Capítulo 17 — Protocolo de contención
No es una figura literaria. Cogí la libreta azul, pasé página, y escribí un título en la parte de arriba, con mayúsculas, como escribo los títulos de las cosas que van en serio:
PROTOCOLO DE CONTENCIÓN.
Y debajo, numerado, porque lo que no va numerado no se cumple:
Lo leí tres veces.
Y aquí está lo primero que tengo que dejar escrito, porque este cuaderno ha decidido decir la verdad aunque no lo lea nadie: verlo numerado me calmó.
De verdad. Se me bajaron los hombros, respiré mejor, dormí casi tres horas por primera vez en dos noches.
Cinco puntos, un plan, un procedimiento. Volvía a estar al mando de algo.
Y a la vez —las dos cosas caben en la misma mujer, lo he comprobado esta semana— sabía perfectamente que un plan de cinco puntos para no pensar en una persona es la prueba más sólida que existe de que no piensas en otra cosa.
Nadie escribe un protocolo para contener lo que no le desborda.
El lab a las siete y diez huele a lejía y a máquinas apagadas.
Encendí solo mi flexo, abrí el paper por donde lo tenía y me puse a escribir la sección de resultados, que es la mejor de mi vida y la más aburrida de redactar, porque un resultado nulo se cuenta en una tabla y tres frases y ya está: no funcionó, aquí están los intervalos, gracias por su atención.
A las ocho y cuarto llegó el equipo.
Y ejecuté el punto 1.
Fue una obra maestra, si se me permite. Trato con Estellés impecable y a cero grados.
«Doctor.» «Doctora.» Las reuniones de coordinación, cronometradas y sin una palabra de más.
Le pasé la revisión de las desviaciones por correo en vez de bajársela en persona, cosa que llevaba tres semanas haciendo en persona.
Mantuve el metro. Mantuve los cien centímetros que escribí en marzo para que no pasara nada y que a estas alturas ya solo servían para recordarme que había pasado.
A las diez tuvimos coordinación. Cuatro personas alrededor de una mesa: Aisha, Tono, él y yo.
Yo dirigí como dirijo cuando quiero que una reunión dure exactamente lo que dura y ni un minuto más: orden del día, tres puntos, decisiones, se levanta la sesión.
A Estellés me dirigí dos veces, las dos por su cargo, las dos para pedirle un número que ya tenía en la carpeta.
Aisha nos miró. Una vez a él, una vez a mí, una vez a la mesa. Es un gesto que le he visto hacer detrás del cristal, cuando coteja el monitor con la sala, y que no me había visto hacer nunca a mí en una reunión.
No dijo nada. Pero cuando levanté la sesión, recogió sus cosas más despacio de lo normal, y en la puerta, sin dirigirse a nadie, dijo en voz baja: «Qué frío hace hoy aquí». Y la sala 4, que es la del conducto, estaba dos plantas más abajo.
Y él cooperó.
Ahí está el problema. Cooperó. A la perfección.
«Doctora.» El metro. El correo. Ni un pasillo, ni una mirada de más, ni un intento de acercarse.
Hizo exactamente lo que yo había escrito en mi protocolo antes de que yo se lo pidiera, como si lo hubiera leído, que no lo había leído, porque estaba en mi libreta y mi libreta no la lee nadie.
Y descubrí una cosa esa mañana, viéndolo cumplir mi protocolo sin conocerlo: que un hombre que se aparta con esa precisión no se está apartando de algo que le da igual.
La obediencia de él confirmaba, punto por punto, la existencia de lo que había que contener.
Si de verdad no hubiera pasado nada, él no habría necesitado mantener el metro.
Habría sido normal. Se habría acercado a comentar un dato, se habría sentado en el borde de la mesa, habría hecho una de sus cosas de auditor con el bolígrafo.
La gente entre la que no pasa nada no mantiene distancias: no las necesita.
