La hipótesis del amor Capítulo 13 — Sesión CAL-4
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Capítulo 13 — Sesión CAL-4

Aisha nos cableó en siete minutos.

Quince, once, nueve, siete. Le pregunté si iba a bajar de ahí y me dijo que no, que siete es el suelo, que menos de siete es hacerlo mal. Estuvo tres semanas midiéndose. Me da una envidia física.

Trece días sin sentarnos en esa sala. Trece días viéndonos todos los días.

Y hay una cosa que no le he dicho a nadie y que voy a dejar escrita aquí porque este cuaderno es lo único que tengo que no opina: la moví yo.

La CAL-4 estaba puesta para el 24 y la moví yo, con dos líneas, alegando prioridad del ensayo.

Era verdad. Teníamos una crisis de retención, la Fundación había convocado revisión de hitos y aplazar una sesión de instrumentación una semana es exactamente lo que haría cualquier investigadora principal competente.

También es verdad que la escribí a las siete y cuarenta de la mañana, sin consultarlo con nadie, doce horas después de que un hombre escribiera una fórmula de termodinámica en el margen de mi libreta.

Las dos cosas son ciertas. En mi oficio, cuando dos explicaciones son ciertas, no se elige: se declaran las dos y se deja que decida el lector.

No la declaré.

—Bloque II —dijo Aisha por el altavoz—. Ítems 19 a 24. Ya sabéis lo que hay.

—«¿Qué es lo que más valoras en una amistad?»

Empecé yo.

—La fiabilidad. Que si dice que a las ocho, son las ocho. Que si dice que no lo sabe, no lo sabe. Un amigo es una persona cuyo error de medida conoces.

Es una buena respuesta y la he dado antes, en dos cenas, y funciona.

Su turno.

—Que me llame cuando le pasa algo malo. No cuando le pasa algo bueno. Cuando le pasa algo bueno me llama todo el mundo.

Y ya está.

Yo construyo. Él pone una tabla y la clava. Los dos sabemos cuál de las dos cosas se aguanta sola y ninguno de los dos lo dice.

—«¿Cómo te sientes respecto a tu relación con tu madre?»

Cinco semanas viendo venir esa pregunta por el pasillo.

—Buena.

Tres minutos y cincuenta y cinco.

—Buena —repetí—. Hablamos todos los días a las nueve, cuando cierra la tienda.

Voy a comer los domingos. No me he perdido un domingo desde 2019 salvo por congresos, y de los congresos también la llamo.

Cuando estuve en Ámsterdam la llamaba dos veces al día porque le daba miedo el idioma, no el suyo: el mío.

Tiene sesenta y cuatro años, está bien de salud, se hace las revisiones y le pago yo el seguro dental sin que ella lo sepa.

Tres minutos.

—Es una buena relación. Probablemente la mejor que tengo.

Dos minutos y veinte.

Y me callé, y me los comí enteros.

Vi el vídeo aquella tarde, porque a estas alturas ya no soy capaz de no verlo, y hay una cosa que en la pantalla se ve perfectamente y que en la sala no se veía.

Me habían preguntado cómo me siento.

Contesté con un calendario.

Su turno: veinte segundos, dos frases y un dato de kilómetros. Está en Sant Cugat, hablan los domingos, hay cuarenta y tres minutos de aeropuerto a puerta.

Cuarenta y tres minutos.

Ese hombre sabe cuánto se tarda de la puerta de embarque a la casa de su madre y lo dice como quien lee una etiqueta.

—«¿Cuál es tu peor recuerdo?»

Empezó él.

—Una sala en Múnich.

Seis palabras. Tres minutos y cincuenta y un segundos.

Mi turno.

—Un pasillo de hospital. 2005.

Cinco palabras. Tres minutos y cincuenta y tres.

Y ahí, por primera vez en toda esta historia, hicimos algo juntos.

Nos miramos.

Sin instrucción, sin pregunta, sin nadie que nos lo pidiera. Dos personas a un metro reconociéndose, y lo que nos reconocimos no tenía nada de bonito.

Fue esto: los dos sabemos hacerlo.

Los dos sabemos entregar una respuesta verdadera, completa, exacta y hermética. Los dos hemos aprendido a decir la verdad de manera que no sirva. Es un oficio. No lo enseña nadie, se aprende solo y se aprende una vez.

—«Comparte con tu pareja de sesión un momento embarazoso de tu vida.»

—En 2017, en Sevilla —dijo—. Presenté un informe de auditoría de doscientas páginas al comité de un hospital. En la página cuatro, dentro de un cuadro, se me había quedado una nota interna. Ponía: «REVISAR ESTO, PABLO, QUE ESTE SEÑOR ES TONTO».

—¿Quién era Pablo?

—Mi becario.

—¿Y el señor?

—El presidente del comité. Estaba sentado enfrente. Iba por la página cuatro.

Me reí tanto que Aisha entró.

Entró en la sala. En mitad de una sesión. Con el cronómetro corriendo. Abrió la puerta, nos miró, no dijo nada y volvió a salir, y aquello consta en el informe del día como «interrupción de coordinación, 4 s, sin causa consignada».

