Capítulo 8 — Sesión CAL-2
Aisha nos cableó en nueve minutos. La semana anterior habían sido once, y quince el lunes del basal, y esa curva —quince, once, nueve— es lo primero que aprende a mirar un auditor: no el número, la pendiente.
Ya no nos llamaba «el sujeto masculino» y «la sujeto femenina». Ya no nos llamaba de ninguna manera. Colocaba, cortaba la cinta, decía «arriba» y «gira», y se iba detrás del cristal. Eso también es una pendiente.
El resto de la liturgia estaba igual: dos sillas a un metro, la tableta girada noventa grados, cuatro cámaras, el sorteo de turno por pregunta con una semilla de marzo, cuatro minutos por persona y el silencio administrado a cronómetro para quien no supiera llenarlos.
Segunda sesión. Preguntas siete a doce.
—«¿Tiene usted algún presentimiento sobre cómo va a morir?»
Empecé yo. El programa lo quiso así.
—Cardiopatía isquémica. —00:04—. Mi abuelo, mi abuela y una tía. No es un presentimiento, es una herencia con intereses.
Rellené los tres minutos y cincuenta y seis con la tabla de mortalidad de la cohorte de los varones españoles nacidos en 1991, que me la sé, y que es una manera perfectamente respetable de no decir nada durante casi cuatro minutos.
Su turno.
—Sentado —dijo.
—¿Perdón?
—Sentado. En una silla. Delante de una pantalla. Con un informe a medio cerrar. —Ferrán tenía las manos quietas encima de las rodillas—. El mecanismo lo pondrá la biología y me da igual cuál sea. Lo que sé es la postura.
Y me reí.
No la risa de la semana pasada, que fue por la nariz y duró lo que dura una concesión. Una risa de verdad, con la cabeza atrás, cuatro segundos largos, en una sala insonorizada con cuatro cámaras y dos micrófonos abiertos.
Ella también.
En mi cuaderno de campo, que no es el registro de riesgos y no es «Varios», anoté a las 09:41: «Incidencia: risa espontánea, ambos sujetos, ~4 s. Sin efecto sobre la señal».
La segunda frase era cierta. La primera también. Que las dos fueran ciertas no arregla nada, porque yo no consigno risas. Llevo treinta y una auditorías cerradas. No hay una sola risa en treinta y una auditorías.
Al otro lado del metro, ella abrió la libreta azul y escribió algo corto.
Del revés se lee bien, si uno se aplica.
Ponía «09:41».
Las tres siguientes se despacharon como se despachan las cosas cuando dos personas ya han aprendido a torearse.
La que pregunta qué es lo que siempre has querido hacer y no has hecho: ella contestó «dormir ocho horas» en dos segundos y aguantó el resto del turno con una cara de mármol.
Yo dije «aprender a nadar bien» y expliqué durante tres minutos la diferencia entre nadar y no ahogarse, que es un tema fascinante que no le importa a nadie.
La de agradecer algo de esta semana: dos respuestas de laboratorio, la mía sobre la tasa de participación, la suya sobre el aire acondicionado.
La de despertarte mañana con una cualidad nueva: yo pedí un idioma, que es lo que pide la gente que no quiere pedir nada. Ella pidió «saber cuándo callarme», y luego se quedó cuatro minutos en silencio, que es la única respuesta con demostración incluida que he presenciado en mi vida profesional.
—«Dispone usted de cuatro minutos para contarle a su pareja de sesión la historia de su vida, con el máximo detalle posible.»
Cuatro minutos para contar una vida es una cantidad de tiempo obscena. La gente cree que es poco. Luego se le acaba la vida en cincuenta segundos y quedan tres minutos y diez para el pánico.
La mía la tenía preparada desde el lunes.
—Nací en Barcelona en 1991. Estudié Matemáticas y me pasé a Estadística en cuarto, cuando entendí que las matemáticas no me querían.
Doctorado en 2018, corrección de sesgo de selección en ensayos multicéntricos.
Dos años en el CSIC. Después Múnich, seis meses, metodología clínica.
Desde 2020, la Fundación. Treinta y una auditorías cerradas.
Vivo en Bruselas, en un piso de alquiler, y duermo más noches en hoteles que en el piso. Y aquí estoy.
Cuarenta y nueve segundos.
Los tres minutos y once restantes los llené con detalle técnico, que es lo que hago: expliqué el sesgo de selección con un ejemplo bueno, expliqué por qué las matemáticas no me querían, expliqué la diferencia entre auditar y evaluar.
Hablé cuatro minutos enteros de mi vida.
No dije el nombre de una sola persona.
Dije «Múnich» en el segundo cuarenta y uno de mi propia biografía y seguí sin bajar el ritmo, que es la manera de decir una palabra para que no se oiga.
Se oyó.
Lo sé porque estaba enfrente y porque ella tiene una cosa que hace con la mandíbula cuando archiva. Lo archivó. Y no preguntó.
