¿QUIÉN FUE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA?
El 24 de abril de 1903, en la calle de Génova de un Madrid que aún conservaba los ecos del siglo XIX, nació José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia.
Era el primogénito de una familia marcada por la tradición castrense.
Su padre, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, era por aquel entonces un joven oficial de prometedora carrera, cuya ascendencia se hundía en las raíces de Jerez de la Frontera; su madre, Casilda Sáenz de Heredia, aportaba una serenidad que, lamentablemente,
se vería truncada por su prematuro fallecimiento.
José Antonio creció en un hogar donde el deber y el linaje no eran conceptos abstractos, sino el aire que se respiraba.
Junto a sus hermanos ―Miguel, Carmen, Pilar y Fernando― conformó un núcleo familiar extremadamente unido, especialmente tras la muerte de su madre en 1908, cuando él apenas contaba con cinco años.
Esta temprana pérdida forjó en él un carácter protector hacia sus hermanos y una madurez prematura que le acompañaría durante toda su vida, buscando en la figura de su tía, «la tía Ma», el refugio femenino que la orfandad le había arrebatado.
La figura del padre, Miguel Primo de Rivera, dominaba el horizonte familiar.
Aunque el general alcanzó la máxima jefatura del Estado y del Gobierno en 1923, durante la infancia de José Antonio fue, ante todo, un militar de prestigio que ascendía con rapidez en el escalafón.
A pesar de la obvia influencia de un progenitor que encarnaba el orden y la autoridad, José Antonio no sintió la llamada de las armas.
A diferencia de lo que dictaba la tradición para los hijos de generales de renombre, el joven Primo de Rivera mostró desde muy temprano una inclinación hacia las letras y las humanidades.
No era falta de valor, como demostraría más tarde en otros campos, sino una cuestión de temperamento.
Prefería la lectura de los clásicos y la contemplación poética del paisaje español a la vida del cuartel.
Su formación académica se desarrolló inicialmente en el hogar, bajo la supervisión de tutores y maestros que supieron encauzar su curiosidad intelectual.
Durante su etapa escolar aprendió inglés y francés, aunque su expediente en el bachillerato no fue especialmente brillante.
No fue hasta su ingreso en la Universidad Central de Madrid cuando su personalidad empezó a destacar en la esfera pública.
Influenciado por Raimundo Fernández-Cuesta ―hijo mayor del médico de la familia Primo de Rivera― y siguiendo los consejos de su padre, en 1917 José Antonio comenzó sus estudios de Derecho.
El primer curso de la carrera lo hizo, igual que el bachillerato, con la asistencia de profesores particulares que acudían a su casa.
Sin embargo, en el segundo año de carrera José Antonio se incorporó a la vida universitaria.
En las aulas, no fue un alumno más; destacó por una elocuencia natural y una capacidad de análisis que pronto le granjearon el respeto de sus compañeros y profesores.
Su amigo Felipe Ximénez de Sandoval dedicó unas palabras a hablar de la faceta de José Antonio como compañero: «No era [...] de esos alumnos para quienes su saber es un secreto de vida o muerte. Si alguno de los peces nos acercábamos a él con una duda antes de entrar en la clase,
nos llevaba a un rincón de aquellos pasillos malolientes y pintarrajeados del viejo caserón de la calle de San Bernardo, y nos explicaba la complicación»40.
Fue en este período cuando forjó una de sus amistades más significativas y duraderas: Ramón Serrano Suñer.
Ambos compartían no solo apuntes y preocupaciones jurídicas, sino una visión crítica de la situación social de España.
Serrano Suñer recordaría años después la «limpieza mental» de José Antonio y su rechazo a las componendas políticas de la época, prefiriendo la dialéctica clara y el estudio riguroso.
Además, compaginó sus estudios universitarios con el trabajo como administrativo en la empresa de importación de maquinaria de su tío materno José Sáenz de Heredia.
Durante su vida universitaria, José Antonio no fue ajeno a los movimientos estudiantiles que bullían en el Madrid de la época.
Desempeñó el cargo de secretario de la Asociación de Estudiantes de Derecho, dirigida por su amigo Serrano Suñer, dos años mayor que él.
Su paso por la universidad culminó en 1922 con una licenciatura brillante, obteniendo notas sobresalientes que confirmaban que su futuro, lejos de las espadas de sus antepasados, se encontraba en la toga y la palabra.
Al graduarse, aprovechando que su padre ostentaba el cargo de capitán general en Cataluña, José Antonio realizó el servicio militar en Barcelona.
Sin embargo, en 1923 tendría lugar un acontecimiento que reprimiría temporalmente las inquietudes políticas del joven José Antonio.
España concatenaba una sucesión de desastres militares desde la pérdida de los últimos territorios de ultramar en 1898.
