LA CARA OCULTA DE LA GUERRA EL BOMBARDEO DE CABRA
El manual del buen manipulador se basa esencialmente en una combinación de dos estrategias: la mentira y la ocultación.
Por desalentador que parezca, es suficiente con observar dos concretos episodios de la Guerra Civil para entender cómo la historiografía ha seguido estas pautas a rajatabla.
El bombardeo de Guernica representa la mejor ejemplificación de cómo construir un mito que perdure a lo largo de los años adulterando la veracidad de los hechos.
Sin embargo, para enarbolar toda una narrativa no siempre basta con cambiar el significado de lo sucedido; en muchas ocasiones la coyuntura del momento exige que algo sea directamente borrado de la historia.
Eso es precisamente lo que ha sucedido con el bombardeo de Cabra.
Un acontecimiento fantasma; algo que sucedió pero que nadie recuerda.
Algo que nadie recuerda porque nadie ha querido contar.
El devenir de la contienda civil española, tras el impacto mediático y propagandístico que supuso la destrucción de Guernica en abril de 1937, marcó un punto de inflexión en la percepción internacional del conflicto,
consolidando una narrativa que a menudo ha omitido las realidades operativas de ambos contendientes.
En aquel período, el mapa peninsular se hallaba fracturado, con un bando nacional que había logrado unificar su mando tras la caída del frente del Norte y la toma de Bilbao, Santander y Gijón, y se disponía ahora a orientar su esfuerzo bélico hacia el Mediterráneo y el frente de Aragón.
Por el contrario, el bando gubernamental, tras el fracaso de la ofensiva de Brunete y la batalla de Belchite, buscaba desesperadamente una victoria que frenara el avance de las tropas de Franco y, sobre todo, que sirviera para atraer la intervención de las potencias europeas.
La geografía política de finales de 1937 y principios de 1938 presentaba una España donde el bando nacional controlaba ya la mayor parte de la producción cerealista y ganadera, mientras que la zona gubernamental, cada vez más asfixiada, apostaba por grandes ofensivas de distracción,
como la que derivaría en la cruenta batalla de Teruel.
Hacia finales de 1938, el escenario bélico se desplazó con crudeza hacia el sur, en un momento en que el ejército rojo intentaba desesperadamente aliviar la presión sobre el frente del Ebro y Valencia.
Mientras el bando nacional consolidaba sus posiciones en la Andalucía interior, la situación de las fuerzas gubernamentales era crítica; la pérdida de territorio y la superioridad logística del adversario empujaron al mando gubernamental a ejecutar acciones de represalia o ataques de terror que
buscaban desmoralizar a la retaguardia nacional.
Es en este contexto de agonía militar republicana donde se sitúa el ataque a la villa cordobesa de Cabra.
Un episodio que, pese a su magnitud y letalidad, ha sido sistemáticamente relegado a un segundo plano por una historiografía que ha preferido centrar su atención en Guernica ignorando, de forma sospechosamente deliberada,
que la técnica del bombardeo sobre el territorio enemigo no fue patrimonio exclusivo de un solo bando.
La mañana del 7 de noviembre de 1938, festividad de San Ernesto, la localidad de Cabra, situada en el corazón de la provincia de Córdoba y muy alejada de las líneas de fuego, se despertó bajo un cielo despejado que facilitó la operativa de tres aviones bombardeos Tupolev SB-2,
conocidos popularmente como «Katiuskas», pertenecientes al Grupo 24 de la aviación republicana.
Según consta en el parte oficial de guerra del bando nacional de aquel día, las aeronaves partieron del aeródromo de Fuente Álamo, en Murcia, con el objetivo específico de descargar su artillería sobre un punto geográfico que carecía de cualquier infraestructura defensiva,
cuartel o nudo ferroviario de importancia bélica.
El ataque se inició a las 07:27 horas de la mañana, cuando la población civil se agolpaba en el mercado de la Plaza de Abastos y sus alrededores, un detalle que incrementó exponencialmente el número de víctimas.
A diferencia de lo ocurrido en Guernica el 26 de abril de 1937, donde el objetivo era el puente de Rentería para cortar la retirada de las tropas vascas, en Cabra no existía tal puente ni tal objetivo; la villa era una zona de retaguardia agrícola dedicada íntegramente a las labores del campo.
La operativa consistió en el lanzamiento de más de 20 bombas de gran potencia, muchas de ellas de 250 kilogramos, que impactaron directamente sobre el mercado central, donde las mujeres y los campesinos realizaban sus compras cotidianas.
Los registros documentales del Archivo Municipal de Cabra y los estudios forenses posteriores certifican que la cifra de fallecidos ascendió a 109 personas, con más de 200 heridos de gravedad75.
