LO QUE NO NOS CONTARON DE LA GUERRA CIVIL #3
Este proceso de violencia en la retaguardia no se limitó a una explosión de ira espontánea, sino que adquirió tintes de una limpieza política profunda bajo el pretexto de la defensa de la República.
La proliferación de centros de detención clandestinos y la actuación de tribunales populares, a menudo carentes de cualquier garantía procesal, institucionalizaron el exterminio del adversario ideológico.
A medida que avanzaba el mes de septiembre, la cifra de víctimas se contaba por miles, dejando tras de sí un rastro de desolación que marcó indeleblemente la memoria de la guerra y que evidencia la ferocidad con la que se intentó imponer una transformación social radical a través de la eliminación
física del discrepante.
De forma paralela a estos terribles sucesos, la geografía del horror rojo alcanzó también el sur, concretamente a los conocidos como «Trenes de la Muerte» de Jaén.
El alzamiento de las tropas nacionales había fracasado en la inmensa mayoría del territorio andaluz, que quedó en manos de las tropas gubernamentales.
Jaén no fue una excepción. Por eso, sus cárceles rebosaban de detenidos cuyo único crimen era su ausencia de simpatía por el Gobierno, su fe católica o su condición de militares y aristócratas.
El Gobierno del Frente Popular ordenó el traslado de estos presos hacia Madrid, organizando dos expediciones ferroviarias.
El motivo de estos traslados era, supuestamente, garantizar la seguridad de los presos ante el posible avance de las tropas rebeldes.
Así, el primer convoy partió el 11 de agosto, pero fue el segundo ―el del día 12― el que selló con sangre uno de los episodios más sombríos de la represión de los defensores de la República,
evidenciando la incapacidad ―o la macabra connivencia― de las autoridades para proteger a quienes custodiaban.
Aquel segundo tren, cargado con casi 300 personas, entre las que se encontraban el obispo de Jaén, Manuel Basulto, y su hermana, fue interceptado en la estación de Vallecas por una horda de milicianos anarquistas y socialistas que aguardaban con intenciones letales.
La Guardia de Asalto tenía la labor de vigilar y velar por la seguridad de los presos.
Pese a ello, los milicianos desengancharon la locomotora y forzaron la entrega de los prisioneros bajo la mirada pasiva de las fuerzas del orden gubernamentales.
Instantes después de la detención del convoy, en un descampado cercano a la estación, se desató una carnicería sistemática: los civiles y religiosos fueron empujados fuera de los vagones para ser segados por ráfagas de ametralladora en un espectáculo de barbarie desenfrenada.
Aquella jornada no solo se cobró la vida de casi 200 españoles indefensos83 a manos de las turbas marxistas, sino que simbolizó el trágico destino de una España que había sustituido la justicia por el paredón improvisado y la ley por el odio de clase.
Tan solo una semana y media después de estos sucesos, la capital volvería a teñirse de tragedia los días 22 y 23 de agosto de 1936 con la saca de la Cárcel Modelo de Madrid, un suceso que conmocionó incluso a observadores internacionales y diplomáticos extranjeros.
El ambiente en la capital era de una paranoia constante contra la denominada «quinta columna»84, lo que convirtió a la Cárcel Modelo en un polvorín humano donde se hacinaban miles de presos políticos y militares que aguardaban un destino incierto bajo la custodia de unos milicianos que confundían
la justicia con el exterminio.
En aquel recinto se encontraban figuras de la talla del cofundador de la Falange, Julio Ruiz de Alda, y el oficial del ejército y médico Fernando Primo de Rivera y Sáenz de Heredia85, junto a políticos de la derecha democrática como Melquíades Álvarez o el exministro José Martínez de Velasco.
La tensión estalló definitivamente la tarde del 22 de agosto, cuando un incendio se declaró en la panadería de la prisión.
Si bien las llamas se propagaron con una rapidez pavorosa, la bruma del tiempo no permite hoy dirimir con absoluta certeza si fue un sabotaje de los reclusos en un intento desesperado de fuga o una estratagema provocada por los propios milicianos anarquistas de la CNT para justificar el asalto
final.
Lo que sí sabemos es que, al grito de que los «facciosos» estaban intentando escapar aprovechando el fuego, las masas armadas del bando gubernamental forzaron su entrada en las galerías y consiguieron tomar el control total del recinto ante la pasividad de las autoridades de la prisión.
Lo que siguió no fue una operación de orden público, sino una ejecución sistemática que tiñó de sangre los patios de la Modelo.
Ruiz de Alda y Fernando Primo de Rivera fueron de los primeros en caer bajo las balas de los fusiles, seguidos por la trágica figura de Melquíades Álvarez, cuya veteranía parlamentaria no le sirvió de escudo ante el odio ideológico de sus captores.
Al caer la noche, el resultado de aquel episodio se estima que causó entre los 28 y 30 presos fusilados en esa primera saca.