Los dos manteniendo el metro con tanto cuidado era la prueba más limpia del expediente.
El pasillo fue inevitable. Los pasillos siempre son inevitables; por eso los puse en el punto 3.
Coincidimos a media mañana en el tramo entre la sala 2 y coordinación, un tramo de nueve metros que se puede cruzar en siete segundos y que aquel día duró bastante más.
No había nadie. Bajamos los dos la voz sin habernos puesto de acuerdo, que es lo que hace la gente cuando lo que va a decir no debería decirse en alto.
—Doctora.
—Doctor.
—Sobre el… —Y ahí paró, porque no hay palabra. No la hay. «El beso» suena a instituto. «Lo del viernes» es mentira, fue miércoles. «El incidente» es lo que puse yo en mi cabeza y no pensaba decirlo en voz alta.
—El episodio del 18 —dije, con la voz de dictar un acta.
—El episodio del 18.
Los dos usamos jerga. Los dos. Dos personas adultas que se habían besado en mitad de una calle con la ciudad ardiendo, hablando de ello cinco días después como de un artefacto de movimiento en el segundo 71.
—Fue una excepción —dije—. No una tendencia.
Y me oí decirlo, y me oí elegir esas dos palabras exactas, y supe lo que estaba haciendo, porque llevo nueve años haciéndolo con los datos: una excepción es un punto que se descarta.
Una tendencia es una línea que hay que explicar.
Yo estaba pidiendo, con vocabulario técnico, que aquello fuera un punto y no una línea.
Y el problema es que yo he visto la línea.
La vi en el monitor el martes de la CAL-4, y en el informe de Aisha, y la voy a ver en el volcado dentro de dos años, y la va a ver todo el mundo: cinco sesiones, monótona, creciente, sin excepción.
Lo que estaba llamando «excepción» en aquel pasillo era, con los datos en la mano, el sexto punto de una tendencia perfecta.
—De acuerdo —dijo él—. Una excepción.
Lo dijo mirándome. Y los dos supimos que era mentira, y que la decíamos igual, porque a veces dos personas necesitan firmar la misma mentira para poder seguir yendo a trabajar.
—Trabajo y nada más hasta el cierre —dije—. Y en el cierre decidimos lo del dato. Juntos.
—Hasta el cierre.
Nos dimos la mano.
Es la segunda vez que sellamos algo con un apretón. La primera fue en enero, en la sala 2, por encima de dos sillas vacías, cuando pactamos las condiciones de esto. Aquella mano fue un armisticio: dos ejércitos escribiendo dónde no iban a disparar, sabiendo que el papel no detiene nada.
Esta mano no era un armisticio.
Esta mano quemaba, y los dos la soltamos medio segundo antes de lo que exige el protocolo social, que es exactamente medio segundo más de lo que la habíamos sostenido en enero, cuando no quería decir nada.
Medio segundo. En un sentido en enero. En el otro en marzo.
Lo apunté. Es lo único que sé hacer.
El resto del lunes fue trabajo, que es mi anestesia y no me da vergüenza decirlo.
Doce horas. Cerré la sección de resultados, empecé la de métodos, contesté cuarenta correos, revisé el plan de llamadas de Aisha para las parejas inactivas y comí de pie, delante de la ventana, un táper de mi madre que sabía a domingo.
Pilar me vio desde la escalera de incendios a las ocho de la tarde, cuando salió a fumar el cigarro que no fuma. Yo seguía en el despacho, con el flexo encendido, la única luz de toda la planta.
No entró. No dijo nada. Se quedó un momento en la puerta de la escalera, me miró a través del cristal del despacho, y luego se metió a fumar.
Todavía.
Pilar Roca lleva dos semanas viendo lo que le pasa a la gente que se refugia en el trabajo, porque lo ha visto cuarenta años y porque una vez me sacó a mí de ese mismo refugio en 2019.
