Capítulo 9 — Grupo de control
El ensayo entró en velocidad de crucero la cuarta semana, que es cuando un estudio deja de ser un proyecto y se convierte en una fábrica. Cuatro salas, doce sesiones al día y dos becarios codificando vídeo con auriculares y cara de haber visto cosas.
Codificar vídeo consiste en mirar a dos desconocidos hablar durante cuarenta y ocho minutos y marcar, segundo a segundo, cuántas veces se miran, cuánto duran los silencios y si alguno de los dos se inclina hacia delante.
Se hace a ciegas: los becarios no saben qué lista le ha tocado a cada pareja.
Es el trabajo más aburrido del mundo y el más honrado que hay en este edificio, y el día que terminen sabrán del ser humano bastante más que yo.
Aisha imprimió un cartel para la puerta de coordinación: NO PREGUNTÉIS SI FUNCIONA. Lo puso porque en tres semanas se lo habían preguntado, según su registro, ciento cuarenta y una veces. Lleva un registro. La adoro.
Ochenta y tres parejas con dos sesiones completas.
Cero coma cero seis.
La diferencia entre el brazo de las treinta y seis preguntas y el brazo del perro y el gato era de seis centésimas en una escala de siete puntos, con un intervalo que se comía el cero por los dos lados y todavía le sobraba sitio para aparcar.
Ochocientas horas de laboratorio y cuatrocientas personas para llegar a nada, que es exactamente a lo que veníamos.
P-041 empezaron a llegar veinte minutos antes de su hora. Los tres primeros días pensé que era puntualidad de jubilado. El cuarto pasé por la sala de espera y estaban merendando. Se traen ellos el bizcocho. El de la casa no les gusta.
P-117 se han convertido en mi pareja favorita del ensayo y no lo puedo poner en ninguna parte.
Cuatro sesiones. Cuatro. Han pasado de los perros y los gatos a la vivienda, de la vivienda a la selectividad, y el martes las oí discutir por si Valencia o Madrid con un rigor argumental que ya quisiera yo para un tribunal de tesis.
Son la única pareja del estudio con un efecto negativo: en cuatro sesiones sus círculos se han separado.
Es el único resultado con significación que tengo en toda la muestra y va en dirección contraria.
Me pasé el jueves con las tablas en la mano buscando a quién enseñárselas y solo se me ocurrió una persona.
Subí a la escalera de incendios.
Pilar Roca fuma en el rellano del cuarto desde 2004. Es catedrática, dirigió mi tesis, me sacó del pozo en 2019 y es la única persona del instituto a la que no le puedo mentir, cosa que no tiene nada que ver con el cariño y todo con que me conoce los tics.
Lleva tres años dejándolo.
—Llevas tres años dejándolo.
—Llevo tres años dejándolo. Es un proceso. —Dio una calada—. Enséñame eso.
Le di el papel. Lo leyó como lee ella, en diagonal y sin perdonar nada, y a los quince segundos me lo devolvió.
—Ochenta y tres parejas —dije—. Cero coma cero seis, Pilar. Nada. No está ahí. No ha estado nunca ahí. Llevo nueve años diciéndolo, se rieron de mí en Ámsterdam y en la mesa de la comida de Navidad, y no está ahí.
—Está muy bien.
—Está muy bien.
—Va a ser un buen paper. Va a ser el mejor nulo del campo en veinte años y te lo van a citar hasta los que te odian, que son bastantes.
Pilar tiene sesenta y un años y una manera de dar buenas noticias que suena a diagnóstico. Miró el patio de luces, que es lo que hay que mirar desde esa escalera si uno no quiere mirar a nadie.
—¿Y tú qué?
—¿Yo qué de qué?
—Que qué tal estás.
Me quedé con la boca abierta un segundo entero, como una idiota, buscando un adjetivo en una cabeza que tiene cuatrocientas páginas de protocolo y ni una palabra para eso.
—Estoy bien.
—Bien.
—Bien.
—Julia. —Pilar tiene una manera de decir mi nombre que en cuarenta años de docencia ha hecho llorar a doctorandos muy duros—. Un resultado no significa nada sin un grupo de control. Eso me lo enseñaste tú a mí. Y eso que te lo había enseñado yo a ti primero.
—Ya.
—Entonces.
—Entonces ¿qué?
—¿Cuál es tu grupo de control?
Me quedé mirándola.
—¿Con qué vida comparas la tuya para saber que estás bien?
No contesté.
