La historia de la Guerra Civil que no te cuentan FRANCO Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
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FRANCO Y LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Una vez vista la verdadera naturaleza del alzamiento de julio de 1936 así como el desarrollo de la Guerra Civil desde el bando nacional, ahora toca abordar otro de los grandes puntos de conflicto que giran alrededor de la figura de Franco.

La relación de Franco con la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler ha sido objeto de especulación masiva y, por qué no decirlo, de conspiración hasta cierto punto.

Desde luego, existe una pregunta que ronda la cabeza de todos los investigadores y estudiosos tanto de la Guerra Civil como de la Segunda Guerra Mundial.

Si tanto Italia como Alemania colaboraron con Franco durante la Guerra Civil, ¿cómo es posible que España no participara en la Segunda Guerra Mundial?

¿Fue una traición de Franco a sus antiguos aliados?

¿Ningunearon, alemanes e italianos, la ayuda de España en su conflicto?

¿Cómo de voluntaria fue la maniobra que alejó a España de la Segunda Guerra Mundial? A todo esto pretendemos dar respuesta.

Durante décadas, una buena parte de la historiografía moderna ha sostenido la tesis de que la no intervención de España en la Segunda Guerra Mundial fue una suerte de accidente histórico o el resultado de un desprecio alemán hacia un aliado mendicante.

Sin embargo, la neutralidad española fue una construcción mucho más deliberada, estratégica y compleja de lo que en ocasiones suele darse a entender.

Lejos de ser un títere de las potencias del Eje, Franco desplegó una política de «neutralidad activa» y, posteriormente, de «no beligerancia» que tenía como objetivo supremo la preservación de la soberanía nacional en una España exhausta tras tres años de guerra.

La realidad es que Franco no quería entrar en el conflicto, y sus maniobras en la histórica entrevista de Hendaya así lo demostraron.

Esta reunión tuvo lugar un 23 de octubre de 1940 en la frontera franco-española.

No fue una entrevista como otra cualquiera.

Carmen Franco, hija del Generalísimo, narra la forma en que vivieron ese encuentro en el seno familiar: «Cuando mi padre se fue a ver a Hitler dejó a tres personas por si lo secuestraban, porque cuando fue allí no se sabía lo que podía pasar. Te podían secuestrar,

y entonces dejó a tres personas el mando en una carta. Y una de las personas era el general Muñoz Grande».

Los días previos a la reunión, Franco pasó dos noches en el Palacio de Ayete, en San Sebastián.

A las 15:20 horas del 23 de octubre llegaba a Hendaya el tren Erika en el que viajaba Hitler.

Por su parte, Franco llegó a la estación francesa con ocho minutos de retraso.

Imagine por un momento la situación; la impávida rectitud alemana del hombre que se disponía a conquistar medio mundo padeciendo las consecuencias de la parsimonia española en su máxima expresión95.

Franco acudió al encuentro acompañado por su ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer.

Hitler, por su parte, lo haría de la mano de Joachim von Ribbentrop.

Al pie de la estación participaron en el saludo inicial el embajador español en Alemania, Eugenio Espinosa de los Monteros, y el embajador alemán en España, el barón Eberhard von Stohrer.

Sin embargo, ninguno de los embajadores presenciaría la entrevista.

Los asistentes a la reunión serían únicamente Franco, Serrano Suñer, Hitler, Von Ribbentrop y dos traductores.

Desde el comienzo, el Führer quiso dejar las cosas claras pronunciando una frase tan demoledora como intimidatoria: «Yo soy el dueño de Europa y como tengo a mi disposición doscientas divisiones no hay más que obedecer».

De algún modo, el objetivo del líder alemán era convencer a Franco de la necesidad de unir sus tropas para derrotar ambos a los Aliados en Gibraltar.

La propuesta de Hitler era, a todas luces, tremendamente ambigua.

No pidió directamente la participación de España en la contienda mundial, sino que trató de persuadir a Franco para que entendiera la importancia de acabar con la presencia de los británicos en Libia y Gibraltar.

Sin embargo, Franco era consciente de que su nación estaba en una situación crítica tras haber superado tres extenuantes años de guerra.

Desde luego, no parecía que la incorporación de España a una guerra mundial fuera a mejorar las condiciones de la nación.

Por eso mismo, la estrategia de Franco durante las dos entrevistas que tuvieron lugar a lo largo del día 23 de octubre de 1940 fue mantener una pragmática diplomacia que consiguiera la encomiable labor de no enfadar al Führer ni motivarle a tomar represalias contra los españoles,

al mismo tiempo que asegurar la no participación de España en la Segunda Guerra Mundial.

Para ello, Franco comenzó a ponerle precio a las exigencias de Hitler a través de unas condiciones faraónicas que sabía que los alemanes no podrían cumplir.

Entre ellas, se pidió la entrega a España tanto de Gibraltar como del Marruecos francés.