Sabe exactamente qué está mirando. Y no dice nada, todavía, porque su método es no apretar y esperar a que vuelvas tú.
Yo no pienso volver. Tengo un protocolo de cinco puntos.
En casa, a las once y media, abrí la libreta para el balance del día.
Y antes de escribir el balance, releí el protocolo. Por costumbre. Uno relee lo que escribe en serio; es lo que separa un plan de un propósito de Año Nuevo.
Y en el punto 1 encontré el error.
Lo encontré como encuentro los errores ajenos, que es la única cosa que se me da mejor que refugiarme en el trabajo: leyendo despacio, sin cariño, buscando el supuesto que no se sostiene.
1. Distancia profesional estricta con el sujeto B. Restablecer el metro.
«Restablecer el metro.»
El metro es una distancia entre dos cuerpos. Un protocolo de distancia presupone que lo que hay que contener está fuera de ti: que es una cosa que se acerca, y que si pones un metro de por medio, no llega.
Pero yo no dormí el fin de semana en una plaza con una mascletà. Dormí, o no dormí, en mi cama, en mi casa, a nueve kilómetros del sujeto B, con el metro restablecido y de sobra: nueve mil metros. Y no sirvió de nada.
Porque lo que hay que contener no está a un metro.
Está dentro. Es interno. Un metro de distancia física no contiene una cosa que viaja contigo a casa, que no dormía el viernes, que se abre paso en mitad de la sección de métodos de un paper.
Cogí el bolígrafo y escribí, debajo del protocolo, con la letra pequeña y ordenada de siempre:
Error de diseño en el punto 1. El confundidor es interno.
Y me quedé mirándolo.
Un confundidor —una variable de confusión, para los que no somos de esto— es la pesadilla de mi oficio.
Es un factor escondido que hace que dos cosas parezcan relacionadas cuando en realidad las mueve él a las dos por detrás.
La regla es sagrada y la enseño en segundo: no puedes controlar un confundidor manteniendo distancia.
Manteniendo distancia controlas lo externo.
El confundidor interno se cuela por dentro de todas tus distancias, porque va en el mismo cuerpo que las mide.
Llevo tres semanas hablando de mí en tercera persona en este cuaderno. «La entrevistada.» «El sujeto A.» «La investigadora principal.» Como si fuera un sujeto más del estudio, una fila en la base de datos, alguien a quien se le pone un metro y se le contiene.
Y acabo de escribir, con mi propia letra, la única frase de todo el cuaderno que me nombra como lo que soy:
El confundidor es interno.
Soy yo. Yo soy la variable. No es una cosa que le pasa a la investigadora principal y que la investigadora principal contiene con un protocolo de cinco puntos. Soy yo, entera, la que no dormía el viernes, y no hay distancia que me ponga a un metro de mí misma.
No taché la frase.
Cerré la libreta con ella dentro, apagué el flexo mental que tengo siempre encendido, y no dormí tampoco esa noche, pero al menos ya sabía por qué, que es más de lo que sabía el viernes.
El correo entró a las 23:58, con el instinto que tienen los correos para llegar cuando ya has guardado la libreta.
Del señor Quintana.
Asunto: RUMOR.
Una palabra. En mayúsculas.
No lo abrí. Eran las doce menos dos de la noche de un lunes y hay un límite diario para la cantidad de futuro que estoy dispuesta a estudiar, y aquel día lo había gastado entero en una sola frase de cinco palabras escrita en mi propia libreta.
Lo dejé para el martes.
El asunto, de todas formas, no necesitaba que lo abriera.
El señor Quintana escribe siempre en mayúsculas, es verdad, y una sola vez, en febrero, me mandó un asunto en minúsculas y aquel día venía a ponerme una carabina en casa.
Con él el problema no es que grite. Es cuando dice mucho con muy poco.
«Rumor», a las doce menos dos de la noche, es una sola palabra, y no es un correo.
Es el principio de otra cosa.