En el momento del bombardeo, Cabra contaba con una población de cerca de 20.000 habitantes que, sobre una superficie de 229,16 kilómetros cuadrados, hace una densidad de aproximadamente 87,28 habitantes por kilómetro cuadrado.
Por su parte, Guernica en el año de su bombardeo poseía una población de unos 5200 habitantes sobre una superficie de 8,6 kilómetros cuadrados, lo cual da lugar a una densidad de en torno a 604,65 habitantes por kilómetro cuadrado.
Si hacemos la comparativa entre ambos datos, podemos comprobar que el ataque a Cabra fue de una magnitud como mínimo equiparable o incluso superior en relación con la densidad de población de la zona atacada pues, como podrá imaginar,
resulta más complejo causar bajas en una localidad cuya población se encuentra más separada entre sí.
Sucede así puesto que la única forma de explicar un número cercano de fallecidos con una ofensiva similar en cuanto a los medios empleados sobre dos poblaciones de distinta densidad, es que la población más dispersa haya sufrido un ataque de mayor intensidad.
Sin embargo, mientras que la villa vizcaína contaba con la oportunista e interesada cobertura de la prensa internacional, que contribuyó a elevar el suceso a la categoría de tragedia universal, el silencio cayó sobre Cabra,
ocultando bajo el manto del olvido la responsabilidad de los pilotos republicanos que, amparados por la bruma matinal, descargaron su fuego sobre una población inerme.
La falta de justificación militar del bombardeo de Cabra queda patente al analizar los informes de inteligencia de la época, que no señalan la presencia de tropas nacionales significativas en la zona en el momento del ataque.
Mientras que en Guernica la existencia de fábricas de armas y enclaves estratégicos explicaban ―desde una lógica estrictamente bélica― la incursión aérea para desarticular la logística enemiga, en Cabra el ataque fue absolutamente injustificable.
Cabra, a diferencia de Guernica, no tuvo en ningún momento un solo elemento que pudiera hacer de ella un objetivo militar.
No fue una ciudad militarizada, ni se encontraba cerca del frente, ni tenía fábricas de armamento, ni contaba con infraestructuras situadas en espacios estratégicos determinantes para el desarrollo de la contienda.
Los partes de guerra nos pueden ayudar a constatar tal afirmación pues, en ellos, cada uno de los bandos resume si los objetivos perseguidos con el ataque se han logrado con éxito o si, por el contrario, la ofensiva ha supuesto un fracaso.
En los diarios del jefe de la Legión Cóndor a los que nos remitíamos en el epígrafe anterior constan las comunicaciones que mantuvo con Juan Vigón el día del bombardeo de Guernica.
En ellos, el alemán sitúa con precisión los puntos estratégicos que pretendían alcanzarse con el bombardeo y los que finalmente se lograron alcanzar.
Por el contrario, si analizamos el parte de guerra del bando republicano en el día del bombardeo de Cabra, veremos que no se menciona un solo objetivo militar.
No se especifica ningún puente, carretera, fábrica o zona militar.
No se cita objetivo militar alguno que pudiera servir de pretexto para el ataque producido. En su lugar, lo único que se afirma es:
A las 7:27 despegaron tres B. K. para efectuar un servicio de reconocimiento y bombardeo de Cabra.
Se batió el objetivo eficazmente, observándose las explosiones en el centro del pueblo.
Se obtuvieron fotografías del frente reconocido.
No se observó caza enemiga ni se les hostilizó con fuego antiaéreo, tomando tierra todos los aparatos sin novedad76.
Este ensañamiento se vio agravado por el hecho de que el 7 de noviembre era un día de mercado especialmente concurrido en Cabra, un dato que los servicios de información republicanos conocían y que fue utilizado para maximizar el daño humano como táctica de terror psicológico que buscaba quebrar la
paz de la retaguardia nacional.
Autores como Antonio M. Arrabal coinciden en esta cuestión al afirmar que «el interés militar de Cabra en noviembre del 38 era nulo»77.
No obstante, si no se perseguía finalidad militar alguna con el bombardeo de Cabra, ¿qué pretendía el bando gubernamental con esa ofensiva?
¿Por qué malgastar esfuerzos aéreos en atacar una ciudad inerme y de retaguardia?
En una entrevista concedida en 2023 al diario Vozpópuli con motivo del 85.o aniversario del bombardeo de Cabra, el entrevistado Juan Leña Casa ―hijo del jefe de servicio en el Hospital de Cabra en 1938― afirmaba lo siguiente:
Algunos sectores de [la] izquierda tratan de decir que Cabra era un objetivo militar.
Dicen que en Cabra estaba la cabeza de la 34.
a División, que había un campo de prisioneros, que había italianos…
Pero nada de eso es verdad: la prueba es que todas las víctimas del bombardeo, menos diez o doce personas, son civiles, de clase obrera y trabajadora.
