La hipótesis del amor Capítulo 4 — Consentimiento informado
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Capítulo 4 — Consentimiento informado

El consentimiento informado es el documento más optimista que produce la ciencia moderna. Da por buenas tres cosas: que la persona entiende lo que va a pasarle, que puede negarse, y que si dice que sí es porque quiere. Las tres son ciertas casi siempre.

«Casi siempre», en mi oficio, significa: aquí es donde hay que mirar.

—Empiece usted —dijo Ferrán, sentándose—. Yo lo escribí. Prefiero oírlo en boca ajena, a ver qué tal ha envejecido.

—Ha envejecido diez meses.

—Pues eso.

Leí. Punto uno: naturaleza del procedimiento. «Se le solicitará que comparta información personal, de intimidad creciente, con una persona a la que no conoce, siguiendo un guion cerrado de treinta y seis preguntas, y que sostenga con ella cuatro minutos de contacto visual ininterrumpido.»

—Correcto —dijo.

Punto dos: registro. «Se registrarán su frecuencia cardiaca, su conductancia de la piel, su cortisol salivar y la totalidad de la sesión en audio y vídeo.»

—Correcto.

Punto tres: nomenclatura. «A lo largo del procedimiento, la otra persona será denominada su pareja de sesión.»

—«Su pareja de sesión» —leí.

—Es un término técnico.

—Lo sé. Lo he visto en cuarenta protocolos. Nunca me lo habían leído a mí.

—Pues vaya haciéndose. Aparece ciento doce veces en el documento. Las conté.

Punto cuatro: riesgos. «El procedimiento puede provocar malestar emocional. Puede provocar la revelación involuntaria de información sensible. En caso de malestar psicológico derivado del procedimiento, diríjase a la investigadora principal.»

Levanté la vista.

—Esa es usted.

—Esa soy yo.

—Y usted es también la otra silla.

—Ajá.

—O sea que si esta sala me produce malestar, el protocolo me manda a quejarme a la persona que me lo produce.

—El documento prevé un participante, doctor, no un caso como el nuestro. —Se recostó—. Bienvenido a la única parte de la ciencia que nunca sale en los papers: la parte en la que el mundo no cabe en el formulario. Siga.

Seguí. Y llegué a la cláusula 6.

Voy a transcribirla entera, porque tiene su mérito:

«Advertencia sobre vínculo residual: algunos participantes refieren, al terminar el procedimiento, una sensación transitoria de cercanía hacia su pareja de sesión.

Este efecto, de existir, es de corta duración y carece de significación clínica.

Si persistiera más de dos semanas, contacte con la investigadora principal. »

La leí una vez para mí. Después la leí en voz alta, entera, sin entonarla, que es como leo yo las cosas que me hacen gracia.

—«De existir» —repetí.

—Es una advertencia, no una predicción.

—Es usted la primera persona que conozco que redacta un aviso contra un fenómeno al que ha dedicado la carrera a negarle la existencia.

—Sería muy fácil al revés. —Ferrán firmó sin releer, con esa letra minúscula que parece impresa—.

Uno no advierte solo de los peligros en los que cree.

Advierte de todos, y de los que no cree, con más motivo, porque en esos no puede fiarse de su propio criterio.

Ese es el trabajo. Lo demás es publicidad.

Lo apunté. No en el registro de riesgos: en el otro sitio.

Luego le tocó a ella leerme a mí, y ahí el documento se puso interesante por motivos distintos.

—«Los registros audiovisuales y fisiológicos se conservarán en el repositorio institucional durante veinticinco años.»

—Veinticinco.

—Es el estándar europeo.

—Ya. Es que no me lo había planteado en unidades de vida.

—Hágalo. —Pasó la hoja—. Dentro de veinticinco años, un doctorando que hoy tiene dos años podrá abrir un archivo y ver a dos señores del pasado sentados a un metro, mirándose. Es lo más parecido a la eternidad que ofrece este edificio.

—«Dos señores» —dije.

—Es una expresión.

—«Punto nueve —leí yo, cogiendo mi ejemplar—. Puede usted interrumpir el procedimiento en cualquier momento y sin dar explicaciones.»

—Puede.

—No puedo.

Dejé el papel encima de la mesa y lo giré hacia ella, que ya lo estaba leyendo del revés, cosa que llevaba haciendo desde que me senté y que yo había decidido ignorar hasta ese momento.

—Doctora, esto es un problema técnico y va a ir en mi informe, así que prefiero decírselo antes.

Si yo me retiro, usted se queda sin validación de instrumentos y sin ensayo.

Si se retira usted, no hay estudio, no hay dos millones y hay una conversación en Bruselas.

El derecho de retirada existe sobre el papel y no existe en la realidad.

