Capítulo 7 — Doscientas maneras de no enamorarse
—Ahí tienes a España —dijo desde la puerta lateral—. Doscientos noventa por curiosidad, sesenta por los ochenta euros y cincuenta que vienen a ver si suena la flauta.
—Cincuenta no. Ciento doce.
—¿Ciento doce?
Aisha miró el aula. Trescientas noventa y siete cabezas, y una de cada cuatro sentada allí con una esperanza declarada por escrito, en una escala del uno al siete, firmada y con fecha.
—Pues qué bonito y qué triste —dijo.
Es exactamente eso. Nadie lo ha resumido mejor en dos años.
Subí al atril a y cuarto. Cuarenta minutos: qué es REPLICA-36, qué van a hacer, qué se les va a medir, cuánto van a cobrar y qué pasa con sus datos dentro de veinticinco años.
Nada de la hipótesis. Ni una palabra de la hipótesis, porque decirla sesgaría el estudio hasta la médula y me lo tumbaría cualquier revisor de tercera.
A cada uno le tocará una persona al azar.
Nadie elige. Nadie sabe con quién hasta que se abre la puerta de la sala.
La mitad hará una lista de preguntas y la otra mitad hará otra lista de preguntas, y no van a saber cuál les ha caído porque las dos listas duran lo mismo, se hacen en la misma silla y aburren al mismo personal.
—Perdone. —Una señora de la fila dos, sin levantar la mano, con la seguridad de las señoras de la fila dos—. ¿Y si me enamoro?
Trescientas noventa y siete personas riéndose a la vez es un ruido que no se olvida.
—Cláusula seis del consentimiento que acaban ustedes de firmar —dije—: «Algunos participantes refieren, al terminar el procedimiento, una sensación transitoria de cercanía hacia su pareja de sesión.
Este efecto, de existir, es de corta duración y carece de significación clínica.
Si persistiera más de dos semanas, contacte con la investigadora principal».
Más risas.
—¿Y quién es la investigadora principal? —preguntó la señora.
—Yo.
Eso fue lo más gracioso de toda la mañana, según el aula. Lo recité de memoria, sin mirar el papel, con la soltura de quien recita algo que ha escrito él y que además ha oído leer en voz alta, muy despacio y sin entonar, tres días antes, a un hombre sentado a un metro.
Levantó la mano un chico de la fila once, con el brazo estirado, como en el colegio.
—Perdone. ¿Esto funciona?
Trescientas noventa y siete cabezas se giraron a la vez.
Esa es la pregunta. Es la única pregunta que había en aquella sala, llevaba cuarenta minutos dando vueltas por encima de todo el mundo y el chico de la fila once solo tuvo el valor de bajarla.
—Eso es exactamente lo que venimos a averiguar —dije.
Cada palabra es verdad. Es la frase más honrada y más embustera que he pronunciado en mi vida, y la dije con las dos manos en el atril, mirándole a los ojos, con la voz de quien no tiene nada que esconder.
Porque no puedo decirle a cuatrocientas personas que he montado todo esto para demostrar que no funciona. Las sesgaría. Perdería el estudio, los dos millones y el trabajo, en ese orden. Callarse ahí no es una cobardía: es el procedimiento, está en el manual, lo redacté yo y lo firmaría otra vez.
Que conste igualmente la fecha. Sábado 7 de febrero, aula magna, cuatrocientas personas, y yo callándome lo único que pienso con la conciencia limpia y el reglamento de mi parte.
Aisha dirigió el reparto desde la mesa de coordinación con dos móviles, una tablet y la serenidad de una controladora aérea en plena tormenta.
Cuatrocientas personas, doscientas parejas, cuarenta y ocho franjas horarias, cuatro salas, dos brazos y un margen de error de cero, porque una pareja mal asignada es una pareja perdida y una pareja perdida son diez mil euros de potencia tirados por el desagüe.
—Señora, no se puede cambiar de pareja.
—Es que me ha tocado un señor con bigote.
—Es aleatorio, señora. Es lo bonito que tiene.
A las doce y media teníamos doscientas parejas, un becario llorando en el office y cuarenta y dos incidencias, todas menores. Ninguna tan interesante como las tres que me interesan.
P-041. Encarna, setenta y uno. Salvador, setenta y cuatro, viudo.
Los llamo P-041 porque es lo que pone en la ficha y porque el día que empiece a llamarlos Encarna y Salvador se acabó el estudio.
Se apuntaron por la merienda. Literalmente: en el ítem abierto de motivación, los dos, por separado, sin conocerse, escribieron que en el folleto ponía que había café y bollería.
P-117. Dos universitarias de veintiuno y veintidós. El azar las juntó, la aleatorización las metió en el brazo de control —la lista aburrida, la del tiempo y las vacaciones— y en el minuto seis de la sesión ya estaban en guerra abierta por si es mejor el perro o el gato.
