La historia de la Guerra Civil que no te cuentan ¿QUÉ ES EL VALLE DE LOS CAÍDOS? #2
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¿QUÉ ES EL VALLE DE LOS CAÍDOS? #2

El escultor extremeño cuenta también que su gran logro fue el de ganar «un concurso para hacer unas estatuas con un equipo donde no había esclavos y que fue una obra hecha con la vergüenza de haber sufrido una guerra increíble entre hermanos y para enterrar a nuestros muertos juntos».

Lo sorprendente del asunto es que Juan de Ávalos había sido miembro de las Juventudes Socialistas y afiliado al PSOE con el carné número 7 de Mérida.

En una reciente entrevista concedida por el hijo de Juan de Ávalos al diario El Debate, este confesaba una divertida a la par que ilustrativa anécdota:

Mi madre era de una oposición al régimen al 100 %.

Había vivido un momento horroroso: la entrada de las tropas nacionales en Mérida y el saber que mi padre podía ser fusilado en cualquier momento por su carné de las Juventudes Socialistas.

Odiaba al régimen. Pero de una manera tremenda.

Aunque ella era una tremenda burguesa...

Pero, un día, llega mi padre de hablar con Franco, y le dice: «Mira, Soledad, Franco me dice que prohibido hacer una obra con un sentido belicista, un sentido de revancha. Tiene que ser una obra religiosa. Porque aquí lo que buscamos es la reconciliación y el perdón».

Ante eso, mi madre se tuvo que callar113.

No solo eso, la inmensa cruz que se alza sobre el altar de la Basílica es obra de un autor vasco y fue policromada por otro artista con vínculos en el PNV.

Sin embargo, nada de eso importaba. Nada de esto sirvió de obstáculo; ni lo de Ávalos ni lo de ningún otro escultor o artista que hubiera participado antes o después.

El motor de la construcción del Valle de los Caídos no era político, ni ideológico, ni militar.

Tampoco se diseñó como un faraónico monumento que sirviera para albergar los restos de Franco.

Esa es otra de las grandes mentiras que se han repetido para denostar el sentido canónico del Valle de los Caídos.

La decisión de sepultar los restos del Caudillo en el Valle se produjo en un precipitado acuerdo en el que participó el Gobierno de Arias Navarro y Juan Carlos I tras la muerte de Franco en 1975.

Además, el sitio que ocupó el ataúd de Franco ni siquiera fue un lugar central, sino secundario.

Estaba ubicado en la parte trasera del altar, pues la parte delantera estaba reservada a los restos de José Antonio.

Esto es así porque el Valle de los Caídos no tuvo jamás un origen político, sino religioso y unificador.

Ese ha sido siempre su verdadero significado: rezar por las almas de todos los caídos y, por tanto, rezar por el alma de España.

Si hace memoria, podrá comprobar que con estos datos se cae por sí solo el primer pilar de la fantasmagórica leyenda negra que vaga sobre el Valle de los Caídos.

Lejos del mantra tan repetido durante tanto tiempo, el Valle de los Caídos nunca fue un monumento al franquismo, sino un monumento cronológicamente construido durante el franquismo con un sentido puramente religioso que nos llama a la reconciliación y al recuerdo de un episodio que,

por el bien de nuestra nación, no debe repetirse.

Sin embargo, todavía es necesario hablar sobre el enigma de las otras dos columnas vertebrales que, por suerte, se resuelve de manera conjunta.

¿Fue el Valle de los Caídos alguna vez un campo de trabajos forzados?

Peor aún, ¿fue un campo de concentración?

¿Es cierto que fue construido con la sangre de los presos políticos republicanos?

La persona que más tiempo ha dedicado a desdibujar esta grotesca caricatura es, casi con total seguridad, el historiador Alberto Bárcena.

En su libro Los presos del Valle de los Caídos114 ―esencial para conocer hasta el último detalle sobre la historia de la construcción del Valle― hace un resumen de su tesis doctoral defendida en la CEU San Pablo en el año 2013 tras siete años de investigación.

Pues bien, tal y como queda reflejado en su texto, lo primero que debe afirmarse es que, por impactante que resulte, nunca hubo el más mínimo trabajo forzado en la construcción del Valle de los Caídos.

Pero es que, además, tampoco fue construido por presos políticos o, al menos, no exclusivamente.

En las obras participaron tanto presos como obreros libres.

De hecho, de la totalidad de los presos que trabajaron en las obras del Valle, solo una pequeña minoría podía considerarse verdaderamente encarcelada por motivos políticos.

El fondo documental conservado en el Archivo Histórico del Ministerio de Defensa demuestra que, en un alto porcentaje de los casos, lo que llevó a prisión a muchos de los presos que trabajaron en el Valle no fueron causas políticas, sino delitos de sangre.

Existen varios casos que nos ayudan a ver el verdadero perfil de los reclusos a los que la historiografía ha preferido englobar en un todo, sin matiz ni diferenciación alguna, llamándolos «presos políticos».

Uno de los más sonados es el del criminal Justo Roldán Sainero, no en vano apodado como el «Matacuras».