Y un consentimiento que no se puede retirar no es un consentimiento.

Es un contrato con membrete de consentimiento.

Esperé. Llevo treinta y una auditorías y sé lo que viene después de una frase así: viene el matiz, viene el «bueno, en la práctica», viene el señor que te explica que el espíritu de la norma, etcétera.

Ferrán cogió el bolígrafo.

—Correcto —dijo—. Escriba esto, se lo dicto: la investigadora principal declara que su consentimiento no es libre, que se halla condicionado por la financiación y el calendario, y que firma igualmente y con conocimiento de causa.

Con fecha. Y que conste en acta que se lo hizo notar el auditor externo y no ella.

—¿Por qué querría usted eso en el acta?

—Porque un contrato disfrazado de consentimiento es una trampa —dijo— y un contrato que se llama contrato es un acuerdo. La diferencia son cuatro líneas y treinta segundos. Salen más baratas ahora que dentro de dos años.

Firmó otra vez. Cuatro líneas y treinta segundos, exactamente.

Yo he auditado a mucha gente inteligente. La gente inteligente, cuando le encuentras el punto flojo, lo tapa con más inteligencia; es casi una ley. Ella lo cogió, lo puso encima de la mesa, lo firmó y lo mandó al archivo público.

Tono entró a las nueve y media con el carro, comprobó los ángulos de las dos cámaras y encendió los micrófonos.

—Digan algo. Lo que siga.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco —dijo Ferrán.

—Marc Estellés Bou, lunes, nueve y media —dije yo.

Tono miró el vúmetro, ajustó una ganancia y se guardó el destornillador en el bolsillo del pecho.

—Ella conta —dictaminó—. Ell declara.

Y se fue.

Aisha llegó con la bandeja de electrodos y una decisión tomada.

—Antes de empezar: os voy a llamar «el sujeto masculino» y «la sujeto femenina».

—Aisha.

—Es que si os llamo por vuestro nombre me da algo, jefa. Dejadme el sujeto masculino y la sujeto femenina y llegamos todos vivos a las diez.

Trabaja como un francotirador: no habla mientras coloca, no explica lo que no hace falta, y tiene unas manos que encuentran el pulso radial a la primera.

Gel frío en la cara interna de la muñeca.

Dos sensores en los dedos índice y corazón.

Cinta hipoalergénica cortada de antemano, en tiras iguales, alineadas en el borde de la bandeja como munición.

—El sujeto masculino tiene el pulso alto.

—El sujeto masculino ha venido andando.

—Ya. —Cortó otra tira—. La sujeto femenina también y lo tiene en cincuenta y ocho.

—La sujeto femenina hace remo —dijo Ferrán, desde su silla.

—El sujeto masculino ya puede bajarse la manga. —Recogió la bandeja—. Marc, ¿te pica algo?

Silencio de tres segundos.

—El sujeto masculino —rectificó, sin mirar a nadie— que diga si le pica algo.

La banda torácica nos la colocamos nosotros, en cabinas separadas, y volvimos los dos a la sala abrochándonos la camisa con esa dignidad exagerada que gasta la gente que acaba de vestirse en un sitio inadecuado.

Entonces Aisha encendió el monitor y aparecieron las dos series.

La suya arriba, en azul. La mía debajo, en gris. Dos líneas dentadas, tranquilas, planas de puro aburrimiento: exactamente lo que tiene que ser una línea base.

Me quedé mirándolas más tiempo del que requería el asunto. No hay nada que mirar en una línea base; ese es el sentido entero de una línea base, que no hay nada. Y sin embargo estuve ahí, con los ojos en la pantalla, buscando, como se busca en la cara de alguien que todavía no ha dicho nada.

—Dos minutos de silencio para basal —anunció Aisha por el pinganillo—. Ni hablar, ni moverse, ni pensar en nada.

—¿Cómo se hace eso último? —preguntó Ferrán.

—No lo sabe nadie, jefa. Lo pone en tu protocolo.

Cerró la puerta. La sala 2 tiene un aislamiento acústico excelente, cosa que descubrí en ese preciso instante.

Del segundo 1 al 20 hice mi trabajo: repasé la posición de las cámaras, la altura del micro, el metro exacto que separaba las dos sillas. Todo correcto.

En el segundo 25 se me acabó la sala.

Un hombre callado y quieto frente a otra persona callada y quieta durante dos minutos no está descansando.

Está trabajando el doble, porque le sobra todo.

Empecé, sin decidirlo, a catalogar. Las gafas de seguridad subidas al pelo en una sala donde no salpica nada, ya digo, por tercer día consecutivo.

Un bolígrafo naranja, de los baratos, mordido en el extremo, cruzado en el moño con función de horquilla.

