La historia de la Guerra Civil que no te cuentan LA IGNORANCIA PROGRAMADA #2
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LA IGNORANCIA PROGRAMADA #2

Esta vocación de parasitar la opinión pública que de forma tan acentuada estamos viviendo en estos últimos años, en realidad no supone novedad alguna.

Son décadas intentando convertir su propaganda en dogma y, en consecuencia, a sus propagandistas en evangelizadores.

Por desgracia el resultado que buscaban conseguir, lo han logrado parcialmente.

No hay mayor triunfo que generar una amnesia colectiva que haya llevado a toda una sociedad a olvidar a aquellas figuras que llevan tanto tiempo queriendo dejar fuera de la memoria.

Se han derrumbado esculturas y se han renombrado calles y plazas siguiendo el único criterio de la pertenencia a uno de los dos bandos.

Solo una de las dos Españas puede estar representada en la esfera pública.

¿Se ha preguntado alguna vez por qué ciertos nombres de nuestra historia nos resultan tan familiares como el propio hogar, mientras otros, de igual o superior calado artístico, parecen desvanecidos en una nebulosa de olvido institucional?

¿Por qué en las facultades de Bellas Artes y en los manuales de Secundaria se recita con devoción casi litúrgica la biografía de Pablo Picasso, pero se pasa de puntillas ―si es que se llega a mencionar― sobre la figura de Ignacio Zuloaga?

La respuesta no reside en la calidad del trazo, ni en la profundidad de la mirada, ni siquiera en el reconocimiento internacional que ambos cosecharon en vida.

La respuesta se halla en un proceso de depuración silenciosa, una suerte de damnatio memoriae contemporánea que ha decidido que la valía de un artista no se mide por la trascendencia de su obra, sino por lo útil que resulte su biografía para imponer un relato político.

Estamos ante una cultura del silencio que actúa como un filtro ideológico infranqueable, una aduana del espíritu que solo permite el paso a quienes portan el salvoconducto de la corrección política actual.

Este fenómeno ha logrado que el ciudadano medio sea capaz de identificar el Guernica como el símbolo supremo del siglo XX, pero ignore a Zuloaga como uno de los pintores que mejor supo captar el alma de una España eterna, recia y mística.

Zuloaga, admirado en París y Nueva York como el gran renovador de la tradición de Velázquez y Goya, cometió el pecado imperdonable de no sintonizar con la retórica revolucionaria y mantener una vinculación estética y vital con la España nacional.

Ese estigma ha sido suficiente para que su inmenso legado sea relegado a los sótanos de la historia oficial, como si la belleza pudiera ser culpable de las filias políticas de quien la crea.

Pero el caso de Zuloaga es solo la punta de un iceberg de olvido sistemático.

¿Se ha detenido el lector a pensar por qué la narrativa de Wenceslao Fernández Flórez ha sido orillada en los planes de estudio?

Poseedor de un humor finísimo y una capacidad descriptiva prodigiosa, su obra fue víctima de su propia lucidez al describir los excesos de la retaguardia republicana en novelas como Una isla en el Mar Rojo13.

Del mismo modo, la finura intelectual de un Agustín de Foxá ha sido sepultada bajo una losa de silencio.

¿Por qué Madrid, de Corte a checa14 no figura como lectura obligatoria para entender los desgarros de 1936?

Foxá, con una prosa aristocrática y certera, describió la caída de un mundo con una honestidad que resulta hoy insoportable para quienes prefieren la caricatura maniquea del conflicto.

Al silenciarlos, no solo se comete una injusticia contra los autores; se comete un robo contra el lector, al que se le priva de una mitad esencial de su herencia literaria.

La música no ha sido ajena a esta purga estética.

¿Se ha preguntado el lector por qué conocemos cada detalle de la vida de Manuel de Falla pero apenas oímos hablar de Joaquín Turina o de la inmensa labor de Federico Moreno Torroba?

La zarzuela y la música sinfónica de inspiración tradicional fueron etiquetadas como «música del régimen», una simplificación absurda que ha servido para que compositores de una técnica depurada y una sensibilidad exquisita sean percibidos como anacrónicos.

Lo mismo ha ocurrido en el ámbito de la escultura: nombres como Juan de Ávalos son juzgados exclusivamente por la ubicación de sus obras ―como la piedad monumental del Valle de los Caídos― sin entrar a valorar la maestría técnica de un cincel que dialogaba directamente con el Renacimiento.

Se ha educado al espectador en un prejuicio estético: lo que fue creado bajo el signo de la tradición es, por definición, «reaccionario», mientras que cualquier experimento abstracto, por vacuo que sea, es encumbrado si viene envuelto en la bandera del «progreso».

Incluso figuras de una talla universal como Salvador Dalí han sufrido esta manipulación.

Resulta imposible borrar a un genio de tal magnitud, por lo que la Cultura del Silencio ha optado por una estrategia más sutil: la disección ideológica.