P-183. Dos divorciados de cuarenta y tantos. Y esos dan para un párrafo aparte.
El cristal de la sala 3 da a una cabina estrecha donde caben dos personas de pie si ninguna de las dos respira mucho.
Estuvimos ahí una hora, el auditor y yo, viendo trabajar a P-117.
Cuarenta minutos de guerra fría sobre perros y gatos.
Cuarenta. Con la lista de charla intrascendente delante, que es un guion diseñado por psicólogos muy serios para no producir absolutamente nada: el tiempo, las vacaciones, si te gusta la playa.
Dos chicas que no se habían visto en su vida convirtiendo el catálogo mundial de la nada en una trinchera.
—Su condición de control se está contaminando sola —dijo Estellés, sin apartar la vista.
—Mi condición de control está descubriendo que en España no existe la charla intrascendente.
—Eso es un hallazgo.
—Eso es una anécdota. Un hallazgo es lo mismo cien veces.
Hablábamos así, en voz baja, muy cerca del cristal, como dos médicos delante de una radiografía.
En susurros, porque la cabina es pequeña y porque el micro está abierto, y con una precisión que a las dos semanas ya no necesitábamos explicar: él decía una cosa a medias y yo la terminaba, o al revés, y llevábamos así desde el martes sin que a ninguno de los dos se le pasara por la cabeza que a eso, cuando lo hacen otros, se le llama otra cosa.
Entonces entró P-183 en la sala 3 y él dijo:
—Se conocen.
—No se conocen.
—Se han saludado en el vestíbulo. Con la cabeza. Los he visto.
—Se han reconocido. Es distinto.
Estellés sacó la tablet y buscó la ficha, y no hizo falta que me la enseñara, porque me la sé.
—Mismo gimnasio. Martes y jueves. Dos años. Pregunta 11 del cribado: «¿Ha mantenido alguna vez con esta persona una conversación de más de cinco minutos?». Los dos han contestado que no, por separado, y no hay motivo para pensar que ninguno mienta.
—Correcto.
—Dos años viéndose tres veces por semana. ¿Le parece a usted que eso son desconocidos?
—Es exactamente lo que dice mi protocolo que son.
—No le he preguntado lo que dice su protocolo.
Tardé más de lo que me habría gustado. Al otro lado del cristal, P-183 se estaba sentando: dos personas de cuarenta y tantos, con la cara de quien ha llegado hasta ahí por motivos que no piensa contarle a nadie, colocándose a un metro y sin saber dónde poner las manos.
—Sí —dije—. Me parece que son desconocidos. Dos años en la misma sala no es conocer a alguien. Es coincidir.
Él no contestó. Yo tampoco añadí nada. Nos quedamos los dos mirando por el cristal a dos personas que llevaban dos años coincidiendo y que en ese momento se sentaban por primera vez a un metro la una de la otra.
Llevábamos catorce días coincidiendo.
Mi madre entró en el instituto un sábado a la una menos cuarto con dos fiambreras y un carrito de la compra, y no la paró nadie, porque en este país no hay nadie capaz de parar a una señora de sesenta y cuatro años con un carrito. Es el único agujero de seguridad que no tenemos documentado.
—Pasaba por aquí.
La mercería está a nueve kilómetros. Hay dos autobuses y un tranvía.
—Mamá.
—Que hice de más. —Depositó las fiambreras en la mesa de coordinación de Aisha, encima de las hojas de asignación—. Es que tu padre se ha puesto a hacer y ha hecho para veinte.
—Aquí somos cuatrocientos.
—Pues coméis los que estéis.
Aisha, que lleva dos años pidiéndome que la invite a comer a casa de mis padres, abrió una fiambrera con una devoción que en cualquier otro contexto habría sido religiosa.
Tono apareció desde el otro extremo del pasillo en nueve segundos, sin que nadie lo llamara, guiado por un sentido que la ciencia no ha descrito todavía.
Y entonces pasó lo del doctor Estellés.
Alguien se lo presentó —creo que Aisha, con la boca llena— como «el señor que vigila los números». Él dijo su nombre entero, como dice él las cosas. Mi madre le dio la mano.
Y se calló.
Hay que entender una cosa: mi madre habla con todo el mundo.
Habla con los del banco, habla con la gente del autobús, habla con los repartidores hasta que se les enfría la furgoneta.
En 2011 le habló veinte minutos a un inspector de Hacienda y el hombre se fue de la mercería con dos metros de bies, una bolsa de rosquilletas y sin poner la multa.
Mi madre miró a aquel hombre cuatro segundos y no le dijo nada.
Cuatro segundos. Los conté con la misma cabeza con la que cuento todo lo demás y por eso puedo escribirlos aquí.
En treinta y dos años la he visto callarse tres veces.
