Capítulo 2 — El hombre neutral
El tren entró en Valencia con doce minutos de retraso que nadie anunció, y el pasaje entero lo aceptó con una mansedumbre que en mi oficina habría abierto un expediente. Tomé nota mental del fenómeno y del hecho de que me hiciera gracia. Llevaba seis años sin que los retrasos me hicieran gracia.
En el andén olía a mar por debajo del olor a frenos, lo cual es imposible, porque el mar queda a tres kilómetros. Lo consigno porque un auditor debe consignar también los datos que no puede defender.
Mi sistema de llegadas está optimizado desde hace años y no admite mejoras: maleta de cabina, hotel a menos de quince minutos andando del centro de trabajo, categoría media, cadena internacional, habitación que podría estar en Oporto o en Rotterdam sin que nada la delatara.
La impersonalidad no es tristeza. Es mantenimiento.
Los sitios con carácter piden opiniones, y las opiniones son el principio de las relaciones, y las relaciones, en mi oficio, son el principio del fin.
Tres normas. Me las repasé mientras deshacía la maleta, no porque hiciera falta sino porque repasar es mi manera de rezar.
Una: no cenar con auditados. Dos: no deber favores.
Tres: no quedarse. Las tres caben en una servilleta y me han costado más caras que la hipoteca.
Las llamo higiene, porque a las reglas que se llaman principios acaba pidiéndoles excepciones todo el mundo, empezando por uno mismo.
Colgué las cuatro camisas con la separación de siempre y puse el despertador con el margen de siempre.
En la mesilla dejé lo de siempre: el cargador, el registro de riesgos y el bolígrafo de metal que me regaló mi promoción cuando gané la plaza, con mi nombre grabado tan fino que hay que saber que está para verlo.
Es el único objeto que conservo de una época en la que aún creía que la neutralidad era un talento y no una dieta.
Me asomé a la ventana, que daba a una avenida con palmeras administradas. Valencia, de noche, tenía un aspecto escandalosamente satisfecho de sí misma. Le di la razón provisionalmente y me acosté.
El Institut de Recerca en Conducta Humana ocupa un edificio de los ochenta al que alguien añadió después una fachada de placas grises, con el resultado de un funcionario disfrazado de astronauta.
Dentro, la liturgia conocida: acreditación, visitante, planta segunda.
Los sitios donde soy una tarjeta con cordón me tranquilizan; sé exactamente cuánto se espera de una tarjeta con cordón.
Me recibió un técnico mayor, mono azul, manos de haber arreglado todo lo que existe.
—¿El auditor? —Me miró la maleta, que llevaba conmigo porque el hotel no tenía la habitación lista—. Antoni Sanchis. Tono. Venga, que la doctora está reunida y a mí me toca enseñarle esto.
Me enseñó esto. Esto era un pasillo de despachos con pósteres de congresos, una sala de registro con cabinas gemelas, un almacén de material que olía a electrónica caliente y la sala de instrumentación, que Tono abrió en último lugar y con otra cara, como se abre la puerta de una capilla.
—Los amplificadores no se toquen —dijo—. Lo demás, pregunte.
—¿Y si necesito verificar la cadena de señal?
—Me lo pide, yo se la enseño, usted la mira y no la toca. —Lo dijo sin hostilidad, con la paz de quien lleva treinta años estableciendo jurisdicciones—. ¿Primera vegada a València?
—Segunda. La primera fue un congreso. Vi el aeropuerto y un hotel.
—Pues com esta vegada, si no s'ho arregla. —Señaló mi equipaje con la barbilla—. Maleta xicoteta. Els que venen a quedar-se porten més roba.
Y se fue por el pasillo empujando un carro de cables, dejándome con la sensación exacta, y estadísticamente improbable, de haber sido leído entero por un hombre que me conocía desde hacía nueve minutos.
La doctora Ferrán salió de su reunión a las diez y cuarto.
La identifiqué antes de que se presentara, por eliminación y por coherencia: la única persona de la planta que caminaba como si el pasillo le debiera dinero, con unas gafas de seguridad subidas al pelo en un edificio donde nada salpica y un bolígrafo atravesado en el moño con función de arma reglamentaria.
En el expediente ponía treinta y dos años, catorce publicaciones y una especialidad en demoler estudios ajenos.
El expediente no mencionaba que estrechara la mano como se cierran las actas: con fecha, con firmeza y sin afecto.
—Doctor Estellés. Bienvenido a la casa que viene usted a registrar.
—Ferrán. —Su mano soltó la mía en el segundo exacto que marca el protocolo social, ni antes ni después—. Prefiero «visitar». Registrar exige una orden.
—La trae. Se llama convocatoria de la Fundación y me llegó el lunes en mayúsculas.
Cortesía letal. La reconozco porque la practico: frases impecables con toda la artillería en la entonación.