A todo ello se le sumó un factor detonante en el agravio generalizado del descontento civil y militar: el Expediente Picasso.
Tras los episodios del «Desastre de Annual», que supusieron una dolorosa derrota del ejército español en la guerra del Rif durante el verano de 1921, el general Juan Picasso amenazó con publicar un expediente en el que destaparía la ineptitud y falta de preparación del ejército español,
así como las tramas de corrupción de sus altos cargos.
El expediente de 2400 páginas fue finalmente entregado por el general Picasso en abril de 1922 y no afectó solo al ejército, sino que terminó por salpicar a la propia corona.
El Gobierno de aquel entonces, presidido por el conservador José Sánchez Guerra, decidió llevar el informe al Congreso de forma que, para julio de 1922, se formó la primera Comisión de Responsabilidades.
Ante tal circunstancia, Miguel Primo de Rivera supo canalizar el descontento de los militares que consideraban injusto el trato recibido por ese otro sector del ejército.
Así, el 13 de septiembre de 1923 tuvo lugar el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera en Barcelona.
Dos días después del inicio de la sublevación, el rey Alfonso XIII mandó llamar al general a Madrid para nombrarlo oficialmente como presidente de un Directorio Militar (1923-1925) que, ante la opinión pública del momento,
se presentó como una solución temporal y necesaria para sanear la política española.
José Antonio, que por aquel entonces no solo era un prometedor jurista sino un joven profundamente consciente del peso de su apellido, decidió no involucrarse en política y se dedicó a ejercer como abogado en la empresa de su tío.
La experiencia adquirida en aquellos años de trabajo como operador jurídico le valieron para terminar abriendo su propio despacho especializado en Derecho Civil y Mercantil en abril de 1925.
Sin embargo, todos estos años en los que José Antonio se mantuvo al margen de la esfera política acabaron con el correlativo fin del régimen que había liderado su padre.
Miguel Primo de Rivera dimitió el 28 de enero de 1930 y se exilió en París, donde terminaría falleciendo cuarenta y siete días más tarde por un estado de salud que se había visto mermado como consecuencia de sus crecientes problemas de diabetes.
José Antonio había visto la muerte de sus progenitores sin haber cumplido veintisiete años.
A partir de entonces, las críticas hacia Miguel Primo de Rivera impulsaron a José Antonio, primogénito y heredero del título de Marqués de Estella con Grandeza de España, a retomar su actividad política en la vida pública para honrar la memoria de su padre.
La afinidad ideológica de José Antonio para con el Directorio Militar de su padre, después convertido en Directorio Civil (1925-1930), ha sido ampliamente discutida.
El economista Juan Velarde Fuertes publicó el testimonio de Luis Olariaga ―profesor de José Antonio en la universidad― en el que este último le trasladó a Velarde una conversación que mantuvo con José Antonio:
Aunque a usted le asombre, a José Antonio Primo de Rivera le parecía absolutamente equivocada la política universitaria de su padre.
Un día, en que salía yo con él de la Universidad Central, en un momento muy duro en el que volvía a surgir la cuestión universitaria, como consecuencia de un trato favorable dado por el general Primo de Rivera a las Universidades de la Iglesia que entonces existían en España ―la de los jesuitas en
Deusto, el ICAI, la de los agustinos en San Lorenzo de El Escorial―, más la suspensión de unas conferencias de Marañón sobre eugenesis, también por influencia de la Iglesia, al comentar ambos, dentro de sus consecuencias,
la dura represión dada por las fuerzas de orden público a los estudiantes que se habían solidarizado con la protesta, me dijo José Antonio: «Mi padre no entiende en absoluto el problema. Para empezar, no ha sido capaz de darse cuenta de que con los estudiantes sucede como con las mujeres.
Si vemos en la calle que alguien abofetea a una mujer, instintivamente todos nos colocamos al lado de ésta, y deseamos contestar a la agresión actuando contra el agresor, sin para eso buscar argumentos,
y no importándonos absolutamente nada de las posibles justificaciones o explicaciones de esa bofetada. Pues con la acción contra los estudiantes de mi padre, ocurre exactamente lo mismo»41.
Quizá este testimonio pueda entenderse mejor a la luz de las palabras del periodista Francisco Bravo cuando afirmó que «José Antonio no tuvo con la Dictadura otra relación que la que le unía sagradamente con la persona del Dictador. “Yo no fui nunca de la Unión Patriótica”,
replicó un día en el Congreso a su zafio interruptor incapaz de comprender las razones sentimentales que le movían a defender la memoria de su padre reconociendo, no obstante, su fracaso»42.
Sea como fuere, lo que queda acreditado en todo caso es que, primero, la actividad política que José Antonio había desarrollado en la universidad mediante la Asociación de Estudiantes de Derecho se vio atenuada durante la Jefatura del Estado de Miguel Primo de Rivera; segundo,