Capítulo 15 — Significancia
El análisis intermedio de un ensayo preinscrito es lo más parecido a un juicio con el veredicto escrito de antemano.
En marzo redacté exactamente qué se analizaría a mitad de camino, con qué método y bajo qué criterio, y firmé no poder cambiar ni una coma.
Un yo de invierno le ata las manos a un yo de primavera.
Es una idea magnífica, y últimamente cada vez que me felicito por ella noto también un pinchazo pequeño, porque no hay semana de este ensayo en que no descubra un sitio nuevo donde mis propias reglas de enero me aprietan.
El corte era a las cien parejas con las seis sesiones completas.
Aisha bloqueó la base de datos a las nueve de la mañana con la ceremonia de un notario, cerró el portátil y me lo puso delante como quien sirve.
—Toda tuya, jefa. A partir de ahora, lo que hay es lo que hay.
Corrí el análisis yo. Podía haberlo delegado, pero hay cosas que una hace con sus propias manos, y matar el mito al que le he dedicado nueve años era una de ellas. Un botón. El script lo escribí en enero, está preinscrito, no admite discusión y tarda cuarenta segundos en correr.
Cuarenta segundos, marca el reloj cuando lo lanzas, y en esos cuarenta segundos no hay nada que hacer salvo esperar, que es lo único que un análisis preinscrito no te deja improvisar: ni el método, ni el criterio, ni la cara que vas a poner.
Podría decir que los pasé tranquila. No los pasé tranquila.
Los pasé como se pasa la sala de espera de una biopsia cuyo resultado has apostado tú misma, a nueve años vista, delante de medio gremio.
Si salía el cero, ganaba yo y ganaba la ciencia seria y perdía el mundo entero de la gente que cree en los cuestionarios.
Si no salía el cero, tenía que reescribir una década.
Yo quería el cero. Que quede claro, porque de lo que viene después nadie se va a acordar de esta parte: yo quería el cero con toda mi alma, como se quiere lo que llevas nueve años queriendo.
El script terminó.
Diferencia entre el brazo de las treinta y seis preguntas y el brazo de la charla intrascendente, en la escala principal: 0,04 puntos.
Cero coma cero cuatro.
Con un intervalo de confianza que iba de menos nada a más nada, centrado en el cero con la puntería de un tirador olímpico.
La fisiología, lo mismo: el cortisol, igual en los dos brazos; la sincronía cardiaca, igual; la conductancia, igual.
Cien parejas, seiscientas sesiones, cuatrocientas horas de laboratorio, y las treinta y seis preguntas para enamorarse dejaban a la gente exactamente donde estaba.
Nada.
No un «nada» pequeño y tímido, de los que se esconden detrás de un «se necesitan más estudios».
Un nada rotundo, ancho, sólido, con la potencia estadística de mi parte y el intervalo estrechísimo.
El mejor resultado nulo que ha producido este campo en veinte años.
Lo digo yo, que me dedico a producirlos.
Lo miré en la pantalla un rato largo.
Nueve años. Ámsterdam, donde un catedrático holandés me explicó con paciencia de misionero que el amor «no era un objeto de estudio serio».
La comida de Navidad de 2021, cuando mi tío el de Sagunto anunció que su hija se había echado novio «por una app, fíjate, sin las tonterías esas de las preguntas», y me miró a mí.
Los revisores que me llamaron reduccionista. El gurú del café que me llamó contable.
Aquí estaba. En una pantalla. Cero coma cero cuatro.
Y esperé la cosa. La cosa que se espera después de nueve años. La descarga, el desquite, el momento de mirar hacia atrás y decirles a todos, uno por uno, que tenía razón.
No vino.
Vino algo más pequeño y más raro, que estuve toda la mañana intentando clasificar y que solo supe nombrar por la noche.
Tengo la costumbre, cuando termino una cosa grande, de escribir en la libreta lo siguiente que voy a hacer.
Es mi manera de que el vacío dure poco: cierras un frente, abres otro, y el hueco no llega a asomar.
Lo hago desde la carrera. Esa mañana abrí la libreta para escribir lo siguiente y me quedé con el bolígrafo en el aire.
No había lo siguiente.
Estaba el paper, claro, que es meses de trabajo.
Pero el paper es escribir lo que ya sé. La pregunta —la de verdad, la que me tuvo nueve años— estaba contestada, y era que no, y ese «no» ocupaba desde esa mañana el sitio exacto que había ocupado la pregunta, con la misma forma y el mismo tamaño, como el agua ocupa el vaso.
