La historia de la Guerra Civil que no te cuentan FRANCO Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL #2
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FRANCO Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL #2

En realidad, Franco entendió mejor que nadie que Alemania no podía ganar una guerra de desgaste contra el Imperio Británico y los Estados Unidos.

Tras el fracaso de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra en octubre de 1940, la convicción de Franco de que la guerra sería larga se reforzó.

Su estrategia consistió en prolongar las negociaciones sine die.

Mientras Hitler esperaba una respuesta clara, el Palacio de El Pardo emitía constantes informes sobre la falta de preparación de las defensas costeras y la debilidad del ferrocarril español.

Esta «resistencia pasiva» fue lo que verdaderamente frustró los planes de Hitler de cerrar el Mediterráneo a través de Gibraltar.

Fue en ese momento cuando el mismísimo Führer le confesó a Mussolini una frase que quedaría para la posteridad: «Prefiero que me saquen tres o cuatro muelas antes que reunirme de nuevo con ese Franco».

Por virtud o por fortuna, Franco había esquivado una bala y, con ello, nos permitió esquivarla a todos los españoles, nunca mejor dicho.

Lo que sí es cierto es que, pese a que España jamás formó parte de la Segunda Guerra Mundial, intervino como colaborador esporádico en un episodio que, para variar, no siempre es contado de manera fidedigna.

La creación y el despliegue de la 250.a División de la Wehrmacht, universalmente conocida como la División Azul, constituye uno de los episodios más singulares y a menudo malinterpretados de la historia contemporánea española.

Para comprender la naturaleza de esta unidad, es imperativo analizarla bajo una premisa crucial: España no buscaba una guerra contra las democracias occidentales ―con las que mantenía una neutralidad oficial escrupulosamente vigilada―,

sino la culminación de su propia lucha contra el comunismo soviético.

La División Azul fue, en esencia, una expedición de devolución de visita.

Si la URSS había enviado a las Brigadas Internacionales y suministros para intentar sovietizar España, los españoles enviaban ahora a sus mejores hombres para combatir el foco de esa amenaza en su propio origen.

Esta distinción es fundamental para desmitificar la idea de que España era un satélite del Eje; la participación española fue limitada, voluntaria y dirigida exclusivamente contra un enemigo común, permitiendo que el Estado español permaneciera técnicamente en paz con el resto del mundo.

El reclutamiento de la división, iniciado tras el estallido de la «Operación Barbarroja» en junio de 1941, desbordó todas las previsiones oficiales, lo que demuestra el profundo sentimiento anticomunista que imperaba en la sociedad de la época.

En apenas unas semanas, miles de voluntarios se agolparon en los banderines de enganche; desde estudiantes universitarios y falangistas de la «vieja guardia» hasta militares profesionales y antiguos combatientes de la Guerra Civil.

No se trató de una leva forzosa, sino de un movimiento de entusiasmo popular: en Madrid y Zaragoza las cuotas se cubrieron en horas, y muchos tuvieron que recurrir a influencias para no quedar fuera de la expedición.

Este fervor no respondía a otra cosa que a la convicción de que el comunismo era una hidra que debía ser aplastada para asegurar la paz en Europa.

El resultado final de la 250ª División fue una composición brillante para un cuerpo militar; integraba a una amalgama de voluntarios que abarcaba desde la élite universitaria y falangista hasta militares de carrera condecorados.

La División Azul se formó oficialmente el 26 de junio de 1941.

Los primeros voluntarios salieron el 23 de julio, desde Madrid, y llegaron a Alemania cuatro días más tarde.

Allí, se dirigieron al campamento de Grafenwöhr para integrarse con las tropas alemanas.

Una vez en el frente ruso, específicamente en el sector de Nóvgorod y el río Voljov, y posteriormente en el asedio de Leningrado, los soldados españoles demostraron una capacidad combativa que asombró a sus propios mandos alemanes.

Pese a las carencias materiales y al hecho de haber sido dotados con equipos en muchas ocasiones inferiores a los de las unidades de élite alemanas, los españoles compensaron con una improvisación táctica y un valor temerario que les valió el respeto de amigos y enemigos.

Al mando de esta fuerza expedicionaria se situó el general Agustín Muñoz Grandes, un militar de prestigio cuya figura proyectaba una autoridad carismática y un compromiso total con sus hombres; años después, le sucedería el general Emilio Esteban-Infantes,

quien gestionaría la etapa más defensiva y cruenta de la unidad.

