¿QUÉ ES EL VALLE DE LOS CAÍDOS? #4
Si el Valle de los Caídos fue un campo de trabajo forzado, ¿cómo se explica que una gran parte de sus trabajadores decidiera volver incluso estando en libertad?
O mejor, retomando el ejemplo anterior, ¿se imagina usted a un ruso de la URSS de Stalin que acaba de salir del gulag de Kolimá y decide voluntariamente volver a entrar?
Todos estos datos, anécdotas y testimonios son suficientes para desmontar la leyenda negra que se ha pretendido construir artificialmente sobre el Valle de los Caídos.
Sin embargo, los propagandistas del mito, conscientes en muchos casos de la situación, no se iban a quedar de brazos cruzados.
Por eso, han intentado repetir hasta la saciedad el dogma que establece que el motivo por el cual el Valle supuso poco menos que un auténtico campo de concentración, es la vida de los trabajadores que fallecieron en su construcción.
Pareciera, de algún modo, que la idea que pretenden instalar en nuestras cabezas es que las pésimas condiciones laborales ― que ya sabemos que nunca fueron pésimas― de los presos políticos republicanos ―que ya sabemos que ni en su totalidad,
ni en su mayoría fueron presos ni lo fueron por motivos políticos― provocó la muerte de ingentes cantidades de trabajadores forzados ― que ya sabemos que nunca lo fueron― a las faraónicas labores de la construcción del Valle.
Pues bien, desmontado todo lo anterior, ¿es cierto que la siniestralidad laboral fue elevada en las obras del Valle de los Caídos?
Por suerte, contamos con un registro documentado de los testimonios de presos que habían pertenecido al bando republicano ―a pesar de que su encarcelación no lo fuera por esos motivos― que relatan la realidad sobre esta cuestión.
El doctor Ángel Lausín, presidente del Consejo de Aravaca en el bando republicano durante la Guerra Civil, fue uno de esos trabajadores del Valle que recopilaron los datos de siniestralidad laboral.
Lausín calculó que durante los diecinueve años de construcción que supusieron las obras, fallecieron entre veinticinco y treinta trabajadores del Valle, de los cuales solo catorce son atribuibles a accidentes laborales.
De esas catorce personas que murieron ―repito, en diecinueve años― por accidentes laborales, solo tres fueron reclusos.
En la construcción del Puente de Brooklyn (1869-1883), en Nueva York, murieron ―por accidentes laborales― veinte personas en catorce años; lo que da una media de 1,4 fallecidos al año por las obras.
En las obras del Empire State (1930-1931), también en Nueva York, se estima que el número de fallecidos puede ser de cinco o seis personas en apenas dieciocho meses; es decir, una tasa de siniestralidad laboral de entre 3,33 y 4 personas al año.
En el Valle de los Caídos (1940-1959) ―conviene recordarlo una última vez― perdieron la vida por accidentes laborales catorce personas en diecinueve años; esto es, una media de 0,74 fallecidos por causas laborales al año.
Es decir, en la construcción del Puente de Brooklyn y del Empire State murieron más personas al año por accidentes laborales que en el Valle de los Caídos.
Además, la comparativa no solo sirve en el plano internacional.
La siniestralidad laboral fue considerablemente menor en el Valle de los Caídos que en la mayoría de los trabajos de la España de la época.
La caricatura de los muertos en la construcción del Valle es, sencillamente, una burda mentira más al servicio de su leyenda negra.
Como bien suele decirse, frente a la mentira, datos.
Pues bien, después de todo esto, podemos hacer el siguiente balance.
El Valle de los Caídos no fue jamás un enorme mausoleo para enaltecer una dictadura, sino un monumento con el más profundo sentido de la reconciliación de una España que había visto la muerte en primera persona.
En su construcción nunca hubo trabajos forzados, sino que todos ellos fueron de voluntaria adscripción.
No se empleó la mano de obra de los presos políticos, pues ni todos los trabajadores fueron presos, ni todos los presos lo fueron por motivos políticos.
De hecho, estas características solo las reunían un escaso porcentaje de la totalidad del personal que allí prestó sus servicios; una minoría que, además, solo existió en siete años de los diecinueve que duraron las obras.
A partir de 1950 todos los reclusos que habían trabajado en la construcción del Valle de los Caídos se encontraban ya en libertad.
Tal vez lo más triste de todo sea pensar que si un excepcional complejo arquitectónico como el Valle de los Caídos se encontrara en un país distinto al nuestro, se convertiría inmediatamente en el principal atractivo turístico nacional.
En España, el Valle de los Caídos no tiene ni siquiera la consideración de BIC (Bien de Interés Cultural) que sí ostentan impresionantes e imponentes monumentos como una fuente de la calle Toledo de Madrid o los cuatro musgosos restos mal conservados de una muralla árabe a los pies de la Catedral
de la Almudena.
Cuando esto sucede, cuando la mayor parte de la población recuerda una misma mentira, pensar que es fruto del azar es el mayor acto de ingenuidad.