¿QUÉ ES EL VALLE DE LOS CAÍDOS? #3
Pese a la magnitud de estos crímenes de guerra, Cipriano Salas terminó redimiendo su condena en el destacamento penal del Monasterio del Valle de los Caídos.
Por todo ello, queda más que acreditado que en la construcción del Valle no participaron únicamente presos políticos, pues estos solo representaban una minoría de los trabajadores totales.
Individuos como el «Matacuras», Cipriano Salas o Leonardo García no fueron jamás presos políticos, sino criminales de guerra que vieron redimidas sus condenas por trabajar en el Valle de los Caídos.
Aclarado lo anterior, cabe recalcar que el Valle no fue nunca un campo de trabajo forzado porque nunca se forzó a nadie para que trabajara allí.
Los presos que quisieran participar en su construcción tenían que realizar una solicitud a través del Patronato Central para la Redención de Penas, o de Nuestra Señora de la Merced, del Ministerio de Justicia.
Con el paso de los años, el número de solicitudes por parte de presos que querían trabajar en el Valle superó al número total de puestos ofertados.
Este dato es absolutamente esclarecedor; piense en cualquier otro campo de trabajo forzado en toda la historia de la humanidad en el que su inscripción no solo fuera voluntaria, sino que, además, contara con una oferta de plazas desbordada por la demanda de trabajo.
Se lo adelanto, no lo encontrará. De hecho, ¿sabe por qué se volvió tan popular entre los presos el trabajo en la construcción del Valle?
Sucedió así porque, con su participación en las obras, se aplicaba un sistema de redención de penas diseñado durante la Guerra Civil.
Permitía que por cada día de trabajo en el Valle se pudiera llegar a redimir hasta seis días de pena.
Ese es el motivo por el cual de los diecinueve años que duraron las obras ―entre 1940 y 1959―, solo hubo presos durante siete años de la primera década, entre 1943 y 1950.
A partir de 1950 la totalidad de los trabajadores presos que habían dejado su impronta en el Valle, fueron obreros en libertad que consiguieron redimir con su aportación la totalidad de su castigo.
Además, este sistema de redención de penas se aplicó excediendo el límite máximo de días conmutables que establecía la ley.
Al Valle de los Caídos llegaron presos que, pese a ser en muchos casos auténticos criminales de guerra, habían visto su pena de muerte conmutada por la pena de treinta años de prisión.
Para deshacerse de esos treinta años de condena, bastaba con que trabajaran en el Valle entre dos y cinco años a lo sumo, gracias al sistema de redención de penas.
Pero es más, los trabajos por los cuales se conmutaban los años de condena no fueron solo los de picar granito o transportar inmensas toneladas de piedra; también veían su pena redimida por leer en la galería o hacer los deberes que le encomendara el capellán.
Para aumentar la protección de los presos, se creó también una red de juntas locales, adscrita al Ministerio de Justicia, con competencias en toda España para realizar un seguimiento individualizado de la situación personal de cada recluso.
Gracias a esta red se consiguió, por ejemplo, que el preso con mujer pudiera cobrar el doble e incluso que viera su jornal incrementado en una cuantía proporcional al número de hijos menores de edad que poseía.
Sucede así porque, aunque nos sorprenda, los trabajadores del Valle de los Caídos contaban con nómina a pesar de su condición de presos.
Y no poseían cualquier sueldo; las nóminas de los presos fueron exactamente las mismas que las de los obreros libres.
Esta protección laboral alcanzaba las horas extraordinarias, que también se contabilizaban, además de las bajas por enfermedad.
Los seguros sociales eran prácticamente los mismos que regían para los trabajadores libres, pues ambos compartían los mismos horarios de trabajo.
¿Se le ocurre algún campo de trabajo forzado donde no solo se combinara el trabajo de presos con el de obreros en libertad, sino que, además, ambos tuvieran acceso a las mismas prestaciones sociales?
De nuevo, una muestra más de la absoluta inclusión que rodeó a todo lo que tuvo que ver con la construcción del Valle de los Caídos.
Junto a ese sistema de redención de penas, se aprobaron también numerosas leyes de indulto a las que se acogieron los presos que, como se ha dicho, fueron en buena parte condenados por delitos de sangre, no por motivos ideológicos.
Esto es así porque el ordenamiento jurídico-penal estaba encomendado a lo que su propio nombre indicaba: la redención por encima de la persecución.
De hecho, existen tanto anécdotas como datos objetivos, contrastables y comprobables, que nos muestran, frente a la macabra propaganda, la realidad de lo que fue trabajar en el Valle de los Caídos.
