La historia de la Guerra Civil que no te cuentan DE LA POSGUERRA AL MILAGRO ECONÓMICO #6
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DE LA POSGUERRA AL MILAGRO ECONÓMICO #6

Esto nos arroja unas cuantas preguntas incómodas: ¿cómo podía saber ETA la ubicación exacta por la que pasaría el Dodge 3700 GT negro del almirante Carrero Blanco al mediodía del 20 de diciembre de 1973 con meses de antelación?

¿Era tan fácil conocer información privada sobre el itinerario del hombre más poderoso de España?

Si no fue así, ¿quiénes le proporcionaron la información?

La versión oficial dice que fue fruto de meses de vigilancia.

Sin embargo, hay muchas más cosas que no cuadran.

Una de ellas fue que para el asesinato se emplearon 75 kilos de «Goma-2», un explosivo militar español de difícil acceso; no se encontraba tan fácilmente en el mercado negro.

Además, el desarrollo del atentado, por sus propias características, refuerza aún más la teoría de una ayuda profesional externa.

Todo apunta a que el explosivo fue detonado por alguien que esperaba paciente y meticulosamente desde la distancia a que el coche del almirante cruzara el punto exacto en el que estaban colocados los explosivos.

Era una maniobra cuyo margen de error se circunscribía a escasas décimas de segundo.

No es esto lo único que nos anima a desconfiar.

La relación de los vascos con los servicios de inteligencia estadounidenses se retrotraía unos cuantos años atrás.

Sabemos, en primer lugar, que muchos nacionalistas vascos decidieron exiliarse en Estados Unidos; algunos tras la Guerra Civil, otros tras la Segunda Guerra Mundial.

Entre ellos José Antonio Aguirre, primer lehendakari vasco y antiguo líder del PNV.

En segundo lugar, sabemos también que los vascos refugiados en Norteamérica confiaban en que el mejor modo de lograr su soñada independencia fuera la presión de potencias extranjeras como Estados Unidos, Francia o Reino Unido hacia el régimen de Franco.

Por eso, muchos vascos exiliados mantuvieron tal grado de relación y cercanía con los servicios de inteligencia estadounidenses que se les empezó a llamar coloquialmente «ciáticos».

La figura del hombre entre las sombras, Henry Kissinger, tampoco parece apaciguar el ruido de la conspiración.

El que fuera secretario de Estado de los Estados Unidos bajo el mandato de Nixon se reunió con Carrero Blanco el 19 de diciembre de 1973.

Los temas oficiales fueron, supuestamente, el posicionamiento geopolítico de España durante el transcurso de la Guerra Fría, la utilización de las bases americanas en suelo español y, adivine, el Proyecto Islero.

El 20 de diciembre de 1973 Kissinger marchó de España rumbo a París y, en menos de 24 horas después de que hubiera finalizado la reunión, una bomba en la Calle Claudio Coello ponía fin a la vida del almirante Luis Carrero Blanco.

La investigación oficial se cerró en apenas 48 horas.

Se le dio carpetazo al asunto y se señaló a ETA como el único autor ―tanto material como intelectual― del magnicidio.

El caso se había cerrado en tiempo récord y nadie más tendría que preguntarse quién mató a Carrero.

¿Le recuerda este modus operandi al de algún atentado más reciente en nuestra historia?

Puede que todo esto no sea más que una conspiración, una de las tantas que se han vertido a lo largo de toda la historia.

Sin embargo, existe una correlación incuestionable de los hechos: tras la explosión, el futuro de España cambió radicalmente.

Sin Carrero Blanco, el franquismo se quedó sin un plan de continuidad sólido y comenzó a desmoronarse.

Tras la muerte de Franco, España dejó de ser un régimen soberano y militarizado para convertirse en una democracia liberal.

¿A quién cree usted que benefició esta transición?

¿En qué escenario cree que se sentía más cómodo Estados Unidos?

¿En el de una España como potencia nuclear, o en el de la España como democracia aliada?

Pero espere, porque esto no acaba aquí. Tras el atentado, los miembros de ETA huyeron a Francia, donde recibieron una inusual protección.

Los franceses se negaron a extraditarlos por considerarlos «presos políticos».

Uno de ellos, José Miguel Beñarán Ordeñana, alias «Argala», que posiblemente fuera el líder de la Operación Ogro ―nombre que recibía la planificación del atentado contra Carrero Blanco― fue asesinado en Francia años después por una bomba supuestamente colocada por el Batallón Vasco Español (BVE).

¿Qué cree usted que fue este suceso? ¿Una venganza o una forma de garantizar el silencio eterno?

Cincuenta años después, la verdad sigue enterrada entre archivos clasificados y silencios cómplices, dejando el asesinato de Carrero Blanco como el gran misterio que cambió el rumbo de España.

Con su muerte, pereció también la última posibilidad de continuar el régimen de un Franco muy debilitado, que acabó falleciendo el 20 de noviembre de 1975109.

El Proyecto Islero fue completamente abandonado en 1981 y oficialmente disuelto en 1987.

