Capítulo 5 — Sesión CAL-1
Existe una diferencia medible entre Julia Ferrán con café y Julia Ferrán sin café. La conoce mi equipo, la conoce mi madre, y a las nueve menos cinco del martes iba a conocerla, por escrito y con mi firma debajo, un auditor de la Fundación.
—Es agua caliente —dijo por el altavoz.
—Es café.
—Es agua caliente, jefa.
El soporte con la tableta va en el centro, girado noventa grados, de modo que la pregunta solo la lee quien la lee.
El orden lo decide el programa: un sorteo por pregunta, quién empieza y quién va detrás, con una semilla aleatoria que introduje yo en marzo para que ni yo misma pudiera amañarlo.
En marzo me pareció una precaución elegante.
Aisha nos cableó en once minutos, cuatro menos que el lunes, y anunció el tiempo en voz alta al terminar, porque Aisha cronometra su propia mejora exactamente igual que yo. Es una de las tres razones por las que la contraté.
Y luego está la regla de los cuatro minutos.
Cuatro minutos por persona y pregunta, cronometrados, sin excepción.
Si contestas en veinte segundos te quedan tres minutos y cuarenta mirando al frente, porque la exposición hay que estandarizarla: no puede ser que una pareja se pase media hora en la primera y otra la despache en tres.
Lo redacté yo. Es una idea excelente y espero que quien la tuvo se pudra.
Pregunta uno. Fama.
Empezó Estellés.
—No.
Y ya está. Un monosílabo, a las nueve y cuatro minutos de la mañana, con el cronómetro en 00:01.
Tres minutos y cincuenta y nueve segundos.
Yo no había vivido nunca tres minutos y cincuenta y nueve segundos.
Los había medido, que es otra cosa. Ahí sentada, sin café, frente a un hombre que había resuelto una pregunta sobre la fama con dos letras y ahora esperaba con la cara de quien aguarda un tren de cercanías, entendí una cosa importante sobre mi propio diseño: la regla de los cuatro minutos no estandariza la exposición.
La regla de los cuatro minutos es un torno.
Los primeros noventa segundos los dediqué a redactar mentalmente una queja al comité de ética. Los noventa siguientes, a mejorarla. Para cuando el cronómetro llegó a los tres minutos y medio tenía un escrito de tres páginas con dos anexos y me encontraba muchísimo mejor.
Cuando me tocó, contesté ciento veinte segundos sobre la fama de gremio, la que cabe en trescientas personas y en dos entrevistas de radio, y sobre lo poco recomendable que resulta que te reconozcan solo en los sitios donde te odian. Fue una respuesta buena. Me sobraron dos minutos igualmente.
Él escuchó las dos respuestas: la que dije y la que sobró.
Pregunta dos. Si ensayas lo que vas a decir antes de llamar por teléfono.
—Sí —dijo.
—¿Siempre?
Eso fue mío y fue fuera de guion. La tableta no contempla contrapreguntas y Aisha se removió detrás del cristal.
—Siempre. —El cronómetro iba por 00:14—. También ensayé esta sesión. Anoche. Entera.
Lo apunté como higiene profesional de auditor.
En mi descargo diré que era martes, que llevaba catorce horas sin cafeína y que un hombre que te avisa de que viene ensayado suele ser un hombre que no tiene nada que esconder.
Eso lo sigo pensando. Lo que ya no pienso es que la frase fuera sobre el ensayo.
Mi turno: sí, ensayo las llamadas, y también los correos, y una vez ensayé una discusión con mi madre y perdí igual.
Se rió. Una sola vez, corta, por la nariz. El monitor de detrás del cristal lo apuntó, porque el monitor apunta todo, y esa risa consta hoy en un repositorio público de acceso abierto con su marca de tiempo, a disposición de la humanidad, durante veinticinco años.
La tres la despachamos en cuatro minutos y medio de reloj y en dos frases de contenido: yo canto en el coche y mal; él dijo «no canto», que no es una respuesta a cuándo fue la última vez, es una impugnación de la premisa, y lo archivé en la carpeta de las cosas suyas que no tienen casilla, que a esas alturas ya era una carpeta con nombre propio.
Pregunta cuatro. Nombra tres cosas que tú y tu pareja de sesión parezcáis tener en común.
Empezó él. El programa lo decidió al azar, con mi semilla de marzo.
—Uno: los dos leemos del revés.
Cronómetro: 00:06.
Me lo tenía guardado desde el lunes. Desde el segundo 71 del basal, para ser exactos, cuando me pilló leyéndome el parte de incidencias de Aisha a cuatro metros y del revés con cara de estar meditando, y no dijo nada, y yo pensé que no decir nada era su manera de no tener nada que decir.
No era eso. Estaba guardando munición.
—Dos: los dos hemos venido sin café. Tres: a los dos nos pagan por desconfiar.
