La hipótesis del amor Capítulo 6 — La regla de hierro
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Capítulo 6 — La regla de hierro

El asunto del correo llegó en minúsculas.

En cuatro años de trato con el señor Quintana yo no había visto nunca un asunto en minúsculas. El hombre escribe los asuntos como se escriben las lápidas: en capitales, centrados y sin verbo. Aquel viernes ponía «un momento cuando puedas», y por eso lo abrí antes que los otros seis.

—Marc.

Nunca me llama Marc.

—¿Cómo lo ve?

—Bien. El diseño aguanta. La doctora Ferrán es la mejor metodóloga con la que he trabajado en cuatro años.

—Ya. —Pausa de gestor—. Eso me preocupa un poco.

—¿Que sea buena?

—Que usted lo diga en la primera semana.

Lo archivé como paranoia de oficio. A los gestores les pagamos por ser paranoicos; es literalmente la función.

Un hombre como Quintana lleva veinte años viendo cómo la gente honrada se vuelve amiga de la gente a la que evalúa, y ha aprendido que el proceso no empieza con una traición, empieza con un elogio en la primera semana.

Tenía razón. No en lo que pensaba, pero tenía razón, y eso es lo insoportable de los burócratas: aciertan por los motivos equivocados y luego hay que darles las gracias.

—Le pongo en situación —dijo—. Dos millones de euros europeos en un estudio sobre el amor.

¿Sabe cuántos periodistas me han escrito ya?

Nueve. Sin haber empezado. —Movió unos papeles que en una videollamada no existen—.

Le leo el asunto de uno: «Europa paga dos millones para demostrar que el amor no existe».

Ese titular ya está escrito, doctor. Lo escribieron en octubre.

Lo único que falta es la excusa para publicarlo, y la excusa la vamos a poner nosotros o no la pone nadie.

Si el resultado sale nulo y limpio, es ciencia.

Si sale nulo y sucio, es el titular. Y los titulares, en esta casa, los pagamos en presupuesto del año siguiente.

—El diseño es preinscrito. No hay margen para que salga sucio.

—¿Y las personas también son preinscritas?

—Las personas son mi trabajo.

—Exacto. Por eso le hemos mandado a usted y no a un ordenador.

—Se quitó las gafas, se las volvió a poner: la coreografía completa de un hombre a punto de decir la verdad—.

El diseño nunca sale sucio, doctor. Lo que sale sucio son las personas alrededor del diseño.

—Y entonces cambió de voz—. Oiga. Cuando esto cierre bien hay una conversación pendiente. Sobre el área.

—¿Qué área?

—La suya, si la quiere. Ferrer se jubila en octubre.

Debería haber sentido algo. Llevo seis años trabajando exactamente para que alguien diga esa frase por teléfono un viernes por la tarde.

Sentí lo que se siente al leer la previsión del tiempo de una ciudad a la que no vas a ir, y lo atribuí al cansancio, porque el cansancio explica todo lo que uno no quiere explicar.

—Y lo de las sillas —añadió, ya despidiéndose.

—¿Qué pasa con las sillas?

—Nada. Que me tiene usted informado. Nada más.

Colgué a las siete y diez.

A las ocho y media Aisha apareció en la puerta del despacho pequeño del fondo con la chaqueta puesta y el casco de la moto colgando del brazo.

—Doctor. Bravas.

—¿Perdón?

—Bravas. Viernes. Es un dato, no una invitación.

Detrás de ella pasó Tono con la mochila al hombro y sin detenerse.

—El bar de baix. A les nou.

—Tengo trabajo.

—Todos tenemos trabajo. —Aisha se puso el casco, lo cual, en una conversación, equivale a un punto y final—. Por eso hay bravas.

Se fueron. A los cuatro pasos, Tono se volvió desde el recodo del pasillo. No levantó la voz; Tono no levanta la voz nunca, se limita a esperar a que el edificio se calle.

—L'auditor que no menja amb ningú —dijo— acaba auditant-se a ell mateix.

Y se fue a las bravas.

El bar de abajo está en la ruta entre el instituto y mi hotel.

Lo he comprobado después, con el mapa abierto, buscando un motivo. Es verdad: está en la ruta. Cualquier trayecto razonable pasa por delante de ese escaparate. Consigno el hecho en mi descargo y no me lo creo del todo.

Podía haber cruzado por la otra acera. Lo pensé a cincuenta metros, que es exactamente lo que tarda un hombre en pensar una cosa y no hacerla.

Eran las nueve y veinte. El bar estaba lleno de esa manera que solo se llenan los bares de barrio los viernes: gente de pie contra la barra en tres filas, un televisor sin voz, una máquina tragaperras haciendo su trabajo con nadie delante.