Ese bombardeo pudo tener razones de venganza, de querer desviar la atención y distraer tropas del frente de la batalla del Ebro78.
Esta es la teoría más extendida en la explicación del verdadero interés que pudo subyacer tras el bombardeo de Cabra.
La ausencia de motivación militar en la localidad cordobesa ha llevado a interpretar el ataque, desde una perspectiva estratégica, como una maniobra de distracción orquestada por la aviación republicana para aliviar la asfixiante presión que las tropas nacionales ejercían en el frente de Cataluña.
En aquel momento, la batalla del Ebro ― el enfrentamiento más largo, cruento y decisivo de la Guerra Civil española― se encontraba en su fase final, tras haber comenzado en julio con un ambicioso cruce del río por parte de las tropas gubernamentales para detener el avance nacional hacia el
Mediterráneo.
Al lanzar un ataque aéreo masivo sobre un objetivo en la retaguardia de la zona sublevada, como era la localidad cordobesa de Cabra, el mando republicano habría buscado obligar al bando nacional a dispersar sus recursos antiaéreos y efectivos de aviación,
detrayéndolos del crítico escenario del Ebro donde se estaba sellando el destino de la República.
Esta tesis de la maniobra de distracción o represalia estratégica ha sido explorada por diversos investigadores para contextualizar la tragedia.
El anteriormente citado historiador local Antonio M.
Arrabal, apunta que la operación pudo ser un intento de demostrar capacidad de respuesta en un frente secundario mientras el principal se desmoronaba, de forma que la República necesitaba desesperadamente dar un golpe de efecto que obligara a Franco a mirar hacia el sur.
De igual modo, autores que analizan la guerra aérea en España coinciden en que la selección de objetivos civiles o de nudos logísticos en la retaguardia enemiga durante el otoño de 1938 respondía a una directriz de «alivio de frentes».
Los republicanos estaban empezando a perder la guerra; peor incluso, estaban empezando a ser conscientes de ello.
En este contexto, la maniobra podría ser interpretada como el desesperado intento de forzar una redistribución de la Legión Cóndor y la Aviación Legionaria que en ese instante martilleaban las posiciones republicanas en las sierras de Pandols y Cavalls.
De entre los pocos investigadores que han analizado la cuestión, la inmensa mayoría suele coincidir en esta forma de explicarlo.
No obstante, si no se ha abierto un mayor debate doctrinal sobre el bombardeo de Cabra es porque, por desgracia, no son muchos más los autores que han dedicado páginas a relatarlo.
Es justo ahí donde radica lo más impactante del asunto.
Lo más sorprendente es que, frente a esta tragedia, haya existido un inexplicable y generalizado silencio en un buen sector de la historiografía.
Pareciera que, por algún motivo difícilmente justificable, se ha querido magnificar la trascendencia de algunos sucesos en detrimento de honrar la memoria de otros tantos.
Podría tratarse de algo casual, desde luego.
Sin embargo, cierto patrón en este modus operandi nos advierte de que, tal vez, más que casualidad ha existido una relación de causalidad.
Cuando la inmensa mayoría de los episodios que han caído en el olvido se corresponden con acontecimientos que ponen a los republicanos en el lugar de los verdugos,
solo quizá podríamos sospechar que se han alineado determinados intereses en vender la imagen de un bando gubernamental víctima y mártir de un bando rebelde asesino y criminal.
Sin ir más lejos, el propio Hugh Thomas, uno de los más conocidos y reputados cronistas de la Guerra Civil española, no menciona el bombardeo de Cabra en su voluminosa obra.
Por el contrario, ahonda en suma profundidad en el bombardeo de Guernica.
Esto fue lo sucedido en Guernica y Cabra.
Las dos fueron bombardeadas. Las dos contaron con víctimas, heridos y daños materiales.
Una de las dos no fue jamás un objetivo militar, pero la otra tenía el apoyo de la prensa internacional.
Una de las dos fue una ciudad inerme, de retaguardia y alejada del frente, pero la otra tenía un mural en la Exposición de París.
No hubo una cobertura mediática orquestada para denunciar que la República utilizó su aviación para aniquilar civiles en un día de mercado.
Esta es la mayor evidencia de una manipulación que ha perdurado durante décadas.
Guernica y Cabra nos sirven para reafirmar que la línea que separa la tragedia universal del silencio más recóndito, viene determinada por el color de la camisa.
Tal vez, lo más doloroso sea observar que el tratamiento que la historia le ha dado a Cabra ―o mejor dicho, la ausencia de él― no supone un hecho aislado.
Como Cabra, existen otros tantos episodios en los que el dolor de las víctimas no importaba si la túnica del verdugo la llevaban puesta los rojos.
Por eso, es obligación moral recordar aquellos episodios de la Guerra Civil que también sucedieron pero que nunca nos contaron.