LO QUE NO NOS CONTARON DE LA GUERRA CIVIL #4
Por eso tuvo lugar una serie de encuentros entre representantes del bando gubernamental con miembros de la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler.
El 7 de marzo de 1937, en una operación dirigida por Luis Araquistáin ―embajador republicano en París del PSOE― se orquestó un encuentro en Mónaco entre espías republicanos y miembros de la Italia del Duce.
En esta reunión, se llegó a considerar la posibilidad de que los italianos retiraran el apoyo a Franco a cambio de colonizar Mallorca con 100.000 inmigrantes italianos ―lo que habría supuesto una quinta parte de la población mallorquina de la época― y la instalación de dos bases aéreas.
De aquel encuentro tuvo constancia Largo Caballero, a quien Araquistáin le pasaba las actas de la reunión.
Así que sí, puede afirmarse que el PSOE de Largo Caballero fue partícipe de las entrevistas que mantuvo el bando gubernamental con el fascismo italiano.
No solo eso, las reuniones también se extendieron con la Alemania de Hitler.
Federica Montseny ―ministra de Sanidad durante el Gobierno de Largo Caballero― le reconoció a un historiador estadounidense a través de un intercambio epistolar que se llegó a negociar con el propio Hitler.
En este caso, el objeto de la conversación era cederle Canarias al Tercer Reich a cambio de que estos dejaran de apoyar a los nacionales.
En palabras del propio Aguilera, la persona que descubrió estos sucesos: «Montseny dice que no se hizo acta sobre esta conversación o debate para no dejar pruebas. Era un tema tan delicado que no querían dejar rastro porque podía hundir la causa republicana».
Esto nos demuestra algo muy interesante.
En una guerra, por encima de la adhesión ideológica, siempre está presente la ambición de la victoria.
Demonizar al bando nacional por su colaboración con Italia o Alemania denota un carácter infantiloide que procede del más absoluto desconocimiento del funcionamiento de una guerra.
Lo que acaba de leer son solo algunos de los ejemplos de aquellos episodios que también sucedieron durante la Guerra Civil pero que, sin embargo, no son contados con el entusiasmo que se pone sobre otros.
Todo lo relatado con anterioridad sucedió exclusivamente entre julio de 1936 y marzo de 1937.
En menos de un año se produjeron todos estos episodios de violencia en la retaguardia del bando gubernamental de los que hoy nadie parece acordarse.
Sin embargo, incluso en el ocaso de la guerra, cuando el destino de la República parecía ya sellado, la violencia volvió a manifestarse de una manera especialmente cruenta durante la retirada hacia Francia.
En febrero de 1939, en la localidad gerundense de Pont de Molins, se produjeron los fusilamientos de un grupo de prisioneros que eran conducidos hacia la frontera.
El 7 de febrero, en el lugar conocido como el Can de la Gralla, fueron ejecutados alrededor de 40 prisioneros, entre los que destacaban el obispo de Teruel, Anselmo Polanco, y el coronel Rey d’Harcourt, quien se había rendido en la batalla de Teruel bajo promesa de respeto a su vida.
Este acto fue ejecutado por fuerzas que protegían la retirada de los fieles de la República, bajo órdenes que buscaban evitar que prisioneros de alto valor simbólico fueran recuperados por el ejército franquista.
El crepúsculo de la guerra no trajo la paz al bando gubernamental, sino el amargo veneno de la discordia que siempre había corrido por sus venas.
Solo unas semanas después de los asesinatos en la huida roja hacia Francia, Madrid se convirtió en el escenario de una tragedia dentro de la tragedia para los republicanos que todavía aguardaban aquí.
La autoridad de Juan Negrín ―aquel último presidente del Consejo que, tras los mandatos de Giral, Largo Caballero y la sombra lejana de Azaña, se aferraba a una resistencia numantina dictada por Moscú― se desmoronó bajo el peso de su propia ambición.
En los pasadizos del poder, el coronel Segismundo Casado, también afín al bando gubernamental, comprendió que el edificio se desplomaba.
Por eso llevó a cabo un auto golpe de Estado contra los restos de la República el 5 de marzo de 1939.
Tal acontecimiento no fue sino el estallido inevitable de una coalición sostenida por el miedo y la conveniencia, donde comunistas, anarquistas y socialistas terminaron dirimiendo sus odios a sangre y fuego en las calles de la capital,
confirmando que la unidad del Frente Popular nunca fue más que un espejismo propagandístico.
Liderado por el coronel Segismundo Casado, con el apoyo de la CNT y de sectores socialistas encabezados por Julián Besteiro, el levantamiento tuvo como objetivo deponer al Gobierno de Juan Negrín para buscar una «paz honrosa» mediante una negociación directa con Franco.
Casado y sus seguidores sostenían que la política de resistencia a ultranza defendida por Negrín y respaldada por el PCE solo prolongaba inútilmente el sufrimiento de la población.
Esta sublevación desencadenó una cruenta guerra civil interna dentro de la propia retaguardia gubernamental, centrada principalmente en las calles de Madrid.
Durante varios días, las unidades militares controladas por el PCE se enfrentaron a las fuerzas leales al Consejo de Casado en un conflicto fratricida que dejó alrededor de 1000 a 2000 fallecidos y una sensación de desmoronamiento absoluto89.
Este último acto de canibalismo político dejó al desnudo la realidad de una causa que, perdida la brújula moral, solo sabía devorarse a sí misma.
Aquel caos no era un accidente, sino la rúbrica final a tres años de [des]gobierno y persecuciones internas; la evidencia de que, frente a la cohesión de la España nacional, el bando frentepopulista se había convertido en una hidra de múltiples cabezas,
más preocupadas por imponer su particular utopía ideológica que por el bienestar de una nación que ya les había dado la espalda.
El enfrentamiento no solo fue militar, sino también ideológico, pues simbolizó el choque final entre quienes deseaban una salida diplomática rápida y quienes veían en la capitulación una traición absoluta a la causa antifascista.
Tras la victoria de Casado sobre los focos de resistencia comunista, el bando republicano quedó moral y operativamente destruido, facilitando que las tropas nacionales entraran en la capital tres semanas después sin encontrar apenas oposición.
Al echar la vista atrás sobre todos estos episodios, es imperativo reconocer que el horror fue el lenguaje común de una España partida en dos.
Resultaría ingenuo, casi infantil, pretender que el bando nacional estuvo exento de la dureza implacable que exige la supervivencia en el campo de batalla; la guerra, por su propia naturaleza, despoja al hombre de su pátina de civilización.
Sin embargo, la historia suele caminar con un ojo vendado, recreándose con frecuencia en las sombras de los vencedores mientras pasa de puntillas sobre los abismos de los vencidos.