La hipótesis del amor Capítulo 14 — Múnich #2
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Capítulo 14 — Múnich #2

—No. Escúcheme, que esto importa y no lo voy a repetir.

No se lo estoy diciendo. A lo mejor lo fue.

A lo mejor si usted abre la boca el 4 de febrero esa mujer tiene hoy su plaza, su grupo y su vida entera, y a lo mejor le debe seis años y no se los ha pagado, y a lo mejor lo que hay que hacer es pagárselos.

—...

—Lo que le digo es que no lo sabe. Que se dictó usted solo una sentencia, sin pruebas, sin defensa y sin la parte contraria, y que lleva seis años cumpliéndola con una disciplina que sería admirable si no fuera imbécil.

Si me trajeran ese expediente a mí, yo se lo tumbaría en dos folios y me quedaría a gusto.

Se quedó mirando la pizarra.

—¿Se lo ha preguntado?

—...

—A ella. En seis años. ¿Se lo ha preguntado alguna vez?

No.

Seis años. Treinta y una auditorías. No sé cuántas páginas de expediente, decenas de miles, y ni una sola conclusión mía que no venga con su fuente al lado, porque una conclusión sin fuente no vale nada y eso lo enseño yo cuando me dejan dar clase.

Y el único expediente que gobierna mi vida entera no lo he abierto nunca.

Para abrirlo hace falta un correo de cuatro líneas.

—Es la definición de mala ciencia —dijo Ferrán, que no sabe terminar de otra manera—. Es exactamente lo que hago yo los martes: coger a un señor que afirma una cosa sin haberla comprobado y quitársela.

En seis años, a este asunto, la gente le ha ofrecido dos cosas.

Una es la horca. La ofrecen pocos, la ofrecen mal y casi siempre son personas que no estaban allí. Es barata. Colgarla del cuello de otro no cuesta nada.

La otra es la palmadita. Esa la ofrece todo el mundo. «No fue culpa tuya.» «Hiciste lo que pudiste.» «Fue el sistema.» La palmadita es peor que la horca, porque la horca por lo menos se toma el asunto en serio.

Nadie me había ofrecido nunca la tercera.

La tercera es lo que acababa de hacer aquella mujer con las mangas remangadas, un rotulador y una pizarra de recados: coger mi catástrofe, ponerla encima de la mesa y pedirle los datos.

No me absolvió. Que quede claro, porque es lo único de esta historia que no quiero que se malinterprete: no me absolvió. Dejó los seis escenarios en la pizarra, los seis, y el peor era uno de los seis y seguía estando ahí cuando salí por la puerta.

Y hay una cosa que ella no vio, que yo vi desde la silla y que no dije.

Aquella mujer acababa de tumbarme una sentencia de seis años en cuarenta minutos, con tres columnas, un rotulador y un método que se sabe de memoria.

Un método que no ha aplicado nunca a la suya.

Ferrán lleva treinta y dos años sosteniendo una conclusión: que lo de sus padres no tiene explicación. La sostiene como sostenía yo la mía, con la misma disciplina y la misma cara.

Fuente: ella.

Nadie se lo ha discutido jamás. Nadie se lo va a discutir, porque para discutírselo hay que estar dentro, y en su recuerdo más preciado ella no está.

No dije nada. Me estaba salvando la vida en ese preciso momento y me pareció de mal gusto interrumpirla.

Y ahí, con un terror perfectamente clínico, entendí una cosa.

De eso.

De eso es de lo que se enamora uno.

Se acabaron los cuarenta minutos. Dejó el rotulador en la bandeja y se quedó de pie delante de su pizarra. Yo me levanté de la silla en la que me había caído.

Quedamos a un metro.

Un metro. Es la distancia. Es exactamente la distancia: la puso ella en el 6.4 y la validé yo en el informe de instrumentación de febrero, donde escribí que era correcta y que reproducía las condiciones experimentales.

Y no había cámaras.

No había cronómetro, no había electrodos, no había cortisol, no había tableta girada noventa grados, no había una becaria detrás de un cristal.

Había un despacho con la puerta entornada, una pizarra con cuatro columnas y dos personas de pie a la distancia exacta a la que llevan seis semanas sentadas.

Y no pasó nada.

Lo consigno con toda la precisión de la que soy capaz, porque en marzo yo todavía creía que esto importaba: no pasó nada. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Nadie levantó una mano.

Once segundos.

Después cogió la carpeta de encima de la mesa, la abrió, se sacó el bolígrafo del moño y firmó los cinco formularios de los becarios.

El sexto era el mío. Lo firmó también, porque el investigador principal firma como testigo.

Firmó debajo de mi casilla.

—Ya está —dijo.

—Ya está.

Y me fui.

Esa noche borré «Varios».

Tenía dos cosas dentro. Una cadena de correos sobre un desequilibrio de aleatorización y un chiste de una línea sobre las doscientas parejas. Dos. Lo sé porque las miré antes, que es lo que hace uno cuando va a borrar algo: mirarlo primero, para poder decirse después que lo pensó.

Dos cosas y un nombre falso. Porque una carpeta llamada «Varios» con dos elementos dentro no clasifica nada: esconde. Y lo sabía cuando la creé, y lo escribí aquella noche de febrero, y la creé igual.

No la borré porque sobrara.

Una carpeta es una decisión sobre dónde va una cosa. Y para decidir dónde va una cosa hay que saber qué es.

Ya sé qué es.

Lo que hay ahí dentro no cabe en una carpeta.

Vacié la papelera a las once y cuarenta y me quedé mirando el escritorio, que volvía a tener cuatro cajones. Protocolo. Datos. Correspondencia. Incidencias.

Cuatro cajones. Seis años. Treinta y una auditorías sin una objeción.

Y nada, en ninguno de los cuatro, que se parezca ni de lejos a lo que ha pasado esta mañana en un despacho de la segunda planta, con la puerta entornada y una pizarra llena de fechas.

Por primera vez en mi vida, un sistema mío no estaba incompleto.

Estaba mal diseñado.