Me condujo a su despacho por el pasillo de los pósteres, presentándome de pasada a una doctoranda de sudadera con siglas de congreso —Benali, coordinación— que me repasó de arriba abajo con la velocidad de un escáner de aeropuerto y me dio la bienvenida con un «encantadísima» cuya sinceridad decidí no auditar.
—¿Cuántos ensayos lleva? —me preguntó Ferrán por el camino, sin volverse.
—Treinta y uno cerrados.
—¿Y cuántos ha tumbado?
—Ninguno. No tumbo ensayos. Señalo lo que hay y otros deciden.
—Qué cómodo —dijo—. Ser el termómetro. La fiebre siempre es culpa de otro.
—Los termómetros útiles no discuten con el paciente.
Se detuvo un instante en la puerta del despacho, el tiempo justo de reconsiderarme, y sospecho que me subió medio punto en alguna escala interna cuya existencia habría negado bajo juramento.
Dentro había más orden del que ningún ser humano necesita y una estantería con los manuales colocados por materia y, dentro de cada materia, sospeché, por algún criterio adicional que no pregunté por prudencia.
Sobre la mesa, esperándome, un tocho encuadernado en espiral: el protocolo del ensayo, versión 14, doscientas veinte páginas.
—Léaselo —dijo, con la voz de quien lanza un guante—.
Todo. Hipótesis, plan de análisis, criterios de exclusión, anexos de potencia.
Está preinscrito desde marzo: puede comprobar en el repositorio que no he movido una coma.
Cuando lo termine, hablamos de qué piensa auditar exactamente, porque le adelanto que este estudio se vigila solo.
—Los estudios no se vigilan solos. Para eso me pagan.
—Le pagan por confiar poco. Curiosa profesión.
—La suya —dije.
Hubo un silencio de esos que en los informes no salen.
Ferrán se recolocó las gafas de seguridad sobre el pelo, gesto que ya entonces me pareció menos funcional que litúrgico, y me dejó con el tocho y un café de máquina que no le pedí y que interpreté correctamente como una declaración de neutralidad armada.
Leí. Leo deprisa y sin piedad, que es la única manera honrada de leer ciencia, y el documento era —lo escribo con la incomodidad del caso— magnífico.
Duro, transparente, paranoico en el buen sentido: había previsto sus propias tentaciones y se había atado las manos por escrito.
En la página 141, sin embargo, en el anexo de potencia, un exponente bailaba: donde el texto principal calculaba una probabilidad de falsa alarma por debajo de diez elevado a menos dos, la tabla resumen decía menos tres.
Errata de transcripción, casi seguro. Menor. Irrelevante para las conclusiones.
Pasé cuatro minutos decidiendo si señalarla, que son tres minutos y medio más de lo que tardo normalmente, porque normalmente la decisión no incluye la variable «esta persona interpretará la errata como una primera sangre».
Consideré callármela para la reunión formal de la semana siguiente, donde luciría mejor en acta.
Me desagradó la palabra «luciría». Fui a buscarla.
Estaba en la sala de registro, en cuclillas ante una cabina, discutiendo con un cable.
—Página 141 —dije—. Tabla A-9. El exponente.
No me pidió el tocho. Se quedó un momento quieta, con la mirada en el cable, y recitó:
—Menos tres. Debería decir menos dos. Se coló en la versión 11 cuando cambiamos el umbral; el cálculo correcto está en el cuerpo del texto, página 89, párrafo segundo. —Se incorporó y me miró por primera vez sin inventariarme—. ¿Algo más?
—De momento, no.
—Ha tardado usted dos horas y diez minutos en encontrar la única errata de ese documento. —Lo dijo sin sonreír, pero algo se le había aflojado en la sintaxis—. El anterior auditor de la Fundación tardó tres semanas en encontrar el índice.
—Sería un hombre minucioso.
—Era un hombre con corbata. Usted por lo menos viene vestido de estadístico.
El bolígrafo me giró una vez entre los dedos.
Lo detuve. Es un tic de cálculo que tengo desde la carrera, gira cuando pienso, y lo paré porque en aquel momento no estaba calculando nada que mereciera el nombre.
Estaba, y esto es lo que consigno, pasándomelo bien.
En horario laboral. Con una auditada. En mi primer día.
—Una pregunta —dijo entonces, volviendo al cable como quien vuelve a un interrogatorio pendiente—. Cuando encuentre algo que no sea una errata. Algo de verdad. ¿Qué hará?
—Escribirlo.
—¿Antes o después de decírmelo?
—Después. Siempre después. El informe no debe sorprender a nadie; si sorprende, el auditor ha fallado antes que el auditado.
