DE LA POSGUERRA AL MILAGRO ECONÓMICO #5
Sin embargo, el fenómeno más llamativo fue la consolidación de la industria del automóvil con la SEAT en Barcelona, que puso a España sobre ruedas con el mítico SEAT 600, y la aparición de potentes centros industriales en Valladolid con la FASA-Renault,
en Vigo con Citroën y en Madrid con la factoría Barreiros.
Ciudades como Zaragoza, Sevilla, Huelva y Burgos experimentaron crecimientos demográficos y económicos exponenciales gracias a estos incentivos estatales, transformando antiguas capitales de provincia en núcleos fabriles modernos.
Esta pujanza industrial se vio respaldada por un sector energético en expansión, con la construcción de grandes refinerías y la apuesta por la energía nuclear, inaugurándose en 1968 la central de Zorita como símbolo de esta vanguardia técnica.
En el ámbito social, el hito legislativo más relevante de la década fue la aprobación de la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963, que entró en vigor en 1966.
Es fundamental señalar que esta normativa constituye el cimiento jurídico y estructural sobre el cual se asienta el sistema de protección social que tenemos hoy en España.
La ley de 1963 unificó los diversos seguros sociales existentes ― enfermedad, vejez, invalidez― en un sistema integrado de previsión que garantizaba la asistencia sanitaria universal y pensiones dignas para los trabajadores.
Muchos de los principios de solidaridad intergeneracional y caja única que rigen nuestra Seguridad Social actual derivan directamente de este corpus legal de los años sesenta.
La mejora en las condiciones de vida, la nutrición y la sanidad pública se reflejó en un dato demográfico incontestable: la esperanza media de vida de los españoles al nacer para 1970, que a principios de siglo apenas rozaba los 35 años, se situó en los años sesenta por encima de los 74 años.
Habíamos superado a países como Alemania, Italia, Portugal, Japón o Estados Unidos, entre otros.
El turismo fue el otro gran pilar del crecimiento.
Bajo el impulso del Ministerio de Información y Turismo, se profesionalizó el sector y se promovió la imagen de España en el exterior bajo el popular lema «Spain is different».
En 1960, España recibía unos 6 millones de turistas; al final de la década, la cifra superaba los 20 millones.
Este flujo constante de visitantes extranjeros no solo aportó las divisas necesarias para equilibrar la balanza comercial, sino que supuso el reconocimiento total y absoluto de España en el plano internacional.
Piénselo, si la España de los años 60 fue esa «opresora y sanguinaria dictadura» de la que tantos hablan, ¿qué otra dictadura en la historia universal ha recibido 20 millones de turistas al año?
¿Se imagina usted a 20 millones de europeos queriendo pasar sus vacaciones en la Unión Soviética de Stalin?
El desarrollo de la Costa del Sol, la Costa Brava y las Islas Baleares generó una industria de servicios hiperactiva que demandaba mano de obra constante y fomentaba la construcción de hoteles e infraestructuras de transporte, como la ampliación de los aeropuertos de Málaga y Palma de Mallorca.
España se había convertido en el destino preferido de los europeos.
El resultado de esta década de avance industrial, social y laboral fue una España que no solo había crecido económicamente como nunca antes lo hizo, sino que, además, mantuvo una tasa de paro inferior al 3 % para finales de los sesenta.
Para que se haga una idea, con datos de enero de 2025, la tasa de paro en España era superior al 11 %.
Si hablamos de paro juvenil ―menores de 25 años―, entonces nuestra tasa de paro, la más alta de Europa, supera el 25 %.
Sin embargo, en esta década de luces y progreso material, surgió la sombra del terrorismo que marcaría las décadas siguientes.
La organización terrorista ETA (Euskadi Ta Askatasuna) nació en 1959 como una escisión radical de las juventudes del Partido Nacionalista Vasco (PNV) para adoptar una ideología marxista-leninista y nacionalista extrema que propugnaba la «acción-represión-acción».
Aunque en sus primeros años se limitó a actividades de propaganda y sabotaje, en la década de los sesenta cometió sus primeros crímenes de sangre.
En 1968, ETA perpetró sus dos primeros asesinatos planificados: el 7 de junio, el guardia civil José Pardines fue asesinado tras detener un vehículo en un control de carretera; el 2 de agosto, la organización asesinó en Irún a Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-Social de Guipúzcoa.
Estos actos marcaron el inicio de una espiral de violencia que se intentó atajar mediante el estado de excepción, pero que supuso la aparición de un conflicto de seguridad interna que contrastaba drásticamente con la paz y el orden que caracterizaban el desarrollo económico del resto del país.
El estallido de la violencia de ETA coincidió con los últimos años de vida de Franco y, con ello, los últimos años de vida del régimen.
Entrada la década de los setenta, había que decidir hacia dónde debía virar España una vez que Franco no estuviera.
En el seno de este debate, empezaron a aparecer corrientes e ideólogos que propusieron alternativas diferentes.
De un lado se encontraban los aperturistas, entre los que destacaban figuras como Manuel Fraga Iribarne, que terminará siendo uno de los siete padres de la Constitución del 78.
De otro lado se hallaban los inmovilistas, como Girón de Velasco, que se mantenían firmes en la defensa de los principios del régimen.
Por último, tuvieron especial relevancia los conservadores, más partidarios de continuar con las características del tardofranquismo.
Este sector, el de los conservadores, había ganado especial popularidad en los últimos años.
Su figura más relevante fue el almirante Luis Carrero Blanco.
El almirante estuvo obsesionado por dos cosas: conservar el franquismo después de Franco y convertir a España en una potencia nuclear.
Lo primero quizá no dependiera exclusivamente de él, pero lo segundo ya se había puesto en marcha.
El Proyecto Islero fue uno de los planes más discretos y ocultos del franquismo.
El objetivo era dotar a España de su propio arsenal nuclear.
Con esa finalidad comenzó a desarrollarse el plan en la década de los sesenta.
España lo tenía todo para contar con su propia bomba atómica; teníamos uranio enriquecido, reactores nucleares funcionando, científicos capaces y un líder político dispuesto a llevar el plan hasta el final.
España era, por aquel entonces, una potencia industrial que lideraba el progreso económico a escala mundial sin haber comprometido su soberanía.
Solo nos faltaba convertirnos en potencia nuclear.
Y lo cierto es que estuvimos cerca. Sin embargo, un giro dramático de los acontecimientos lo cambió absolutamente todo para siempre.
El 20 de diciembre de 1973 un coche voló por los aires literalmente a 30 metros de altura.
Sobrepasó un edificio de cinco pisos en la Calle Claudio Coello, pleno centro de Madrid, hasta caer aplastado contra el suelo del patio interior de un convento.
Dentro quedaron tres cadáveres. Uno de ellos era el hombre más poderoso de España, el elegido para suceder a Franco, un hombre que, según algunos, poseía un secreto tan peligroso que firmó su propia sentencia de muerte.
Ese día cambió la historia del país, pero no solo por la muerte del almirante Luis Carrero Blanco, sino porque su fallecimiento fue demasiado perfecto, oportuno y conveniente para demasiada gente.
La pregunta que hoy, cincuenta años después, sigue sin respuesta clara es quién ordenó realmente el asesinato.
La versión oficial señala a ETA, sin embargo, existen sospechas de una trama mucho más compleja.
Las piezas del rompecabezas no parecen encajar; existen eslabones perdidos en una operación demasiado conveniente para demasiadas personas cuyos ojos estaban implacablemente puestos sobre el futuro de España.
La versión institucional describe a un comando de cuatro personas que excavaron un túnel y pusieron una bomba en una operación audaz e imposible de repetir.
Sin embargo, hay otra versión que no aparece en los libros de texto y que involucra a la CIA, a Henry Kissinger y al proyecto de la bomba atómica española, sugiriendo un asesinato de Estado disfrazado de atentado terrorista.
Aquella mañana, cuando Carrero Blanco salió de misa, no sabía que bajo el asfalto de la calle Claudio Coello le esperaban 75 kilos de explosivos.
Se dice que días antes el almirante estaba nervioso y paranoico, habiendo rechazado incluso el coche blindado ofrecido por el Gobierno, como si retara al destino o supiera que ya estaba sentenciado.
Para entender quién mató a Carrero Blanco hay que comprender quién era y qué sabía.
No era un político cualquiera; era el hombre en quien el Caudillo confiaba plenamente para mantener el franquismo y, sobre todo, para convertir a España en una potencia nuclear a través del Proyecto Islero.
Este proyecto, real y avanzado, pretendía cambiar el equilibrio de poder en el Mediterráneo, algo que ciertas potencias internacionales no podían permitir.
Sabemos también que Henry Kissinger, secretario de Estado de los Estados Unidos y arquitecto de diversos golpes de Estado, visitó Madrid para reunirse con Carrero Blanco.
Kissinger tenía motivos para querer eliminar al almirante por orden de Richard Nixon para impedir el desarrollo nuclear español.
Desde luego, no sería de extrañar que la inteligencia estadounidense, que vigilaba de cerca a ETA, permitiera o incluso ayudara a que el magnicidio ocurriera.
La ejecución del atentado fue demasiado profesional para un grupo sin experiencia previa en túneles o explosivos militares de gran escala.
El túnel estaba perfectamente calculado para salir en el centro exacto de la calle por donde pasaba el coche del almirante.
ETA era, por aquel momento, una banda de trasnochados pseudo-revolucionarios sin una extensa trayectoria en el mundo del crimen.
Su primer atentado mortal lo cometieron pocos años antes de hacer un magnicidio a esta escala.