Cronómetro: 00:19. Tres minutos y cuarenta y un segundos de silencio para que yo me lo pensara bien.
Mi turno.
—Uno: los dos nos hemos leído la versión 14 entera, que en este edificio nos convierte en una minoría de dos. Dos: ninguno de los dos quería estar en estas sillas.
Y tres.
Y tres.
Tenía tres minutos y veinte segundos para encontrar un tres y no lo encontré.
Barrí lo que sabía de él, que era un currículum y una errata; barrí lo que sabía de mí, que es más de lo que me conviene; busqué una intersección honrada y no había.
Con dos elementos no se hace un conjunto, se hace una coincidencia.
A falta de diez segundos dije:
—Tres: los dos sabemos que esto es una pérdida de tiempo.
Que era mentira.
Él había mentido en la tres y yo había mentido en la tres. Empatados. Anótese en el acta que el ensayo más transparente de Europa arrancó con dos embustes simétricos y cronometrados.
Pregunta cinco. Si pudieras vivir hasta los noventa conservando o la mente o el cuerpo de un treintañero durante los últimos sesenta años, ¿cuál elegirías?
—La mente —dije yo, en 00:02.
Es la respuesta obvia. Es la respuesta de cualquier persona que se gane la vida con la cabeza y la única que se puede defender en un tribunal.
Rellené los tres minutos y cincuenta y ocho restantes con un argumento sólido sobre la identidad y la memoria que no pienso reproducir porque, visto ahora, era un folleto.
Él tardó nueve segundos.
—El cuerpo.
—¿El cuerpo?
—El cuerpo.
—¿Por qué?
Otra contrapregunta fuera de guion. Aisha, detrás del cristal, dejó su bolígrafo encima de la mesa con mucho cuidado, que es lo que hace Aisha cuando quiere que conste que ella no ha sido.
Estellés miró un punto de la pared, a la izquierda de mi cabeza.
—Porque con la cabeza de treinta años me acordaría de todo durante sesenta años más.
Cronómetro: 00:31.
Nos quedaban tres minutos y veintinueve segundos y los pasamos enteros.
Yo no tenía dónde meter aquella frase. No era ingeniosa, no era una salida, no era una defensa; era un hombre diciendo una cosa exacta sobre sí mismo en voz baja y a las nueve y media de la mañana, y luego callándose durante el resto de su turno con la tranquilidad del que ya ha pagado.
Es la primera vez en nueve años que me quedo sin la pregunta siguiente.
Pregunta seis. A quién invitarías a cenar, viva o muerta, cualquier persona del mundo.
El programa eligió a Estellés. Al azar. Con mi semilla.
—A Florence Nightingale —dijo—. Y le preguntaría por los gráficos.
Aisha soltó una carcajada al otro lado del cristal y luego se tapó la boca con las dos manos, cosa que no sirve de nada cuando el micro está abierto.
Es una respuesta perfecta. Nightingale, la enfermera, la de la lámpara, la que además inventó el diagrama de área polar para que un ministro entendiera de un vistazo que sus soldados se morían de suciedad y no de balas.
Una estadística en un cuerpo de santa. La eligió un estadístico.
Es ingeniosa, es verificable, es simpática, tiene chiste de gremio y no dice absolutamente nada de él.
Y aún hizo algo peor: gastó sus cuatro minutos.
Los cuatro. Habló de la Guerra de Crimea, de cómo se cuentan los muertos cuando nadie quiere que se cuenten, del ministro que solo entendió el problema al verlo pintado en colores.
Habló bien. Habló como habla la gente cuando disfruta.
Y al terminar yo no sabía de él ni una sola cosa que no supiera al empezar.
Reconocí la maniobra porque la uso: se contesta con una verdad para no contestar. Lo que no supe fue de qué se estaba protegiendo. Tampoco me lo pregunté. A las diez menos veinte de un martes sin cafeína una no se pregunta esas cosas: una se enfada.
Porque me dio rabia. Esa es la explicación entera y no tengo otra mejor, y llevo cinco meses buscándola. Me dio rabia que resolviera la pregunta con un chiste bueno. Yo no soy de chistes. Yo soy de la verdad. La verdad es lo único que tenía a mano y la usé como se usa un ladrillo.
Mi turno.
—A mi padre.
Diez segundos. Me quedaban tres minutos y cincuenta.
Y entonces hice lo que hace todo el mundo. Lo que llevo dos años viendo hacer en los pilotos, lo que tengo codificado en una hoja de cálculo con la etiqueta «relleno compulsivo del intervalo», lo que juré por escrito que a mí no me pasaría.
Empecé a explicar.
—Mi padre se llama Vicent, tiene sesenta y seis años y vive a veinte minutos de aquí. Ceno con él los domingos. Formalmente eso invalida la respuesta: nadie invita a cenar a quien ya cena. Lo sé. La mantengo.