Era la sensación de terminar un libro larguísimo que te ha gustado. Alivio, y a la vez un hueco con la forma de lo que ya no tienes que averiguar. ¿Y ahora qué miro?
Lo anoté como «reacción postnulo anómala. Investigar». Es lo que hago. Le pongo a las cosas «investigar» y no las investigo, y ya somos tres los que hemos notado que últimamente hago mucho eso: Aisha, Pilar y yo, aunque solo lo diga una de las tres.
Pilar Roca leyó los resultados en el rellano del cuarto, con un cigarro sin encender entre los dedos, que es su versión de fumar cuando la cosa es seria.
—Es histórico —dijo.
—Es histórico.
—Te va a cambiar la carrera. Te van a llamar de sitios que no te cogían el teléfono. —Se guardó el cigarro sin encenderlo—. Julia. Enhorabuena. En serio. Esto es tuyo, es enorme, y llevo cuarenta años en esto y no lo digo por deporte.
—Gracias.
—De nada. —Me miró—. Estás rara.
—Estoy cansada.
—Estás rara.
No me preguntó de qué. Se guardó el cigarro por segunda vez y bajó a dar clase, y por el camino no dijo ni una palabra más, que en Pilar es la frase más larga que existe.
Empiezo a entender por qué la gente la teme.
No por lo que suelta. Por lo que se calla teniéndolo delante, que es lo que hago yo los martes con los sujetos y da mucho más miedo de este lado.
P-041 abandonaron el estudio el jueves.
Vinieron los dos, Encarna y Salvador, a decírmelo en persona, que es una cortesía que no tiene nadie por debajo de los setenta.
—Que lo dejamos, hija —dijo Encarna—. Que ya no hace falta.
—¿Ha pasado algo? ¿La sala, el horario…?
—No, no. Todo muy bien. Es que…
Y Salvador, que en seis sesiones había dicho tres frases, terminó la de su mujer, que llevan cuarenta y un años terminándose las frases:
—Que ya merendamos solos. Los martes. Sin venir aquí.
Tardé un segundo en entenderlo.
Se conocieron aquí. En mi sala de espera.
Dos viudos que vinieron por la bollería, que cayeron en el brazo de control —el aburrido, el del tiempo y las vacaciones, el que no fabrica absolutamente nada— y que a base de coincidir seis martes seguidos delante de un café malo habían decidido seguir mereciendo juntos por su cuenta, en un bar, sin electrodos, sin cuestionario y sin mí.
Se enamoraron en mi grupo de control.
En el brazo diseñado por psicólogos muy serios para que no pasara nada. Sin una sola de mis treinta y seis preguntas. Con la lista más insulsa del mundo y una máquina de café.
—Me alegro muchísimo —dije.
Y era verdad. Empecé a decirlo en serio y a mitad de la frase se me torció, porque me oí a mí misma y entendí lo que estaba diciendo, y lo que estaba diciendo es que las dos únicas personas que se han enamorado en cinco semanas de ensayo lo han hecho en el sitio donde yo había garantizado, por diseño, que no se podía.
Los acompañé a la puerta. Encarna me dio dos besos y un táper de magdalenas «para el chico ese de los números, que está muy delgado». Le dije que se lo daría.
Se lo di.
Lo anoté en la libreta, en anécdotas de campo, y esta vez no tardé cuatro días en entenderlo.
Lo entendí en la puerta, con el táper en la mano.
No es una anécdota. Es el resultado del estudio, contado por dos jubilados, mejor de lo que lo voy a contar yo en cuarenta páginas: las preguntas no hacen nada.
La paciencia, seis martes y una máquina de café, hacen el resto.
Salvador lo dijo la primera semana. «Con paciencia. Las preguntas después, cuando ya no hacían falta.» Y yo lo archivé.
Ese hombre me dio la conclusión de mi paper el primer día y yo tardé cinco semanas en oírla, porque venía sin intervalo de confianza.
Valencia empezó a oler a pólvora la segunda semana de marzo.
No es una manera de hablar. Es literal y es químico: azufre, carbón y salitre, que es la fórmula de la pólvora negra, flotando por encima del olor a azahar, que es la fórmula de que estamos en Valencia.
La ciudad se llena de casetas, de niños con petardos, de figuras enormes de cartón piedra plantadas en los cruces.
El instituto huele a buñuelo desde el aparcamiento.