La semana pasada yo no le pregunté por su madre. Estamos en paz.
Lo que no sabía —lo que descubrí ahí, en el segundo cuarenta y dos, con los electrodos puestos y cuatro cámaras encendidas— es que yo quería que preguntara.
Ella empezó en una mercería del Cabanyal y se le acabaron los cuatro minutos en 2018.
Le faltaban ocho años. Se le quedaron ocho años fuera y el cronómetro no perdona.
En los treinta y dos que sí entraron había diecisiete personas con nombre y apellido.
Una vecina que le enseñó a hacer divisiones.
Un profesor de instituto que le dijo que se dedicara a otra cosa.
Una tal Pilar. Un chico de Ámsterdam que dura seis segundos en la versión de cuatro minutos y del que no dijo nada más, lo cual, en una mujer que lo dice todo, es un capítulo entero.
Las conté. Diecisiete. Porque cuento.
En la mía había cero.
Uno puede pasarse la vida creyendo que es discreto. Luego alguien pone las dos biografías al lado, con el mismo cronómetro y la misma silla, y resulta que lo tuyo no era discreción. Era inventario.
—«Describa cómo sería su día perfecto.»
Me tocaba a mí. Lo tengo pensado desde hace años y lo he dicho en voz alta dos veces en la vida, y las dos veces sonó estupendamente.
—Me despierto sin despertador, en una ciudad que no conozco, en un hotel.
Desayuno abajo, con el periódico, sin hablar con nadie.
Camino cuatro horas sin destino, hasta que me duelen los pies.
Como en cualquier sitio, lo que haya. Por la tarde trabajo en algo que no urge, en una mesa junto a una ventana.
Ceno pronto. Me acuesto pronto. No decido nada en todo el día.
Suena a minimalismo. Suena a esa cosa nórdica y limpia de la gente que ha elegido vivir con poco. Suena, si se dice con la voz adecuada, a un hombre en paz.
Me sobraban tres minutos y cuarenta.
—¿Y quién cocina?
Levanté la cabeza.
—¿Perdón?
—En su día perfecto. Ha dicho «como en cualquier sitio, lo que haya». —No se había movido ni un centímetro—. ¿Quién cocina?
Está fuera de guion. La tableta no contempla contrapreguntas y hay un apartado del manual que lo desaconseja expresamente. Detrás del cristal, Aisha no dijo nada, que es lo que dice Aisha cuando está de acuerdo con la infracción.
Y contesté antes de poder editarme, que es una cosa que no me pasaba desde 2020.
—Mi padre cocinaba.
Silencio.
—Cocinaba —repitió ella. No como una pregunta. Como quien repite una cifra para asegurarse de que la ha copiado bien.
—Cocinaba.
Pretérito imperfecto.
Es el tiempo verbal que en español hace todo el trabajo sucio. Dice que una cosa pasaba muchas veces y que ya no pasa ninguna, dice las dos cosas a la vez, y no obliga a explicar cuál de las dos es la importante. Nadie te pide que lo desarrolles. Por eso lo usamos los cobardes.
Ferrán lo entendió en el acto. Se le vio.
Y no preguntó nada.
Se quedó donde estaba, con las manos quietas encima de las rodillas, y me dio ochenta segundos exactos del mismo silencio que yo le había dado a ella el martes anterior. Ni uno más ni uno menos. Ochenta segundos de un metro de distancia y cuatro cámaras.
Devolver el silencio.
No se me había ocurrido que un silencio se pudiera devolver.
—Seguimos —dijo Aisha por el pinganillo, plana como una tabla—, que la ventana de cortisol se cierra.
Y le tocó a ella. La misma pregunta. El mismo cronómetro.
—Domingo. Once de la mañana. La mercería cerrada. Mi padre en la cocina desde las nueve y mi madre discutiéndole el pimentón desde las nueve y cinco. Yo llego con el pan, que es lo único que me dejan traer. Comemos a las dos y media, que es tarde. A las cinco seguimos en la mesa hablando de nada.
Cuarenta y un segundos.
Le quedaban tres minutos y diecinueve y no gastó ni uno.
La mujer que la semana anterior había llenado una pregunta sobre la fama con dos minutos de discurso bien armado, la que se había quedado corta con cuatro minutos enteros para su propia biografía, dejó tres minutos y diecinueve segundos en blanco delante de mí, con las manos quietas encima de las rodillas.
Presente de indicativo.
No lo hizo a propósito. Eso lo sé, y lo sé porque llevo treinta y una auditorías distinguiendo lo que la gente hace de lo que la gente hace a propósito. Si lo hubiera hecho a propósito habría sido una crueldad, y ella no es cruel. Es peor. Es exacta.
Le habían preguntado por su día perfecto y su día perfecto tiene un padre en una cocina.
El mío también.
La diferencia son cuarenta segundos de conjugación.
Yo describí un día que no existe y lo adorné durante tres minutos y cuarenta.
