así soy yo, qué le vamos a hacer. Pero sí que te estaba escuchando.

En la radio, el presentador informó de que un par de famosos iban a promocionar su nueva película después de una canción de Bad Bunny.

—Ahí está —dijo Tomek—. A ver si lo conozco.

Lo que sonó a continuación fue una canción de reguetón que no había oído en su vida, y dudaba que volviera a escuchar jamás.

Mientras sonaba, fue consciente de la presencia de Kasia y decidió no provocarla más canturreando mal o tarareando fuera de tono.

Ya la había cabreado por no escucharla; lo último que quería era sacarla aún más de quicio.

—Interesante —dijo—. No está mal. No está nada mal.

Kasia no respondió. El tráfico se aligeró un poco cuando varios coches de delante dieron la vuelta y volvieron por donde habían venido, con la esperanza de encontrar una ruta más fácil o más corta que los llevara más rápido a su destino.

«O no», como Tomek solía descubrir que ocurría cada vez que él había intentado algo parecido.

Tras unos instantes de silencio, Tomek se encontró de nuevo ausente, con sus pensamientos volviendo a la preocupación que lo había distraído en primer lugar.

Era el día. El día de la decisión. Quizá el día más importante en la vida de su familia, solo superado por el día en que Michał había muerto y el día en que Nathan había recibido su sentencia de prisión.

Porque ese era el día en que Tomek se enteraría del veredicto de la vista para la libertad condicional de Nathan.

Era el momento que llevaba semanas esperando. El momento que había estado temiendo, por el que había perdido el sueño. El momento que lo había mantenido despierto toda la noche, revisando constantemente el móvil, los mensajes y actualizando el correo electrónico.

Como parte del proceso oficial, se suponía que Tomek no debía saber el resultado.

Si Nathan Burrows salía de la cárcel, se le daría una nueva identidad, un nuevo hogar y, en esencia, una nueva vida.

Solo un puñado de personas sabrían quién era y dónde estaba; y desde luego, Tomek no sería una de ellas.

Pero con los años, después de trabajar con algunos individuos cuestionables en la policía y en el servicio penitenciario, Tomek tenía algunos amigos y aliados que le habían ofrecido ayuda.

El más importante de ellos era Brent Clements, un hombre con el que Tomek había congeniado rápidamente.

Brent trabajaba en la prisión de Wakefield y trataba con Burrows a diario.

Se suponía que Brent debía llamar, enviar un mensaje —incluso mandar una paloma mensajera— esa mañana para notificarle el resultado a Tomek, pero hasta ahora no había llegado nada.

Como consecuencia, su mente había entrado en una espiral de paranoia descontrolada.

Temiéndose lo peor, estaba llegando a la conclusión de que Nathan Burrows iba a ser un hombre libre.

Que, por primera vez en más de treinta años, Nathan pisaría un terreno que no fuera propiedad de Su Majestad el Rey.

Se le hizo un nudo en el estómago y sintió que se le aflojaban ligeramente las tripas.

Los siguientes veinte minutos pasaron en una nebulosa, una confusa y nauseabunda bruma de silencio, tráfico intermitente, lluvia torrencial y la vaga conciencia de que se movía con el piloto automático, tomando los desvíos correctos y deteniéndose en el lugar adecuado frente al colegio.

—Que tengas un buen día —dijo con aire ausente.

Kasia ya estaba a medio salir del coche. —Gracias.

Se echó la mochila al hombro. Justo cuando iba a cerrar la puerta, la llamó.

—Oye —dijo, inclinándose—. Lo siento. Es que… me pasa una cosa.

Aflojó el agarre de la mochila y la puerta. La lluvia le golpeaba la cara, oscureciendo rápidamente su uniforme y apelmazándole el pelo contra la frente. —¿Está todo bien?

—No lo sé. Pero no es nada por lo que debas preocuparte.

—¿Es por el abuelo?

—No.

—¿Eres tú? ¿Te estás muriendo?

Tomek soltó una risita. —Potencialmente. Quizá. No lo sé. Pero no se trata de eso. Mira, no te preocupes…

—¿Y cómo quieres que no me preocupe? ¡Ahora es en lo único que voy a pensar!

Muy bien, Tomek. Chapó.

—Escucha —dijo de nuevo—. Te prometo que, sea lo que sea, todo saldrá bien. ¿Confías en mí?

Ella sonrió con un toque de picardía infantil en su expresión. —No, pero por esta vez lo haré. Si tú me lo pides.

—Te lo pido. Venga, sal ya, ¡que se está empapando el coche por dentro!

La expresión de Kasia se tornó ofendida.

Dio un portazo y corrió por la acera, sujetándose la mochila sobre la cabeza para protegerse el pelo de la lluvia.

Tomek la vio marchar, con el cuerpo invadido por una sensación de afecto.

Cuando puso el intermitente para incorporarse al tráfico, su móvil sonó en el portavasos, vibrando con furia contra el plástico.

Pisó el freno en seco y, con la prisa, se le caló el coche.

Pero no le importó. Cogió el teléfono bruscamente, casi se le cae y se lo llevó a la oreja sin mirar el identificador de llamada.

—¿Brent? ¿Cuál es el veredicto?

—¿Brent? ¿Quién es Brent?

La tensión de los hombros de Tomek se disipó en cuanto reconoció la voz del sargento Sean Campbell.

—Nadie —respondió Tomek con un suspiro.

—Pues no ha sonado a «nadie». ¿Tienes un nuevo mejor amigo?

—Qué gracioso —murmuró Tomek, poniendo el coche en punto muerto y volviendo a arrancar el motor—. ¿Qué quieres, Sean?

—Buenos días a ti también, solete.

—¿Qué pasa?

—Un par de cosas —dijo Sean—. Primero, ¿puedes decirle a Kasia que recoja sus pelos de la ducha cuando termine, por favor? Es asqueroso. He tenido que quitarlos diez veces en las últimas cinco semanas.

Cinco semanas. Joder, ¿ya hacía tanto tiempo que Sean vivía con ellos? Cómo había pasado el tiempo.

—Se lo puedes decir esta tarde cuando vuelva del instituto.

—A ti te hace caso. Suena raro si lo digo yo. No soy su padre, como le gusta recordarme, lo cual, por cierto, es lo más humillante que un hombre adulto puede oír cuando está hasta los tobillos de los pelotones de pelo de otra persona.

—Echa lejía por el desagüe y listo.

—La lejía no funciona con el pelo de adolescente. Es como el kevlar.

Tomek suspiró, puso el intermitente y se incorporó a la corriente de tráfico. —¿Cuál era el otro motivo de la llamada, Sean?

—Tenemos una situación. —El tono de Sean, junto con las bromas, decayó—. Unos chavales creen que han encontrado restos humanos en las marismas de Pitsea.

Tomek se frotó los ojos con la palma de la mano. —Vale.

—Y el Cabronazo de Nick ha solicitado tu presencia.

—¿Por qué yo?

—No sé. Algo sobre que eres un vago de mierda y que parece que vas por ahí sin hacer nada con un pulgar metido en el culo.

—Capullo.

—No, el pulgar … —Sean volvió a reír—. También tengo órdenes estrictas de decirte que te traigas el tubo de buceo y un par de botas de agua.

Tomek esbozó una sonrisa burlona mientras se incorporaba a la carretera y ponía rumbo a Pitsea. —¿Seguro que no las vas a necesitar tú para la ducha esta mañana?