La hipótesis del amor Capítulo 18 — Conflicto de interés
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Capítulo 18 — Conflicto de interés

El señor Quintana me llamó el martes a las nueve y diez, que es una hora civilizada, lo cual me preocupó más que si me hubiera llamado a medianoche. Quintana llama a horas civilizadas cuando la conversación no lo es.

—Marc.

Sigue sin llamarme Marc en circunstancias normales. Van dos veces. Empiezo a poder fechar los desastres por el momento en que este hombre decide que tenemos suficiente confianza.

—Le llamo por una tontería. Seguramente no es nada.

Cuando un gestor abre con «seguramente no es nada», lo siguiente es siempre algo.

—En el congreso de Lisboa, la semana pasada.

Uno de los nuestros, de la Fundación, coincidió con gente del IRCH.

Y comentó, de pasada, en una cena, que se le veía a usted muy…

—buscó la palabra, y la palabra que buscó fue peor que cualquiera que hubiera podido encontrar— muy cómodo.

En Valencia. Con la investigadora principal.

—Cómodo.

—Cómodo. Fue eso. Nada más. Una cena, un comentario.

No hay nada formal, no hay una queja, no hay un expediente.

—Hizo una pausa de las suyas—. Es solo que, mire, el resultado de este ensayo va a ser que no.

Que las preguntas no sirven, que el amor no se fabrica, todo eso.

Y ese titular ya lo tengo escrito desde octubre en el correo de nueve periodistas.

El día que publiquemos, alguien va a querer contar la historia pequeña en vez de la grande.

Y la historia pequeña no puede ser «el auditor y la investigadora».

No puede, Marc. Nos hunde el resultado bueno con una tontería de cena.

—Lo sé.

—Necesito que me confirme por escrito la ausencia de conflicto de interés. El formulario de siempre. Es puro trámite, Marc. Para tenerlo en la carpeta si alguien pregunta.

Puro trámite.

El formulario de siempre. El que he firmado treinta y una veces. El que se rellena en cuatro minutos. El que tiene una casilla nueve.

—Se lo envío hoy —dije.

—Gracias. Y oiga. —Bajó la voz, cosa rara en una llamada donde solo estábamos los dos—. No es una acusación. Es al revés. Es blindarle. Si mañana alguien saca el tema, usted tiene el papel firmado y aquí no ha pasado nada. Es por usted.

Es por mí.

Es exactamente lo que se dice cuando es por la Fundación.

Abrí el formulario a las nueve y media.

Nombre. Ensayo. Fecha. Y las tres casillas de siempre, la nueve entre ellas: «¿Mantiene usted alguna relación personal con miembros del equipo investigador que pudiera comprometer su independencia?»

En febrero me quedé un minuto entero delante de esta casilla y la dejé sin marcar. Aquel día era verdad que no había pasado nada, y la tardanza fue el dato: un hombre que tarda un minuto en marcar una casilla verdadera está reconociendo que la casilla ha dejado de ser trámite.

Hoy no es febrero.

Hoy hubo, el 18 de marzo, un episodio en una plaza que ni siquiera necesito describir porque está grabado, con su hora, en un archivo de la sala 2, con etiqueta CAL-00, camino de un repositorio público.

Marcar «No» hoy ya no es tardar. Es mentir.

Y aquí es donde tengo que ser preciso conmigo mismo, que es la única auditoría que llevo seis años sin hacerme en condiciones.

Yo he marcado «No» en esta casilla treinta y una veces sin leerla.

Es lo que se hace. La casilla nueve existe para el auditor que se ha hecho amigo del equipo, que va a las cenas, que acepta favores, que pierde la distancia poco a poco sin darse cuenta.

No existe para lo que me está pasando a mí, que no tiene nombre administrativo y que no cabe en un desplegable de sí y no.

Pero el formulario no distingue. El formulario pregunta una cosa binaria y a las cosas binarias hay que contestarles con una de las dos.

No marqué ninguna.

Lo dejé en borradores.

En la carpeta de borradores del correo, que es donde viven las cosas que uno no manda porque mandarlas tiene consecuencias y no mandarlas todavía no.

Es un sitio muy poblado, la carpeta de borradores.

Ahí vive la gente prudente y ahí vive la gente cobarde, y llevo seis años presumiendo de saber distinguir las dos, y aquella mañana, con el formulario a medio rellenar y el cursor parpadeando en la casilla nueve, no supe cuál de las dos era yo.

