LOS ÚLTIMOS MESES DE JOSÉ ANTONIO #2
En primer lugar, es de suma importancia entender la afinidad ―o la ausencia de ella― que mantuvo José Antonio con respecto a los líderes del alzamiento.
Sabemos que José Antonio mantuvo una relación distante con el general Franco.
Según los testimonios y documentos que conocemos hoy, parece que solo se entrevistaron de forma más o menos extensa en una ocasión.
El encuentro tuvo lugar a principios de 1936 en la casa de la calle Ayala de Ramón Serrano Suñer, que hizo de nexo de unión entre ambos.
Serrano Suñer, apodado como «el Cuñadísimo» por ser el cuñado de la mujer de Franco ―Carmen Polo―, mantuvo una estrecha relación con el general y, además, fue amigo y compañero de José Antonio en la universidad.
Según ha contado el propio Serrano Suñer, la reunión fue pesada e incómoda; parecía que la personalidad de ambos no encajaba.
Sin duda, fueron perfiles radicalmente distintos.
Franco, como buen militar cuyo carácter se había forjado mediante una ardua carrera castrense, se dedicó a narrar anécdotas de tiempos pasados.
José Antonio, una persona de calado más profundo e intelectual, esperaba de esa reunión encontrar soluciones ―o al menos propuestas― a los problemas reales que padecía España.
Las expectativas del jefe de Falange no se cumplieron.
Al contrario, finalizada la reunión, llegó a ironizar afirmando que en nada se parecían los militares de ahora con los de los tiempos de su padre.
También se ha contado que, en la repetición electoral de las elecciones por la provincia de Cuenca en mayo de 1936, José Antonio había buscado el apoyo de la CEDA en un primer momento.
Sin embargo, al enterarse de que Franco se puso en contacto con el secretario general de la CEDA ―Geminiano Carrascal― para presentarse por sus listas, José Antonio, que también se presentaba, se negó a compartir candidatura con él.
La otra ocasión en la que parece que sus nombres se cruzaron fue en la boda de Ramón Serrano Suñer con Ramona Polo, hermana de la mujer de Franco, en 1932.
Esta sería la ocasión en la que Franco y José Antonio se conocerían.
Sin embargo, nada especialmente relevante salió de aquel día.
Es probable que no intercambiaran más palabras de las estrictamente necesarias para mantener un trato cordial.
Por tanto, ante tales anécdotas aparece una duda esencial: ¿qué motivos tendría José Antonio para apoyar una sublevación iniciada por alguien con quien ya se había negado a colaborar un mes antes en las elecciones de mayo de 1936?
Junto a esta pregunta, más que razonable, se añaden otros hechos probados y documentados que alientan aún más la posibilidad de que, en realidad, José Antonio nunca llegara a apoyar el levantamiento militar.
Un suceso que en pocas ocasiones suele contarse es que los republicanos rechazaron un plan trazado por José Antonio para acabar con la Guerra Civil.
Entre finales de julio y principios de agosto de 1936, José Antonio, igual que el resto de España, era perfectamente consciente de que la situación por la que atravesaba el conflicto no era la intervención quirúrgica, rápida y eficaz que muchos habían imaginado.
La guerra parecía en aquel momento absolutamente inevitable.
Por eso, lo más eficaz era plantear alguna alternativa para acabar con ella y minimizar las consecuencias que pudiera llegar a ocasionar.
Durante esos días de su último verano, José Antonio, al que lo único que no le faltaba era tiempo, maquinó ese plan para salvar a España de las más nefastas consecuencias que una guerra pudiera acarrear.
La propuesta central de Primo de Rivera consistía en instaurar un Gobierno de concentración nacional integrado por personalidades intelectuales y políticas que lograra atraer tanto a un bando como al otro.
Con ese objetivo, el plan contemplaba que el propio José Antonio viajara a Burgos para persuadir a los mandos militares sublevados de la urgencia de pactar con el Gobierno frentepopulista el fin de las armas y la formación de un nuevo gabinete de unidad.
Esta propuesta conllevaba la salida ocasional de la cárcel por parte de José Antonio.
Por eso, para asegurar que la excursión no se convertiría en una fuga, propuso dejar a sus familiares directos ―que ya habían sido capturados desde antes del levantamiento― como aval.
La hoja de ruta de José Antonio incluía una amnistía general para ambos bandos con el fin de asegurarse de que, si el plan salía hacia adelante, ninguno de los bandos pudiera iniciar una campaña de persecución judicial contra el otro.
Esta propuesta está perfectamente documentada en los manuscritos hallados en la celda de José Antonio.
En sus páginas se podía leer: «Solicito la disolución y desarme de todas las milicias. La existencia comprobada de grupos organizados militarmente hará recaer la responsabilidad sobre las asociaciones o partidos con los que se mantengan relación notoria»59.
José Antonio sabía que su influencia era mayor entre los sublevados que entre los frentepopulistas, de manera que convencer a los primeros sería más sencillo que hacerlo con los segundos.
