La historia de la Guerra Civil que no te cuentan LA GUERRA CIVIL EN EL BANDO NACIONAL
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LA GUERRA CIVIL EN EL BANDO NACIONAL

En los capítulos anteriores se ha abordado de manera sucinta el alzamiento militar y su expansión durante los días 17, 18 y 19 de julio.

Sin embargo, es necesario estudiarlo en la profundidad que merece para entender su verdadera naturaleza.

En primer lugar, la gran falsedad sobre la que oscila el relato del Régimen del 78 es hacer ver el alzamiento de julio de 1936 como un golpe de Estado contra la «democrática Segunda República».

Esto es radicalmente falso, y no solo por la segunda proposición del enunciado.

El alzamiento no se produjo en ningún momento contra el régimen republicano.

La Guerra Civil no enfrentó a «monárquicos» contra «antimonárquicos».

Prueba de ello es que a la propia sublevación se unieron líderes, militares y mandos del ejército que fueron acérrimos republicanos.

Ejemplo de ello son Mola, Queipo de Llano, Yagüe y el caso más paradigmático de todos, el del general Miguel Cabanellas, republicano, masón y afín a la sublevación.

La sublevación no se produjo contra la República, ni mucho menos contra los republicanos.

El alzamiento militar de julio de 1936 se efectuó contra el Gobierno ilegal e ilegítimo del Frente Popular.

Fue ilegal desde el momento en el que nació de unas elecciones fraudulentas, reconocido por el propio Alcalá-Zamora, tal y como hemos visto con anterioridad.

Además, fue ilegítimo puesto que su llegada al poder no pretendió jamás establecer un Gobierno para todos los españoles, sino una España que se convirtiera en el feudo de Moscú.

Algún lector podría pensar que tal afirmación es poco menos que una maquiavélica conspiración sin el mayor ápice de veracidad.

Si este fuera su caso, no tendría más que acudir al titular de una entrevista a Francisco Largo Caballero que publicaba el diario La Prensa el 21 de febrero de 1936.

En esta, el bolchevizado líder socialista dejaba claras sus intenciones al afirmar, textualmente: «Habrá sóviet en España en cuanto caiga Azaña»90.

Y añadía que «el socialismo exige ahora una dictadura proletaria».

Este fue el mensaje; repito, proclamado cinco meses antes del alzamiento de julio.

Así era el modelo de Gobierno ideal que quisieron establecer.

No solamente carecían de motivos legales para ser aceptados; estaban absolutamente desprovistos de la más mínima vocación de Estado.

Ni Largo Caballero, ni Indalecio Prieto, ni Julián Besteiro, ni Negrín, ni sus socios del Frente Popular fueron jamás hombres de Estado, sino hombres de Moscú.

Quizá por eso se explique el famoso episodio al que la historiografía ha dado el nombre del «Oro de Moscú».

Iniciado el alzamiento, los frentepopulistas necesitaban aliados que estuvieran dispuestos a alistarse con ellos en la contienda que ya se estaba disputando.

Por eso, a los pocos meses del alzamiento, el Gobierno presidido por Largo Caballero ordenó, a iniciativa del también socialista Juan Negrín ―ministro de Hacienda―, enviar 510 toneladas de las reservas de oro del Banco de España hasta Moscú.

Esta operación produjo un traslado y, por tanto, una pérdida del 72,6 % de las reservas que poseíamos en aquel momento.

Así intentaron ganarse la amistad de Stalin los frentepopulistas.

El resultado de este ilegítimo Gobierno del Frente Popular fue una violencia insoportable e incontenible en cuestión de meses: entre febrero y julio de ese año se registraron 160 iglesias totalmente destruidas, 269 asesinatos políticos y 113 huelgas generales.

La policía no intervenía ante las ocupaciones ilegales de fincas ni ante el asalto a las redacciones de periódicos de la oposición.

El clima de terror no se dejaba de respirar en las calles.

Los ciudadanos no tenían seguridad jurídica ni protección física frente a las milicias de partido que campaban a sus anchas por las ciudades.

Contra todo esto se alzaron los militares sublevados en julio de 1936.

En vistas de lo anterior, es importante aclarar que los mal llamados «republicanos» durante la Guerra Civil no fueron tal cosa sino «frentepopulistas» o, en todo caso, «gubernamentales», puesto que: (i) la sublevación no se produjo contra el sistema republicano,

sino contra un Gobierno ilegal e ilegítimo; (ii) en el bando nacional participaron también militares y altos cargos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que fueron republicanos empedernidos; (iii) en consecuencia, la Guerra Civil no enfrentó a monárquicos contra antimonárquicos,

ni a sublevados contra republicanos, sino a «nacionales» contra «frentepopulistas».

Aclarado lo anterior, es momento de desmontar el otro gran mito que suele ir acompañado de la mano del alzamiento.

La siguiente gran mentira que se nos cuenta es que todo fue fruto de un maquiavélico plan orquestado por parte de Franco para intentar hacerse con el poder.

La realidad es que Franco estuvo indeciso hasta el último momento.