Se había traspasado un punto de no retorno en la violencia de la retaguardia madrileña que anticipaba las trágicas matanzas de Paracuellos que asolarían la capital meses después bajo el mismo signo de impunidad revolucionaria.
La imagen del bando gubernamental durante estas primeras semanas posteriores al alzamiento estaba manchada por el más absoluto sadismo cristalizado en el reguero de sangre que dejaban allá por donde pasaban.
La única alternativa que tenían para blanquear su denostada imagen era contar con el reconocimiento de las democracias occidentales.
Sin embargo, lejos de conseguirlo, dejaron para la posteridad una de las anécdotas que mejor retratan lo que siempre fueron.
Todo comienza en septiembre de 1936, cuando Pablo de Azcárate, embajador español en Londres, agenda una reunión con un miembro del Parlamento Británico por el Partido Conservador; nada menos que Winston Churchill.
Azcárate cuenta en sus propias memorias cómo en el momento de concederle el saludo a Churchill, este le retiró la mano, le miró a los ojos y dijo: «Blood, blood, blood»86.
En castellano, «Sangre, sangre, sangre».
Esa es la mejor síntesis de lo que buena parte del mundo occidental pensaba de lo que los frentepopulistas hicieron entre julio y septiembre de 1936.
En esta ocasión, Churchill acertó por completo en su diagnóstico.
Ni siquiera ese golpe de realidad les sirvió para poner fin al terror que habían conseguido sembrar.
Pocos días después de la reunión con Churchill, los republicanos emprendieron su siguiente barbarie en la capital.
Y no una cualquiera, se trata del epicentro de la violencia no solo en la retaguardia republicana, sino en la historia de la Guerra Civil.
Eso fueron las matanzas de Paracuellos del Jarama, el episodio de violencia unilateral con el mayor número de fallecidos en toda la historia de la Guerra Civil.
Nunca antes uno de los dos bandos había matado un número similar de civiles indefensos en un mismo episodio; nunca se conseguiría igualar.
Entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936, en el contexto de la batalla por Madrid, se organizaron las llamadas sacas de las cárceles de Porlier, Modelo, San Antón y Ventas.
El motivo oficial alegado por las autoridades de la Junta de Defensa de Madrid era la evacuación de presos ante la proximidad de las tropas de Franco, pero el destino real fue el arroyo de San José en Paracuellos y el soto de Aldovea en Torrejón de Ardoz.
Las órdenes, aunque el debate histórico sigue vivo en cuanto a la cadena de mando exacta, apuntan a la responsabilidad de la Consejería de Orden Público, dirigida por un joven Santiago Carrillo, bajo la supervisión de la Junta de Defensa y con la asesoría de agentes soviéticos.
El objetivo era la eliminación preventiva de lo que se consideraba una «quinta columna» potencial que pudiera alzarse dentro de la ciudad si los nacionales lograban penetrar en ella.
Las víctimas de Paracuellos fueron seleccionadas bajo un perfil claro: militares de todos los rangos, falangistas, sacerdotes, intelectuales y jóvenes de organizaciones de derechas.
Entre los nombres célebres que perecieron en las zanjas se encuentran el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, autor de La venganza de Don Mendo, el ensayista y académico Ramiro de Maeztu, y el joven Ricardo de la Cierva y Codorníu.
La controversia sobre el número total de víctimas ha generado estimaciones muy diversas a lo largo de las décadas.
La cifra más elevada que se ha proporcionado llega hasta los 12.000 fallecidos.
La aproximación más baja la conceden los estudios de Ian Gibson o Ángel Viñas en unos 2000 ejecutados87.
Por su parte, otros autores como Ricardo de la Cierva o César Vidal la elevan hasta los 5000.
Sea cual sea la cifra exacta dentro de ese trágico margen, Paracuellos representa el paroxismo de una violencia organizada que buscaba la purga social y política a una escala sin precedentes.
Todo lo narrado hasta ahora fue solo una parte de lo que ocurrió en un lapso de cuatro meses; los cuatro primeros meses posteriores al alzamiento.
Sin embargo, la entrada de 1937 no dejó de aportar hechos que retratan a la perfección lo que siempre fueron los seguidores de la República.
Siempre se ha hablado de la ayuda alemana e italiana que recibió el bando nacional de una forma en que pareciera que solo ellos mantuvieron conversaciones con estos dos países.
Lo que se oculta es que, por sorprendente que parezca, los nacionales no fueron los únicos en conversar con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini.
Gracias a las recientísimas investigaciones del historiador Manuel Aguilera88, sabemos que entre marzo y abril de 1937 el bando gubernamental se entrevistó con representantes de Italia y Alemania para comprar su ayuda a cambio de regalarles a estos últimos las Islas Canarias,
Mallorca y el Marruecos español.
Los defensores de la República estaban desesperados por recibir ayuda internacional.
Ya lo habían probado con Stalin, pero necesitaban más.