La hipótesis del amor Capítulo 3 — CAL-00
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Capítulo 3 — CAL-00

Un comité de ética de instituto público se compone de siete personas que preferirían estar en otro sitio y de un secretario que no.

El secretario se llama Amadeo Sifre, lleva veintidós años levantando actas y ha contraído, como los mineros contraen silicosis, un amor profesional por los documentos bien hechos.

El resto era el reparto habitual: una bioeticista que no perdona, un pediatra jubilado que perdona demasiado, tres profesores con el café todavía en la mano y un representante de los pacientes que resultó ser, aquella mañana, el único de la sala con instinto de supervivencia.

Estellés se sentó al fondo, junto a la ventana, de perfil, en la postura exacta de los testigos que no quieren salir en la foto.

Aisha abrió el portátil para levantar acta paralela, porque no se fía de las actas ajenas y hace bien.

Tono había venido a explicar la cadena de señal y se quedó por curiosidad, apoyado en el marco de la puerta, con el trapo colgando del bolsillo como un torero de provincias.

—Gracias —dije.

Y lo dije en serio. Eso es lo que peor llevo de toda la historia: que lo dije en serio.

Sifre leyó en voz alta la sección 7.2 —mi sección 7.

2— con el gusto con que mi madre lee las etiquetas de composición de un género que no piensa comprar.

La pareja de calibración debía cumplir tres condiciones.

La (a): no ser cegable. La (b): no ser evaluable como participante.

La (c): hallarse, entre sí, en condiciones equivalentes a las experimentales.

La (c) la escribí yo en marzo, a las dos de la madrugada, en pijama y orgullosísima.

Significa lo siguiente: si el ensayo recluta desconocidos, los aparatos se afinan sobre desconocidos, porque un electrodo ajustado con dos amigos que se ríen está midiendo otra cosa.

Es correcto. Sigue siendo correcto. Ese es el inconveniente de las cosas correctas: que no se caen solas.

Saqué la alternativa A.

—Dos becarios de otro laboratorio. Los formamos en dos tardes.

—Condición (a) —dijo Sifre, feliz—. Sus becarios codifican vídeo. Si pasan por el procedimiento dejan de ser ciegos y le contaminan la codificación de doscientas parejas.

Aisha levantó las dos manos del teclado en señal de inocencia y las bajó enseguida, no fuera a constar en acta.

Alternativa B.

—Instrumentación, entonces. Tono y alguien de su equipo.

—Sección 7.3 —canturreó Sifre—. Circularidad. No valida los aparatos quien los ajusta.

—Jo no puc validar-me a mi mateix —dijo Tono desde la puerta—. Ja ho vaig provar una vegada, de jove, i vaig eixir aprovat. Mala senyal.

Hubo risas. Yo no me reí. Llevaba tres minutos oyendo cerrarse puertas, y reírse en las salas donde se cierran puertas me parece una falta de educación.

Alternativa C, la buena, la que traía subrayada en amarillo.

—Contratamos a dos personas de fuera. Dos vecinos, dos jubilados, quien sea. Presupuesto hay.

Y ahí el suelo se puso interesante.

—Cualquiera reclutado a propósito —recitó la bioeticista, que hasta entonces no había abierto la boca— es funcionalmente un participante. Y su condición (b) excluye a los participantes. Además necesitaría una enmienda al dictamen, que son...

—Seis meses —dijo Sifre, consultando un calendario que no le hacía falta consultar.

—Cuatro, con suerte —matizó el pediatra jubilado, que perdona demasiado.

El altavoz de la mesa carraspeó entonces con acento de Valladolid.

El señor Quintana llevaba cuarenta minutos siendo un ruido de fondo y consiguió, sin levantar la voz, decir una frase entera en mayúsculas.

La financiación tenía fecha de inicio. La fecha de inicio era el 3 de febrero.

Un retraso de cuatro meses reabría la convocatoria, y reabrir la convocatoria era una conversación que él no pensaba tener con Bruselas y que yo, añadió, tampoco querría tener con él.

Lo vi venir ahí. Tres réplicas antes de que nadie lo pronunciara.

Es una sensación muy concreta y muy fea: vas siguiendo un teorema ajeno, le concedes el primer paso, le concedes el segundo, y en el tercero reconoces la letra. La tuya.

Propuse a Pilar de todas formas. Uno propone a Pilar de todas formas, igual que uno tira de la puerta de emergencia aunque ya haya visto la cadena.

—La doctora Roca y yo.

—Condición (c). ¿Cuántos años llevan trabajando juntas?

—Diez.

—Pues eso.

Y entonces Sifre me dio la buena noticia. Porque para él era una buena noticia, hay que entenderlo para no odiarlo: veintidós años levantando actas de gente que improvisa y por fin tenía delante un documento capaz de resolver su propio caso. Estaba encantado. Encantado.

