Capítulo 12 — Tasa de abandono
HITOS. Cinco letras, en capitales, sin nada más.
Al señor Quintana le llevo cuatro años contándole los asuntos de los correos como se le cuentan a un paciente las pulsaciones: nueve palabras, once, una vez catorce, siempre en capitales y siempre sin verbo. Es su constante vital. Nunca, en cuatro años, un asunto de una sola palabra.
Un hombre que necesita catorce palabras para pedirte un informe y de pronto te manda una sola es un hombre que ya ha hablado con alguien.
Los números, para que se entienda de qué estábamos hablando a las once de la noche de un miércoles.
Doscientas parejas, seis sesiones cada una. El estudio se diseñó para aguantar un quince por ciento de abandono, que es generoso: casi nadie preinscribe márgenes así, porque preinscribir un margen es admitir por escrito que la gente se te va a ir.
A las tres sesiones íbamos por el veintiuno.
Y eso no era lo grave. Lo grave era el reparto.
Brazo de las treinta y seis preguntas: seis por ciento.
Brazo de control, el del tiempo y las vacaciones: diecinueve.
Cuando la gente se va de un brazo más que del otro, el ensayo deja de ser un ensayo.
Se llama abandono diferencial y es la manera más elegante que existe de matar un estudio, porque no lo mata: lo convierte en otra cosa parecida que ya no responde a la pregunta que hiciste.
Los que se quedan en el brazo aburrido son los pacientes, los constantes, los que aguantan; los que se quedan en el otro son todos.
Al final comparas dos poblaciones distintas y llamas efecto a la diferencia.
La sala olía a pizza y a rotulador. Ferrán había traído tres pizzas y las había pagado ella, cosa que anoté sin querer y que no viene al caso.
Yo no debería haber estado en esa sala.
Voy a ser preciso, que es lo único que se me da bien.
No es que quedara mal. No es que fuera incómodo.
Es que existe el apartado 4.2 del manual de la Fundación y dice que el auditor externo no participa en el diseño ni en la corrección de los procedimientos que audita, por el motivo evidente de que después tiene que evaluarlos.
Si yo arreglo la tasa de abandono, en junio tendré que auditar mi propio arreglo.
A las once y veinte cogí un rotulador.
Y nadie dijo nada.
Eso es lo que más me interesa de aquella noche y es lo que llevo desde entonces sin poder explicarme.
Había cuatro personas en la sala. Tres llevaban seis semanas viéndome entrar con una tarjeta de visitante colgada del cuello y salir a las siete en punto.
Y a las once y veinte de un miércoles el hombre que audita el ensayo se levantó, cogió un rotulador de la bandeja y se puso a escribir en la pizarra del ensayo.
Ninguna de las tres dijo nada.
No porque no lo vieran. Aisha lo vio; la vi verlo. Ferrán lo vio y siguió hablando sin cambiar el tono.
Lo dejaron pasar. Y yo lo dejé pasar. Y cuatro personas que a esa hora, con esa clase de cansancio, dejan pasar lo mismo a la vez no están cometiendo una irregularidad: están decidiendo, sin haberlo hablado nunca y sin que conste en ninguna acta, que en esa sala hay un problema y no hay bandos.
Probamos cuatro cosas y se cayeron las cuatro.
Subir el incentivo: no se puede, está preinscrito, y además incentivar más al brazo que se va es introducir otro diferencial encima del primero.
Acortar las sesiones: no se puede, es la variable.
Reclutar de refuerzo: se puede y llegaríamos a junio con la mitad de la muestra sin terminar.
Reponderar por abandono: se puede, hay un apartado —el 9.
7, uno de los once que redactó en marzo—, pero reponderar un veinte por ciento no es corregir, es maquillar, y ella lo dijo antes de que lo dijera yo, que es una cosa que ya no me sorprende y que a la una de la mañana me pareció, sin ninguna razón, conmovedora.
—Es la sala —dijo Tono.
Llevaba dos horas en un rincón con un cable en las manos y sin abrir la boca.
—¿Qué?
—La sala 4. Els que se'n van són de la 4.
Aisha lo tuvo en cinco minutos. De los cuarenta y dos abandonos, veintiséis eran de la sala 4.
—¿Qué tiene la sala 4?
—Que fa fred —dijo Tono—. El conducte passa per damunt i el difusor està girat cap avall. Fa dos anys que ho dic.
Se hizo un silencio bastante largo.
—Gracias, Tono —dijo Ferrán, y lo dijo en serio, y luego añadió lo que había que añadir—: Nos acabas de quitar la única explicación cómoda que teníamos.
Porque eso es lo que pasó. Corregimos por sala, que es lo honrado, y el diferencial entre brazos no desapareció. Se quedó igual de grande y ahora ya no tenía dónde esconderse. Tono nos había arreglado el edificio y nos había roto el estudio, en la misma frase, sin levantar la vista de un cable.
—Yo sé por qué se van.
Aisha, con la boca llena, desde la otra punta de la mesa.