A media mañana bajé a instrumentación.

No tenía nada que hacer en instrumentación. Fui porque Tono es la única persona de este edificio que no me pregunta nada y que, sin preguntar, contesta.

Estaba con un amplificador abierto, como siempre, con una lámpara de flexo apuntándole a las tripas.

—Auditor.

—Tono.

Me quedé mirándolo trabajar un rato. Es una cosa que se puede hacer con Tono, quedarse mirándolo, sin que resulte violento. Con el resto de la humanidad, quedarse mirando a alguien sin hablar es una agresión. Con Tono es una forma de conversación.

—¿Puedo preguntarle una cosa técnica?

—Ja ho sé que és tècnica —dijo, sin levantar la vista—. Sempre és tècnica, amb vosté.

—Un aparato. Un canal que da buena señal aunque tenga el cable pelado. ¿Existe?

—Existix.

—¿Y cómo lo sabe uno?

Tono dejó el destornillador. Cogió un cable de la mesa, uno cualquiera, y me lo enseñó: la funda de plástico levantada en un punto, el cobre asomando, un milímetro de cobre desnudo.

—Este cable —dijo— dona senyal. Bona. Neta. La pots gravar, la pots publicar, ningú et dirà res. —Lo dejó en la mesa—. El problema no és la senyal. La senyal és perfecta.

—¿Entonces?

—El problema és què fas quan veus el coure.

Me quedé con el cable en la cabeza.

—Perquè el coure el veus —siguió, volviendo a su amplificador—. No fa falta cap aparell per a vore'l. Es veu. I aleshores ja no pots dir que no ho sabies.

Ya no puedes decir que no lo sabías.

Le di las gracias. No apunté nada. Es la segunda vez que este hombre me dice, con un cable en la mano, exactamente lo que llevo semanas sin querer escribir en ninguna parte, y me marcho las dos veces sin apuntarlo, como si no apuntarlo lo hiciera menos cierto.

Tono lo sabe. Un técnico que lleva treinta años calibrando aparatos sabe cuándo el cobre está a la vista. Lo sabe él, lo sabe Aisha, lo sabe la señal, lo sabe el informe intermedio que firmó mi coordinadora la semana pasada.

Todo el mundo ve el cobre menos el formulario, que sigue en borradores esperando que yo decida si lo he visto.

Por la tarde tuvimos sesión de trabajo. Ella y yo, dos horas, revisando el análisis de sensibilidad de la reponderación por abandono, que es exactamente la clase de cosa aburrida y difícil que se nos da bien a los dos.

Y aquí es donde descubrí algo desagradable.

Funcionamos igual de bien conteniéndonos.

Llevábamos desde el lunes con el protocolo de hielo —el suyo, que yo no he visto pero que reconozco, porque es idéntico al que habría escrito yo—, «doctor», «doctora», el metro, los correos en vez de los pasillos.

Y aquella tarde, revisando la reponderación, con el metro puesto y el hielo puesto, hicimos el mejor trabajo técnico de las ocho semanas.

Encontramos un problema en el análisis de sensibilidad que ninguno de los dos había visto por separado.

Lo resolvimos en hora y media. Fue impecable.

Y no fue un consuelo. Fue lo contrario.

Porque yo esperaba —lo esperaba de verdad, y ahora que lo escribo veo lo idiota que era— que la distancia estropeara algo.

Que sin los pasillos y sin las bravas y sin el metro roto trabajáramos peor, y que trabajar peor demostrara que aquello había sido una cosa de las circunstancias, de las Fallas, de la pólvora, del cansancio.

En un momento, revisando la reponderación, ella señaló un número en la pantalla con el capuchón del bolígrafo —el suyo, el naranja, el de dos euros— y yo señalé el mismo número medio segundo después con el mío, el de metal, y los dos capuchones coincidieron sobre la misma celda, a dos centímetros el uno del otro, y ninguno de los dos retiró la mano durante un segundo entero.

Después los dos volvimos a nuestra silla y a nuestro metro y seguimos con el análisis de sensibilidad como si nada, porque eso también sabemos hacerlo: seguir.

Trabajamos mejor.

Dos personas que funcionan mejor conteniéndose que la mayoría de la gente sin contenerse no tienen un problema de circunstancias.

