Capítulo 16 — Sesión CAL-5, interrumpida
Aisha nos cableó en siete minutos, que es el suelo, y nos advirtió de que el edificio cerraba a las dos y de que a la una y media pasaba seguridad. Teníamos hora y media para seis preguntas.
—Última sesión antes de la de mirada —dijo Aisha por el altavoz, y algo en cómo lo dijo hizo que ninguno de los dos contestara.
—«¿Qué papel juegan el amor y el cariño en tu vida?»
Empecé yo. Es la pregunta que un hombre en mi situación menos quiere que le toque primero, y el programa, con la semilla que puso ella en marzo, me la puso primero.
—Poco —dije—. Y a distancia.
Cronómetro: 00:03.
Podía haberme quedado ahí. Es una respuesta cerrada, de las mías, y tres minutos y cincuenta y siete de silencio no matan a nadie.
Pero la sala olía a pólvora, y era la última sesión de preguntas, y llevaba seis semanas aprendiendo de una mujer que las cosas, para ser verdad, hay que decirlas con la fecha.
—Tuve un padre que cocinaba y una madre que sigue en Sant Cugat.
Un ensayo en Zaragoza en 2020 que fue lo más parecido al amor que le he tenido a mi trabajo.
Y una persona en Múnich, del año 2020, de la que ya le hablé, con la que confundí durante tres semanas el cariño con no querer elegir.
Desde entonces, el amor y el cariño juegan en mi vida el papel de las cosas que uno mira por la ventanilla del tren: existen, van deprisa y no bajo.
Dos minutos y cuarenta.
—Es una vida muy ordenada —dijo ella.
—Es una vida muy auditada.
Su turno.
—El mismo. Poco y a distancia. —Cronómetro: 00:04—.
Tengo unos padres que se quieren de una manera que no sé explicar y que llevo la vida entera estudiando en vez de aprendiendo.
Un trabajo que quiero más que a ninguna persona, cosa que no se puede decir en voz alta en una cena y que acabo de decir en un laboratorio con cuatro cámaras.
Y ninguna otra cosa, doctor, que sea mía y esté viva.
Todo lo que tengo vivo es de mis padres, y me lo prestan los domingos.
Tres minutos y diez.
No nos miramos. Era demasiado pronto en la sesión para mirarnos, y los dos lo sabíamos, y los dos nos aguantamos.
Las cuatro del medio fueron el descenso de siempre, y esta vez el descenso llevaba prisa, porque el reloj corría hacia las dos.
La de cuándo dijiste «te quiero» por última vez: ella dijo «a mi madre, ayer, por teléfono, al colgar», y yo dije «no me acuerdo», que es la respuesta más triste de las dieciocho horas que llevamos en esa sala y la dije en dos segundos.
La de qué papel juega tu familia y cómo de feliz fue tu infancia: la despachamos los dos con un «feliz» y una lista corta, cada uno la suya, mirando de reojo el reloj de la pared.
La de la relación con tu madre, otra vez, desde otro ángulo: ella contestó, por segunda vez en su vida, con un calendario, y esta vez lo sabía mientras lo hacía, porque a mitad de respuesta se paró en seco, dijo «otra vez el calendario» en voz baja, para sí, y siguió.
Verse hacer una cosa mientras la haces y no poder parar es lo más cerca que he visto a nadie de su propio reflejo sin un espejo delante.
La de si te importa el orden en que mueran tus seres queridos: los dos dijimos que sí y ninguno de los dos lo desarrolló.
Y entonces llegó la 30.
—«¿Cuándo fue la última vez que lloraste delante de otra persona? ¿Y a solas?»
Me tocaba a mí.
Y aquí es donde lo del tren se me acabó.
—Delante de otra persona: no lo sé. Hace mucho.
Puede que en el entierro de mi padre, y ni de eso estoy seguro, porque en el entierro de mi padre yo estaba en Múnich gestionando una irregularidad y llegué tarde, así que si lloré fue en un avión, que técnicamente es delante de otras personas pero no cuenta.
Ferrán no se movió. Ya sé lo que significa.
—A solas —seguí—. Eso lo tengo. 2022. Dos años después de Múnich, en Bruselas, en el piso de alquiler, un domingo por la noche. Estaban dando un documental en la televisión. Sobre puentes.
—¿Puentes?
—Puentes. La ingeniería de los puentes colgantes.
Un documental que no le importa a nadie, con una voz en off tranquilísima explicando cómo se reparte la carga en los cables para que el puente no se caiga.
Y me eché a llorar. Ahí, solo, un domingo, con un documental de puentes, dos años tarde, por una cosa que había pasado en 2020.
