La historia de la Guerra Civil que no te cuentan LA GUERRA CIVIL EN EL BANDO NACIONAL #4
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LA GUERRA CIVIL EN EL BANDO NACIONAL #4

En esta primera etapa, con una Junta de Defensa Nacional dirigida por Miguel Cabanellas, las investigaciones de Salas Larrazábal registran aproximadamente 14.850 ejecuciones.

Sin embargo, la situación cambiará a partir del 1 de octubre de 1936.

Desde ese momento Franco ya contaba con los galardones de Generalísimo de los Ejércitos, Caudillo y Jefe de Estado.

Ahora sí, era indiscutiblemente la máxima autoridad dentro del bando nacional.

Lo cual no deja de resultar sorprendente, puesto que su protagonismo fue tan repentino como imprevisto.

Como decíamos antes, por delante de Franco estaban otras tantas figuras llamadas a liderar el alzamiento.

Uno de ellos fue el general Sanjurjo, el cual falleció el 20 de julio de 1936 al estrellarse el avión ―un pequeño De Havilland DH.

80 Puss Moth― en el que despegaba de Cascais, Portugal, con destino a España.

De manera similar falleció otra personalidad destacada en el alzamiento, aunque en este caso, después de la proclamación de Franco como Jefe de Estado.

Se trata del caso del general Emilio Mola, el director del levantamiento que murió el 3 de junio de 1937 cuando el avión Airspeed Envoy en el que viajaba se estrelló en una colina cerca de Alcocero, Burgos, durante un fuerte temporal.

La similitud de los accidentes, así como la importancia de los fallecidos, ha alimentado varias teorías de la conspiración que ubican a Franco o a sus seguidores como los artífices de estos acontecimientos.

Sin embargo, nunca se ha podido demostrar fidedignamente que así fuera.

En este nuevo período que afrontaba el territorio nacional, la principal novedad fue que se consiguió acabar con estos castigos ejemplares sin previa instrucción de causa judicial.

Para ello, se logró que todos los casos tuvieran que pasar, necesariamente, bien por un Consejo de Guerra Sumarísimo, o bien por un Consejo de Guerra Sumarísimo Urgente; pero, en cualquier caso, la ejecución que se dictara debía de haber ido precedida de un procedimiento judicial.

El resultado, siguiendo las cifras de Larrazábal, es que desde octubre de 1936 hasta el final de la guerra, se contabilizaron aproximadamente 20.150 ejecuciones.

Si las afirmaciones del investigador fueran las mejores estimaciones proporcionadas sobre el número de víctimas de la Guerra Civil, el balance final quedaría de la siguiente manera: 35.000 víctimas en la retaguardia nacional frente a 72.500 en territorio frentepopulista.

Sin embargo, como afirmábamos antes, cuando el número de fallecidos no se cuenta por decenas, ni centenas, ni millares, sino decenas de millares, cualquier afirmación es solo una estimación cuya credibilidad dependerá, principalmente,

de la rigurosidad en los métodos que haya empleado el investigador.

Reducir el dolor de la Guerra Civil a una fría «comparativa de datos» es un acto de un cinismo imperdonable.

Tratar la vida de una persona como una cifra que se suma o se resta al cómputo global es tratar de sustituir su dolor por el relato político.

No quiere decir esto que los datos no deban ser conocidos o revisados; al contrario, se trata de que todo estudio, análisis o investigación que se realice tenga siempre en consideración el contexto necesario como para entender las circunstancias en las que una persona se convirtió en víctima.

Por eso, más allá de la veracidad que le otorguemos a uno u otro historiador, quizá deberíamos preguntarnos por qué la estrategia de los propagandistas del Régimen del 78 ha sido silenciar a quienes han considerado oportuno, en lugar de refutar sus investigaciones.

El colapso del bando gubernamental llegó finalmente en 1939.

Con la frontera francesa sellada y el reconocimiento internacional de Reino Unido y Francia al Gobierno de Franco el 27 de febrero, la resistencia en la denominada Zona Centro-Sur se volvió una quimera sostenida únicamente por la obstinación de Juan Negrín y el Partido Comunista,

quienes apostaban por una prolongación agónica del conflicto a la espera de una conflagración europea.

Esta tensión interna estalló el 5 de marzo con el ya citado golpe de Estado del coronel Segismundo Casado, quien, apoyado por sectores socialistas de Julián Besteiro y la CNT, se sublevó en Madrid contra el Gobierno de Negrín para buscar una paz honrosa que evitara más derramamiento de sangre.

El enfrentamiento fratricida dentro de la propia capital entre casadistas y comunistas terminó de quebrar la moral de las tropas, dejando un frente desguarnecido que Franco no necesitó romper por la fuerza.

La Ofensiva de la Victoria, iniciada el 26 de marzo, se convirtió en un avance administrativo y pacífico sobre ciudades que se entregaban sin resistencia; el 28 de marzo las tropas nacionales entraban en un Madrid exhausto,

y el 31 de marzo caían los últimos puertos mediterráneos como Alicante y Cartagena.

La guerra concluía oficialmente el 1 de abril de 1939 con el último parte de guerra emitido desde Burgos, certificando que, ante la deserción masiva de los mandos y la entrega de las armas, el ejército frentepopulista había dejado de existir como fuerza combatiente.

Había terminado, al fin, la Guerra Civil española.