¿QUIÉN FUE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA? #2
José Antonio admiró y respetó enormemente a la figura de su padre; tercero, pese a ello, existen varios testimonios que contradicen la adhesión doctrinal absoluta del pensamiento de José Antonio para con el régimen de su padre.
El segundo punto es, tal vez, el que explique por qué en agosto de 1930, cuando antiguos ministros y colaboradores de Miguel Primo de Rivera fundaron la Unión Monárquica Nacional (UMN) en oposición a los intentos del general Berenguer por restaurar el parlamentarismo, José Antonio participó en ella.
Allí desempeñó el cargo de vicesecretario general y responsable de organización provincial.
Durante este período, compaginó su actividad política con la publicación de varios artículos en el diario La Nación en defensa de la memoria de su padre.
El más sonado de ellos fue aquel que tuvo por título «La hora de los enanos»43, del 18 de mayo de 1930, a través del cual denunció lo que consideraba una campaña de descrédito a la figura de su padre.
Sin embargo, la actividad política de José Antonio volvió a verse mermada, esta vez por una causa de fuerza mayor.
La proclamación de la Segunda República en abril de 1931 supuso la disolución, casi inmediata, de la UMN.
Ello llevó a José Antonio a volver a centrarse en su trabajo como abogado.
Este nuevo retiro político de José Antonio no duró mucho tiempo.
En este caso, lo que volvió a llamar su atención fueron los injustos procesos judiciales que el nuevo régimen republicano había iniciado contra los ministros que trabajaron para su padre.
Además, en la primavera de 1931 se constituyó Acción Nacional, una plataforma política de carácter conservador impulsada por sectores católicos y monárquicos.
Todo ello sirvió como pretexto para que José Antonio se presentara en las listas de Acción Nacional para unas elecciones parciales, celebradas en octubre de 1931, en las que pretendía cubrir un escaño vacante por Madrid capital.
José Antonio fue derrotado en esas elecciones, pues solo obtuvo un 26,4 % de los votos.
Sin embargo, su candidatura le dio una gran visibilidad entre el sector conservador.
Lejos de lo que muchos pensaban, la carrera política de José Antonio no solo no estaba finiquitada, sino que acababa de comenzar.
En noviembre de 1931 ejerció como abogado defensor del exministro de Gracia y Justicia, Galo Ponte y Escartín, en los llamados «Juicios de Responsabilidades».
Galo Ponte, el único ministro del Directorio Civil que no se había exiliado, fue condenado a prisión en un juicio que estaba viciado desde el comienzo.
El objetivo del mal llamado juicio de responsabilidad no fue, ni mucho menos, impartir justicia.
Su único propósito era aplicar los principios de la Ley del Talión para dar «ojo por ojo y diente por diente» a quienes mantuvieron el más mínimo grado de colaboración con el régimen anterior.
José Antonio, al participar brillante y locuazmente en la defensa de Galo Ponte, se había posicionado definitivamente como uno de los principales enemigos públicos a batir para el nuevo régimen republicano.
La legalidad republicana nunca fue tal cosa; mucho menos si se trataba de impartir justicia para quienes consideró sus enemigos.
Se hizo de la discrepancia un motivo de persecución y de la ley un aliado ideológico.
El aparato del nuevo Estado no descansaría hasta verle entre rejas.
El perfil de José Antonio era, sin duda, uno de los más amenazantes para el orden republicano.
No era un matón más al que se pudiera encarcelar fácilmente por su participación en un homicidio, robo, secuestro, o una riña tumultuaria.
José Antonio no bajaba al fango para imponer sus ideas, las combatía desde el vértice más letal para un régimen que pretendió evitar la disidencia: la inteligencia, formación y capacidad de liderazgo.
Esos eran los atributos que convertían a José Antonio en un auténtico enemigo del régimen republicano.
Sabían que no le iban a pillar colaborando en una sucia conspiración, ni en un vil atentado.
Eran perfectamente conscientes de que lo más hiriente y peligroso de José Antonio no se encontraba en su fuerza bruta, sino en sus palabras.
Por eso mismo, toda oposición contra la Segunda República se convirtió en un argumento para perseguir a un hombre al que, de otra forma, difícilmente habrían podido frenar.
Sin ir más lejos, en agosto de 1932 se produjo el golpe de Estado fallido del general Sanjurjo y el Gobierno republicano detuvo a José Antonio para hacerle pasar por prisión en un encarcelamiento que duró treinta y siete días en la Cárcel Modelo de Madrid.
Por suerte, la ausencia de pruebas incriminatorias hacia su persona obligó al Gobierno republicano a dejarle en libertad en ausencia de cargos de culpabilidad.
Las cloacas del Estado habían puesto la diana en un nuevo objetivo y, desde entonces, no descansarían hasta verle en el estado en el que siempre le quisieron tener: muerto o entre rejas.
