La historia de la Guerra Civil que no te cuentan LOS ÚLTIMOS MESES DE JOSÉ ANTONIO #3
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LOS ÚLTIMOS MESES DE JOSÉ ANTONIO #3

La parte objetiva es la relativa a si José Antonio apoyó alguna vez el alzamiento.

La parte subjetiva es la que hace referencia a la posibilidad de que, además de apoyarlo, quisiera que originara el estallido de una guerra civil.

Como sucede en todo debate, la carga de la prueba ha de recaer sobre quien afirma un hecho que desafía la normalidad.

En este caso, solo se han encontrado documentos ― de cuestionada autoría― que vinculan la adhesión de José Antonio con el alzamiento.

Sin embargo, estas cartas, en caso de que salieran verdaderamente del propio José Antonio, solo servirían para probar el elemento objetivo.

Lo que ninguno de estos textos ha conseguido acreditar es el elemento subjetivo.

Es más, probablemente nunca lo podremos saber a ciencia cierta.

Lo que sí resulta irrefutable es que, ni siquiera de los escritos atribuidos a José Antonio en los que incita a la sublevación se deduce la más mínima voluntad de iniciar una guerra civil.

Esto quiere decir que, atribuyendo la carga de la prueba a quienes son partidarios de la opción (i), ni siquiera asumiendo la veracidad de estos textos su alternativa podría ser válidamente probada.

De esta forma, las posibilidades reales se reducen a dos alternativas.

Una de ellas es que José Antonio llegara a apoyar el alzamiento sin ser consciente de las consecuencias que podría tener después. ¿Es una posibilidad real?

Esta opción se presenta casi como una forma de arrepentimiento.

De algún modo, lo que se está queriendo decir es que José Antonio, convencido de la eficacia del alzamiento, mostró su apoyo hasta que se percató de que la inevitable consecuencia era una contienda fratricida.

Tal versión encajaría con la de aquellos autores que han defendido la tesis de que José Antonio atravesó un «mar de dudas» hasta que terminó posicionándose del lado de un levantamiento militar que concebía en todo momento como una «intervención quirúrgica».

Sin embargo, esta posibilidad posee otra dificultad probatoria.

Para que fuera cierta, necesariamente tendría que ser veraz alguna de las dos cartas que supuestamente envió José Antonio apoyando la sublevación.

De lo contrario, solo quedaría constatada la autoría de su circular del 24 de junio, en la que rechaza abiertamente el alzamiento.

El problema de estas dos cartas ―la del 29 de junio y la del 17 de julio― es que son las únicas cuya autoría se ha visto cuestionada.

Nadie duda que la circular en la que José Antonio rechaza apoyar el alzamiento fue redactada por él. No sucede lo mismo con las otras dos.

Es más, de esos dos escritos que muestran a un José Antonio a favor de los sublevados, el último parece absolutamente inverosímil.

La «Carta a los militares» es una circular apócrifa que se ha intentado atribuir a José Antonio sin haber sido nunca hallada.

Supone una prueba tan débil que cada vez es menos recurrida incluso por los historiadores que defienden la tesis de la simpatía de José Antonio para con el alzamiento.

Es decir, en líneas generales, el centro del debate real se mueve sobre dos circulares y varios testimonios.

Pues bien, si le concediéramos el beneficio de la duda a la carta del 29 de junio y reconociéramos la autoría de José Antonio, entonces el problema residiría en explicar su carácter absolutamente contradictorio con aquella otra que envió cinco días antes.

¿Cómo se explica que cambiara de opinión de forma tan brusca en cinco días?

No solo eso, si se quiere defender esta posibilidad, también se debería responder a otra cuestión: ¿qué motivos tenemos para pensar que José Antonio llegara a apoyar la sublevación encabezada por alguien con quien rechazó colaborar en las elecciones celebradas dos meses antes del alzamiento?

Sin duda, este rompecabezas entabla una cuestión de difícil respuesta.

Ahora bien, lo que siempre podremos hacer es acudir a aquellas evidencias que tenemos absolutamente contrastadas y reconocidas.

En ese caso, no nos queda más remedio que admitir que: (i) es indiscutible que José Antonio envió una carta el 24 de junio ordenando a los líderes de Falange que se abstuvieran de participar en la sublevación; (ii) es indiscutible que, tras el alzamiento,

José Antonio diseñó un plan para evitar la Guerra Civil que fue denegado por los republicanos.

Siendo esto así, y con las evidencias que poseemos, este capítulo de la historia nos enseña algo muy interesante: llamar golpista a José Antonio sin analizar todas las pruebas que pueden llevarnos a pensar lo contrario es, como mínimo, un acto de temeraria imprudencia.

Ahora bien, todavía nos falta conocer el veredicto de los jueces sobre este dilema.

Antes de que José Antonio fuera condenado a la pena capital, se produjeron numerosos intentos para sacarle de prisión.

Algunos por la vía armada, otros mediante criterios pecuniarios o canje entre presos; todos fracasaron.

El más llamativo de ellos fue un canje propuesto entre Paco Largo Calvo, hijo de Francisco Largo Caballero, y José Antonio.

