FRANCO Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL #3
Los soldados españoles compartían sus raciones de comida con los niños rusos, ayudaban en las labores del campo y asistían a ceremonias religiosas ortodoxas en los pueblos ocupados.
Este comportamiento quijotesco e indisciplinado según los estándares prusianos, fue en realidad un ejercicio de cristianismo militante que humanizó el frente.
Para los españoles, el enemigo no era el pueblo ruso, al que veían como víctima del sistema bolchevique, sino el régimen de Stalin.
El testimonio de los diarios de Lidia Osipova ―lavandera rusa que vivió en Leningrado― refleja la imagen que los combatientes de la División Azul les transmitieron a los propios rusos.
En las notas del día 17 de septiembre de 1942 escribe lo siguiente: «Ocurrió un suceso que conmovió a la población. Un huérfano de guerra que andaba vagabundeando robó un pan, por lo que estuvo a punto de ser fusilado, a no ser por la enérgica intervención de un capitán español».
El día 1 de octubre de ese mismo año añadía: «Una joven que trabajaba en el baño y la desinfección con los españoles fue muerta por la metralla de una granada. El féretro fue llevado a hombros por los españoles, que la enterraron con todos los honores y con gran duelo»98.
La eficacia militar de la división fue tal que los soviéticos la consideraron uno de los obstáculos más correosos de su frente norte.
El propio Hitler, que solía ser crítico con los aliados mediterráneos y recordaba su escaso apego a las normas de higiene y a las pautas alemanas, llegó a elogiar la valentía de los españoles en sus conversaciones privadas, afirmando que «no hay soldados más valientes que los españoles».
Sin embargo, Franco y su Gobierno manejaron la división como una pieza de cambio diplomático.
Cuando el signo de la guerra comenzó a cambiar tras Stalingrado y la presión de los Aliados occidentales sobre España se intensificó, Franco no dudó en ordenar la repatriación de la unidad en 1943.
Este movimiento demuestra que la soberanía española nunca estuvo hipotecada por la presencia en el frente ruso.
La disolución de la división y la posterior formación de la Legión Azul ―mucho más reducida― fue un paso hacia la neutralidad estricta, probando que el compromiso de España con el Eje era condicional y limitado a la lucha anticomunista.
De los aproximadamente 45.000 hombres que pasaron por la División Azul en sus diversos relevos, casi 5000 perdieron la vida y otros miles resultaron heridos o mutilados.
Su sacrificio no fue el de unos mercenarios al servicio de una potencia extranjera, sino el de unos idealistas que creían estar librando la batalla definitiva por la supervivencia de la civilización occidental.
Incluso aquellos que fueron capturados y pasaron más de una década en los gulags soviéticos, como los que regresaron en el buque Semíramis en 1954, mantuvieron una dignidad y una cohesión que asombró a sus captores.
Dignificar su labor es reconocer que, gracias a su presencia en el frente del este, España pudo sostener su argumento de que estaba combatiendo el comunismo de forma activa, lo que en gran medida sirvió para que, tras 1945,
las potencias occidentales comprendieran que el régimen de Franco era el único baluarte anticomunista sólido en Europa, facilitando la supervivencia del Estado español en la Guerra Fría.
La División Azul fue, ante todo, un firme motor de camaradería que permitió a España saldar cuentas con el pasado soviético sin comprometer su futuro con Occidente.
Fue una unidad de voluntarios cuya labor heroica en las estepas rusas constituye una de las páginas más brillantes del historial militar español por su valor, su humanidad y su sentido del deber.
Desmitificar su historia implica entender que no fueron peones del nazismo, sino los últimos combatientes de una guerra que para España había empezado en 1936 y que no terminaría hasta que la amenaza roja fuera definitivamente contenida.
Su huella en Rusia, recordada aún hoy con respeto en muchos de los lugares donde combatieron, es el testimonio de una generación que no dudó en cruzar un continente entero para defender sus convicciones, logrando que España, a pesar de las presiones de un mundo en llamas,
permaneciera como una isla de paz y soberanía.
Hoy, la memoria de los combatientes descansa sobre los versos que poblaban su himno:
Con mi canción
la gloria va
por los caminos del adiós,
que en Rusia están
los camaradas de mi División.
Cielo azul
a la estepa desde España llevaré,
se fundirá la nieve
al avanzar, mi capitán.
Vuelvan por mí
el martillo al taller,
la hoz al trigal.
Brillen al sol
las flechas en el haz
para ti,
que mi vuelta alborozada has de esperar
entre el clamor
del clarín inmortal.
En la distancia queda
gozo del hogar
con aires de campanas,
vuelo de la paz.
Resuenan los tambores;
Europa rompe albores,
aligerando nubes
con nuestro caminar.
Con humo de combate
yo retornaré,
con cantos y paisajes
que de allí traeré.
Avanzando voy;
para un mundo sombrío
llevamos el sol;
avanzando voy
para un cielo vacío
llevamos a Dios99.