No porque no quisiera. Porque no tenía. Lo he pensado después, muchas veces, y lo que ocurrió ahí es exactamente lo que ocurre cuando le pides a un modelo un número que no está en los datos: no da un resultado malo. No da ninguno. Se queda quieto y espera a que le des lo que le falta.
Comparo mis parejas con un grupo de control. Comparo mis efectos con el azar. Comparo mis instrumentos con un patrón. No hay una sola cifra en mi vida profesional que yo acepte sin preguntar contra qué se mide, y llevo treinta y dos años diciendo «estoy bien» sin nada al lado.
Pilar no insistió. Pilar no insiste nunca. Ese es su método y por eso funciona: te deja la pregunta encima de la mesa como quien deja una factura, y se va, y ya volverás tú.
Pilar apagó el cigarro contra la barandilla y se guardó la colilla en un pañuelo de papel —lleva veinte años tirando las colillas a un pañuelo de papel, que es su manera de ser respetuosa con un edificio en el que fuma ilegalmente— y se fue a dar clase.
Me quedé sola en la escalera de incendios con las mejores cifras de mi carrera en la mano.
El sábado 14 de febrero este país vende el veintidós por ciento de las flores cortadas de todo el año. Es un dato del sector, no una opinión, y lo tengo en la cabeza porque lo cité en un artículo de 2021 sobre estacionalidad de la conducta de apareamiento.
Lo cité con retintín. En un artículo.
Mi sábado fue así.
A las ocho, remo. A las nueve y media, la compra.
A las once, la casa: aspirar, fregar, dos lavadoras, tender, en el orden que tengo establecido desde 2019 y que ejecuto en una hora y cuarenta con un margen de cinco minutos.
A las dos, un tupper de mi madre, de pie, delante de la ventana.
A las cuatro, un artículo que llevaba tres semanas empezado.
Lo dejé en la página seis. Otra vez la seis: llevo tres semanas muriéndome en el mismo párrafo, que no tiene nada de particular, es un párrafo sobre muestreo.
Lo he leído once veces. No me entero. Me entero perfectamente. No me interesa.
A las seis miré el piso.
Está impecable. Está impecable siempre. Un piso de setenta metros habitado por una persona sola y ordenada no se ensucia: se mantiene.
Tengo seis platos y uso dos. Tengo una cafetera de cuatro tazas y la lleno hasta la marca de uno.
En el mueble del salón hay una botella de vino que me regalaron en un congreso de 2022 y que sigue ahí porque abrir una botella de vino sola un martes es una frase que me niego a poder decir.
Y hay una silla en la cocina que no se ha movido de su sitio en cuatro años, porque no ha venido nadie a moverla.
Y no me dolió.
Ese es el asunto entero. Que no me dolió. Que no me duele nunca. Que llevo cuatro años con esa silla ahí y me parece bien.
Y yo sé perfectamente lo que significa que algo no duela.
Significa que no lo estás tocando.
A las seis y veinte me entró un mensaje.
«Pregunta rápida sobre el 12.3. ¿La ventana de cortisol se cuenta desde el final del último ítem o desde la retirada de electrodos? El texto dice "fin de sesión" y "fin de sesión" está definido en dos sitios distintos.»
Contesté en cuarenta segundos.
Vamos a ponerlo en su sitio, que para eso llevo una libreta.
Son las seis y veinte de la tarde de un sábado.
La respuesta a esa pregunta es irrelevante hasta el martes a las nueve.
Las ventanas de cortisol no corren los fines de semana.
Él lo sabe mejor que yo, porque él se ha leído las dos definiciones y yo he escrito las dos definiciones y solo una de las dos personas de esta conversación sabía que estaban las dos.
Contesté en cuarenta segundos.
«Desde la retirada de electrodos. Lo pone en el 4.1.»
«El 4.1 dice "fin de sesión". El 12.3 dice "fin de sesión". Y el anexo C, en una nota al pie, define "fin de sesión" como el final del último ítem. Tiene usted dos finales de sesión en el mismo documento, doctora, y están a once minutos uno de otro.»
Once minutos.
Once minutos de diferencia en una ventana de cortisol son la diferencia entre medir el pico y medir la bajada.
Me senté. Estuve noventa segundos con el archivo abierto y las dos definiciones en la pantalla, comprobándolo, con la esperanza sincera de que aquel hombre se equivocara.
No se equivocaba.
«Tiene usted razón. Prevalece el anexo C: fin del último ítem.