Una fue en el tanatorio de mi abuela. La otra, el día que le dije que me iba a Ámsterdam.
La tercera fue aquella, en un aula con cuatrocientos desconocidos dentro, delante de un auditor de la Fundación Europea para la Ciencia Abierta que la miraba con la educación de un hombre que no sabe qué está pasando.
Al final habló. Una cosa. Una sola.
—¿Usted come?
Estellés tardó lo justo.
—Sí.
—Bueno —dijo mi madre.
Y se fue con el carrito.
Aisha me pasó una fiambrera sin mirarme.
—Tu madre es maravillosa.
—Mi madre acaba de preguntarle a un desconocido si come.
—Ya.
—Aisha. Mi madre le pregunta a la gente por el colesterol de sus cuñados. Le preguntó a un inspector de Hacienda por su divorcio. A este le ha preguntado si come.
—Ya —dijo Aisha, y se metió una croqueta entera en la boca, que es lo que hace Aisha cuando decide no seguir una conversación.
Me llevé la fiambrera al despacho y me la comí de pie, delante de la ventana, haciendo la cuenta. Dos autobuses y un tranvía. Cincuenta minutos de ida con un carrito y cincuenta de vuelta, un sábado, para dejar comida en una mesa donde había cuatrocientas personas que no iban a comer de ella.
Si existiera un ítem de motivación para mi madre, en la casilla abierta no habría escrito «hice de más».
A P-041 los vi el miércoles, al salir de su primera sesión. Encarna se había ido ya al café. Salvador se entretuvo con los abrigos, que es lo que hace la gente cuando quiere decirte algo y no encuentra el marco.
—¿Y esto funciona, señorita?
—Eso es lo que venimos a averiguar.
Se puso el abrigo despacio, con esa lentitud de los setenta y cuatro años que no es torpeza sino administración.
—Porque yo, a mi Fina, la conquisté sin hacerle ni una pregunta.
Se quedó un momento con el segundo brazo a medio meter.
—Cuarenta y un años. Con paciencia. Las preguntas se las hice después, cuando ya no hacían falta.
Y se fue a merendar.
Lo anoté en la sección de anécdotas de campo de la libreta, que es donde va lo que no se puede analizar. Tardé cuatro días en entender que no era una anécdota. Era un resultado, y me lo había dado un señor de setenta y cuatro años a cambio de una magdalena.
El jueves cerramos la primera tanda: cuarenta y una parejas con la sesión uno completa.
La medida principal del estudio son siete pares de círculos.
Es así de tonto y funciona: te enseñan siete dibujos de dos circunferencias que se van solapando, desde dos que se rozan de refilón hasta dos casi encajadas, y señalas la que representa tu relación con esa persona.
Se llama escala de Inclusión del Otro en el Yo.
Lleva treinta años en la literatura, la usa medio mundo y no la ha mejorado nadie.
Cuarenta y una parejas. Diferencia entre los dos brazos: 0,08 puntos, con un intervalo que se comía el cero por los dos lados y le sobraba sitio.
Nada.
El brazo de las treinta y seis preguntas señalaba exactamente los mismos círculos que el brazo del perro y el gato.
Me pasé el jueves con una alegría física, de esas que se notan en los hombros.
Aisha lo achacó al café. Es la primera tanda, es ridículo celebrarla, cualquier cosa puede pasar con las ciento cincuenta y nueve que faltan y yo lo sé mejor que nadie.
Me alegré igual. Nueve años esperando ver ese cero asomar la cabeza y ahí estaba, puntual, aburrido, perfecto.
A las ocho y cuarto, con el abrigo puesto ya, cerrando la sesión de análisis, hice clic donde no tenía que hacer clic.
La carpeta CAL-00 está en el mismo directorio que las demás. Entre CAL-CHECK y las doscientas parejas, con el mismo icono, el mismo aspecto y cuatro megas de peso.
No la abrí. Que quede claro que no la abrí.
La miré.
La miré el rato que se tarda en no abrir una carpeta, que es un rato perfectamente medible y que en mi caso fueron once segundos.
Después apagué. Y en el pasillo, camino del ascensor, me di cuenta de que la alegría se me había bajado de los hombros en algún punto entre el cuarto piso y la puerta, y no supe decir dónde.
—¡Jefa! —Aisha, desde la mesa de coordinación, sin levantar la vista de la pantalla—. La CAL-2 la tengo montada para el martes.
—Vale.
—Por cierto. —Ahí sí levantó la vista—. Que salís muy bien en cámara.
—¿Perdona?
—Nada. —Ya estaba recogiendo—. Que se os ve muy naturales. Buen finde, jefa.
Naturales.
En un estudio, «natural» no es un cumplido. «Natural» es la palabra que usamos cuando un participante deja de comportarse como un participante.