¿QUÉ ES EL VALLE DE LOS CAÍDOS?
Ubicado en pleno corazón de la Sierra de Guadarrama, en Madrid, el Valle de los Caídos es un inmenso complejo arquitectónico que abarca una superficie de aproximadamente 13,65 kilómetros cuadrados,
lo que implica que en su interior cabe más de dos veces el parque del Retiro y casi cuatro veces el Central Park de Nueva York.
No es un monumento como otro cualquiera; el Valle de los Caídos se encuentra presidido por la cruz más grande de la cristiandad con 152 metros de altura.
A sus pies, con 262 metros de longitud, descansa la Basílica excavada en roca más extensa del mundo.
Además, el complejo alberga en su interior una hospedería ―la Hospedería de la Santa Cruz―, la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos ―donde los jóvenes pueden cursar sus estudios hasta el bachillerato― y, por último, una abadía de monjes benedictinos.
Todo ello conforma el Valle de los Caídos.
Todo ello es parte de lo que tantos, durante tanto tiempo, han pretendido derribar.
Para lograrlo no se ha empleado una técnica sustancialmente distinta a la que se viene mencionando en los capítulos anteriores.
El presente de una nación es el resultado de la forma en que se nos haya contado el pasado.
Con esta premisa, junto a las tesis gramscianas ―de sobra conocidas por el lector a estas alturas―, se ha ido enarbolando una auténtica leyenda negra sobre el Valle de los Caídos.
La forma más genuina de comprobarlo sería preguntarle a un español promedio ―sin un especial conocimiento ni desconocimiento sobre la historia― qué valoración hace de este lugar.
Si repitiéramos el experimento un número adecuado de veces, podríamos comprobar que las ideas más repetidas son: (i) que el Valle de los Caídos es un monumento al franquismo; (ii) que además fue poco menos que un campo de trabajo forzado;
(iii) que para levantarlo murieron ingentes cantidades de presos políticos republicanos.
Sobre estos tres pilares se apoya la leyenda negra que asola este sagrado lugar. Sin embargo, ¿es esto cierto?
Pues bien, finalizada la guerra, primero había que buscar el lugar para erigir el monumento.
Se llegó a plantear el centro de Madrid, en la zona de la Casa de Campo.
Sin embargo, el sitio seleccionado fue la sierra.
Una vez allí, las obras de la construcción del Valle de los Caídos comenzaron en 1940 y se extendieron hasta 1958 para, finalmente, inaugurarse el 1 de abril de 1959.
Por sorprendente que parezca, el monumento no se levantó para ensalzar la figura del Caudillo, ni para conmemorar su victoria en la Guerra Civil, ni para que sirviera como un mausoleo de los vencedores.
El objetivo de Franco con la construcción del Valle era inaugurar un monumento que rememorara a todos los caídos de la Guerra Civil, con independencia de su pasado republicano o nacional.
El Valle de los Caídos estaba pensado para que las generaciones venideras ― como las nuestras― recordaran que en nuestro país, hace no tanto tiempo, se desarrolló una crudelísima guerra entre hermanos que jamás deberá repetirse.
Se trata, por tanto, de un monumento a la reconciliación erigido bajo el máximo símbolo de la reconciliación, como lo es la cruz católica.
Así se puede apreciar en el Decreto-Ley del 23 de agosto de 1957, que dio lugar a la creación de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, cuyo articulado dice textualmente: «Este ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos,
sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz».
Esto ya nos enseña que, lejos del ariete de batalla en que hoy se ha convertido, el Valle de los Caídos fue concebido desde sus inicios como un monumento reconciliador basado en un principio esencial de la fe católica: el perdón evangélico.
En palabras del Decreto-Ley: «Por ello, el sagrado deber de honrar a nuestros héroes y nuestros mártires ha de ir siempre acompañado del sentimiento de perdón que impone el mensaje evangélico»110.
Así de triste es comprobar que lo que antes era un símbolo de unión, hoy vuelve a ser un motivo de guerra.
Fijar esta misión no fue una tarea sencilla.
El primo de Franco, Pacón Salgado-Araujo, escribía en su libro Mis conversaciones privadas con Franco111 que la idea de destinar el Valle de los Caídos al recuerdo de las víctimas de ambos bandos no fue bien recibida entre determinados sectores del régimen.
El Caudillo le contestó que había sido la Iglesia católica la que le hizo ver que, de inaugurarse el monumento, no podía ser realizado de otra forma que no fuera para homenajear a todos los caídos en la guerra.
Así fue como este complejo arquitectónico se impregnó del más puro espíritu religioso para recordar a todos los católicos ―es decir, los bautizados―, sin distinción por ningún otro criterio.
En la España de los años treinta todos los españoles eran católicos, puesto que no se concebía la posibilidad de que un nacido no fuera bautizado.