Y a las dos de la tarde, todos los días, la mascletà.
—Es una descàrrega pirotècnica diürna —le explicó Tono a Estellés, con la solemnidad de un catedrático emérito—. No és per a vore. És per a sentir. Se sent al pit. Ve de baix.
—¿De abajo?
—Del terra. Puja per les cames. —Tono se llevó una mano al esternón—. I acaba ací.
Estellés, que lo apunta todo, no apuntó nada. Se quedó mirando a Tono con la cara del que ha oído una definición mejor que las suyas.
A las dos en punto, los cristales del IRCH temblaron.
Un temblor de tres minutos que sube, y sube, y cuando crees que ya no puede subir más, sube, y termina en un estruendo seco que se te mete por las plantas de los pies exactamente por donde había dicho Tono.
Los becarios salieron a la azotea a verla.
Aisha no; Aisha la oye desde el laboratorio, con los ojos cerrados, todos los días, como quien reza.
El martes, tras el cristal de la sala 3, Estellés y yo vimos a P-117.
Las de siempre. Las universitarias. Las que se caían fatal, las que discutían por perros y gatos, por vivienda, por Valencia o Madrid, mi única pareja con un efecto negativo, las que en cinco sesiones habían separado sus círculos hasta casi salirse de la escala.
Se estaban riendo.
Las dos. A la vez. De algo que había dicho una, que no oímos porque el micro de ambiente estaba bajo. Una risa larga, de esas que empiezan por algo tonto y siguen porque parar da pereza, la clase de risa que solo se ríe con alguien.
—Su efecto negativo se ha ido —dije.
—Sí.
—En una sesión. Sin motivo. No hay nada en el guion de hoy que explique eso. Es la misma lista de charla intrascendente de las cinco sesiones anteriores.
—Ya.
Aisha, desde su puesto, sin girarse:
—Ayer se cambiaron los teléfonos. Lo vi en la cámara del pasillo. Se pasaron el móvil una a la otra en la puerta, cada una tecleó su número, y luego se fueron por lados distintos como si tal cosa.
—Eso no está en ninguna variable —dije.
—No, jefa. Eso está en el pasillo.
Nos quedamos mirándolas. Dos chicas riéndose al otro lado de un cristal, que ayer se dieron el número en un sitio sin cámaras de las nuestras, sin ninguna variable de las mías que lo respaldara, la vida yendo por libre por enésima vez delante de mis narices y de mis mil euros la hora.
Las cosas que le importan a la gente no pasan nunca dentro de la ventana de medida.
Pasan en el pasillo, en la puerta, en la máquina de café, en los cuarenta segundos en que el aparato ya no graba.
Llevo nueve años apuntando lo que ocurre entre el minuto cero y el minuto cuarenta y ocho, y resulta que la vida entera de todo el mundo ocurre en el minuto cuarenta y nueve.
Y entonces me giré para decirle algo y él ya se había girado para decirme algo, y nos encontramos a mitad de camino, los dos, mirándonos en vez de mirar el cristal.
Apartamos la vista a la vez.
Con la misma sincronía exacta que nuestros electrodos llevan seis semanas registrando y que un informe firmado por mi coordinadora atribuye, en cursiva y con hora, a ruido de instrumentación.
En la cabina cabemos dos si ninguno respira mucho. Llevo seis semanas sabiéndolo y hasta ese martes me había parecido un dato sobre el tamaño de la cabina.
—La CAL-5 la tengo para mañana —dijo Aisha al final del día, recogiendo—. Miércoles, nueve, sala 2. Pero es que mañana cierran el edificio a las dos por las Fallas, y a la una y media ya pasa seguridad echando a la gente.
—¿La movemos?
—Podemos. —Se colgó la mochila—. O la hacéis a primera hora y salís después.
—¿Salimos a dónde?
—A la calle, jefa. —Me miró como se mira a una extranjera—. Que es Fallas. Que hay que salir a ver arder la ciudad, que es muy terapéutico. Lo dice mi madre y mi madre tiene razón en todo menos en lo del gluten.
Bloque II y III. Ítems 25 a 30. Las preguntas más duras del cuestionario y, entre ellas, la que lleva seis semanas esperándome agazapada: cuándo lloraste por última vez delante de otra persona.
—Hacemos la sesión —dije—. Y salimos después.
Lo dije yo.
Consta que lo dije yo, porque a partir de aquí voy a necesitar acordarme de que nadie me obligó.