Este tipo fue condenado en dos Consejos de Guerra por su implicación en los denominados «sucesos de Pinto».

Durante el verano de 1936, Roldán formó parte del comité rojo de dicha localidad, interviniendo en sus decisiones y actuando como miliciano armado.

Por estos motivos se le acusó de participar directamente en el asesinato de los hermanos Creus.

En aquel contexto de violencia, cinco mujeres fueron víctimas de vejaciones y muerte: Valentina Pascual; María García Busquet; las hermanas Pilar y María Gallego Granados e Isabel Solo de Zaldívar.

Las cuatro primeras hallaron la muerte el 7 de septiembre de 1936 en la carretera de Villaverde Alto a Madrid, acribilladas por sus propios violadores, entre los que se encontraban los conocidos como «Federo», padre e hijo, junto a «otros milicianos desconocidos»,

mientras que la quinta víctima falleció al día siguiente en la carretera de Andalucía.

La represión en Pinto también acabó con la vida del joven sacerdote de 24 años don Manuel Callejo Montero, capellán del colegio San José, quien fue ejecutado junto a su padre, José María Calleja, de 56 años.

Este último logró que las milicias le concedieran la voluntad de morir antes que su progenitor, siendo asesinado efectivamente unos minutos antes que el clérigo el 27 de julio de 1936 en el término de Parla.

Aquel primer estío de la contienda se saldó en el municipio con un total de 24 asesinados marcados por una crueldad que destacó en el caso del mecánico Ladislao Martín, cuyo asesinato no entendía de motivos de hermandad proletaria ―pues era también un obrero―, sino de discrepancias ideológicas;

se le mató por ser de derechas.

Pese a la extensión de los sumarios contra Justo Roldán, que superan los 200 folios, en ellos no se detallan los crímenes contra religiosos que le valieron su apodo, los cuales presumiblemente cometió en Madrid tras la huida de los milicianos ante el avance de las tropas nacionales.

De dichas muertes solía jactarse incluso años después ante los monjes benedictinos del Valle de los Caídos.

Roldán trabajó durante largo tiempo en el Valle como amo de llaves, lo que le permitía acceder a todas las estancias del monasterio.

Esta circunstancia incomodó al Consejo de las Obras hasta el punto de acordar un traslado que nunca llegó a materializarse.

Beneficiado por el indulto de 1945, Roldán obtuvo la libertad en 1946, aunque decidió permanecer vinculado a las obras del monumento hasta su conclusión definitiva.

Al finalizar su labor, recibió, al igual que todos los trabajadores que lo pidieron, una vivienda protegida en la capital, concretamente en la colonia Virgen de Begoña.

Resulta una coincidencia histórica que dicho domicilio se situara frente al hospital de Nuestra Señora de la Paz, el mismo centro médico donde terminaría sus días Francisco Franco, a quien el autor del texto describe como la figura que sus detractores intentan presentar como una bestia sanguinaria.

Otro testimonio relevante es el de Leonardo García Agüero, quien ejerció como fontanero en el Valle de los Caídos tras acogerse al sistema de redención de penas por el asesinato de un joven cometido en presencia de su propia madre, María Moliner.

No obstante, existieron perfiles de mayor gravedad, como el de Cipriano Salas Romero, implicado en la ya comentada masacre del «tren de la muerte» de Jaén.

En este trágico episodio, los prisioneros que habían sido trasladados desde la catedral jiennense con destino a Madrid fueron interceptados en Vallecas, donde la Guardia Civil que los custodiaba los entregó a las milicias «por encontrarlas muy soliviantadas».

Los cautivos fueron divididos en grupos y acribillados con ametralladoras en los terraplenes de la vía férrea, resultando en lo que se considera el primer genocidio de la Guerra Civil, previo a los sucesos de Paracuellos, con un balance de cerca de 250 víctimas.

Entre los asesinados en aquella expedición ferroviaria se encontraba el obispo de Jaén, monseñor Basulto, beatificado en Tarragona en octubre de 2013, quien falleció de rodillas «pidiendo perdón por sus asesinos», emulando el fin de los mártires.

El prelado intentó interceder por su hermana Teresa, argumentando que ella nunca había hecho daño a nadie.

Los ejecutores le replicaron que no debía preocuparse, pues una mujer se encargaría de ella.

Finalmente fue entregada a una miliciana para su ejecución.

Teresa no fue la única víctima femenina, ya que al menos dos Hijas de la Caridad compartieron ese destino fatal.

Según consta en el sumario judicial por el que fueron procesadas 168 personas, Cipriano Salas, natural de Valdemoro y carpintero de la Compañía de Ferrocarriles, «hizo uso de un fusil ametrallador sobre las víctimas, en el andén del Pozo del Tío Raimundo».

Los informes de la Guardia Civil de Vallecas, fechados el 18 de octubre de 1939, señalan que Cipriano Salas estaba «afiliado al Partido Socialista» y que, además de su participación en el genocidio del tren,

«prestó servicio con armas e intervino en la detención de varias personas que fueron luego asesinadas», entre las que se contaba el padre de Santiago Lorenzo, uno de sus denunciantes.