Se acepta su surrealismo, su excentricidad y su técnica académica, pero se oculta o se ridiculiza sistemáticamente su profunda religiosidad final y su adhesión al régimen de Franco.

Se nos presenta un Dalí descafeinado, un personaje de performance despojado de su contexto místico y nacional.

Se tolera al genio siempre que se le pueda presentar como un loco inofensivo, pero se silencia al hombre que defendió la unidad de España y el orden tradicional.

El mensaje es claro: si el artista no es útil para la causa, se le ignora; si es demasiado grande para ser ignorado, se le mutila biográficamente hasta hacerlo irreconocible.

¿Y qué decir de la poesía? Conocerá, sin duda, los versos de Miguel Hernández o de Federico García Lorca, pero ¿ha leído alguna vez la profundidad lírica de autores como Leopoldo Panero o Luis Rosales?

¿Se lo enseñaron en clase con el mismo detenimiento que las Nanas de la cebolla?

La pertenencia de Rosales a la Generación del 36 y su vinculación con el pensamiento tradicional han servido para que su obra sea tratada con una distancia gélida, a pesar de ser uno de los mayores renovadores del lenguaje poético en castellano.

Esta inversión de valores ha provocado que la España actual sea incapaz de reconocer su propia grandeza, viviendo en una constante disculpa por un pasado artístico que, fuera de nuestras fronteras, sigue siendo objeto de estudio y admiración por su autenticidad y su fuerza.

Esta cultura del silencio es, en última instancia, una forma de ceguera inducida que nos empobrece a todos.

Si existió la más mínima conexión entre una figura ilustre y el bando nacional, esa persona queda completamente deslegitimada y, por supuesto, desaparece su derecho a ser recordado.

Así sucedió con Onésimo Redondo, líder de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, cuyo monumento en el cerro de San Cristóbal, Valladolid, fue derrumbado en 2016.

Por el contrario, si hablamos de alguien que perteneció al «bando de la bondad, la justicia y la verdad», como en el caso del líder socialista Francisco Largo Caballero, entonces la memoria del susodicho pasa a ser exhibida en una escultura ubicada en pleno Paseo de la Castellana.

Con esto, lo que se nos quiere decir es que no importa la calidad del mensaje, ni la profundidad de las ideas.

Tampoco son relevantes la formación o la vida personal.

La mera pertenencia al bando frentepopulista es condición necesaria y suficiente para ser recordado.

Sensu contrario, ningún artista o intelectual, por elevada que fuera la calidad de su obra, es merecedor de ocupar el más mínimo espacio en los libros de historia si su vinculación con los sublevados queda acreditada.

La ignorancia programada ha creado un canon que no responde a criterios de excelencia, sino de militancia.

Al joven español se le priva de referentes que podrían ayudarle a entender su identidad, ofreciéndole a cambio un menú cultural monocromo y precocinado por el poder político.

Recuperar estos nombres ―Zuloaga, Foxá, Fernández Flórez, Turina, Ávalos, Rosales, García Serrano, Muñoz Seca y un largo etcétera― no es un ejercicio de revanchismo, sino de plenitud cultural.

Ha de quedar claro entonces que los perjudicados por no conocer a figuras como Sánchez Mazas no son solo sus descendientes directos; tampoco lo son únicamente los seguidores de sus escritos.

Por eso 1936 es esa guerra entre hermanos en la que todos perdimos.

Pierde toda una generación a la que se le priva de conocer una parte de nuestro patrimonio histórico y cultural.

Una sociedad que solo ha visto la mitad de su arte es una sociedad que solo conoce la mitad de sí misma.

Romper este silencio es el primer paso para dejar de ser inquilinos de una ideología y volver a ser dueños de nuestra propia cultura, aceptando que la belleza no entiende de carnés de partido y que la verdad de una nación reside en la suma de todas sus voces,

especialmente de aquellas que han intentado acallar.

* * *

11

Pérez-Reverte contestó en un comunicado oficial emitido en sus redes sociales ―Twitter e Instagram― el día 28 de enero de 2026 que, en realidad, el título original del encuentro sevillano era «1936: ¿La guerra que todos perdimos?»

con los interrogantes que demandaba Uclés.

Según Pérez-Reverte, la publicación del cartel con el título en forma afirmativa se debía, únicamente, a un error en la edición del cartel informativo.

12

Puede consultar las cifras abonadas a todas las figuras citadas en este capítulo a través del trabajo de investigación del periodista Pablo Haro publicado el 23 de junio de 2025 para el medio LibreMercado,

que lleva por título «Así riega Sánchez a los influencers de izquierdas en los actos del “año de Franco”».

13

Una isla en el mar rojo, Wenceslao Fernández Flórez, 1939.

14

Madrid, de Corte a checa, Agustín de Foxá, 1938.