—Pero si lo resuelve usted misma, doctora.

No cegables, no evaluables, desconocidos entre sí.

En este edificio hay exactamente dos personas que cumplen las tres condiciones.

—Recorrió el organigrama con el índice, por pura coquetería, porque ya lo sabía—.

Usted y el doctor Estellés, que llegó el martes.

Aisha dejó de teclear.

Llevo nueve años a este lado del cristal y se me da bien. Desde aquí se ve todo: quién miente, quién se cansa, quién dice la verdad y no se la cree. El otro lado nunca me había ocupado ni un minuto de pensamiento, igual que un forense no se plantea la temperatura de la sala.

El horror no fue el previsible. No fue pudor, ni vergüenza, ni ese aleteo de novela mala que la gente atribuye a estas situaciones.

Fue estrictamente profesional. Repasé el razonamiento buscándole la costura floja, que es lo que hago, que es lo único que sé hacer, llevo nueve años ganándome la vida con la costura floja del trabajo ajeno.

Tres pasadas en once segundos. Estaba impecable.

Cosido por dentro, rematado, sin un hilo suelto.

Y era mío.

—No.

Toda la mesa se volvió. El auditor llevaba cuarenta minutos de perfil y de pronto tenía la palabra y no parecía quererla.

—Discúlpenme. Es inviable. Yo soy el control externo de este ensayo. Si me siento dentro del procedimiento, dejo de estar fuera de él por definición.

—Sus datos no entran en el análisis —dijo Sifre—. Van etiquetados como instrumentación.

—Mis datos no entran. Yo sí.

Pidió alternativas con una insistencia que, francamente, empezaba a resultarme insultante. Otro centro. Una subcontrata. Dos semanas de margen para buscar una fórmula. Sifre las fue matando con la alegría de un revisor de billetes.

Y entonces hizo lo que no me esperaba.

—Cambien de auditor. —Lo dijo sin dramatismo, como se propone sustituir una pieza—. La Fundación tiene doce en plantilla. Que designen a otro y que ese otro no sea elegible para las sillas.

Levanté la cabeza.

Vamos a poner esto en su sitio. A un hombre le ofrecen acceso ilimitado al ensayo más caro de Europa, desde dentro, sesión a sesión, con las constantes de la investigadora principal registrándose delante de él en tiempo real durante cinco meses.

Es lo más parecido a un regalo que reparte la Fundación.

A este le duró veinte minutos en la mesa y ya estaba pidiendo que lo relevaran.

Primera lectura: le repugno. La descarté por vanidad y por falta de pruebas; nadie se pasa dos horas cazando la errata de alguien que le repugna.

Segunda: prudencia de manual, el auditor que protege su independencia. Encajaba en el papel y no encajaba en la mandíbula.

Tercera no tengo. Y una observación sin casilla es lo que peor soporto del mundo.

El altavoz volvió a la vida. La designación era nominal. Cambiarla exigía evaluación nueva. La evaluación nueva eran tres meses. Los tres meses eran el calendario. Y el calendario, dijo el señor Quintana con la solemnidad de quien nombra a un santo, era el calendario.

Pilar Roca habló por primera vez en toda la mañana y lo hizo sin levantar la vista del móvil.

—Julia. Devolver dos millones de euros por no querer sentarte una hora a la semana enfrente de un señor. —Pasó el pulgar por la pantalla—. Redáctalo tú misma y me lo lees en voz alta. Si consigues terminarlo sin reírte, te apoyo.

—¿Alguna objeción de conciencia? —preguntó Sifre, que tiene una casilla para todo.

Silencio.

Miré al fondo de la sala. El auditor tenía algo que decir.

Se le notaba en la mandíbula, en el bolígrafo de metal parado en horizontal entre dos dedos, en la manera de mirar la mesa como se mira un expediente que uno ya se sabe de memoria.

Tenía una razón. Una de verdad, con nombre y apellidos. Y la dejó donde estaba.

Yo también tenía la mía: no soportaba la idea. Tampoco la dije, porque «no soporto la idea» no es una objeción, es un sentimiento, y los sentimientos en un comité de ética valen exactamente lo que valen en cualquier otro sitio donde se levanta acta.

El comité aprobó por unanimidad la asignación de la pareja de calibración a la investigadora principal y al auditor externo, sin voto particular, a las 10:41 de la mañana. Sifre anotó la hora con una caligrafía preciosa.

Aisha me alcanzó en el pasillo con el portátil abrazado contra el pecho.

—Jefa. ¿Puedo decir una cosa sin que conste?

—No.

—Vale. —Anduvo tres pasos más—. Es que va a ser rarísimo.

—Va a ser instrumentación.