Ella describió un día que le dan entero cada siete días, sin pedirlo, desde hace treinta y dos años, y lo despachó en cuarenta y un segundos con una lista de hechos en presente, como quien declara un patrimonio.
En ningún momento dijo que fuera perfecto.
Cualquiera diría que el que tiene un problema soy yo.
El resto es procedimiento. Muestra de saliva, ventana de quince minutos, algodón debajo de la lengua y prohibido hablar: ocho minutos más de dos personas mirándose sin poder decir nada, que a estas alturas del ensayo ya no sé si es un requisito analítico o una broma que alguien nos gasta desde marzo.
Aisha revisó las series y dictaminó lo que dictamina.
—Todo correcto.
No dijo «bonita línea base». Lo tengo comprobado en la grabación: la semana pasada lo dijo y esta no. Cuando un técnico deja de decir su frase, algo ha cambiado en la pantalla o algo ha cambiado en el técnico, y no hay tercera opción.
Nos despedimos en el aparcamiento a las once y veinte.
La despedida duró diecinueve minutos.
Hablamos de P-183, que había vuelto para la segunda sesión, cosa que en un ensayo así es un milagro pequeño y contable.
Hablamos de la tasa de abandono. Hablamos de si el brazo de control está mal diseñado, de si en España existe la charla intrascendente, del chico de la fila once que preguntó si aquello funcionaba.
Todo trabajo. Cada frase, trabajo. Podría transcribirlo entero y mandárselo al señor Quintana con el desayuno y no habría una línea que objetar.
—Debería usted irse —dije, en el minuto once.
—Debería.
Minuto diecinueve.
De pie, entre dos coches, con el suyo abierto y el motor sin arrancar, en un aparcamiento de instituto público en febrero, hablando de tasas de abandono.
La transcripción no recoge la entonación. Ese es el problema de las transcripciones, y por eso, en mi oficio, exigimos siempre el audio.
En el hotel, después de cenar, abrí la señal del día por deformación.
Hice lo de siempre, que es lo único que hago: comparar. Un registro solo no dice nada. Un registro al lado de otro lo dice todo.
Cogí la sincronía de frecuencia cardiaca de CAL-00 en la sesión de la mañana. Y la puse al lado de la de las cuarenta y una parejas del ensayo que ya llevan dos sesiones.
CAL-00 estaba por encima.
No por encima de la media. Conviene ser preciso, porque la imprecisión es el primer escondite. Por encima de la media estaría la mitad de la muestra y no significaría nada: alguien tiene que estar por encima de la media, esa es toda la gracia de una media.
CAL-00 estaba por encima de las parejas. De las cuarenta y una. De todas. De la primera y de la última. Si la muestra fuera una clase y esto fuera un examen, no habría sacado buena nota: habría sacado la nota más alta, y el profesor habría llamado a casa.
Lo comprobé tres veces.
La primera, buscando un error de código. No lo había.
La segunda, buscando un error de ventana; a lo mejor había cogido mal el tramo. No lo había.
La tercera ya no buscaba nada. La tercera fue mirar.
Lo honrado habría sido escribir esto: dos sujetos no entrenados y no cegados, que conocen el procedimiento porque uno lo redactó y el otro lo audita, presentan en su segunda sesión una sincronía cardiaca superior a la de la muestra.
Y debajo, tres explicaciones posibles, numeradas, sin ordenar por preferencia, porque ordenarlas por preferencia es lo primero que enseñamos a no hacer.
Seis minutos de trabajo.
Escribí:
«Deriva de sincronía en serie CAL-00. Atribuible a ruido de instrumentación. Se recomienda seguimiento.»
Vamos a hacer esto bien, que es lo único que sé hacer.
La frase no es falsa. Ningún revisor me la tumbaría.
«Atribuible» no significa «debida a»: significa que se le puede atribuir, y a una deriva de dos sujetos en su segunda sesión se le puede atribuir prácticamente cualquier cosa, el ruido incluido.
Está bien construida. La construí bien. Y le puse «se recomienda seguimiento» al final, que es lo que se escribe cuando uno no piensa hacer nada y quiere que conste que sí.
Y es mentira.
Es mentira porque hace ocho días le pregunté a un técnico de sesenta años si estos aparatos dan ruido y me dijo que no, y le di las gracias, y no lo apunté en ninguna parte.
Yo tenía la respuesta antes de escribir la frase.
Había ido a buscarla expresamente, ocho días antes, sin saber para qué la quería.
Ahora ya sé para qué la quería.
Llevo seis años sin escribir una frase deshonesta. Seis. Es lo único que tengo. Es, literalmente, lo único que hay en aquella caja de Barcelona junto a una carta de agradecimiento por mi diligencia.
Lo guardé en Incidencias, que es donde va.
Y después me quedé quieto un rato largo, sentado, delante de la pantalla, con el informe a medio cerrar.
Exactamente así.