Aisha estaba de espaldas al cristal, contando algo con las dos manos.

Tono, enfrente, la escuchaba con la cara de un hombre que ya sabe el final.

Y en la mesa había tres sillas.

Tres. Con dos personas. Un viernes a las nueve y veinte, en un bar donde el resto de la humanidad bebía de pie.

Una silla libre en un bar lleno no es una silla libre. Es una decisión. Alguien la había arrastrado hasta allí, alguien la había defendido de por lo menos cuatro grupos distintos en la última media hora, y en algún momento de la noche alguien iba a tener que dejar de defenderla.

Hay una cosa que no se aprende auditando y es esta: la gente te guarda sitio sin avisarte.

No te lo dicen porque decírtelo sería cobrártelo.

Lo hacen a las nueve, se cansan a las diez y media, y a las once la silla ya está en otra mesa y nadie se acuerda, y esa es la parte buena, que nadie se acuerda.

El único que se acuerda es el que pasó por delante.

Conté diez segundos, porque cuento.

Después me fui al hotel y cené solo, que es lo que hago, y estuvo bien, que es lo que digo.

Las tres normas no las escribí en un arrebato. Las escribí en un tren, dos meses después de Múnich, en la contraportada de un informe de cuarenta páginas que ya no sirve para nada, y llevan seis años sin una sola enmienda.

No cenar con auditados.

No deber favores.

No quedarse.

Las tres personas que las conocen creen que son ética.

No lo son. La ética es lo que uno hace cuando el caso se pone difícil; estas normas están diseñadas para que el caso no llegue a ponerse difícil nunca.

Son ingeniería. Son la clase de solución que se le ocurre a un hombre que ya ha demostrado, con documentación, que en el momento difícil no se puede contar con él.

Y funcionan. Ese es el problema de las normas malas: que las malas de verdad funcionan. Seis años sin un conflicto de interés, sin una sombra en un expediente, sin una firma discutida. También sin una cena, pero eso no lo mide nadie y por tanto, oficialmente, no ha ocurrido.

Un viernes cualquiera te encuentras contando diez segundos delante de un escaparate y descubres que un sistema que funciona no es lo mismo que un sistema que sirve para algo.

A las once y cuarto abrí la aleatorización.

Conviene explicar una cosa, porque casi nadie la explica y luego pasa lo que pasa: REPLICA-36 no es un estudio, son dos.

Cien parejas hacen las treinta y seis preguntas.

Las otras cien hacen una lista de charla intrascendente —el tiempo, las vacaciones, perro o gato— durante exactamente el mismo rato, con los mismos electrodos, en la misma sala y con la misma cara de aburrimiento del personal.

Se llama control activo. Es la diferencia entre la ciencia y una anécdota: sin esas cien parejas hablando de gatos, cualquier cosa que les ocurra a las otras cien podría ser el efecto de pasar noventa minutos sentado en una silla incómoda frente a un desconocido.

A las 23:31 encontré el desequilibrio.

En el cuestionario basal hay un ítem que pregunta al participante cuánto espera que aquello funcione, del 1 al 7.

La aleatorización, que es ciega, automática y no tiene opinión sobre nada, había repartido a los creyentes —los de más de cinco— en proporción de 58 a 42 a favor del brazo de las preguntas.

No es un escándalo. Es de esas cosas que pasan tres veces de cada cien por pura mala suerte y que, si nadie las mira, dos años después son la mitad de un efecto.

Se lo escribí a las 23:47.

Un viernes. A las 23:47. Yo no escribo a los auditados los viernes a las 23:47; yo escribo a los auditados los lunes a las nueve, con el asunto en su sitio y el tono de una multa de tráfico.

Esa parte de la anomalía tardé bastante más en verla.

Contestó a las 23:51.

«Corregido el jueves. Reponderación por expectativa basal, apartado 9.4 del preinscrito, redactado en marzo precisamente para esto. Adjunto el log con el sello de tiempo del repositorio, que imagino que es lo siguiente que va a pedirme. Buenas noches. JF»

Cuatro minutos. Viernes, casi medianoche, con el log adjunto y el sello de tiempo. Es decir: no solo lo había arreglado. Había previsto que yo lo encontrara y tenía preparada de antemano la prueba de haberlo arreglado antes.

«¿Por qué redactó usted en marzo una contingencia para un desequilibrio que ocurre tres veces de cada cien?», escribí a las 23:54.

«Porque tres de cada cien no es cero.» (23:56)

«Tres de cada cien es lo que la gente decente llama nunca.» (23:58)

«La gente decente no escribe protocolos. Redacté once contingencias. El 9.4 es la primera que ha hecho falta. Me quedan diez.» (00:01)

Once.

Me quedé un rato con el número. Once apartados escritos en marzo para once desgracias que con toda probabilidad no iban a ocurrirle a nadie.