Ese año, 1932, supuso un importante punto de inflexión en la doctrina del pensamiento de José Antonio.
Desde joven, siempre se interesó por la lectura de autores que habían emprendido una ácida crítica hacia las democracias liberales del siglo XIX, a las cuales culpaban de los males de la crisis social que tanto España como el resto del mundo occidental padeció durante las primeras décadas del siglo
XX.
Entre algunos de esos escritores, leídos y estudiados por José Antonio, se encuentran Charles Maurras, Giovanni Gentile, José Ortega y Gasset o el propio Ramiro de Maeztu.
Esas lecturas, muy probablemente sumadas a la experiencia personal de acoso y derribo que había sufrido, le llevaron a realizar un progresivo abandono del conservadurismo monárquico para acercarse, cada vez más, a una tercera vía de defensa de los intereses de la nación.
Por aquel entonces, las corrientes del pensamiento más asentadas en la lucha por la superación del orden demo-burgués eran esencialmente dos: el marxismo y el fascismo.
José Antonio se acercó, conoció y se nutrió de ambas, aunque no mucho después las terminó rechazando.
José de Orbaneja, sobrino de Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, cuenta lo siguiente: «Había sido José Antonio, secretario general de una Asociación de Estudiantes que luego (subrayado mío) se transformó en la FUE ―Por eso me afilié a esta organización».
Añade inmediatamente: «Me dijo que debía leer El Capital de Marx. Procedí a su lectura, que no me resultó nada fácil»44.
Por la cronología de los hechos y por extraño que resulte, es altamente probable que José Antonio se acercara primero a la obra de Marx.
Tal aproximación no debe entenderse como una adhesión total a las ideas de Marx pues, a la vista está, durante sus años de mayor visibilidad política, José Antonio emprendió una extensa crítica a la dialéctica marxista de la lucha de clases por entenderla como un factor encaminado a la más
inevitable división de la nación.
Por eso, tras ser conocedor de la doctrina de Marx, rechazó sus postulados sin paliativos. En agosto de 1934 escribía lo siguiente:
En el socialismo, fuera de dos o tres ideólogos cada vez menos influyentes, solo hay dos clases de elementos a cuál menos estimables: un equipo de viejos zorros duchos en picardías políticas y habituados a los mismos burgueses,
y una masa rencorosa cada vez más cerrada a toda sensibilidad espiritual, bolchevizada, encendida de rabia por una Prensa inmunda y a la que se prepara para la revolución por medio de las drogas más adecuadas: el materialismo, el desnudismo y el amor libre.
Para los marxistas, el obrero no es interesante sino como carne de revolución; por eso su campo de cultivo es el proletariado urbano, siempre más rencoroso y más imputo.
El marxismo es una organización para el envenenamiento de las masas, que hay que extirpar implacablemente45.
Tampoco debe pensarse que la crítica de José Antonio hacia la obra de Marx fue emprendida desde la defensa de un sistema capitalista.
Nada más lejos de la realidad. En el décimo apartado del famoso programa de los «veintisiete puntos de Falange» ―que más adelante se analizará―, José Antonio dejaría clara la orientación de su movimiento como superación del capitalismo y, al mismo tiempo, del marxismo:
Repudiamos el sistema capitalista, que se desentiende de las necesidades populares, deshumaniza la propiedad privada y aglomera a los trabajadores en masas informes propicias a la miseria y a la desesperación.
Nuestro sentido espiritual y nacional repudia también al marxismo.
Orientaremos el ímpetu de las clases laboriosas, hoy descarriadas por el marxismo, en el sentido de exigir su participación directa en la gran tarea del Estado nacional46.
Sin embargo, para entender esta evolución doctrinal debemos retroceder unos cuantos años hasta el punto en el que nos habíamos quedado.
Para el año 1932, José Antonio se interesó por la obra de Giovanni Gentile, que había tenido un fuerte arraigo en la Italia de Mussolini.
Sin embargo, en España se produjo algo extraño con respecto al movimiento italiano.
Mientras las tesis fascistas habían calado hondamente en buena parte de Europa, en España todavía eran desconocidas a ojos de una inmensa mayoría de la población.
Solo existía un pequeño grupo que estudió en profundidad la doctrina del fascismo y se cuestionó la posibilidad de aplicarla en España.
Eran las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas (J.O.N.S.) de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo.
Su postura ideológica mezclaba el nacionalismo revolucionario con las tesis nacionales-sindicalistas dentro del marco de la crítica al parlamentarismo.
Poco a poco, José Antonio fue mostrando una creciente simpatía hacia estos grupos.
Así, en 1933, Manuel Delgado Barreto, director del diario La Nación, le propuso a José Antonio participar en la nueva revista que había creado con clara inspiración italiana: El Fascio.
José Antonio contribuyó en su primera tirada publicando dos artículos que no durarían mucho tiempo, pues el Gobierno de Azaña no tardó en censurar el rotativo.