Por ello, en tanto en cuanto el Valle fue un monumento inspirado en la unión entre católicos ―y todos los españoles lo eran―, el Valle de los Caídos se convirtió en un monumento basado en la inclusión bajo el amparo de la fe.
No es esto charlatanería barata ni un mero juego de palabras sin mayor trascendencia, se trata de una inclusión absoluta que llega a todos los rincones que podamos imaginar.
El primer signo de ello es que en el Valle de los Caídos se encuentran enterrados tanto republicanos como nacionales.
De hecho, la idea que se ha intentado difundir para hacer ver que los nacionales tienen un lugar preeminente en las fosas del monumento es rigurosamente falsa.
En la Basílica del Valle se han localizado dieciocho espacios de enterramientos en los cuales los cuerpos yacen sepultados a través de dos técnicas distintas: cajas para unas catorce o quince personas y columbarios colectivos.
En ambos casos, los restos de los caídos de ambos bandos comparten espacios sin distinción ni separación alguna entre ellos.
El número exacto de todos los que allí descansan en paz, así como su identificación, es controvertido precisamente por este motivo.
Las cifras oficiales señalan a 33.847 personas enterradas ―pese a que investigaciones recientes de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos apuntan a un número mayor―, de las cuales 12.410 aún no han podido ser identificadas.
Para localizar a los 21.437 restantes, se han empleado los diecinueve archivos que conserva la Abadía en los que se encuentran inscritos los nombres de los caídos que fueron trasladados al Valle.
Del grupo de cuerpos que yacen en el anonimato, se conocen algunos datos ―como que en su mayoría proceden de fosas comunes de Brunete, Grado, Gandesa, Tarragona, Badajoz y Teruel― que, sin embargo, no han sido suficientes para ponerles nombre y apellidos.
De hecho, muchas de las investigaciones que han tratado de analizar el ADN de sus restos, han resultado ser un estrepitoso fracaso por el motivo que comentábamos.
Los huesos de los caídos están enterrados en ausencia de la más mínima separación por bandos.
Esto es así hasta tal punto que la humedad y la presión a la que se someten han logrado que, en algunos casos, los restos queden completamente pegados entre sí; casi adheridos en una masa uniforme, de manera que dificulta enormemente la tarea de su rastreo.
En este caso no hay buenos ni malos, vencedores o vencidos, nacionales o republicanos.
Solo hay hermanos, españoles y católicos, que dieron sus vidas en una misma guerra.
La relevancia de este dato no es tangencial.
Basta detenerse un momento para percatarse de que el Valle de los Caídos es uno de los únicos monumentos en el mundo que construyen los vencedores para homenajear y enterrar indistintamente a víctimas de cada bando.
El famoso monumento de los Inválidos, en París, fue construido por orden de Luis XIV en 1670 para dar acogida a los militares heridos en la guerra y, posteriormente, se convirtió en el mausoleo de Napoleón por iniciativa de Luis Felipe I en 1840.
En él se encuentran los restos de Napoleón Bonaparte, Napoleón II ―su hijo―, José Bonaparte ―su hermano― y varios mariscales del ejército francés.
Sin embargo, no verá por allí a esos otros militares, políticos o escritores franceses que, como Fouché, Constant, Madame de Staël o Talleyrand, se atrevieron a desafiarle.
Tampoco están enterrados allí los seguidores de estos últimos.
Ahora, vaya usted y dígale a Macron que tiene que hacer saltar por los aires la cruz de la Catedral de San Luis de los Inválidos.
Ese característico sentimiento unificador que rodea el Valle de los Caídos no solo alcanza a los cuerpos que allí yacen, sino que comprende también a la elección de sus arquitectos, escultores, artistas y diseñadores.
En la construcción del Valle participaron dos destacados arquitectos.
El primero de ellos fue don Pedro Muguruza Otaño, nacido en Madrid, de ascendencia vasca y uno de los mejores arquitectos no solo de España, sino del panorama internacional.
Construcciones como el Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles de Getafe o el famoso Teatro La Latina, en Madrid, también llevan su firma.
Por desgracia, en 1948 tuvo que abandonar el proyecto, muy a su pesar, por problemas de salud.
Fue ahí cuando, en 1950, le sucedió Diego Méndez, que había sido alumno del propio Muguruza años atrás.
A él le debemos el diseño de la cruz. No obstante, el caso más paradigmático es el del escultor Juan de Ávalos.
Este último fue el encargado de realizar tanto la escultura de La Piedad, que preside la entrada a la Basílica en la explanada principal, como las de los cuatro evangelistas que guardan el perímetro de la cruz en su base.
Juan de Ávalos fue un reputadísimo escultor extremeño que había ganado la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid en 1950 con su obra Héroe Muerto.
Él mismo cuenta cómo Franco se paseaba por la galería madrileña hasta que, cuando se topó con su pieza, se detuvo un instante a contemplarla y dijo «Este es el gran escultor que necesita España»112.