Mi turno.

Tengo uno. Tengo el mejor de este edificio y no lo he contado nunca porque no existe un contexto en el que contarlo le mejore la vida a nadie.

Lo conté.

—La defensa de mi tesis. 2019. Media hora antes me eché a llorar en el baño de la primera planta.

No de nervios. De rabia, porque un miembro del tribunal me había dicho en el pasillo que mi trabajo era «muy meticuloso», que es lo que le dicen a las mujeres cuando quieren decir «pequeño».

Salí del baño con la cara roja y me encontré a Pilar Roca fumando en la escalera.

Me miró dos segundos y me dijo: «Bien. Ahora te van a tener miedo».

—Eso no es un momento embarazoso.

—No.

—Es lo que pasó después.

—Sí.

Un minuto y cuarenta.

—Aprobé cum laude. Y no me acuerdo de la defensa. No me acuerdo de una sola pregunta, ni de una sola respuesta, ni de la cara de nadie. Estuve dos horas defendiendo nueve años de trabajo y lo único que conservo de aquel día son once segundos en una escalera con una señora fumando.

Un minuto.

—Eso es lo que me da vergüenza. Que lo único que me sé de memoria del mejor día de mi carrera es una frase que dijo otra.

—«Turnaos para decir cinco cosas que os parezcan positivas de vuestra pareja de sesión.»

El programa lo eligió a él. Al azar. Con mi semilla de marzo.

—Uno: se sabe de memoria la página en la que vive su único error.

—...

—Dos: cuando le enseñan un número que le desmonta el año, lo primero que hace es comprobar si es verdad. No la he visto hacer lo contrario ni una vez, y llevo treinta y una auditorías viendo hacer lo contrario.

—...

—Tres: le cambió la silla de sitio a un señor de setenta y cuatro años porque le vio mirar la ventana. No se lo ha contado a nadie y no aparece en ninguna parte.

—...

—Cuatro: redactó once contingencias en marzo para once desgracias que no iban a pasarle a nadie.

Cuarenta y un segundos. Iba a ritmo de acta.

—Cinco.

Y paró.

Tres segundos.

—Cinco: en el pasillo de su casa hay treinta y una fotos. Usted sale en veintidós. En las veintidós está mirando a sus padres.

—...

—Se lo dije el domingo y lo dije mal, doctora. Es un sesgo sistemático, sí. Pero no son dos personas.

Son tres.

Dos minutos y once segundos.

No usó los otros dos minutos. Se quedó ahí, quieto. Yo me quedé aquí, quieta. Estuvimos un minuto y cuarenta y nueve segundos así.

Veintidós fotos.

Yo he contado esas fotos. Las conté a los veintitantos, una tarde, en el pasillo de mi casa, con la precisión de una persona que ya se ganaba la vida contando cosas.

Conté treinta y una. Conté las miradas de mi padre y las de mi madre y monté el porcentaje y lo tuve tres días en la cabeza y desde entonces no puedo entrar en ese pasillo sin verlo.

Nunca me conté a mí.

Doce años. Doce años pasando cuatro metros de pared dos veces por domingo, y no se me ocurrió. Y no es que no se me ocurriera: es que no está. Yo no estoy en el análisis. Yo soy quien mide.

Ese hombre lo vio en nueve segundos por foto, con el pan en la mano, la primera vez que entró en mi casa.

Y me lo puso en la lista de cosas positivas.

Mi turno.

Y aquí es donde una investigadora con nueve años de oficio, cuatrocientas veinte páginas de protocolo y una libreta de tapas azules descubre, en directo y grabada, que no tiene el instrumento.

—Uno: encontró la única errata de mi documento en dos horas y diez minutos y me la dijo a la cara, en vez de guardársela para el acta, que es lo que habría hecho cualquiera de los otros once de su plantilla.

—Dos: pidió que lo relevaran de este ensayo el día en que le regalaron el mayor acceso de su carrera. No me ha dicho por qué. Ya no se lo voy a preguntar.

—Tres: mi padre le repitió una frase.

—...

—Cuatro: se comió el segundo plato.

Dos minutos y once.

—Cinco.

Y ahí me pasó lo que le había pasado a él.

Tenía cuatro. Las cuatro son observaciones. Fecha, hora, hecho comprobable, testigo si hace falta. Cualquiera de las cuatro la defiendo delante de un tribunal.

La quinta no es una observación.

La quinta es una cosa que llevo cinco semanas sin poder poner en ninguna columna, y llevo cinco semanas intentándolo, y por eso hay una carpeta sin nombre en mi cabeza que ya pesa más que el ensayo entero.

Tres minutos y diecinueve segundos buscando la manera de decirla sin decirla.

Me habría gustado tener una quinta cosa de las que se dicen en voz alta.

—Cinco: llevo cinco semanas contándole cosas que no le he contado nunca a nadie y usted no me ha hecho ni una sola pregunta.

Un minuto y cuarenta.

