EL BOMBARDEO DE GUERNICA DEL MITO A LA REALIDAD #2
Empleamos inmediatamente A/88 (aviones de reconocimiento) y J/88 (cazas) sobre las carreteras de la zona de Marquina-Guernica-Guerricaiz.
Los K/88 (bombarderos) (tras volver de Guerricaiz), los VB/88 (bombarderos experimentales) y los italianos, con dureza, sobre carreteras y puente (arrabales inclusive) pegados a Guernica por el este.
Allí hay que cerrar, ha de conseguirse finalmente un triunfo contra el personal y material enemigos.
Vigón empeña su palabra de que imprimirá a sus tropas un ritmo tal, que todas las carreteras al sur de Guernica quedarán bloqueadas.
Si lo conseguimos, tenemos metido en la bolsa al enemigo alrededor de Marquina72.
La incursión fue finalmente ejecutada por la Legión Cóndor alemana, con el apoyo de la Aviazione Legionaria italiana.
El grueso del ataque recayó en los trimotores Junkers Ju 52 ―se contabilizan dieciocho aparatos en la oleada principal― y en los Heinkel He 111, escoltados por cazas Messerschmitt Bf 109 y Fiat CR.
32. Lejos de lo que mucha gente piensa, la operativa no fue una sucesión continua de ataques durante varios días; ni siquiera alcanzó el día entero.
La ofensiva se inició sobre las cuatro y media de la tarde y se extendió aproximadamente tres horas.
De nuevo, nos damos cuenta de otra incongruencia en la narrativa que nos han hecho llegar.
Si el objetivo hubiera sido exterminar a la población civil, sin mayor pretexto, ¿por qué el ataque no se prolongó durante varios días?
¿Por qué no se atacó hasta llegar al más absoluto convencimiento de que la población había sido erradicada por completo?
En cuanto a la mecánica del bombardeo, es fundamental comprender las limitaciones tecnológicas de 1937 para juzgar la precisión del ataque.
Los Junkers Ju 52 no contaban con sistemas de guiado automático ni visores de bombardeo avanzados; la técnica consistía en el lanzamiento por gravedad tras la apertura manual de las bodegas o mediante mecanismos rudimentarios, lo que se conoce como bombardeo «en alfombra» o de área.
Las bombas no operaban como proyectiles teledirigidos, sino como arsenal literalmente lanzado a mano desde las compuertas de un avión que sobrevolaba a varios cientos de kilómetros sobre el suelo de la ciudad objetivo.
Esta metodología carecía de precisión quirúrgica, especialmente cuando se volaba a altitudes considerables para evitar la artillería antiaérea.
Lograr que las bombas impactaran en el lugar deseado dependía de factores exógenos, algunos de difícil planificación dada la tecnología del año treinta y siete y otros, por naturaleza, imposibles de prever.
Para que se haga una idea, sin ir más lejos, la velocidad a la que corriera el aire podía determinar por completo el éxito o el fracaso del ataque.
Una mera ráfaga de viento suponía todo un obstáculo entre el bombardero y su objetivo pues, incluso calculada la distancia con precisión, el aire era por sí mismo capaz de alejar a la bomba del punto de impacto deseado.
A las inclemencias del tiempo se sumaban otros factores clave.
Historiadores como el ya citado anteriormente Sala Larrazábal ― que además de historiador fue militar― argumentaban que la dispersión de la carga ―una combinación de bombas explosivas y de fragmentación con proyectiles incendiarios de termita de 1 kg― fue la causa directa de que los impactos se
desviaran del puente de Rentería hacia el casco urbano.
La ubicación del puente de Rentería fue de tal importancia que lo convirtió en el verdadero objetivo del ataque.
El puente era un paso obligatorio sobre el río Oca para los Gudaris ―las fuerzas vascas― y el material de guerra que se retiraba hacia Bilbao.
Al destruir el puente se buscaba bloquear el tráfico de tropas, equipo y suministros republicanos, con el fin último de facilitar la posterior ofensiva de los sublevados hacia Bilbao.
Ese fue, junto a las fábricas de armamento, el verdadero objetivo del ataque.
Por desgracia, como se comentaba, la precisión del ataque dependía no solo de factores difíciles de calcular, sino de elementos que por definición no podían ser calculados.
Por eso el impacto real según los peritajes de la época y estudios posteriores como los de Vicente Talón73, supuso una destrucción material de entre el 70 % y el 80 %.
Ahora bien, estos informes también incluyen datos que, a menudo, son intencionadamente omitidos para distorsionar la verdadera finalidad de la ofensiva.
Lo que todos sabemos es que el bombardeo inicial causó daños estructurales severos en la ciudad.
Lo que nos ocultan es que la magnitud de la ruina final se debió en gran medida a los incendios posteriores que se propagaron sin control.
Según los datos hoy conocidos sabemos que, al acabar el bombardeo ―cerca las ocho horas de la tarde―, ardía apenas un 18 % de la ciudad.
Sabemos también: primero, que los bomberos de Bilbao tardaron más de lo esperado en llegar a Guernica y, segundo, que para apagar el incendio no se movilizó en ningún momento los 2000 soldados que estaban en la población.
A todo ello se le debe sumar el hecho de que la arquitectura de Guernica estaba conformada, principalmente, por construcciones de madera, lo cual, en todo caso, contribuyó a la mayor velocidad de la propagación del incendio.
Por tanto, la combinación de las bombas incendiarias con la arquitectura local y la falta de efectividad de los bomberos en su labor de apagar el fuego, facilitaron que las llamas devoraran manzanas enteras que no habían sido alcanzadas directamente por los explosivos.
El resultado final es producto de una cadena de infortunios técnicos y logísticos que convirtieron una operación de corte de suministros en un incendio rápidamente expandido.
Aquí termina la sucesión de los acontecimientos.
Esto es lo que ocurrió el 26 de abril de 1937 en Guernica.
Sin embargo, habrá notado que en la versión que usted conocía faltaban datos que nunca nadie le contó.
Los libros de texto que estudió no los incluían, y los libros de historia que leyó por su propia voluntad tampoco hablaban de ellos.
Por supuesto, un mito de tal magnitud no se crea de la noche a la mañana; es necesario ejecutar un plan perfectamente orquestado para que la realidad se olvide y la mentira se apodere de la hegemonía de los hechos.
En este caso, dos han sido los principales focos encargados de construir el mito de Guernica.
Uno de ellos, el más conocido, fue el famoso cuadro del pintor malagueño Pablo Ruiz Picasso.
El segundo, por sorprendente que parezca, fue la propaganda del Partido Conservador británico.
Quizá es necesario repetir esto último para asentarlo como es debido: la desvirtuada narrativa que lleva décadas manejando la izquierda española sobre el bombardeo de Guernica es un relato construido por los conservadores británicos para satisfacer sus propios intereses.
El 27 de abril de 1937, un día después del bombardeo, un artículo publicado en el periódico inglés The Times por el corresponsal George Steer dio la vuelta al mundo.
El artículo llevaba por título: «The Tragedy of Guernica».
En él, Steer, movido por una profunda simpatía hacia la causa vasca y por una agenda política clara, exageró de forma deliberada el número de aviones, las víctimas del bombardeo, la duración del ataque y la inexistencia de objetivos militares.
Ahora bien, sabiendo que esto fue así, ¿qué intereses podrían tener los conservadores británicos en un suceso acontecido en una guerra a la que eran completamente ajenos y en la que, para más inri, los damnificados eran los rojos?
El periódico The Times siempre tuvo una gran simpatía hacia el sector conservador británico.
De hecho, la estrecha relación de amistad entre Geoffrey Dawson ―director del periódico durante los años de la Guerra Civil española― y Neville Chamberlain ― quien se convertiría en primer ministro británico solo un mes después del bombardeo de Guernica― no era un secreto para absolutamente nadie.
En abril de 1937, mientras España estaba sumida en su guerra, en Reino Unido se estaba viviendo un intenso debate político en relación con el nivel de dinero público que debía ser empleado en gastos de defensa mediante los presupuestos generales del país.
La izquierda británica, representada por los laboristas, mantenía una postura pacifista y veía en el rearme de Reino Unido un auténtico malgasto de dinero público.
Para ellos, la posibilidad de que Hitler emprendiera una contienda mundial era un miedo absolutamente infundado.
Por eso se mantuvieron en la negativa de aumentar el gasto público para defensa.
En contra, los conservadores británicos, liderados por el primer ministro Stanley Baldwin ― posteriormente sucedido por Chamberlain― necesitaban que sus presupuestos fueran aprobados.
Sin embargo, el proceso parlamentario se vería gravemente obstaculizado mientras los laboristas se siguieran oponiendo a la aprobación de los presupuestos.
Los conservadores necesitaban un revulsivo emocional para convencer a la opinión pública y a la oposición laborista de la urgencia de aprobar los presupuestos de rearme ante la creciente amenaza alemana.
Ahí es donde entra en juego el repentino interés de los conservadores británicos por el bombardeo de Guernica.
El sector conservador del establishment británico utilizó el horror de Guernica como una herramienta de política interior.
Guernica se convirtió en la excusa perfecta para que el Gobierno conservador británico justificara el gasto militar proyectando lo que podría sucederle a Londres si no se fortalecían las defensas.
Si se trataba de convencer a los laboristas de los peligros en las verdaderas intenciones belicistas de la Alemania de Hitler, qué mejor que exagerar hasta la extenuación un suceso en el que había participado su aviación.
De este modo, la realidad de la villa vasca fue sacrificada en el altar de los intereses geopolíticos del sector conservador de una potencia extranjera que buscaba preparar a su población para el inminente conflicto mundial.