Paco Largo se encontraba haciendo el reclutamiento militar en territorio nacional en el momento en el que se produjo el alzamiento.

A partir de entonces se convirtió en un preciado rehén de las tropas nacionales para futuras negociaciones que pudieran surgir.

En una de ellas, el precio a pagar que exigieron los nacionales por liberar a Paco Largo fue la simultánea liberación de José Antonio.

Durante varios días se mantuvieron tensas negociaciones entre socialistas y falangistas por la realización del canje.

De hecho, cuenta el teniente coronel Juanjo Crespo Esbert62 que unos y otros llegaron a reunirse en París para acordar los términos del pacto.

Los falangistas, con tal de demostrar que Paco Largo se encontraba vivo y en buen estado de salud, le instaron a escribir una carta dirigida a su padre, quien había sido nombrado presidente del Gobierno de la República el 4 de septiembre.

En aquella carta, fechada y firmada el 20 de septiembre de 1936, Paco Largo se dirigía a su progenitor con las siguientes palabras: «Sería posible entregarme a mí y a otras personas que pudieran interesaros a cambio de José Antonio Primo de Rivera y algunos de su familia que se hallan presos en

nuestro poder»63.

Tanto la propuesta del canje como la súplica de hijo a padre estaban ya realizadas, solo faltaba la respuesta del Gobierno del Frente Popular.

La oferta parecía justa, sin embargo, poco cabía esperar de un Gobierno que, solo un mes después de haber llegado al poder, emprendió una campaña política, judicial y policial para acabar con Falange.

Según el testimonio de Rodolfo Llopis ―subsecretario de la Presidencia por el PSOE en aquel momento―, las primeras palabras de Largo Caballero tras enterarse del asunto que debía valorar su Consejo fueron: «Señores, no me obliguen a asumir el papel de Guzmán el Bueno»64.

Cuando el futuro de la vida de tu hijo depende de ti, tal grado de cinismo solo podría esperarse de alguien apodado el «Lenin español».

Pues bien, con todo y con eso, la decisión tomada por el Consejo de Ministros presidido por Francisco Largo Caballero fue la siguiente: abstención de Largo Caballero y voto negativo a realizar el canje por parte del Consejo.

En aquel momento se acababa de firmar la sentencia de muerte de José Antonio Primo de Rivera.

El director del diario El Socialista, Julián Zugazagoitia, nos trasladaba en su libro Guerra y Vicisitudes de los Españoles una conversación originada en la reunión que mantuvieron los directores de los diarios madrileños con el ministro de la Gobernación, Ángel Galarza,

en relación con el canje de José Antonio.

Zugazagoitia narra en primera persona su experiencia en la reunión al mismo tiempo que aprovecha para citar alguna de las frases que salieron por la boca del ministro socialista:

El jefe de Gobierno es absolutamente ajeno a lo que me propongo decirles y esa es la razón por la que les pido la más absoluta reserva.

«Se trata ―siguió― de la posibilidad de un canje que se me ha indicado y sobre el que no me resuelvo a decir una sola palabra. Las personas a canjear serían el hijo de Largo Caballero, que como saben lo tienen en rehenes los rebeldes, y José Antonio Primo de Rivera.»

Copio de mi nota de aquel día: «La repulsa fue general: ¡Imposible!»

«¡Ni hablar de eso!» Yo me callé. Tenía la sensación que acababa de dictarse, en aquel momento, la pena de muerte contra Primo de Rivera.

Como la conversación se prolongase sobre el mismo tema, hice algunas insinuaciones, que se rechazaron con sorpresa: «¡Sería peor! Lo arrastrarían.»

«Se reputaría una traición.» Necesité defender lo que consideraba justo.

¿Se quería una muerte simbólica? ¿No acabaríamos arrepintiéndonos tarde de una torpeza irremediable?

¿No sería igualmente consentir que la represalia alcanzase a un hijo de Largo Caballero?

El ambiente era cerrado y hostil. Galarza temía la represalia, pero su gestión había fracasado65.

Había fracasado absolutamente todo cuanto pudo fracasar con tal de rescatar a José Antonio.

Los sobornos no causaron efecto, los planes de asaltar la prisión de Alicante solo terminaron cobrándose la vida de los falangistas que lo intentaron, el pacto de José Antonio para formar un Gobierno de concentración desmilitarizado no fue jamás aprobado por los republicanos y, para colmo,

el Gobierno de Largo Caballero se había negado a realizar el canje a cambio del hijo del presidente.

Por el contrario, nada le sucedió al hijo del líder socialista.

Los sublevados, que bien podrían haberse movido por la sed de venganza, mantuvieron a Paco Largo con vida hasta que, una vez acabada la guerra y puesto en libertad, se marchó a México en 1943.

Todas las bazas se habían agotado. Todos los intentos de los falangistas por liberar a su líder fueron rotundamente aplacados por los frentepopulistas.

Por aquel entonces el destino de José Antonio era ya la crónica de una muerte anunciada, por desgracia nunca mejor dicho.

Lo único que faltaba era que su asesinato pasara por la rúbrica del poder judicial.