—¿Queréis saberlo o preferís seguir mirando la pizarra?
Sacó una libreta de espiral, de las de dos euros, con las esquinas dobladas.
—Los llamo yo. Cuando alguien no viene, lo llamo.
No está en el protocolo, lo hago desde la segunda semana.
—Pasó una hoja—. Motivos, literales: «es que es muy aburrido».
«Es que yo pensaba que era otra cosa». «Es que llevo tres sábados hablando del tiempo con un señor que no conozco y ya está».
Tengo cuarenta y una. Son todas la misma.
Ferrán se quedó mirando la pizarra.
Y lo dijo. Con la voz muy plana, como se dicen las cosas cuando llevas seis semanas sabiéndolas:
—El brazo experimental retiene mejor.
Nadie contestó.
—No porque funcione —añadió—. Porque no aburre.
Ahí estaba. A las doce y media de la noche, encima de una pizarra, con una caja de pizza abierta: el problema entero de este ensayo y, si me apuran, de este oficio.
Las treinta y seis preguntas no fabrican vínculo.
Ninguno de los dos lo duda a estas alturas; los números llevan seis semanas diciéndolo.
Pero las treinta y seis preguntas son interesantes, y hablar del tiempo con un desconocido durante cuarenta y ocho minutos seis veces seguidas no lo es, y la gente se queda donde la cosa es interesante.
Y eso, en la tabla, se parece muchísimo a un efecto.
La solución la encontró Aisha y estaba dentro de su propia queja.
—Se van porque es aburrido. Vale. ¿Y por qué vuelven los que vuelven?
Nadie dijo nada.
—Porque los llamo yo.
Cuarenta y una parejas llamadas en cinco semanas. Han vuelto veintinueve. Aisha se sabe sus nombres, se acuerda de que a la de la P-092 le operaron a la madre en enero y le pregunta por la madre.
—Institucionalícese —dije.
Lo dije yo. La persona menos indicada de todo el edificio para decir eso.
Ferrán tardó en contestar.
—¿Se da cuenta de lo que vamos a hacer?
—Sí.
—Dígalo usted, que es el auditor y así consta.
Lo dije. Y lo consigné al día siguiente en el informe de desviaciones, y ahí sigue, con mi firma y con fecha:
Para salvar un ensayo destinado a demostrar que el vínculo no se fabrica en cuarenta y ocho minutos, el equipo del ensayo va a vincularse por teléfono con doscientas parejas, una por una, llamándolas por su nombre y preguntándoles por sus madres.
—Que no salga de aquí —dijo Ferrán.
—Va a salir de aquí. Sale en el informe de marzo, apartado de desviaciones, con mi firma.
—Ya. Me refería a la parte graciosa.
A las dos menos cuarto quedábamos dos.
Aisha se había ido con el casco puesto desde el pasillo. Tono se había ido antes, sin despedirse, que es como se va Tono.
La pizarra estaba llena: tres columnas, dos flechas, la retención por brazo y por sala, y el plan de llamadas con nombres y días. En la esquina inferior derecha había sobrevivido un hueco de cuatro dedos.
La libreta azul estaba abierta encima de la mesa, boca arriba, con esa letra minúscula que parece impresa y una columna de números que no eran míos.
Cogí su bolígrafo.
Que quede consignado, porque a estas alturas de la historia consignar es lo único que me queda: cogí el bolígrafo de otra persona y escribí en la libreta de otra persona. Es un cuaderno de laboratorio. Es un documento con valor probatorio. Yo he abierto expedientes por menos.
En el margen derecho, donde había cuatro centímetros libres, escribí:
ΔG = ΔH − TΔS
—¿Y eso?
—Energía libre de Gibbs. Se lo pregunto en serio, doctora, porque llevo cuatro horas mirando su pizarra: esto suyo de las parejas, ¿es espontáneo o hay que meterle energía?
Es un chiste. Es un chiste de primero y de los malos, de los que se hacen en el pasillo de la facultad de Químicas a las nueve de la mañana.
Se quedó quieto.
El chiste se quedó quieto en el aire, entero, sin caerse, como esas cosas que uno tira al agua y no se hunden y ahí siguen a los diez minutos.
Ella miró la fórmula.
Yo miré la fórmula.
Los dos estuvimos mirando aquella fórmula un rato que no voy a cuantificar. Y no lo voy a cuantificar precisamente porque lo cuantifiqué, y porque el número me pareció aquella noche —y me sigue pareciendo— una barbaridad.
—Espontáneo —dijo al final.
—...
—Espontáneo significa que ocurre sin aporte externo. No significa que ocurra deprisa. Una reacción espontánea puede tardar diez mil años, doctor. Puede no acabar nunca y ser espontánea igual. Es una palabra malísima y la eligió alguien que no pensaba tener que explicarla.
—Lo sé.
—Sé que lo sabe.
Y se puso el abrigo.
No arrancó la hoja.
Yo estaba mirando. Estaba mirando exactamente eso, porque a estas alturas ya no miro otra cosa. Cerró la libreta con la fórmula dentro, se colgó el bolso y se fue.