Entre sus filas destacaron rostros que luego tendrían un peso crucial en la vida pública española, como el futuro cineasta Luis García Berlanga, el escritor Dionisio Ridruejo o el propio Luis Cierco.

Los datos de filiación revelan que casi el 50 % de los oficiales poseían títulos de educación superior, lo que convertía a la División Azul en una de las unidades más cultas y políticamente concienciadas de todo el frente oriental.

Las condiciones en las que estos hombres operaron rozaron los límites de la resistencia biológica.

El invierno ruso de 1941-1942 fue uno de los más cruentos del siglo, con temperaturas que se desplomaron hasta los -40°C y -45°C.

El armamento y el equipo, aunque suministrados por Alemania, resultaron a menudo insuficientes para el frío extremo: el aceite de los fusiles Mauser Kar 98k se congelaba, inutilizando el mecanismo de disparo si no se limpiaba meticulosamente con gasolina,

y las ametralladoras MG34 requerían un cuidado constante para no encasquillarse por la escarcha.

Los soldados españoles, acostumbrados al clima mediterráneo, sufrieron miles de bajas por congelación de extremidades; los datos médicos registran que solo en la primera campaña hubo más de 2000 amputaciones.

A falta de botas de nieve adecuadas, los divisionarios envolvían sus calzados en paja y sacos para evitar la gangrena.

El historial bélico de la División Azul se articula a través de una serie de enfrentamientos donde la pericia táctica y el sacrificio personal evitaron desastres mayores para el sector norte del frente.

Tras el cruce del río Voljov en octubre de 1941, la unidad se bautizó en sangre en la Posición de la Intermedia, donde la resistencia española contra las oleadas soviéticas forjó una reputación de dureza que asombró a los oficiales de la Wehrmacht.

Poco después, en el asfixiante invierno de enero de 1942, se produjo la Gesta del Lago Ilmen, una operación casi suicida donde una compañía de esquiadores atravesó una llanura de hielo a temperaturas inferiores a los -50°C para socorrer a una unidad alemana cercada en Vshivka;

la misión fue un éxito, aunque el precio fue la práctica aniquilación de la compañía.

Simultáneamente, la defensa de Possad se convirtió en un infierno de combates urbanos y trincheras heladas que duró semanas bajo un bombardeo constante.

Sin embargo, el cénit militar llegó el 10 de febrero de 1943 con la legendaria Batalla de Krasny Bor.

En esta jornada, apenas 5900 españoles, dotados de armamento ligero y cócteles molotov, contuvieron el envite de cuatro divisiones soviéticas ―unos 44.000 hombres― apoyadas por cien tanques.

Con una desproporción de fuerzas de casi diez a uno, la División Azul logró frenar la ofensiva del Ejército Rojo, sufriendo bajas que alcanzaron el 75 % en algunas unidades, pero manteniendo la línea y evitando el colapso del frente.

Este heroísmo fue la más viva demostración de una mística de sacrificio que veía en cada posición defendida un muro contra la barbarie que ya habían conocido en España durante los años del Frente Popular.

El resultado fue una victoria táctica defensiva sin parangón: el frente no se rompió, el cerco de Leningrado no fue levantado por ese sector, y el Ejército Rojo sufrió bajas desproporcionadas ante una muralla de hombres que se negaron a retroceder.

La relación de los divisionarios con la población civil rusa es otro dato concreto que sirve para desmitificar las falaces acusaciones que pretenden deshumanizar a los combatientes.

Numerosos testimonios, tanto de veteranos españoles como de civiles rusos supervivientes, coinciden en señalar que los españoles trataron a la población local con una humanidad ausente en otros contingentes.

Juan José Sanz Jarque, miembro de la División Azul, confesó los siguiente en una entrevista concedida al ABC en el 2013:

A la División Azul se la silenció durante la guerra hasta que se ha conocido la verdad, que es que cumplió su cometido en el frente.

Dejamos de ser los desarrapados de las marchas, como nos decían los alemanes, para convertirnos en gente respetada y que sabía morir con prestigio.

Además se ha conocido la verdad sobre el pueblo ruso, con los que mantuvimos una buena relación y que, hoy por hoy, tiene un buen recuerdo nuestro.

Yo en 1971 fui invitado de honor por su Gobierno97.