Hitler, asombrado por la bravura de las propuestas de su contertulio, contestó que no podía comprometerse a la entrega de ningún territorio hasta que no se entrevistara con Petain ―líder de la Francia de Vichy― al día siguiente.

Franco aprovechó astutamente la cronología de los acontecimientos para hacerle ver al Führer que no quería perjudicar su posterior encuentro con el francés para, así, dar por cerrada la reunión sin ningún compromiso a la vista.

Y esto fue exactamente lo que sucedió. Serrano Suñer, testigo de la reunión, contaría años más tarde, en 1976, la escena final de aquel encuentro, el cual calificó también de haber sido algo pesado:

Franco cogió con sus dos manos la mano que Hitler le tendía y sonriendo le dijo: «A pesar de cuanto he dicho, si llegara un día en que Alemania de verdad me necesitara me tendría incondicionalmente a su lado, y sin ninguna exigencia».

Franco sabía que, pese a su procrastinación en la posible alianza entre España y Alemania, llevarse mal con Hitler no era una buena opción.

El contexto en el que España se movía entre 1939 y 1941 era de una fragilidad extrema.

La nación carecía de suministros básicos, combustible y armamento moderno, lo que convertía cualquier aventura bélica en un suicidio colectivo.

Por eso, a pesar de la ayuda recibida por Alemania e Italia durante la Guerra Civil, Franco decidió mantener una distancia pragmática.

Muchos historiadores han pretendido hacer ver que el resultado de esta reunión fue fruto de la más absoluta fortuna.

Otros han preferido pensar que Hitler, después de entrevistarse con Franco, se quedó con la imagen del indisciplinado e impuntual militar español y reconsideró la oferta que había hecho para aliarse con nosotros.

Sea fortuna, ninguneo o una magistral estrategia del Generalísimo, la realidad es que la participación de España en la Segunda Guerra Mundial nunca se llegó a dar.

España no formó parte de una contienda mundial que habría terminado de hundir sus últimas posibilidades de rehacerse tras la posguerra y, al mismo tiempo, mantuvo su soberanía hasta el último momento frente a un Eje que ni quiso, ni se atrevió a invadirnos.

Tampoco le funcionó a Hitler la jugada de contar con el apoyo de los españoles para iniciar su expulsión de los británicos en Gibraltar.

El Führer había alcanzado su cénit tras la caída de Francia en mayo de 1940, por lo que su poder de negociación no paraba de aumentar.

Los alemanes habían orquestado un plan llamado «Operación Félix» que consistía en obtener el permiso de Franco para que las tropas alemanas se introdujeran en España con la finalidad de ocupar Gibraltar.

Franco, consciente de que la entrada de la Wehrmacht96 en la península significaría la pérdida de la soberanía nacional y la inmediata represalia británica sobre las Canarias y las rutas de suministro de grano, utilizó la diplomacia como un escudo de tiempo.

Por eso, su decisión fue solicitar a Alemania ingentes cantidades de trigo ―cientos de miles de toneladas― y petróleo que Berlín no podía suministrar, vinculando la entrada en la guerra a una previa satisfacción de necesidades que Hitler calificó de «absurdas».

No hubo, por tanto, una voluntad de combate, sino una gestión del «no» a través de condiciones imposibles.

La figura de Ramón Serrano Súñer, a menudo presentado como el gran impulsor de la alianza con los nazis, cumplió en realidad un papel de pararrayos diplomático.

Mientras se mantenían las formas de cordialidad ideológica con Berlín y Roma para evitar una invasión alemana ―que siempre fue un peligro real en los Pirineos―, el Gobierno español negociaba discretamente con Londres y Washington para asegurar la llegada de suministros esenciales.

Las estadísticas de comercio exterior de la época muestran cómo España dependía vitalmente de las importaciones de combustible y cereales procedentes de América, un cordón umbilical que el bando aliado controlaba.

Franco sabía que, si cedía a las pretensiones de las potencias del Eje, el país moriría de hambre en cuestión de meses.

No siempre se repara lo suficiente en este acontecimiento.

Con la «Operación Félix», Hitler llegó a considerar seriamente la invasión de España para forzar la toma de Gibraltar, pero sus generales le advirtieron del riesgo de iniciar una guerra de guerrillas en un terreno tan accidentado como el español, con un ejército que, aunque mal equipado,

tenía la experiencia reciente de tres años de combate.

España, lejos de ser un satélite, fortificó la frontera norte.

Se dispusieron divisiones en los Pirineos para disuadir cualquier ayuda no solicitada del Eje.

Esta desconfianza mutua se vio reflejada también en el ámbito económico.

España mantuvo el comercio de wolframio tanto con Alemania como con los Aliados, jugando a dos bandas para obtener divisas y suministros básicos.

Cuando la presión de Estados Unidos y Gran Bretaña se hizo insoportable a través de los embargos de petróleo, Franco no dudó en recortar los suministros a Alemania para salvar la economía nacional, demostrando que su lealtad no era hacia el Eje, sino hacia la supervivencia de España.