—Y no sé si eso es respeto o es miedo, doctor. Llevo cinco semanas sin saberlo, con cuatro cámaras y una máquina de mil euros la hora. Es lo único de todo este edificio que no puedo medir.

No contestó.

Claro que no contestó. Era mi turno.

—«¿Qué es lo que más agradeces en tu vida?»

Me tocaba.

Y di la mejor respuesta de las veinticuatro.

—La salud. Y no es una frase: he mirado la morbilidad de mi cohorte y estoy en el decil bueno por pura lotería genética, así que agradecerla es de justicia, porque no la he hecho yo.

Segundo, el trabajo. Tengo un trabajo que me gusta, que me pagan y que además sirve para algo, y eso lo tiene el uno coma dos por ciento de la población activa de este país; he mirado el número, existe.

Y tercero, y esto es de manual pero es verdad: dos millones de euros de dinero público europeo para contestar una pregunta que le interesa a doce personas.

Cuatrocientos años de ciencia para llegar a que le paguen a una señora de Valencia por contar parejas que no se enamoran.

Eso es una civilización, doctor. Eso hay que agradecerlo todas las mañanas.

Tres minutos y cuarenta.

Es buena. Es buena de verdad. Es original, es cierta, tiene un chiste al final y no hay una sola palabra que yo no firme.

Detrás del cristal, Aisha miró el monitor.

Después nos miró a nosotros.

Después volvió a mirar el monitor.

Es un gesto que yo he hecho mil veces y que tiene nombre: es lo que hace un traductor cuando coteja.

Su turno.

—Que todavía me tiemble algo cuando me equivoco.

Cinco segundos.

Y nada más.

No hay broma disponible para eso. La busqué. Estuve buscándola tres minutos y cincuenta y cinco, que es lo que quedaba de su turno, y no la hay. No hay salida, no hay réplica, no hay nada que se le pueda decir a un hombre que contesta eso.

Él lo sabía. Por eso lo dijo así y por eso se calló.

Y entonces se me empañaron las gafas.

Voy a explicarlo bien, porque en el vídeo se ve y en el vídeo parece otra cosa.

Llevo gafas de seguridad desde 2016. Las llevo en el laboratorio, en el despacho, en las reuniones y una vez las llevé a una boda.

No protegen de nada, porque en un laboratorio de psicología social no salpica absolutamente nada.

Ese es el chiste que hace todo el mundo y llevo nueve años dejando que lo hagan.

Se empañan por física. El aire de dentro está caliente y el policarbonato está frío.

Yo no estaba llorando.

Que quede claro, porque esto es un registro y no una interpretación: no estaba llorando. No me cayó nada. No hay nada que Aisha pueda codificar y no hay nada en el vídeo.

Se empañaron y ya está.

Y me las quité.

Me las quité delante de él, con el cronómetro en tres minutos y cuarenta, en una sala con cuatro cámaras, y las dejé encima de las rodillas.

Un segundo y medio.

Es el gesto más grande que he hecho en mi vida profesional y no consta en ninguna parte, porque en el informe de esa sesión pone «sin incidencias».

—El volcado de mi señal —le dije a Aisha al salir—. El de hoy.

—¿El tuyo?

—Control de calidad.

—Ya.

—Aisha.

—Que sí, jefa. Que te lo mando.

Me lo mandó en once minutos y no dijo nada más.

Y eso es lo que peor llevo de todo este asunto, más que el volcado y más que lo que había dentro: que Aisha Benali, veintisiete años, coordinadora, una lengua capaz de cortar mármol, lleva seis semanas sin hacer un chiste.

Lo abrí en casa, a las diez.

Abrí también la botella del congreso de 2022, que resulta que se abre.

Me estudié como se estudia una radiografía propia, que es la única manera decente de hacerlo: sin cariño y sin saña, buscando dónde duele.

Frecuencia cardiaca: normal. Conductancia: normal. Todo aburridísimo y ejemplar durante cuarenta y ocho minutos.

Cortisol: pico a los cincuenta y un minutos y veinte segundos.

Y aquí está el asunto.

El minuto cincuenta y uno no es una pregunta.

En el minuto cincuenta y uno no había ninguna pregunta. El ítem 24 se leyó en el cuarenta y ocho. Yo contesté del cuarenta y ocho al cincuenta y uno con cuarenta, con lo de la salud, el trabajo y la civilización.

Y en el cincuenta y uno con veinte no estaba hablando yo. Ni estaba hablando él. Ni había nada en la pantalla.

En el minuto cincuenta y uno con veinte, el doctor Marc Estellés Bou llevaba once segundos callado.

Mi cortisol no reaccionó a ninguna de las veinticuatro preguntas de esa sesión.

Reaccionó a un silencio suyo.

No escribí «ruido».

No escribí «artefacto». No escribí «revisar». No escribí nada.

Cerré el archivo, apagué el ordenador y me acosté a las doce y diez, con media botella del congreso de 2022 encima de la mesa de la cocina.

En cuatro años esa botella no se había abierto. En una noche se ha bebido media una mujer que no bebe sola.

Eso sí lo escribí.

Es lo único que escribí.