Silencio. El cronómetro no se conmueve.
—Estuvo treinta años en una grúa del puerto moviendo cosas enormes muy despacio.
Ahora cocina. No habla. Puede pasarse una comida entera sin decir una frase completa y en esa casa nadie lo considera un problema, porque mi madre habla por los dos y él la escucha como si le estuvieran contando algo nuevo, que es lo más raro de todo, porque llevan treinta y cinco años y no le está contando algo nuevo.
Tres minutos.
—Mis padres son felices. No es una manera de hablar.
Lo he comprobado con los instrumentos que usted va a auditar y con los otros, los de mirar.
Y no hay una sola razón. Ninguna. No comparten aficiones ni lecturas ni amigos ni el periódico: ella le guarda una parte que él jura que no lee.
No hay una variable en toda la literatura que prediga ese matrimonio.
Y funciona. Lleva treinta y cinco años funcionando delante de mí, todos los domingos, como una avería que no acaba de averiarse.
Dos minutos.
—Le invitaría a cenar para preguntarle cómo lo hace.
Un minuto y medio.
—Y no se lo preguntaría, porque no me contestaría, porque no habla. Ese es el plan. Esa es mi respuesta.
Cincuenta segundos.
Y aquí es donde el doctor Estellés hizo lo que hizo, que es lo que llevo desde entonces sin poder clasificar.
En lo que acababa de decir había un agujero del tamaño de una persona.
Noventa segundos hablando de un matrimonio de treinta y cinco años y nombré a una sola de las dos personas que lo componen.
La pregunta siguiente se cae sola. La haría un becario de primer año.
La haría un periodista de provincias. La habría hecho yo, y la habría hecho bien, y la habría hecho sin que se me moviera un músculo de la cara, porque llevo nueve años metiendo la mano en los agujeros ajenos y me pagan por ello y se me da bien.
Él miró el cronómetro. Miró el suelo.
No la hizo.
Cincuenta segundos así, los dos, y después la voz de Aisha por el altavoz diciendo que la sesión CAL-1 había concluido y que por favor no nos tocáramos los electrodos.
Que quede claro: prefiero que me interroguen. Prefiero mil veces que me interroguen.
—Muestra de saliva, ventana de quince minutos —dijo Aisha, entrando con los tubos—. Sin hablar mientras. Sin tragar. Sin nada.
Ocho minutos más, entonces, uno enfrente del otro, ahora ya sin ni siquiera la coartada del guion, con un algodón debajo de la lengua. Es un procedimiento que le quita la dignidad a cualquiera y esa mañana me pareció un detalle de humanidad por parte del universo.
Después Aisha revisó las series en el monitor con el ceño de siempre y dictaminó lo que dictamina.
—Todo correcto. Bonita línea base.
Volví al despacho a las once y media y me tomé dos cafés seguidos de pie, uno detrás de otro, como quien se toma dos aspirinas.
Después abrí el vídeo.
Me estudié como estudio a cualquiera, que es la única manera decente de hacerlo: sin cariño y sin saña, buscando dónde se rompe.
Marca 00:41:12, «a mi padre». Marca 00:42:42, la voz de Aisha.
Noventa segundos exactos. Noventa segundos que no estaban en ningún plan, en ninguna previsión y en ninguna de las cuatrocientas páginas que ha producido este proyecto.
Abrí la libreta y escribí lo que se escribe:
«CAL-1. Hallazgo: la entrevistada evita sistemáticamente la pregunta de la madre. Investigar.»
Lo releí dos minutos después, cuando ya estaba en otra cosa.
La entrevistada.
Lo dejé escrito así. No lo taché. Tachar habría sido admitir que lo había visto.
Y luego, porque soy incapaz de cerrar un archivo a medias, abrí la señal del día.
Todo limpio. Basal correcta, artefactos mínimos, cortisol en rango, dos series subiendo y bajando cada una por su lado durante cuarenta y ocho minutos con el aburrimiento ejemplar de los buenos registros.
Salvo una ventana.
Del 00:41:12 al 00:41:52. Cuarenta segundos en los que las dos series dejan de ir cada una por su lado y hacen otra cosa.
Cuarenta segundos exactos. Los mismos, con el vídeo abierto al lado para no fiarme de mi memoria, en los que expliqué que mis padres no tienen ningún motivo para quererse.
Ruido, evidentemente. Instrumentación estrenada, primer día de sesión, dos sujetos sin entrenar, una ventana en cuarenta y ocho minutos de registro. Si un doctorando me trajera eso como hallazgo se lo tumbaría en dos líneas y tendría razón.
Le escribí a Tono a las doce y cuarto pidiéndole que revisara la cadena de señal de la sala 2.
Contestó a las doce y diecisiete, con su elocuencia habitual:
«Revisada divendres. Està bé.»
Escribí «ruido» en el margen del informe y me fui a comer.