Por eso mismo, para lograr que los republicanos aceptaran el acuerdo, José Antonio designó con nombres y apellidos a las personas ―en su mayoría afines al bando gubernamental― que conformarían cada uno de los altos cargos en su hipotético Gobierno de concentración.
Llegó a proponer a Diego Martínez Barrio como presidente; a Melquíades Álvarez como encargado de la administración de la justicia; a Miguel Maura al frente de la dirección de la marina; a Ortega y Gasset como máximo encargado de obras públicas, y a Gregorio Marañón en sanidad y educación.
Nótese que en este quinteto no estaba incluido ningún militar sublevado.
Se debe principalmente a dos motivos. En primer lugar, es cierto que José Antonio siempre criticó los oscuros caminos por los que la Segunda República estaba llevando a España.
Sin embargo, un hombre cuyo objetivo fue siempre buscar la unión de su pueblo no podía quedarse de brazos cruzados ante lo que estaban viviendo sus conciudadanos.
Sus valores siempre estuvieron por encima de su ideología.
En segundo lugar, por un motivo absolutamente pragmático: si contaba con el visto bueno de los sublevados y quería que el plan lo apoyaran además los frentepopulistas, tenía que resultarle atractivo también a estos últimos.
Ideado el itinerario, faltaba el consentimiento del Gobierno republicano para que José Antonio pudiera emprender su excursión a Burgos.
A principios de agosto José Antonio envió una carta a Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes en aquel momento, solicitando entrevistarse con él para presentarle su propuesta.
Lo decía con las siguientes palabras: «Después de una detenida deliberación en conciencia y con la mira en el servicio de la España de todos, tan gravemente amenazada en los presentes días, me decido a solicitar una audiencia con usted. No sería difícil llevarla a cabo;
podría trasladárseme una noche al Gobierno Civil, como si fuera a ser interrogado por el gobernador, y allí ser recibido sin que se enterase nadie»60.
Martínez Barrio recibió la carta y, tras comentarlo con José Giral, que ostentaba entonces el cargo de presidente del Consejo de Ministros de la República, ambos decidieron enviar al subsecretario Leandro Martín para la reunión con José Antonio.
El encuentro se produjo el 14 de agosto en la prisión alicantina.
Por desgracia, no tenemos testimonios que nos ayuden a dilucidar qué fue lo que sucedió en aquella entrevista.
No quedó transcrita y, por lo que parece, no se hizo en presencia de testigos que pudieran aportar algo de luz a lo que fuera que dialogaran.
Lo que sí sabemos es que el Gobierno rechazó la oferta.
Así lo afirmaba uno de los mayores estudiosos ―y disidentes― de la vida y obra de José Antonio, el historiador Joan Maria Thomàs: «Aunque no tenemos detalles del encuentro, sabemos que posteriormente el Gobierno rechazó el plan y la proposición de acuerdo nacional de José Antonio»61.
Por sorprendente que parezca, el Gobierno republicano había desperdiciado una oportunidad de oro que les brindó ese al que hoy llaman despectivamente «golpista» para frenar aquello que se terminó resolviendo entre el barro y las trincheras.
Este episodio genera una otro problema añadido al debate sobre las órdenes que pudo llegar a proporcionar José Antonio en relación con la intervención de Falange en la sublevación.
Si José Antonio en algún momento llegó a apoyar el alzamiento, ¿por qué se molestó en idear un plan para frenarlo?
Como le advertía anteriormente, no se trata de una disquisición trivial.
Aunque, si lo piensa bien, todo este barullo de pruebas, documentos, planes y conspiraciones, se resume en tres únicas posibilidades.
Las tres únicas alternativas de lo que verdaderamente pasara por la cabeza de José Antonio en aquel verano de 1936, necesariamente, son: (i) José Antonio apoyó en algún momento la sublevación y, además, quiso ―o no le importaba― que derivara en una guerra civil;
(ii) José Antonio apoyó en algún momento la sublevación inocentemente sin imaginar que llegase a desembocar en una guerra civil; (iii) José Antonio nunca apoyó la sublevación y, en consecuencia, nunca consintió que se pudiera producir una guerra civil.
Con lo que sabemos, la primera posibilidad puede ser descartada casi de inmediato.
Aunque fuera cierto que José Antonio llegara, en algún momento de su estancia en la cárcel, a autorizar la participación de Falange en el alzamiento, tenemos evidencias suficientes para considerar que en ningún momento quiso que aquello derivara en una guerra civil.
Aquella que no deja ni el más estrecho margen para dudar es precisamente su propósito rechazado de frenar la Guerra Civil.
En agosto de 1936 José Antonio todavía no había sido condenado a muerte.
No es posible que trazara el plan, por tanto, para evitar una pena capital que todavía no había sido dictada.
Además, ha de señalarse una objeción elemental.
Cada una de las opciones planteadas presenta dos afirmaciones, una objetiva y otra subjetiva.