Un minuto y cuarenta.
—Es lo que tienen las cosas que uno aplaza, doctora. Que no desaparecen. Se te quedan cobrando intereses, y un día vienen a cobrártelos, y no eligen el momento: te los cobran con un documental de puentes un domingo cualquiera, dos años después, cuando ya ni te acuerdas de que debías nada.
No dije más. Me sobraba tiempo y me lo comí, y por primera vez en dieciocho horas el silencio no fue un torno. Fue otra cosa. Fue como estar los dos dentro del mismo silencio en vez de cada uno en el suyo.
Su turno.
Y la respuesta que dio no la voy a poder olvidar, porque la dio mirando la mesa, y a mitad levantó los ojos, y terminó mirándome a mí, que es la primera vez en toda esta historia que alguien contesta una pregunta del protocolo mirando a la otra persona en vez de a la pared.
—Delante de otra persona: dieciséis años.
No dieciséis años de edad. Hace dieciséis años.
Yo tenía dieciséis y me faltaban dos para irme a Ámsterdam, y una tarde, en mi cuarto, entendí de golpe una cosa que no había entendido nunca: que me iba a marchar de casa de mis padres sin haber aprendido a vivir como ellos.
Que me iban a dar un título y un trabajo y una vida, y que la única cosa que hacía que aquella casa fuera aquella casa —ellos dos, mirándose, sin motivo, treinta y cinco años— yo no sabía hacerla, y no me la iban a enseñar, porque no se enseña, y me iba a ir sin ella.
Un minuto y veinte.
—Lloré en la cocina, delante de mi madre. Ella no me preguntó por qué. Me puso la mano en la nuca, un segundo, y siguió con lo suyo. Es lo único que sabe hacer y es exactamente lo que había que hacer.
Cuarenta segundos.
—Y a solas: no me acuerdo. —Ahí ya me miraba a mí—. Y no es que no llore. Es que desde entonces lloro en diferido, doctor. Como todo. Se me acumula y un día, por algo que no viene a cuento, sale. Igual que a usted con los puentes.
La sesión ya no era una sesión.
No sé decir en qué segundo dejó de serlo.
No hubo un segundo. Fue una pendiente, como la del cableado, quince, once, nueve, siete, y en algún punto de esa pendiente dos personas con electrodos dejaron de contestar un cuestionario y empezaron a hablar, y la máquina siguió midiendo lo que fuera que estaba midiendo, sin enterarse de que ya no medía lo que creía.
—Se acabó la ventana de cortisol —dijo Aisha por el pinganillo.
Su voz sonó rara. La escuché después, en la grabación, para asegurarme, y no me lo había parecido: le tembló. A Aisha, que dicta «bonita línea base» con la voz de un parte meteorológico, le tembló la voz al cortar la sesión 5.
—Id a estirar las piernas —dijo—. Es una orden técnica. Fuera. Los dos. Ahora.
Y cortó el micro, que es una cosa que Aisha no había hecho nunca antes de terminar el protocolo de cierre.
Eran la una y veinte. El edificio cerraba a las dos.
Salimos a la calle sin decidirlo, porque dentro estaba Aisha recogiendo y fuera estaba Valencia entera, y entre las dos cosas no había elección posible.
Y Valencia, el 18 de marzo, a la una y veinte de la tarde, no es una ciudad.
Es un organismo. Todo el mundo en la calle, los bares desbordados hasta la acera de enfrente, humo de pólvora quemada, humo de buñuelo, niños con petardos de mecha corta, una banda de música desafinando por una calle lateral, las figuras enormes de cartón plantadas en cada cruce esperando su turno para arder.
El ruido es constante y viene de todas partes y no se puede señalar de dónde.
Caminamos sin rumbo, que es lo que se hace, empujados por la gente. No hablamos. No hacía falta y no se podía: había que gritar para decir cualquier cosa, y ninguno de los dos tenía nada que se pudiera gritar.
Y a la una y media, sin aviso, arrancó una mascletà.
No la oficial, la de las dos en la plaza.
Otra, de barrio, en una plaza pequeña a la que la gente nos había ido llevando sin que nos diéramos cuenta.
Empezó de golpe, con un trueno seco que no venía del cielo sino del suelo, y luego otro, y luego una cadena que subía, y subía, y el aire mismo empezó a temblar, y los cristales de los balcones, y las plantas de los pies, exactamente por donde había dicho Tono que sube: por las piernas, hasta el esternón.
Y ahí es donde el cuerpo hace lo que el protocolo no podía hacer.