La gente arranca hojas. Lo he visto trescientas veces en trescientos laboratorios. Es un gesto de dos segundos, no cuesta nada, no ofende a nadie y significa: esto no va a ninguna parte.
No la arrancó.
La CAL-4 estaba puesta para el martes 24 y se movió. La movió ella, con dos líneas y sin darle importancia: «Prioridad al ensayo. La calibración aguanta una semana».
Era verdad. Era razonable. Lo firmé.
Trece días sin sentarme en esa silla.
Consigno el número porque lo tenía. Lo tenía desde el primer día, sin proponérmelo, como se tiene la hora.
Y en esos trece días trabajamos juntos más que en las cinco semanas anteriores. Coordinación diaria, el plan de llamadas, dos videollamadas con Bruselas, un informe de desviaciones a cuatro manos que técnicamente tendría que haber redactado yo solo.
Nos vimos todos los días.
En ninguno de los trece hubo un cronómetro. Ni una cámara, ni una tableta girada noventa grados, ni cuatro minutos por persona, ni un metro exacto entre dos sillas.
Y no nos dijimos nada.
Me gustaría que alguien me lo explicara, porque yo no soy capaz. Dos personas que en una sala con electrodos se cuentan la mejor tarde de su vida y que en un pasillo, sin electrodos, hablan de la retención por sala.
El protocolo no nos obliga a decirnos cosas.
Nos da permiso.
El viernes fui a las bravas.
No pasó nada. Es lo que hay que consignar: no pasó absolutamente nada.
Aisha contó la historia de un becario y una centrifugadora que, según Tono, mejora cada vez que la cuenta.
Tono se comió las bravas de todo el mundo mediante una técnica que consiste en no pedir y en estar cerca.
Ferrán llegó a las diez, dijo que se iba enseguida y se fue a las doce y cuarto.
Cuatro personas en un bar un viernes. En este país eso no es un acontecimiento. Es un jueves.
Hay una cosa que se pierde cuando llevas seis años cenando en habitaciones de hotel, y no sale en ninguna lista de las cosas que se pierden.
No es la compañía. La compañía está sobrevalorada y no la echo de menos: he cenado solo unas cuatro mil veces y doy fe de que se puede.
Es la irrelevancia.
En un bar, un viernes, entre cuatro personas cansadas, uno no tiene función.
Nadie te evalúa y tú no evalúas a nadie y la conversación no va a ninguna parte, y eso es exactamente el asunto: que no va a ninguna parte.
Aisha contó lo de la centrifugadora y nadie tomó nota.
Tono le discutió tres datos de la historia y a nadie le importó cuál de los dos tenía razón.
Llevaba seis años sin estar en una habitación donde no importara si tengo razón.
Cuando me levanté para irme, Tono señaló mi silla con la barbilla.
—Ja era hora.
Dos palabras. No dijo cuánto tiempo. No dijo desde cuándo. No me preguntó por qué había tardado tres semanas ni por qué la primera vez me quedé en la puerta.
Un hombre que lleva treinta años calibrando aparatos sabe una cosa que no está en ningún manual: lo que se dice de más se pierde.
El sábado, en el hotel, abrí el registro de riesgos.
El asiento seguía abierto desde el 2 de febrero. Había saltado en rojo el primero de marzo, arriba del todo, tal como lo programé yo. Una máquina llevaba cuatro semanas haciéndome una pregunta y yo llevaba cuatro semanas cerrando la ventana.
Esta vez lo rellené.
Campo nombre: «Conflicto de interés potencial. Auditoría externa».
Ahí no mentí. Tardé cinco semanas en ser capaz de escribir esa línea y, cuando la escribí, no me tembló nada. Eso también es un dato.
Campo estado:
«Gestionado.»
Otra vez lo hago bien. Cada vez lo hago mejor, y cada vez me gusta menos lo bien que lo hago.
«Gestionado» no es falso. En la taxonomía de la Fundación significa que el riesgo ha sido identificado, evaluado y sometido a medidas de control.
Yo lo he identificado. Lo he evaluado. Y las medidas de control son tres, están escritas en la contraportada de un informe, en un tren, hace seis años, y me las sé de memoria.
Una de las tres la rompí el viernes a las nueve y media en un bar de la calle de abajo.
La primera frase deshonesta que escribí en seis años me costó veinte minutos, tres comprobaciones y una noche entera sentado delante de una pantalla con el informe a medio cerrar.
La segunda me costó nueve segundos.
Y eso es lo que hay que consignar. No que mintiera.
Que fue rápido.
El domingo por la noche entró el calendario.
CAL-4. Martes, 9:00. Sala 2. Bloque II, ítems 19 a 24.
Y en el campo de notas, Aisha, que sigue teniendo un acceso que no debería tener:
«Bloque de gratitud. Traed pañuelos. Lo digo por experiencia con las doscientas parejas.»
Doscientas parejas que no se enamoran.
Y lloran igual.