—Ya. Eso he puesto en el acta. —Otros tres pasos—. Pero va a ser rarísimo.

Tono nos adelantó con el carro de los cables camino de la sala 2, sin detenerse y sin mirarnos, porque las verdades grandes él las suelta de paso.

—O siga, que a la carabina li fa falta carabina. —Giró en el recodo—. Molt bé. Ja tenim ciència.

La sala 2 tiene dos sillas enfrentadas a un metro exacto, una cámara en cada esquina y un cristal detrás del cual cabe una persona. Negociamos de pie, entre las dos sillas vacías, como dos vendedores discutiendo el precio de un mueble que ninguno quiere en su casa.

—Mis condiciones —dije—. Todas las sesiones grabadas, íntegras. Aisha detrás del cristal siempre, sin excepción.

—De acuerdo.

—Etiqueta propia, fuera del análisis principal. Instrumentación, no muestra.

—De acuerdo.

—Y todo sale.

Ahí paró.

—¿Perdón?

—El crudo. Íntegro. Al repositorio el día que publiquemos, junto a las doscientas parejas. Lo nuestro también. —Me crucé de brazos, y admito que lo disfruté—. El estudio que mata el mito de las treinta y seis preguntas no va a esconder ni una cifra. Ni una. Que venga quien quiera y lo mire.

Medio segundo. Lo cronometré sin querer, que es como cronometro yo las cosas.

—De acuerdo —dijo.

Lo archivé en la misma carpeta sin casilla: el hombre que había cazado la errata de la página 141 en dos horas y diez minutos necesitó medio segundo para aceptar la transparencia total. Prudencia profesional, decidí. Se anota y se sigue.

—Las mías —dijo él—. Ninguna sesión fuera de horario.

Ninguna sin cámara. Y ningún trato fuera del procedimiento: ni cafés, ni pasillos, ni cenas de equipo, ni congresos.

—Buscó la palabra siguiente un segundo más de lo que un hombre como él necesita para buscar una palabra—. Instrumentación, no participación.

Lo dijo con la entonación de quien se lo está diciendo a sí mismo.

—Hecho.

Nos dimos la mano por encima de las dos sillas vacías. No fue un saludo. Fue un armisticio, que es otra cosa: dos ejércitos poniendo por escrito dónde no van a disparar, sabiendo los dos que el papel no detiene nada y que solo sirve, más adelante, para determinar quién empezó.

Aisha nos dio de alta esa misma tarde. El sistema pide un identificador antes de dejarte crear la ficha, tres o cuatro caracteres, y ella lo tecleó mirando la pantalla, con la lengua un poco fuera.

CAL-00.

—Ya está. Sois la pareja cero. —Giró la silla, encantada—. La primera de la lista. Enhorabuena.

Llevo nueve años explicando a comités, doctorandos y periodistas que un cero bien medido es la frase más honesta que existe. Lo he dicho en tres idiomas y en una radio nacional. Nunca se me había ocurrido que pudiera ser uno.

El calendario me llegó diez minutos después, con el mismo formato automático que reciben las doscientas parejas: instrumentación y basales, lunes, 9:00, sala 2, duración estimada noventa minutos. Y debajo, en cursiva, la instrucción de rigor, la que redacté yo y que ahora también era para mí:

Absténgase de tomar café desde las siete de la mañana.

Nueve años de carrera para que mi propio texto me quite el café.

En casa hice lo de todas las noches, que es cerrar el día por escrito. Cena de pie, ventana abierta, la ciudad haciendo su ruido de enero, la libreta azul en la encimera.

Título: «Sesiones de validación con auditor externo. Impacto en agenda: cinco meses, un día por semana. Molestia estimada: ».

Escribí un 7.

Lo leí. El 7 era falso por defecto, así que lo taché y puse un 8, que era falso por exceso, y también lo taché.

Probé un 6, que era una mentira directa.

Probé una raya, que era una cobardía. Probé un intervalo —«entre 6 y 9»—, que es lo que hacemos los científicos cuando no queremos mojarnos y encima lo cobramos.

Probé un «pendiente», que era lo peor de todo, porque «pendiente» es lo que escribo cuando sé la respuesta y no me gusta.

Al final dejé la casilla vacía.

Un hueco, en mi oficio, no es la nada. Es un valor ausente, y los valores ausentes tienen doctrina propia, tratados y congresos.

La primera regla se aprende el primer año: antes de rellenar un hueco hay que preguntarse por qué falta.

Si falta al azar, se imputa y se sigue. Si falta por una razón —si el número se esconde precisamente porque incomoda—, entonces el hueco no es un problema del análisis.

Es el hallazgo.

Cerré la libreta sin hacerme la pregunta. Ya me la haría el lunes. Con electrodos.