Capítulo 14 — Múnich
Los formularios de conflicto de interés de la Fundación se rellenan dos veces al año y los revisa el auditor externo, que soy yo.
Los cinco de los becarios los despaché el lunes en cuarenta minutos.
Ninguno tiene acciones de nada. Una tiene una prima en una farmacéutica y declaró la prima antes de que se lo preguntaran, que es exactamente por lo que esa declaración está bien hecha: lo que se declara antes de que te lo pidan no es una confesión, es un dato.
El mío es el último de la carpeta.
Sí. No.
Un minuto y once segundos.
Marqué «No».
Y ahora voy a hacer esto bien, porque es lo único que se me da bien y porque quiero que quede escrito antes de lo que viene después:
«No» era verdad.
El lunes 9 de marzo de 2026, a las nueve y cuarenta de la mañana, no había pasado nada.
No hay un hecho. No hay un mensaje que yo no pueda enseñar, no hay una cena, no hay un roce, no hay una sola línea que ningún comité del mundo pudiera reprocharme.
Puedo entregar los seis meses enteros y salir andando.
Un minuto y once segundos para marcar una casilla verdadera.
Nadie tarda un minuto y once segundos en marcar una casilla verdadera.
Subí a las once y media con la carpeta para que los firmara como investigadora principal, que es el trámite más aburrido de este edificio y por eso lo subí yo en vez de mandarlo por correo.
La puerta estaba entornada.
Estaba viendo un vídeo. Con auriculares, el codo en la mesa y la barbilla en la mano.
Era ella.
Era ella contestando al ítem 20, el de la madre, el martes anterior, a un metro de mí, con las manos encima de las rodillas.
El contador iba por 00:22:14. La barra de progreso tenía cuatro marcas.
Cuatro veces.
Yo he entrado sin llamar en despachos donde había gente haciendo cosas mucho peores.
La reacción es siempre la misma y tarda menos de un segundo: se cierra.
Se baja la pantalla, se gira el monitor, se pone una cara.
Lo he visto trescientas veces y me sé el catálogo entero, incluida la variante del que se ofende para ganar tiempo.
No lo cerró.
Se quitó un auricular.
—Contesté con un calendario —dijo.
Y volvió a poner el vídeo.
La honestidad ajena es una moneda. Se aprende pronto en este oficio: no se puede coger sin dar cambio.
Yo llevaba en la carpeta una casilla marcada «No» que me había costado un minuto y once segundos.
Dejé la carpeta encima de la mesa.
Y me quedé de pie.
He contado Múnich cuatro veces en seis años.
Una al comité, que era obligatorio y por lo tanto no cuenta.
Otra a mi jefe de área, en un tren, y la conté mal a propósito.
Otra a una psicóloga que me pagó la Fundación durante cuatro sesiones, y le di la versión de la horca porque era la que estaba esperando y porque a los cuarenta minutos uno quiere irse a casa.
Y una a mi madre, por teléfono, en 2021. Esa la conté entera. Me colgó llorando y no lo he vuelto a hacer.
La quinta fue aquella.
Y no la conté porque me la sacaran. Nadie me la sacó. Ferrán no preguntó: no ha preguntado nunca, lleva seis semanas sin preguntar y ese es el asunto entero de este trimestre de mi vida.
La conté porque dejó un vídeo puesto.
Cuarenta segundos de una mujer contestando con un calendario a la pregunta de su madre, una barra de progreso con cuatro marcas, y ella sin cerrar la pantalla.
Eso no es una pregunta. Eso es peor. Eso es una persona poniendo lo suyo encima de la mesa, boca arriba, y siguiendo a lo suyo.
Los siniestros se declaran de pie. No sé por qué; lo he visto en catorce años y no falla. La gente que va a contar una cosa que le rompió la vida no se sienta.
—Múnich —dije.
Paró el vídeo.
—Septiembre de 2019 a marzo de 2020. Seis meses. Grupo de metodología clínica, contratado como estadístico externo para un ensayo de cardiología, fase III, cuatrocientos doce pacientes.
—...
—La investigadora principal se llama Ilse Berger. Cuarenta y ocho años entonces. Es la persona más rigurosa con la que he trabajado, y lo digo hoy, después de todo, y lo firmo.
—...
—El 4 de febrero de 2020 encontré un cambio de variable principal.
Ferrán se quitó el otro auricular.
—El protocolo preinscrito decía una cosa. El manuscrito que estaban preparando decía otra. La variable principal se había cambiado en algún momento entre el registro y el borrador, y el cambio favorecía al fármaco.
—Eso no es fraude.
—No.
—Eso lo hace medio campo.
—Lo hace medio campo. En 2020 lo hacía bastante más de medio campo. No es fraude y por eso es lo peor que hay: no es que la gente mienta. Es que la gente cambia de pregunta cuando ve la respuesta y se queda perfectamente tranquila, porque lo hace todo el mundo y porque nadie mira.
—¿Y ella lo sabía?
—No lo sé.
Ferrán esperó.
—Esa es la respuesta entera. No lo sé. No lo supe entonces y no lo he sabido nunca.
—Vale.
—Tardé tres semanas en reportarlo.
—¿Por qué?
—Esa es la pregunta.
Me quedé un rato mirando la ventana, que da al aparcamiento y no tiene nada.
—Le puedo dar tres versiones y llevo seis años sin saber cuál es.
—Deme las tres.