La coordinación lleva midiendo desde ahí desde el primer día, o sea que los datos están bien y el texto está mal, que es la mejor de las dos maneras posibles de estar mal.
Enmienda al repositorio el lunes, con sello de tiempo, citándole a usted como origen del hallazgo. »
«No hace falta que me cite.»
«Sí hace falta.»
Y él contestó a eso. Y yo a lo suyo.
Cuarenta minutos.
Empezamos en el 12.3 y a los diez minutos estábamos en P-117 y en si mi brazo de control está mal diseñado, y a los veinte le conté lo de P-041, que llevaba una semana sin contárselo a nadie porque no hay nadie a quien contárselo.
«Un jubilado me dijo el miércoles pasado que a su mujer la conquistó sin hacerle ni una pregunta. Con paciencia. Cuarenta y un años. Y que las preguntas se las hizo después, cuando ya no hacían falta.»
Tardó un minuto y medio.
«¿Y usted qué le contestó?»
«Que eso es lo que veníamos a averiguar.»
«¿A un señor de setenta y cuatro años que acaba de resumirle cuarenta y un años de matrimonio le ha contestado usted con el folleto?»
Me levanté de la silla. Fui a la cocina. Volví. No sé qué fui a hacer a la cocina.
«Es la respuesta reglamentaria.»
«Ya. Yo también las digo.»
Escribí entonces una cosa.
«¿Puedo preguntarle algo que no es del ensayo?»
La escribí, la borré, la volví a escribir y me quedé con el dedo encima del botón. Cuarenta y cuatro segundos, que es un tiempo perfectamente medible y que medí.
No la mandé.
Mandé:
«¿Cómo va el abandono en el brazo de control?»
Y él me contestó con el abandono del brazo de control. Cuatro coma uno por ciento. Muy bueno para un ensayo de este tipo.
Cuarenta minutos, decía. Un sábado. Sobre cortisol, oficialmente.
Si alguien pidiera la transcripción —y alguien la va a pedir; está en un servidor institucional y sale en el volcado dentro de dos años—, no encontraría una sola línea objetable.
Ni una. Puedo defender cada mensaje delante de un comité.
A las siete y cinco:
«Doctora, son las siete de la tarde de un sábado.»
«Lo sé. Tengo reloj y lo miro.»
Se lo robé. Me lo dijo él a mí hace ocho días y se lo devolví con el envoltorio.
«Me voy a cenar. Que le aproveche el domingo.»
«Todavía es sábado.»
«Ya. Pero usted el domingo lo tiene. Yo el domingo lo tengo libre, que es otra cosa.»
A las once abrí la libreta para cerrar el día.
«Sábado 14. Remo, compra, casa, artículo (pág. 6). Sin incidencias.»
Dos líneas.
Un sábado entero en dos líneas. Estuve un rato largo mirándolas por si salía una tercera, y no salió, y eso que insistí, y eso que soy una mujer capaz de producir cuatrocientas veinte páginas sobre un cuestionario de treinta y seis preguntas.
Y luego, debajo, escribí:
«Yo el domingo lo tengo libre, que es otra cosa.»
Sin comillas. Sin fecha. Sin fuente.
Lo taché en cuanto lo vi escrito. Con una raya de las mías, limpia, recta, de una sola pasada.
Se lee igual.
Una tachadura no borra. No ha borrado nunca. Tachar es dejar constancia por escrito de que ahí había algo y de que alguien decidió que no. Es lo primero que se mira en un cuaderno de laboratorio: no lo que pone, lo que está tachado.
Eso lo enseño yo. En segundo. Con transparencias.
El domingo mi padre hizo arroz al horno y mi madre no me preguntó nada.
Nada. Ni por el trabajo, ni por la financiación, ni por si como, ni por si duermo, ni la pregunta de siempre, la de si hay alguna novedad. Tres horas de comida y mi madre hablando del género de primavera, de la sobrina de Merche y de una avería del tranvía.
En treinta y dos años eso no había pasado nunca. No lo investigué. Uno tiene que elegir sus batallas y aquel domingo yo elegí el arroz.
El lunes por la mañana entró el recordatorio del calendario.
CAL-3. Martes, 9:00. Sala 2.
Y debajo, en el campo de notas, Aisha, que tiene acceso al calendario del proyecto y no debería tenerlo:
«Bloque II. Empiezan las preguntas de verdad. Suerte.»
Suerte.
En nueve años no me había deseado suerte nadie para entrar en mi propio laboratorio.