Antes de él, todo el mundo se había sublevado ya en España.

Lo habían hecho Mola, Sanjurjo, Queipo de Llano, Goded, Kindelán, Orgaz y Varela.

La figura de Franco no solo se mantuvo en la incertidumbre, sino también en el ostracismo.

Durante el alzamiento, su papel no fue más destacado que el de otros generales, pues tenía encomendada únicamente la dirección del ejército del sur.

El 17 de julio, Franco se encontraba en Las Palmas de Gran Canaria.

Al recibir la noticia de que la sublevación había comenzado en el Protectorado de Marruecos ―conformado por Melilla, Ceuta y Tetuán―, decidió poner en marcha el levantamiento en Canarias.

Un día después, el 18 de julio, salió de Las Palmas en el avión Dragon Rapide hacia Casablanca, para posteriormente trasladarse a Tetuán.

Desde allí, se puso al frente de las tropas de la Legión y los Regulares.

Finalmente, el 19 de julio, Franco terminó asumiendo el mando supremo de las tropas sublevadas en el norte de África.

Tras estos días en los que tanto Franco como militares republicanos se opusieron al Gobierno del Frente Popular, España se dividió en dos mitades.

Del lado nacional quedaron Galicia, Castilla y León, Navarra, Álava, Zaragoza, Cáceres, Sevilla, Córdoba, Granada, Canarias, Marruecos y las Baleares, a excepción de Menorca.

Eran, en su mayoría, zonas rurales con menor densidad de población que sumaban 29 capitales de provincia y unos 10,5 millones de habitantes en total.

Con respecto a las unidades de mando, los nacionales contaban con las tropas de África, la Legión y los Regulares, aproximadamente la mitad de la Guardia Civil y de los oficiales y, por último, un cuerpo de voluntarios compuesto por falangistas,

carlistas y militantes de las juventudes de Acción Popular y Renovación Española.

De ellos, la Comunión Tradicionalista y la FE de las J.O.N.S. quedaron fusionados tras el Decreto de Unificación promulgado el 20 de abril de 1937 para dar lugar a la nueva Falange Española y Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (F.E.T. de las J.O.N.S.).

En aquel momento, el proyecto que un día fundó José Antonio se convirtió en otro distinto.

En manos del territorio gubernamental cayeron las principales zonas industriales, como las fábricas siderometalúrgicas del norte y las ciudades más pobladas.

Entre ellas destacan Madrid, Bilbao, Barcelona o Valencia.

El alzamiento fracasó en 21 capitales de provincia, de manera que aproximadamente 14 millones de habitantes estaban bajo el control de los frentepopulistas.

La superioridad numérica sumada al control de los tejidos industriales más importantes de España, llevaron a los gubernamentales a proclamar su victoria antes de tiempo.

Sin ir más lejos, el propio Indalecio Prieto llegó a decir en un discurso radiofónico desde el Ministerio de la Gobernación: «A mi entender, el movimiento subversivo está perdido desde el instante mismo en que le falló una de sus piezas más fundamentales.

Esa pieza fundamental a la que aludo fue la Escuadra, la Armada española».

A esto, añadía más adelante: «Estamos ante la subversión de mayor magnitud que ha podido registrar hasta ahora la historia de España, y que esa subversión está en franco declive […] El pueblo español no está con ellos, el pueblo está con la República, el pueblo está con el Gobierno […

] Y al enemigo le digo: estás ya de hecho vencido. Mide tu responsabilidad, mide tus equivocaciones. Mírate por dentro, contémplate, y a ver si encuentras en tu panorama interior paisaje alguno que te invite a la continuación de esta lucha, porque rendición, no la esperes»91.

Esta era la situación de España a mediados de julio de 1936.

Sin embargo, por aquel entonces Franco no contaba con demasiado protagonismo dentro de la rebelión; era un actor secundario dentro de una sublevación en la que otras tantas figuras destacaban por encima de él.

De hecho, el 28 de julio de 1936 se creó la Junta de Defensa Nacional, la máxima institución del bando nacional, cuya finalidad era preservar el orden dentro del territorio sublevado.

Esta institución estuvo dirigida por Miguel Cabanellas ―recordemos, republicano y reconocido masón― y de ella no participó Franco durante los primeros meses posteriores al alzamiento.

El verdadero protagonismo de Franco llegó, primero, a partir del 21 de septiembre de 1936 al ser designado Generalísimo de los ejércitos en Salamanca; posteriormente, el 28 de septiembre cuando se le nombró Jefe de Gobierno del Estado y, finalmente, el 1 de octubre de 1936,

momento en el que se convertiría en la figura principal del movimiento al asumir formalmente todos los poderes como Jefe de Estado y Caudillo.

Junto a lo anterior, hay que destacar otro hecho de suma importancia.

Como todos sabemos, no podemos juzgar un acto del pasado desde la óptica del presente.

Se trata de una falacia histórica conocida formalmente como «presentismo».

Por eso, aunque nos pareciera hoy algo extraño, durante la guerra también existían leyes, normas y códigos.

Debemos recordar que el alzamiento es, ante todo, una sublevación militar.