—Una: esperé porque quería estar seguro. Es razonable, es la que digo cuando alguien pregunta, y tiene la ventaja de ser parcialmente cierta.
—Dos.
—Dos: esperé porque me acostaba con ella.
Ferrán no movió un músculo. Ni uno. Y llevo seis semanas viéndole mover los músculos.
—Tres: esperé porque soy un cobarde. Porque reportarlo significaba romperle la carrera a una persona con la que desayunaba y prefería que lo encontrara otro.
—...
—Y no sé repartir los porcentajes.
—...
—Y ese es mi oficio, doctora. Literalmente. Yo cojo un efecto, lo descompongo en causas y les asigno pesos. Es lo que hago desde los veintiséis años y me pagan bien por hacerlo. Llevo seis años con este y no soy capaz.
—¿Y a las tres semanas?
—A las tres semanas lo reporté. El 26 de febrero.
—¿Y?
—Y en esas tres semanas ella firmó el manuscrito y lo mandó a la revista. El 19. Con la variable cambiada. Con su nombre el primero.
Me quedé de pie.
—El artículo se retractó en septiembre de 2021. A ella la apartaron del grupo, no le renovaron y hoy da clase en un sitio que no es donde tenía que estar. Yo salí en el informe final, en la lista de las personas que actuaron con diligencia. Me mandaron una carta.
—...
—Ese es el asunto. Si lo reporto el 4, ella no firma el 19. Si no firma el 19, no hay retractación. Si no hay retractación, ella tiene hoy su vida.
Ferrán no dijo nada.
—Yo le rompí la carrera a esa mujer esperando tres semanas por un motivo que no sé cuál es.
Se levantó.
No vino hacia mí. Fue a la pizarra pequeña que tiene detrás de la mesa, la de los recados, borró con la manga lo que había —una lista de pedidos del laboratorio, creo— y cogió un rotulador.
—Otra vez.
—¿Perdón?
—Otra vez. Desde el principio. Y esta vez me da usted fechas.
Estuvo cuarenta minutos.
Hizo tres columnas. En la primera, fechas. En la segunda, hechos.
Y en la tercera, que es la que yo no he hecho en seis años, escribió una palabra en capitales:
FUENTE.
—El 4 de febrero encuentra usted la variable cambiada. Fuente: usted. Vale.
—Vale.
—El 19 ella firma el manuscrito. Fuente: el manuscrito. Vale, eso es un hecho, eso está impreso.
—...
—El 26 lo reporta usted. Fuente: usted y el registro del comité. Vale.
—...
—Septiembre de 2021, retractación. Fuente: la revista. Vale.
Escribía deprisa y con esa letra minúscula que hasta en una pizarra parece impresa. Después bajó una línea y escribió, entre comillas:
«Si yo lo reporto el día 4, ella no firma el 19.»
Se volvió con el rotulador en la mano.
—Fuente.
—...
—Doctor. Fuente.
—...
—No la tiene.
—Usted no sabe qué habría hecho esa mujer el día 4.
No lo sabe. No lo ha sabido nunca. Puede que hubiera parado.
Puede que hubiera firmado igual. Puede que hubiera firmado antes, el día 5, en cuanto oliera que venía una revisión, que es lo que hace la gente asustada.
Puede que el cambio de variable no lo hiciera ella.
Puede que lo hiciera y lo supiera. Puede que lo hiciera y no lo supiera, que es lo más frecuente y lo que nadie se cree.
Golpeó la tercera columna con el capuchón.
—Son seis escenarios. Como mínimo. Y usted lleva seis años viviendo dentro de uno.
—...
—Dentro del peor. Que casualmente es el único de los seis en el que usted es la causa.
—...
—Eso no es culpa, doctor. Eso es narcisismo con mala conciencia, que es la forma más cara que existe, porque encima duele.
Y ahí sí me tuve que sentar.
—Una cosa más.
—...
—El 26 lo reportó.
—Sí.
—¿Por qué el 26?
—...
—No le pregunto por qué tardó tres semanas; eso ya me lo ha contado y no lo sabe. Le pregunto por qué el 26. Por qué no el 27, ni en abril, ni nunca. ¿Qué pasó el 26?
Y me quedé.
Es la primera pregunta suya que no supe contestar en el acto, y sigo sin contestarla bien.
Porque el 26 de febrero de 2020 no pasó nada. No hubo una llamada. No hubo una amenaza, ni un comité, ni un correo de nadie. El 26 de febrero de 2020 yo abrí el portátil a las siete y media de la mañana en una habitación de Múnich, escribí once líneas y las mandé.
—Nada —dije—. No pasó nada.
—Entonces lo reportó usted solo.
—...
—Nadie le obligó. Nadie le pilló. Nadie lo iba a encontrar nunca: el manuscrito ya estaba en la revista, la variable ya estaba cambiada, todo el mundo estaba tranquilo y no había una sola persona en Alemania a quien le conviniera abrir esa carpeta.
Escribió una línea más en la pizarra. No la comentó.
Ponía: «26/02: reporta sin presión externa. Fuente: él».
—Doctor. Un hombre que calla tres semanas por cobardía no reporta nunca. Calla tres semanas, luego cuatro, luego un año, y luego se muere tranquilo en su cama con la carta de agradecimiento enmarcada. Eso lo he visto. He visto a doce.
—...
—Usted lo reportó.
—No le estoy diciendo que no fuera culpa suya.
—Ya.