Cuando todo tu cuerpo tiembla porque la ciudad entera está temblando, el corazón se te desboca y no es por nada.
No es atribuible a nada. Es la pólvora. Es física, es presión de aire, es una descàrrega pirotècnica diürna, se siente en el pecho y viene de abajo, lo explica un técnico de sesenta años y lo firma cualquier manual de acústica.
Por primera vez en seis semanas, el corazón de los dos se disparó a la vez y por un motivo que no éramos nosotros.
La coartada perfecta.
Y los dos lo supimos.
Los dos supimos, en el mismo instante, que teníamos por fin una explicación externa, medible, publicable, para un pulso a ciento sesenta, y los dos la usamos.
Su mano se cerró sobre mi brazo cuando arrancó el estruendo —el gesto de cualquiera que se asusta con una mascletà, el gesto más común del mundo en esa plaza en ese momento—, y yo no me aparté, y ninguno de los dos podía decir después que hubiera sido nada más que el susto, porque todo el mundo se agarraba a todo el mundo y todos los corazones de la plaza iban a ciento sesenta y la ciudad entera tenía la culpa.
La mascletà terminó como terminan: con el estruendo más grande, el que no esperas, el que te vacía el pecho.
No decidí nada. Quiero dejarlo escrito, porque llevo la vida entera decidiéndolo todo con dos días de antelación y una hoja de cálculo, y esto no lo decidí.
Un hombre que planifica las llegadas a las ciudades y separa las camisas del armador con un dedo de distancia no eligió aquello.
Simplemente, por una vez en seis años, no había nada que auditar, nadie a quien reportar, ningún riesgo que consignar en rojo el primero de mes, y en el hueco que dejó todo eso —el hueco exacto donde yo llevo seis años metiendo trabajo para que no quepa otra cosa— no cupo el cálculo.
Y en el silencio de después —ese silencio absoluto, sordo, que deja una mascletà cuando acaba, en el que la ciudad entera se queda un segundo sin saber qué hacer con las manos— la besé.
O me besó. No lo sé. He intentado establecerlo y no puedo, y he decidido que es la primera cosa de mi vida adulta que no necesito saber quién empezó. Fue en el silencio de después, con la plaza entera todavía sin respirar, con olor a pólvora quemada y el eco bajando por las fachadas.
No hubo frase antes. No hubo frase después, durante un rato.
Cuando el eco terminó de bajar del todo y la plaza volvió a llenarse de ruido de gente, nos separamos lo justo, y quedamos a una distancia que no era de un metro.
Era mucho menos de un metro. Era la primera vez en seis semanas que estábamos a menos de un metro y no había nadie que hubiera decidido en marzo que fueran cien centímetros.
Y con la cara todavía cerca, dije la cosa más estúpida que he dicho en mi vida, y la dije porque es lo único que sé hacer cuando algo me supera: consignarlo.
—Esto no lo puedo anotar.
Ferrán me miró. Y contestó, forense hasta el final del mundo, con el pulso todavía a ciento sesenta y la boca a tres centímetros de la mía:
—Ya está anotado.
—...
—Llevamos electrodos de muestra desde las nueve, doctor. Cortisol, frecuencia cardiaca y conductancia. Los dos. Aisha no ha descargado la sesión todavía. —Un segundo—. Está todo en la sala 2, en un archivo, con la hora.
Silencio.
Y entonces nos reímos.
Los dos, a la vez, sin ganas de reír, con esa risa que sale cuando una cosa es tan absurda y tan cierta a la vez que no cabe otra respuesta.
Nos reímos en mitad de una plaza, con olor a pólvora, después de un primer beso, por el hecho insoportable y perfecto de que hasta nuestro primer beso llevaba electrodos.
Hasta esto tiene grupo de control.
Hasta esto, que era lo único de mi vida que no estaba midiendo nadie, resulta que estaba, con su marca de tiempo, esperándonos en un servidor de la segunda planta.
Ferrán dejó de reírse antes que yo. Se le apagó la risa de golpe, mirándome, y dijo una cosa en voz baja que casi no oí por el ruido de la plaza, y que no era graciosa, y que lo cambió todo:
—Y sale en el volcado. En dos años. Junto a las doscientas parejas.
La miré.
—Lo pedí yo —dijo—. En enero. Que saliera todo. Que no escondiéramos ni una cifra. —Se apartó un poco más—. Lo pedí yo, doctor.
Y ahí, en una plaza de Valencia, con el sabor de la pólvora todavía en la garganta, los dos entendimos a la vez que acabábamos de meter un dato en el estudio.
Y que ese dato, algún día, iba a hablar.