Tienen otra cosa, y la otra cosa no se arregla con un metro, cosa que ella ya había descubierto el lunes por la noche en su libreta y yo descubrí aquella tarde en una sala de análisis, cada uno por su lado, con la misma conclusión y sin decírnosla.

A las siete volví a llamar a la Fundación. Esta vez llamé yo.

—Señor Quintana. Una propuesta sobre el cierre del ensayo.

—Dígame.

—Dado el volumen de datos y la visibilidad del proyecto, propongo que la revisión metodológica final no la firme solo el auditor externo. Propongo un segundo auditor, independiente de mí, que valide el cierre por duplicado. Redundancia metodológica.

Silencio de gestor. Es un silencio distinto del de todo el mundo: es el silencio de un hombre calculando si algo le va a costar dinero.

—Eso es más caro —dijo.

—Es más defendible. Si mañana alguien cuestiona algo del cierre, tiene usted dos firmas independientes en vez de una. En un proyecto con esta visibilidad.

Le devolví su propia frase. Funcionó, como funcionan siempre las frases de la gente cuando se las devuelves con el envoltorio.

—Redundancia metodológica —repitió, saboreando las palabras, que a los gestores les encantan las palabras que suenan a que alguien ha pensado mucho—. Me gusta. Queda muy bien en el informe a Bruselas. ¿A quién propone?

—A quien usted quiera. Cualquiera de la plantilla que no sea yo y que no haya tenido contacto con el ensayo. Me es indiferente el nombre. Lo que importa es que sea otro.

—Lo miro y le digo.

Colgué.

Y me quedé un rato sentado, mirando el teléfono, con la sensación exacta de un hombre que acaba de hacer una cosa importante y todavía no sabe cuál.

Voy a dejarlo escrito con la precisión de la que soy capaz, porque cuando esto termine —y va a terminar— quiero poder leer que lo sabía.

Acabo de pedir, con mis palabras, con mi voz, un martes por la tarde, que instalen en el cierre de este ensayo a una persona cuyo trabajo va a ser mirar exactamente lo que yo llevo ocho semanas sin querer mirar.

Un segundo auditor no es redundancia. Un segundo auditor es un testigo.

He instalado, voluntariamente, con una llamada de teléfono, al testigo de mi propia caída.

Todavía no sé por qué. Sé que en Múnich no había ningún testigo, que estaba yo solo con la irregularidad en un cajón y tres semanas de silencio, y que la carta de agradecimiento salió precisamente porque nadie miraba.

Esta vez alguien va a mirar.

Y el hombre que lleva seis años cargando una caja en Barcelona, ese que soy yo cuando apago las luces, respiró mejor cuando colgué el teléfono.

El formulario seguía en borradores cuando cerré el ordenador a las nueve.

No lo mandé. No marqué la casilla. Lo dejé donde estaba, en la carpeta de la gente prudente y de la gente cobarde, un día más.

Pero pedí el segundo auditor.

Y me di cuenta, camino del hotel, de que había hecho las dos cosas el mismo día: aplazar la verdad pequeña —una casilla— y construir la maquinaria de la verdad grande —un testigo—. Como si una mano firmara borradores y la otra montara el tribunal que iba a leerlos.

Es exactamente lo que hace un hombre que sabe lo que tiene que hacer y todavía no es capaz, pero ya no se fía de sí mismo lo suficiente como para dejarse la puerta de atrás abierta.

Aisha me alcanzó en el aparcamiento. Llevaba el casco en la mano.

—Doctor.

—Aisha.

—¿Puedo decirle una cosa que no es de mi incumbencia?

—No.

—Ya sabía que iba a decir que no. —Se puso el casco a medias—. La doctora quiere hablar conmigo mañana. De un tema de datos, dice. A solas.

Se subió a la moto.

—Se lo digo porque usted es el auditor —añadió, con la visera todavía levantada—, y las cosas de datos, en este ensayo, le competen. Aunque esta a lo mejor no. Buenas noches.

Y arrancó.

Un tema de datos. A solas. Con la coordinadora que ha codificado las dos series, la de las doscientas parejas y la de CAL-00, y que la semana pasada escribió al margen de un informe, de su puño y letra, una pregunta que yo he leído, porque en este ensayo lo leo todo:

«¿Recalibramos o miramos hacia otro lado?»

Mañana, por lo visto, alguien va a decidir cuál de las dos cosas.

Y no voy a ser yo.