Nunca más se volvió a retomar. A partir de entonces, el anhelo de convertir a España en una potencia nuclear era solo un recuerdo del pasado.

El Proyecto Islero quedó en el cajón del olvido por el ajetreado ruido de una Transición que prometía derechos y libertades en el seno de una nueva y democrática España. Aunque esa es otra historia.

Esta es la realidad de la España de Franco que no aparece en los libros de texto.

La realidad económica del país, el crecimiento de la clase media, el impulso a los proyectos sociales y el refuerzo de los trabajadores con el engranaje de la Seguridad Social se han sustituido por muchas mentiras y algunas medias verdades.

Sobre el régimen de Franco se han llegado a decir tan burdos disparates que no merece la pena dedicarle más que unas líneas.

Se ha intentado, por ejemplo, presentar la imagen de Franco como una especie de azote de los vascos y catalanes que prohibió y persiguió su lengua.

Como podrá imaginar, esto es radicalmente falso.

El catalán y el vasco no solo no estuvieron prohibidos durante el franquismo, sino que se promocionaron.

La restricción del catalán se limitó estrictamente al trienio posterior a la Guerra Civil, entre otras cosas, porque la gestión de las lenguas cooficiales no estaba entre las prioridades de un país que acababa de superar un duelo fratricida tremendamente desgarrador.

Sin embargo, a partir de ese momento el uso del catalán no solo se mantuvo con cotidianeidad en las familias y círculos privados, sino que se promocionó activamente por entidades locales y estatales.

La recuperación institucional del catalán tuvo un hito temprano en 1942 con la edición de Rosa Mística, obra de Mossèn Camil Geis.

Durante el resto de la década de los 40, el apoyo estatal y local fue en aumento, destacando la obligatoriedad legal impuesta en 1944 de incluir la asignatura de Filología Catalana en las facultades que ofrecieran los estudios de Filología Románica.

Ese mismo año nació el galardón Eugenio Nadal y, poco después, el Estado patrocinó el centenario de Jacinto Verdaguer en 1945.

La consolidación literaria continuó con la creación de los premios Joan Martorell en 1947 y Víctor Catalá en 1949, ambos para literatura catalana, además de los reconocimientos AEDOS y José Bissart, que posteriormente pasaría a llamarse Carles Riba.

En 1951, la apuesta por la lengua se hizo más evidente al equipararse económicamente el premio nacional de poesía en catalán con el de lengua española, coincidiendo con el nacimiento de Ediciones Selecta y el reconocimiento a Josep Pla por su obra El Carrer Estret.

A medida que avanzaban los años 50, 60 y 70, el ecosistema cultural se expandió con certámenes como el Amadeu Oller o el Sant Jordi, este último dotado con las considerables 150.000 pesetas de aquel tiempo.

Hitos como la legalización de Òmnium Cultural en 1961, la aparición de cabeceras como Oriflama o Patufet, y el inicio de las emisiones en catalán en Televisión Española (1964) y Radio Tarragona (1966) desmienten la idea de un idioma silenciado.

El apoyo se extendió a las administraciones provinciales, con cátedras en Lérida y cursos generales en las diputaciones de Barcelona y Tarragona, culminando en mayo de 1975 con un decreto firmado por el propio Franco que oficializaba la introducción de las lenguas regionales en la educación básica

y preescolar.

Esta evolución sugiere que el bilingüismo fue un proceso institucionalmente normalizado y promovido durante el periodo, planteando un escenario histórico que choca frontalmente con las estrategias de comunicación y los intereses políticos de las corrientes independentistas contemporáneas.

Algo similar sucedió con el caso vasco. El euskera solo estuvo retirado de la vida pública durante el primer año y medio posterior al fin de la guerra.

A partir de 1941 comenzaron a publicarse ediciones literarias en lengua vasca.

En el año 1952 se creó la Editorial Kuliska Sarta y, más adelante, en 1961, se fundó la Editorial Auspoa.

Desde ese mismo año, 1961, la empresa CCC ofrecía la posibilidad de aprender euskera por correspondencia.

Durante la década de los años sesenta se inició la celebración de la Feria del Libro y Disco Vasco.

Por su parte, la Diputación de Guipúzcoa editaba la revista literaria Egan.

Asimismo, en 1968 se puso a la venta el primer tomo de la Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco.

La Academia de la Lengua Vasca, Euzkalzaindia, retomó su actividad en la década de los cincuenta, organizando certámenes literarios en las modalidades de novela, poesía, teatro y bertsolaris.

Además, la propia academia llevó a cabo la unificación de los distintos dialectos del vascuence en lo que se denominó euskera batúa.

En 1969 se constituyó la Federación Diocesana de Ikastolas.

Mientras que en 1965 el número de alumnos era de 596, en 1975 la cifra ascendió hasta 26.936.

El intelectual antifranquista Salvador de Madariaga escribió en 1960 una carta dirigida al lehendakari José Antonio Aguirre en la que afirmaba:

Con frecuencia se presenta al régimen como un opresor de las libertades de Euskadi y de Cataluña…

este modo de hablar y de escribir y de pensar es una tremenda injusticia a los españoles no-vascos y no-catalanes.