La historia de la Guerra Civil que no te cuentan EL BOMBARDEO DE GUERNICA DEL MITO A LA REALIDAD
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EL BOMBARDEO DE GUERNICA DEL MITO A LA REALIDAD

En tiempos de paz, todo ser humano necesita algo por lo que vivir.

En tiempos de guerra, todo ser humano necesita algo por lo que morir.

Algunos lo encuentran en Dios, otros en el sentido de pertenencia hacia la patria, pero ¿por qué motivo daría su vida un rojo español en 1936?

Piénselo por un instante, cuando uno no es capaz de concebir algo más grande que uno mismo, entonces el «yo» se ubica en el centro y todo lo demás queda relegado a un segundo plano.

Se hace de uno mismo la causa última que justifica la existencia.

Esta percepción de la vida puede funcionar en una sociedad individualista y atomizada como la que tenemos hoy.

No obstante, al conflicto no se puede acudir pensando que un bando representa la suma aritmética de los intereses individuales de cada uno de sus componentes.

Solo se puede estar dispuesto a dar la vida cuando se asume que existe algo más grande y con mayor valor que la vida propia.

Cuando la creencia en Dios no ocupa ese lugar, cuando el sentimiento de arraigo hacia la nación no es suficiente para conseguir esa unión, entonces, y solo entonces, el único motivo por el que una guerra merece la pena ser librada es la identificación entre iguales.

En eso se convirtió Guernica; una justificación a posteriori que fue empleada para autoconvencerse de que merecía la pena arriesgar hasta la propia vida.

Un relato cuasimitológico que llamaba al más hondo sentimiento de los frentepopulistas al encontrar en Guernica un símbolo de resistencia de quienes dieron la vida por el mismo motivo que ellos perseguían.

El problema, por tanto, no reside en tratar de encontrar causas justas que sirvan para legitimar la violencia en un contexto bélico.

Todos los combatientes de todos los bandos de todas las guerras de toda la historia de la humanidad lo han sabido hallar.

Incluso los cristianos del siglo VIII, movidos por su fe, encontraron en don Pelayo la viva representación de un motivo por el que resistir al dominio musulmán.

El único problema aparece cuando el relato histórico que conocemos se parece más al mito que a la realidad.

El 26 de abril de 1937, la Guerra Civil española se hallaba en una fase crítica que definiría el curso del conflicto en el frente norte, una zona de vital importancia estratégica por su capacidad industrial y minera.

Tras el fracaso de las columnas insurgentes en el asedio directo a Madrid y la posterior estabilización de los frentes en el Jarama y Guadalajara, el mando nacional, liderado por el general Franco, decidió reorientar su esfuerzo bélico hacia la franja cantábrica.

En este escenario, la ofensiva contra Vizcaya, iniciada a finales de marzo bajo la dirección del general Mola, buscaba romper el «Cinturón de Hierro» de Bilbao.

La configuración de la península mostraba una división profunda: mientras el bando nacional consolidaba su control sobre Castilla, Galicia, Andalucía occidental y parte de Aragón, la República mantenía el Levante, Cataluña, la capital y las provincias del norte, que operaban de forma casi autónoma.

Guernica no era un punto aislado de paz, sino un nudo de comunicaciones esencial en la retaguardia republicana, situado a escasos kilómetros de la línea de fuego y en la ruta de retirada hacia Bilbao para las brigadas vascas que retrocedían desde el sector de Marquina.

Esto convertía a la villa en un objetivo militar de primer orden dentro de la lógica de una campaña de aniquilación de la resistencia enemiga.

El relato que se ha consolidado en la memoria colectiva y en la historiografía oficial presenta el bombardeo de Guernica como un acto de barbarie gratuita, un experimento de terror aéreo destinado exclusivamente a masacrar a una población civil indefensa en un día de mercado.

Según esta versión, ampliamente difundida durante décadas, la Legión Cóndor alemana y la Aviazione Legionaria italiana habrían arrasado la ciudad de forma sistemática, provocando una cifra de víctimas que el Gobierno Vasco de la época, presidido por José Antonio Aguirre,

fijó inicialmente en 1654 muertos y 889 heridos.

Este mito describe una lluvia de bombas incendiarias sobre una multitud congregada en la plaza, sugiriendo que el objetivo no era otro que el exterminio y la desmoralización del pueblo vasco mediante la destrucción de su símbolo histórico más sagrado, el Árbol de Guernica.

Esta narrativa, que ha calado profundamente en la conciencia universal, presenta el suceso como el primer gran bombardeo de terror de la historia moderna, una suerte de ensayo general para las futuras atrocidades de la Segunda Guerra Mundial,

que consiguió un canon de victimismo rara vez se sometido al escrutinio de los datos forenses y documentales.

Resulta necesario deslindar la realidad del sufrimiento humano, que ciertamente existió, de la construcción mítica que ha sobredimensionado los hechos con fines propagandísticos.