Es un año entero de trabajo invisible. Nadie lo cita, nadie lo agradece, nadie lo lee salvo un hombre en un hotel a medianoche que cobra por buscarle las vueltas.

«Usted no se fía de nada.» (00:04)

«Al revés. Me fío de todo lo que puedo comprobar, que es una cantidad enorme de cosas: es a lo que dedico la vida entera. Lo llaman desconfianza los que no comprueban.» (00:06)

«¿Y de lo que no puede comprobar?» (00:09)

Ocho minutos.

En ocho minutos se escribe un párrafo, se borra, se escribe otro y se borra también. Lo sé porque yo estuve haciendo lo mismo con la respuesta que aún no había recibido.

«De eso ni me fío ni me dejo de fiar. Eso no cae en mi jurisdicción.» (00:17)

«Un dato no le debe nada a usted —escribí—. Se le puede exigir que sea verdad. No se le puede exigir que sea el que a usted le conviene. A una persona sí se le puede pedir. Es la única diferencia que importa entre las dos cosas.» (00:19)

«Yo no pido. Yo mido.» (00:22)

«Ya. Se le nota.» (00:23)

«¿Es un reproche?» (00:24)

«Es una observación.» (00:26)

«Doctor, son las doce y media.» (00:28)

«Lo sé. Tengo reloj y lo miro.» (00:29)

«No era una queja.» (00:30)

00:31. Nada.

00:34. Nada.

A las 00:35 caí en la cuenta de que llevábamos cuarenta y ocho minutos sin hablar de la aleatorización.

Y caí en la cuenta también de otra cosa, que es la que importa.

Estaba sonriendo. A una pantalla. A las doce y media de la noche, solo, en una habitación de hotel con una taza fría al lado y el correo abierto de una mujer a la que estoy auditando.

La última vez que me pasó eso fue en Múnich.

Hace seis años, en Múnich, hubo una sala.

No la de la ciencia. La otra. La del final: cuarenta sillas, un proyector que nadie llegó a encender, café en termos, dos idiomas y una palabra — Widerruf — que en alemán suena a mueble.

Yo estaba en la tercera fila con el expediente en las rodillas. Ilse Berger estaba en la primera.

De aquel día no recuerdo lo que se dijo, y se dijo mucho. Recuerdo su nuca. Dos horas. No se volvió ni una sola vez: ni cuando leyeron su nombre ni, después, cuando leyeron el mío en la lista de las personas que habían actuado con diligencia.

Diligencia.

Tengo la carta de agradecimiento del comité. Está en una caja, en el piso de Barcelona donde ya no vive nadie. No sé por qué la tengo.

No voy a contarlo entero. Contarlo entero es otro trabajo, y aquella noche ya tenía uno.

A las 00:38 fui a archivar la conversación.

Mi sistema es sencillo y lleva seis años funcionando sin una sola incidencia: una carpeta por auditoría y, dentro, cuatro. Protocolo. Datos. Correspondencia. Incidencias. Cuatro cajones. En cuatro años no he necesitado un quinto.

La cadena no cabía en Correspondencia. La primera mitad sí —aleatorización, desequilibrio, reponderación, log—, y la segunda mitad no, y una cadena de correos no se parte por la mitad: es un objeto, viene entera o no viene.

Podía dejarla sin archivar, que es un pecado menor.

Podía borrarla, que es lo que habría hecho ocho días antes sin pensarlo dos veces.

Creé una carpeta.

Y entonces hubo que ponerle nombre, que es donde se cae todo el mundo, porque el nombre es lo único de un archivo que no se puede delegar. Estuve un minuto largo con el cursor parpadeando en el campo.

La llamé «Varios».

Un hombre que crea una carpeta llamada «Varios» y mete dentro una sola cosa no está clasificando.

Está escondiendo. Y además lo está haciendo mal, porque una carpeta «Varios» con un solo elemento dentro es lo primero que abro yo cuando me siento delante de un disco duro ajeno. Lo primero. Antes que la contabilidad.

Lo sabía mientras la creaba.

La creé igual.

00:41. Último correo de la noche. Sin asunto, sin encabezado, sin firma.

«Mañana conocerá usted a las doscientas parejas. Prepárese para perder la fe en la humanidad.»

No contesté.

Fue el primer chiste de la semana que no venía afilado. Los otros —los suyos y los míos— traían filo por los dos lados, que es como se hacen los chistes cuando uno todavía está midiendo la sala. Este no. Este venía a secas, de una persona cansada a otra, a las doce y cuarenta y uno de un viernes.

Lo arrastré a «Varios».

Ya eran dos cosas. Técnicamente, con dos elementos dentro, la carpeta empezaba a estar bien llamada.