Una cicatriz mínima en el nudillo del índice, de las de coser. Y los ojos.

Los ojos no estaban quietos. Iban y venían con un ritmo raro, corto, de izquierda a derecha, y me costó veinte segundos entender lo que hacían, porque era lo último que se me habría ocurrido.

Estaba leyendo.

En la mesita lateral, a su izquierda y del revés, Aisha había dejado la hoja de incidencias con las anotaciones de la mañana. Ferrán llevaba medio minuto de basal leyéndose el parte al revés y a cuatro metros, con la cara de una monja en misa de doce.

Y ahí casi me río.

No me reí, porque a los treinta y cinco años uno tiene cierta musculatura.

Pero el aire hizo lo que hace, y ella lo notó, y levantó la vista de la hoja y me miró, y se dio cuenta de que yo la había pillado, y se dio cuenta también de que yo no iba a decir nada, y esa segunda parte fue mucho peor que la primera.

Cincuenta segundos más. Los dos. Sin hablar, sin moverse, sin pensar en nada.

Dejó el parte, eso sí. Cambió de tarea. Y en la última media docena de decenas de segundos noté con toda precisión lo que estaba haciendo, porque era exactamente lo que había hecho yo desde el segundo 25: catalogar.

Empezó por la mandíbula. Bajó luego al bolígrafo, que yo tenía en la mano, en horizontal, y que no giró ni una sola vez en dos minutos, y eso, en mí, es un dato. Ojalá supiera qué apuntó.

Ha sido, con diferencia, el ejercicio físico más exigente de mi vida adulta.

—Hecho —dijo Aisha por el pinganillo.

Yo llevo la cuenta de las cosas desde que tengo uso de razón. Es un tic de gremio: mientras la gente vive, yo cuento. Y habría jurado, con la mano encima del mismo documento que acababa de firmar, que aquello había durado seis o siete minutos.

Miré el archivo. Ciento veinte segundos. Mi reloj interno, que lleva treinta y cinco años dando la hora sin quejarse, se había equivocado en un factor de tres.

—Basal aceptable —recitó Aisha, plana, entrando con la bandeja—. Con dos artefactos de movimiento. Segundo 71 y segundo 74. Los dos sujetos. Simultáneos.

La palabra técnica que usamos para decir «aquí no ha pasado nada» es «artefacto». Viene de arte y de hecho: cosa hecha. Es decir, algo que el aparato no encuentra, sino que produce. Ruido de nuestra propia máquina.

Lo consigné como artefacto, porque era un artefacto.

A las siete de la tarde, antes de irme, pasé por instrumentación. Tono tenía un amplificador destripado encima del banco y una lámpara de flexo apuntándole a las tripas como a un paciente.

—Una pregunta técnica.

—Diga.

—Estos equipos. ¿Dan ruido? Deriva, artefactos espurios, sincronías falsas entre canales. ¿Con qué frecuencia?

Quería una cifra. Un porcentaje, una tasa, algo que archivar. Es lo que se pregunta en mi oficio y es lo que contesta cualquier técnico del mundo: un tanto por ciento y a otra cosa.

Tono no levantó la vista del amplificador.

—Un porcentaje me sirve —insistí.

—No en tinc. —Cambió de destornillador—. En trenta anys n'he vist dos, d'aparells, mentir. Els dos els havia tocat algú.

—¿Y si nadie los toca?

—Estes aparatos no fallen mai —dijo—. Fallen les persones que no volen mirar.

Le di las gracias. No apunté nada.

En el hotel, después de cenar, abrí el registro de riesgos.

La entrada llevaba abierta desde el martes: «Validación de instrumentos pendiente. Riesgo: bajo».

Borré «bajo».

El campo se quedó esperando con esa paciencia que tienen los formularios.

Tres opciones en el desplegable: bajo, medio, alto.

Las tres eran falsas por motivos distintos, y elegir una de las tres exigía rellenar el campo de al lado, que es el campo del nombre.

No se puede graduar lo que no se sabe nombrar. Eso lo enseñamos en primero.

Así que dejé el asiento abierto.

Mi sistema hace una sola cosa con los asientos abiertos, y la hace bien: no los olvida. Los saca el primero de cada mes, arriba del todo, en rojo, hasta que alguien los cierra. Acababa de programar una máquina para que me hiciera la misma pregunta cinco veces, una por mes, hasta junio.

Mañana, a las nueve, las seis primeras preguntas. Me las había leído la semana pasada con la atención con que se lee la lista de la compra de un desconocido: ridículas, inofensivas, cosas del tipo «si pudieras cenar con quien quisieras, vivo o muerto, ¿a quién elegirías?».

Apagué la luz a las doce menos cuarto.

Estuve un rato largo con los ojos abiertos, contestándola.