Si bien es innegable que Guernica sufrió un ataque aéreo que destruyó gran parte de su casco urbano debido a la propagación del incendio generado, la magnitud de la tragedia ha sido objeto de una distorsión desmesurada.

Por tanto, la pregunta que le hago es la siguiente, ¿cuántas víctimas mortales piensa usted que se cobró verdaderamente este episodio?

Probablemente su respuesta se acerque a esas cifras de millares que pueblan los libros de texto.

Sin embargo, la investigación científica ofrece una conclusión radicalmente distinta.

El historiador Jesús Salas Larrazábal68, pionero en la aplicación de una metodología rigurosa y empírica sobre este suceso, realizó un estudio meticuloso basado en el vaciado de los registros civiles, los libros de difuntos de las parroquias y las actas de los cementerios de la zona.

Su labor no se limitó a la estadística fría, sino que realizó un seguimiento nominal de las víctimas, identificando con nombre y apellido a 126 fallecidos directamente relacionados con el bombardeo.

Su metodología se basó en el principio de que, en una sociedad tan cohesionada y administrativamente reglada como la vasca de 1937, era imposible que desaparecieran cientos de personas sin dejar rastro en los registros legales o eclesiásticos, incluso en tiempos de guerra.

Investigaciones posteriores de historiadores locales e institucionales, como las de la asociación Gernikazarra, han ajustado esta cifra a un rango de entre 150 y 300 muertos, lo cual, siendo una tragedia humana condenable,

despoja al suceso de la calificación de «exterminio» masivo que la propaganda inicial pretendió asentar.

En tiempos de paz, resulta un acto de cinismo imperdonable pensar que un bombardeo puede tener su motivo de ser.

Sin embargo, en tiempos de guerra, existe una diferencia sustantiva entre dos tipos de ataques: los realizados por razones puramente militares y los que tienen como único objetivo aniquilar a la población civil.

Para discernir en cuál de los dos supuestos nos encontramos, es importante analizar tanto los intereses de los atacantes como las características de las zonas atacadas.

Guernica contaba con una población de unos 5200 habitantes en el momento del bombardeo69.

Este dato ya revela una conclusión interesante pues, si el objetivo de los sublevados hubiera sido exterminar a la población vasca, ¿por qué no centrar la ofensiva en ciudades más pobladas?

No obstante, existen otros indicios que nos ayudan a diferenciar entre aquellas localidades inermes o de retaguardia y aquellas otras que constituyen verdaderos enclaves estratégicos.

Desde una perspectiva militar, carecería de sentido malgastar esfuerzos aéreos en bombardear un territorio desprovisto de fábricas de armamentos, centrales energéticas, zonas militares, áreas portuarias o suministros de alimentos.

Guernica, en términos militares, no era una ciudad de retaguardia situada a varios cientos o miles de kilómetros de la frontera.

De hecho, en el momento del bombardeo, el frente de guerra se encontraba a unos 15 kilómetros de la localidad vasca, lo que hizo de ella un objetivo estratégico por ser el lugar de paso obligado para la retirada de miles de soldados republicanos.

Además, Guernica no fue un territorio inerme; albergaba fábricas de armamento de importancia capital, como «Talleres de Guernica» y la fábrica de pistolas «Astra, Unceta y Cía S.A.», que curiosamente quedaron intactas.

Esto es lo que demuestra que el bombardeo buscaba como objetivo primordial abatir las fábricas que servían como suministro de armamento y colapsar tanto el puente de Rentería como el cruce de carreteras para embolsar a las tropas enemigas.

Cualquier duda que pudiera existir con respecto al verdadero interés de los atacantes se despeja al analizar el documento que transcribe la orden que el general alemán Hugo Sperrle, jefe de la Legión Cóndor, emitió a sus tropas para organizar la ofensiva:

«Una acción operativa (en la provincia vasca) al norte. Hay falta de alimentos allí. Según el general Franco, ya [han sido] abiertas negociaciones para su rendición. Hasta ahora, poca defensa aérea. Inexistencia de aviones modernos confirmada,

[por lo que] los Ju (s)70 pueden ser empleados sin protección de cazas. Objetivos: fábricas de armas y municiones, instalaciones portuarias, suministros de alimentos, y posiblemente actos de terror para alentar las negociaciones»71.

Este texto desmonta por sí solo cualquier hipérbole que se haya pretendido dibujar del bombardeo de Guernica como un acto de exterminio fruto del más inhumano afán de aniquilar a la población civil.

Nada más lejos de la realidad, fue un bombardeo dentro de un contexto bélico.

Uno más de los tantos que propiciaron ambos bandos; repito, ambos.

También contamos con documentos de la Legión Cóndor, como los diarios de guerra de Wolfram von Richthofen, jefe de Estado Mayor de la Legión Cóndor, que indican que el objetivo era la interrupción de las comunicaciones cortando puentes y carreteras.

En las notas del día 26 de abril, el alemán dejó constancia de la comunicación que mantuvo con el militar español Juan Vigón: