¿QUIÉN FUE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA? #4
Socialistas, anarquistas y comunistas aprovechaban la más mínima ocasión para arrebatarle la vida a los militantes de Falange.
En ese período de tiempo Falange Española, que podía haberse vengado desde el primer asesinato de uno de los miembros de sus filas, jamás llegó a contestar con violencia.
Esa negativa para emprender represalias nació directamente de la voluntad de José Antonio.
Uno de los casos más sonados es el de Matías Montero y Rodríguez de Trujillo, un joven estudiante falangista de veinte años asesinado a tiros el 9 de febrero de 1934 por varios pistoleros socialistas mientras vendía el periódico de su partido, Fe y Arriba, en la calle Ponzano de Madrid.
Como Matías, fueron varios los camisas azules asesinados por los milicianos rojos durante este período.
Pese a ello, el motivo por el que Falange no respondió con violencia fue precisamente la negativa de José Antonio de convertir a Falange en un grupo de escuadristas.
Esta actitud no agradó lo más mínimo a los sectores conservadores que habían financiado a Falange para que se convirtiera en aquello de lo que José Antonio renegaba.
Por eso, desde las páginas de los diarios que los monárquicos controlaban, empezaron a emitirse burlas constantes y sistemáticas dirigidas a Falange y al propio José Antonio para despertar en ellos la chispa definitiva que les moviera a apostar de una vez por la violencia.
A José Antonio se le llegó a llamar, con tono burlón, «Juan Simón el Enterrador» en referencia a una copla popular de la época, por la asiduidad con la que acudía a los entierros de los falangistas asesinados a manos de los rojos.
Por el mismo motivo, de Falange Española se llegó a decir que sus iniciales debían ser «Funeraria Española».
De los falangistas afirmaron que, en realidad, no eran tal cosa, sino «franciscanistas» por su oposición a la venganza.
José Antonio contestó a las burlas afirmando que sus falangistas no se convertirían en «una banda de asesinos».
Sin embargo, la situación en la que se encontraba era completamente desoladora: los monárquicos aprovecharon la financiación que habían concedido para creerse en la potestad de comprar el alma de su proyecto y transformarlo en un grupo violento al servicio de sus intereses; los propios falangistas,
humillados por las burlas que recibían constantemente, cayeron en la trampa de estos diarios y empezaron a dar de lado a José Antonio por considerar que la única solución ante la deriva del partido era cambiar los libros por las pistolas.
A esta circunstancia se sumaban dos agravantes: la falta de libertad económica de Falange y el dolor que provocaba entre sus miembros ver cómo cada vez caía un mayor número de camaradas a manos de los rojos.
Todo ello hizo que la crisis interna que se venía fraguando en Falange se volviera completamente insostenible.
El estallido fue, sin duda, el asesinato de Juan Cuéllar ―estudiante falangista de dieciocho años― el 10 de junio de 1934.
No se trataba de un crimen más, sino de aquel que marcaría un punto de inflexión en la deriva de Falange.
Fue el primer asesinato que los falangistas respondieron con violencia.
El testimonio de Manuel Felipe de la Mora Villar en su libro Las sangrientas cinco rosas recoge todos los detalles sobre la muerte del joven Cuéllar:
Habían organizado los comunistas una concentración clandestina en el lugar conocido por Valdemarina, de los Montes del Prado, que junto con la Moncloa y las riberas del Manzanares venían siendo cotos dominicales de expansión de los «chiribís» marxistas, vestidos de pantalón blanco y camisa roja,
con cánticos de «La Internacional» y prácticas del «amor libre» de «hijos sí, maridos no», cuando se encontraron sobre las doce de la mañana con un grupo de excursionistas compuesto por media docena de falangistas, entre los que estaba el hermano de José Antonio, Miguel Primo de Rivera,
y a los que preguntaron aquellos, al ver que no les acompañaban en sus cánticos, que si eran anarquistas, y al responderles que no, que falangistas, se abalanzaron sobre ellos, acometiéndoles con vergajos, porras, palos y piedras ferozmente, al tiempo que les hacían disparos,
quedando tendidos en tierra cuatro falangistas: Juan Cuéllar, estudiante de 18 años, que era cadáver y tenía dos heridas de arma blanca en los labios, otras dos de bala en el costado, y desgarramiento en una oreja, prueba del ensañamiento que sufrió; José Costas Castro,
herido de palos y pedradas en diversas partes del cuerpo, que al lograr huir vio como remataban a Cuéllar; Manuel Arredondo, con contusiones en la nariz y labios, y Manuel Roldan, herido punzante por la espalda de pronóstico grave,
teniendo que huir los falangistas ante el abrumador número de sus atacantes, lo que éstos aprovecharon para rematar salvajemente a Cuéllar, pisoteándole y ultrajándole, hasta que al llegar la Guardia Civil huyeron los agresores, deteniendo entonces ésta...
a los falangistas supervivientes. En los ultrajes al cadáver de Cuéllar se había distinguido especialmente una joven marxista, identificada por Costas: Juanita Rico, que se había orinado sobre el masacrado cadáver50.
Antes de Cuéllar ya habían caído otros tantos falangistas.
Solo entre el acto de fundación de Falange ―29 de octubre de 1933― y el fallecimiento de Cuéllar ―10 de junio de 1934― fueron asesinados José Ruiz de la Hermosa, Segismundo Matilla, Juan Jara Hidalgo, Tomás Polo Gallego, Francisco de Paula Sampol Cortés, Vicente Pérez Rodríguez, Matías Montero,
Ángel Abella García, Ángel Montesinos Carbonell, Jesús Hernández Rodríguez de Oviedo y José Hurtado García.
Once falangistas51 asesinados a manos de socialistas, comunistas y anarquistas; once asesinatos que José Antonio rechazó responder con violencia.
Si ampliamos el espectro de mira no solo a los asesinatos sino también a los heridos, los damnificados se cuentan por decenas.
Falange era víctima de una persecución insaciable contra los miembros de sus filas.
Menos de un mes después de haberse fundado ya había recibido el primer asesinato mortal de un camisa azul.
Desde octubre de 1933 hasta junio de 1934, en menos de un año, la violencia contra Falange escalaba de forma exponencial.
Pese a ello, José Antonio se mantuvo firme en su decisión de no iniciar represalias.
En ese período, colocaron una bomba en el local de la calle Ibiza en Madrid, donde se ubicaba el taller desde el que Falange publicaba su semanario; otra bomba estalló en la casa que estaba construyendo el arquitecto falangista José Luis Arrese;
un grupo de socialistas planeó un atentado contra el falangista José María de Oyarbide, al que terminaron pegando cinco disparos.
Hasta el propio José Antonio fue víctima de dos intentos de asesinato.
El primero de ellos tuvo lugar el 12 de noviembre de 1933, en plena campaña electoral.
Varios milicianos atentaron contra el acto de Falange y le intentaron arrebatar la vida a José Antonio.
Fallaron en su intención, pero, fruto de los daños colaterales, terminaron asesinando a Segismundo García Mantilla.
El segundo atentado se produjo el 18 de enero de 1934, cuando un miliciano socialista intentó asesinar a punta de navaja a José Antonio mientras voceaba la venta del semanario de F.
E. Ese mismo día, en Zaragoza, varios pistoleros a sueldo del PSOE dispararon por la espalda a Manuel Baselga de Yarza, que fue miembro del sindicato estudiantil afín a Falange, el Sindicato Español Universitario (SEU)52.
Fueron meses complicados en los que José Antonio se mantuvo heroicamente estoico para no autorizar la violencia en respuesta a las decenas crímenes que tanto su partido, como sus militantes e incluso él mismo sufrieron.
Sin embargo, todo eso se acabó con la muerte de Juan Cuéllar.
Fue la gota que colmó el vaso en el estallido de las futuras represalias que emprendería Falange.
La noticia del asesinato de Cuéllar llegó a oídos de José Antonio poco después de haberse producido.
Esta vez, la respuesta de Falange llegaría y, además, no se haría de esperar.
Sobre las nueve y media de la noche del mismo 10 de junio en que Cuéllar era asesinado, un coche de falangistas llegó a la calle Cisneros de Madrid, en la esquina con Eloy Gonzalo.
Allí estacionaron y aguardaron la llegada del grupo de chiribis que esa misma mañana le había arrebatado la vida a un camarada.
Los falangistas sabían de sobra quiénes eran, solo hacía falta esperar a su llegada.
Cuando aparecieron los chiribis, el vehículo realizó una breve maniobra de marcha atrás y golpeó con su guardabarros a una de las jóvenes socialistas, lo que provocó que sus acompañantes reaccionaran increpando al chófer con gritos e insultos.
Los falangistas aprovecharon la ocasión para abrir fuego contra el grupo, hiriendo a cuatro personas, para luego huir a gran velocidad por la calle del Cardenal Cisneros en dirección a la glorieta de Bilbao hasta desaparecer de la vista.
Debido a que el coche circulaba con las luces apagadas, ninguno de los testigos logró identificar la matrícula completa, aunque se pudo determinar que se trataba de un modelo moderno de color gris con capota de lona y una numeración de Madrid situada en la serie del 38.000 o 39.000.
Pocos días después del ataque, terminaría falleciendo Juanita Rico, la socialista que pisoteó, bailó y orinó en el cadáver de Cuéllar.
Tanto sus dos hermanos, Ángel Rico y Luis Rico, como la cuarta acompañante chiribi, Juana Arroyo, sobrevivieron pese a resultar heridos en el tiroteo.
De algún modo, parece justo decir que José Antonio no se apoderó de la violencia; la violencia se había apoderado de él.
Las dificultades por las que atravesó Falange en sus primeros meses no le dieron a la directiva otra opción.
En este contexto, cuando Falange comenzó a posicionarse como un grupo no solo político sino también físico, empezó a ganar fuerza entre los falangistas el perfil de Juan Antonio Ansaldo.