Uno de los hombres que más luchó por asegurar las mejores condiciones a los trabajadores del Valle ―fueran presos o no― fue el propio Pedro Muguruza, primer arquitecto del monumento.
En el patio que separa la Escolanía de la Hospedería, se llegaron a improvisar campos de fútbol en los que se organizaban pachangas entre reclusos y obreros libres.
Muguruza, como promotor de estos eventos, jugaba cada parte con un equipo distinto.
Actitudes como esta despertaron una enorme simpatía hacia la persona de Muguruza entre los trabajadores del Valle.
Pablo Linares, nieto de un trabajador republicano del monumento y presidente de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos, cuenta una anécdota que le trasladó la sobrina del arquitecto, Carmen Muguruza.
Ella decía que, tras el fallecimiento de su tío el 3 de febrero de 1952 ―dos años después de que ya no quedara ningún preso trabajando en el Valle―, su familia acudió al velatorio.
Una vez allí, observaron a un grupo de personas a las que no fueron capaces de identificar.
Movidos por la intriga, se acercaron a hablar con ellos y, para su sorpresa, descubrieron que se trataba de un grupo de antiguos reclusos que habían trabajado en el Valle de los Caídos bajo la dirección del arquitecto.
Los antiguos presos, ahora ya en libertad, le pidieron a la familia ser los primeros en transportar a hombros el féretro de Pedro Muguruza en el trayecto hacia el cementerio.
Con respecto al resto de condiciones laborales de la construcción, se crearon dos escuelas en el Valle a las cuales tenían acceso penados, obreros libres y funcionarios, indistintamente de su condición.
Los reclusos vivían en casas construidas por las contratas que participaron en la obra en mejores condiciones que las viviendas de una buena cantidad de pueblos y aldeas de la España de la época.
Este era otro de los atractivos que tenía este trabajo para los presos, puesto que al Valle podían acudir sus familias.
De hecho, en el Valle de los Caídos ha habido niños de acogida de presos que solicitaban la incorporación de sobrinos, primos u otros familiares.
Esta situación llevó a que el regidor del Valle de los Caídos, Faustino de La Banda, llegara a emitir circulares obligando a escolarizar a los niños del Valle bajo la amenaza de expulsar de la construcción a los tutores legales que se negaran a ello.
Estos datos son por sí solos suficientes para plantear una importante cuestión: si el Valle de los Caídos hubiera sido un campo de trabajos forzados o incluso un campo de concentración, como algunos han llegado a decir, ¿qué tutor legal se llevaría a un menor a vivir con él a un sitio así?
¿Se imagina a un padre llevando a sus hijos al gulag de Kolimá?
Fíjese qué horrendo campo de trabajo forzado fue el Valle de los Caídos, que la mayor amenaza a la que se vieron expuestos esos «forzados trabajadores», era que les echaran de la construcción.
Los documentos del Archivo de Palacio proporcionan una interesantísima información con respecto a las visitas que recibían los presos.
Se les pedía que solicitaran una autorización al regidor para que fuera este quien proporcionara el visto bueno final.
Pues bien, en las cartas que enviaban los presos como respuesta a dicho oficio, los propios trabajadores mencionan la presencia de hijos, nietos, suegros y amigos que acudían tradicionalmente a pasar sus «vacaciones»; sí, ha leído bien, vacaciones.
Esta era la forma en la que los trabajadores penados concebían la estancia que compartían con sus familias en el Valle de los Caídos.
Tanto fue así que, en 1950, el propio Faustino de La Banda tuvo que intervenir para recuperar la normalidad a través de una circular en la que decía que el Valle de los Caídos no era «un punto de veraneo».
En eso se estaba convirtiendo el Valle para muchos de los presos.
Eso no es todo. Hasta ahora solo hemos hablado del régimen y las condiciones de los trabajadores penados para desmontar las tesis que afirman que el Valle de los Caídos fue un campo de trabajos forzados en el que trabajaron presos políticos.
Sin embargo, como se ha adelantado previamente, en el Valle de los Caídos no solo trabajaron reclusos, sino también obreros en libertad.
Hasta 1950 se calcula que, aproximadamente, la mitad de los trabajadores eran presos y la otra mitad obreros en libertad.
A partir de 1950 todos los trabajadores penados habían redimido sus penas y, de hecho, muchos de ellos decidieron voluntariamente reengancharse a la construcción del complejo incluso ahora que ya habían adquirido su libertad.