Consideró la respuesta con una seriedad que no le había visto dedicar a mi cargo, solo a mi frase, y esa distinción —la gente que escucha lo dicho y no al que lo dice escasea en cualquier censo— quedó apuntada en mi memoria con más tinta de la necesaria.
—Vale —concluyó—. Puede quedarse el despacho pequeño del fondo. El radiador hace un ruido que acabará gustándole.
Recogí el tocho, acordamos un calendario de trabajo con la eficacia de dos países firmando un tratado de aguas, y me marché a una hora impecable.
Antes de salir del edificio hice una última comprobación desde el móvil, de pie junto a las máquinas de café: entré en el repositorio público y coloqué la preinscripción de marzo junto a la versión 14 que llevaba bajo el brazo.
Documento por documento, coma por coma. No había movido nada.
Había dicho la verdad con la tranquilidad de quien la tiene almacenada a granel, y comprobárselo me produjo una decepción mínima y absurda, de sabueso sin trabajo, seguida de otra cosa que tardé en clasificar porque no aparece a menudo en mi oficio: ganas de que llegara el jueves.
El hotel ya tenía mi habitación lista. La habitación tenía las mismas cortinas que todas mis habitaciones y por primera vez en seis años me pregunté quién las fabrica, quién decide que el gris verdoso es el color de la gente de paso.
Pedí la cena al servicio de habitaciones, norma uno intacta, y abrí el expediente completo del ensayo para el repaso nocturno, que es el momento del día en que mejor trabajo: sin gente, sin variables, solo yo y lo que está escrito.
Lo que está escrito me duró hasta las once. Presupuesto: correcto. Cronograma: ambicioso pero defendible. Comité ético: aprobación en regla, con un procedimiento pendiente que localicé en el anexo administrativo, sección de flecos. «Pareja de calibración: asignación pendiente de resolución.»
Leí la cláusula entera. Para validar la instrumentación —electrodos, saliva, seguimiento ocular, codificación de vídeo—, el protocolo exigía que una pareja recorriera el procedimiento completo, las treinta y seis preguntas y la sesión de mirada, antes y durante el ensayo, con sus constantes registradas y comparadas contra patrón.
Rutina de laboratorio. Cualquier estudio serio valida con personal propio.
Dos becarios harían el trámite entre risas, la instrumentación quedaría lista y el asunto ocuparía media línea en mi informe de febrero.
En mi registro de riesgos, que mantengo desde hace seis años con la disciplina de quien ha visto lo que pasa cuando no se mantiene, abrí la entrada correspondiente y escribí: «Validación de instrumentos pendiente. Riesgo: bajo».
Cené viendo la avenida. Las palmeras de noche parecían más convencidas que yo de estar donde debían.
Pensé, sin venir a cuento, en la frase del técnico sobre las maletas, y la archivé donde archivo lo que no tiene casilla, que es una carpeta mental cada año más llena y peor etiquetada.
Pensé también, durante un tiempo que no medí, en una mujer capaz de citarte de memoria la página donde vive su único error.
A las 23:40, cuando ya había apagado la luz del escritorio, el portátil emitió el sonido de los correos que no pueden esperar a mañana. Remitente: Comité de Ética de la Investigación. Asunto: ensayo REPLICA-36, procedimiento de calibración, resolución desfavorable.
Encendí la luz. Leí de pie.
El comité devolvía la propuesta de asignación.
Los becarios del proyecto no podían actuar como pareja de calibración: iban a codificar los vídeos del ensayo y debían permanecer ciegos al procedimiento.
El personal técnico tampoco: no puede validar quien ajusta los aparatos que se validan.
El comité instaba al equipo a proponer «una solución que preserve el ciego del estudio», y convocaba reunión urgente el jueves a las nueve.
Me quedé un rato mirando la palabra «solución» con la sensación desagradable de haberla visto antes en otros expedientes, siempre poco antes de que algo dejara de tenerla.
Hice la cuenta que el comité todavía no había hecho, porque hacer las cuentas antes que los demás es literalmente mi trabajo.
Personal del proyecto no cegable y no evaluable.
Resté becarios. Resté técnicos. Resté, uno a uno, todos los nombres del organigrama que colgaba de la página doce.
Quedaban dos nombres. Los miré como se miran los saldos que no cuadran, con la esperanza breve y poco profesional de haber sumado mal. Volví a hacer la resta. La aritmética, que no tiene sentido del humor, insistió.
Quedaban dos.
Abrí el registro de riesgos, busqué la entrada de las 23:00 y la miré durante un minuto entero sin tocarla. «Riesgo: bajo». La caligrafía era mía; la confianza, de un hombre dos horas más joven que yo.
No la corregí. Todavía no había nada que corregir. Apagué la luz, me acosté con la disciplina de siempre y me dormí tarde, cosa que no me pasaba desde hacía seis años y que decidí, con la última lucidez del día, no consignar en ninguna parte.