V MITOS Y VERDADES DEL FRANQUISMO
Si tú coges un libro de historia […] sabes que todos los regímenes autoritarios, dictatoriales o de esa calaña, llámalo como quieras, fascistoides, fachoides, franquistoides, arruinan a la población.
Marc Giró, presentador de RTVE
29 de septiembre de 2025
Todo régimen es garantista de su propia integridad.
Incluso las sociedades que se hacen pasar por democráticas, libres y abiertas, establecen sus herramientas de control para mantener la hegemonía del relato.
En la España del siglo XXI hemos juridificado la persecución a los disidentes a través del delito de odio.
Las leyes de desmemoria histórica y democrática han supuesto un hito sin precedentes: se ha conseguido legislar sobre la historia.
La educación no crea jóvenes con espíritu crítico, ambiciosos y plenamente libres, sino autómatas que aspiran a obedecer órdenes de la forma más eficiente posible.
No se nos educa para que nos reunamos en simposios encaminados a dialogar sobre la legitimidad de las instituciones y la búsqueda del sistema más justo.
Se nos educa para asumir que la democracia ocupa ese rol.
Dicho de otra forma, no se nos enseña a construir el lápiz que nos permita escribir guiones; se nos proporciona un único guion y junto a él, la obligación de memorizarlo.
Cuanto antes nos percatemos de esta idea, antes podremos entender que todos los regímenes cuentan con su propaganda y sus herramientas de defensa institucional.
Normalmente, la legitimidad de un régimen parte de la negación del anterior.
El cambio de un sistema por otro solo puede ser aceptado si se percibe como una mejora sustancial con respecto al predecesor; si lo que se gana es más de lo que se pierde, entonces querremos apostar por el cambio.
Sin embargo, para llegar a esta conclusión se ha de pasar, necesariamente, por el oscuro cauce que enfrenta los intereses de ambos sectores.
El Régimen del 78 ha establecido una propaganda simplista, maniquea y falaz en muchos casos, para justificar su imposición.
La frase del presentador de televisión, Marc Giró, es un buen ejemplo de las consecuencias que produce la lucha por el relato.
Nos enseña a la perfección el maniqueísmo dicotómico del Régimen del 78: identificar un período de casi cuarenta años con el mal absoluto.
No hay más alternativa que elegir entre lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, los demócratas y los fascistas; como si alguno de los dos regímenes llegase a representar alguna de esas dos etiquetas.
En una lucha por el dominio del relato, no hay rigor que valga ni reconocimiento posible de las virtudes ajenas.
Por eso, cuando incluso esbirros del Régimen del 78 han llegado a reconocer la más mínima virtud del período anterior, como sucedió cuando Manuela Carmena admitió los avances en materia de vivienda social de los años sesenta, el aparato del Estado carga contra ellos.
Como decíamos, no es más que una falsa dicotomía que se basa en hacernos pensar si queremos estar de su lado, el de los buenos, o el de los otros, los malos.
Solo bajo esta lógica se entienden cuestiones tan absurdas como la de preguntarse si con Franco se vivía peor o mejor.
Como si la definición de mejor o peor, bueno o malo, digno o indigno, fuera trivial.
Entrar en estos debates conlleva, casi inevitablemente, una respuesta metafísica.
La pregunta sobre el «ser», el «estar» o el «vivir» solo puede ser abordada desde la óptica de la ontología.
Por eso, preguntar sobre el «ser», el «estar» o el «vivir» en un período a alguien cuyo «ser», «estar» o «vivir» no se corresponden con ese período, no es más que un imposible.
La historia es precisamente la herramienta más preciada que poseemos para superar tal absurdez a través de la recopilación de datos, hechos y testimonios objetivos, contrastables y comprobables.
Esa es la finalidad de este capítulo, superar las mentiras de unos y otros para navegar entre las verdades y los mitos que envuelven al franquismo.