La hipótesis del amor
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Capítulo 1 — Resultado nulo
Las gafas de seguridad me las dejé puestas. En una videollamada con un comité europeo no protegen de nada, y precisamente por eso.
—Jefa, que es por Zoom —dijo Aisha desde la puerta, señalándose los ojos—. Que no te va a salpicar Bruselas.
—Nunca se sabe con Bruselas.
—Doctora Ferrán —abrió la presidenta, una sueca de gesto amable y currículum aterrador—. Tiene usted veinte minutos. Sorpréndanos.
—Me temo que vengo a lo contrario.
Eso les gustó. A los comités les gusta la humildad hasta que descubren que va en serio.
Lo que les conté cabe en una frase y me ha costado nueve años poder pronunciarla: quiero dirigir la mayor replicación jamás financiada del famoso protocolo de las treinta y seis preguntas para enamorarse, y quiero hacerla tan perfecta, tan blindada, tan imposible de discutir, que el resultado —sea el que sea— cierre el asunto para siempre.
Doscientas parejas. Fisiología continua.
Análisis preinscrito hasta la última coma, para que ni yo misma pueda hacer trampas cuando los números lleguen.
—¿Y usted qué espera encontrar? —preguntó el vocal alemán, que llevaba toda la presentación tomando notas con un lápiz que no soltaba ni para beber agua.
—Nada.
Dejé que la palabra se quedara un momento sola en el audio.
—Espero un resultado nulo —dije—. Limpio, potente, definitivo. El protocolo no fabrica vínculo por encima del azar. Eso es lo que espero, eso es lo que la literatura seria sugiere y eso es lo que estoy dispuesta a que los datos me discutan.
Hay gente que pronuncia «resultado nulo» con la boca pequeña, como quien confiesa una avería.
Yo lo digo como se dicen las cosas importantes.
Un cero bien medido es la frase más honesta que existe: no te quiere convencer de nada, no te vende nada, no te pide que creas.
Solo se queda ahí, exacto, mirándote. En este oficio he aprendido a desconfiar de todo lo que seduce y a quedarme con lo que resiste, y no pienso examinar en voz alta qué dice eso de mí.
La sueca consultó algo fuera de cámara.
—Su historial la avala, doctora. El estudio del café caliente, ¿verdad? Aquello fue… sonado.
Aquello fue mi doctorado convertido en demolición pública, si vamos a llamar a las cosas por su nombre.
Un hallazgo célebre —sujetar una bebida caliente te hace juzgar más cálido a un desconocido—, veinte años de manuales, charlas multitudinarias, un autor convertido en gurú.
Yo solo hice lo que nadie había querido hacer con calma: repetirlo bien.
Tres mil participantes, doble ciego, tazas idénticas.
El efecto se quedó en nada, en un intervalo de confianza tan estrecho que se podía usar de regla.
El gurú me llamó «contable de la ciencia» en una entrevista.
Un periodista me llamó «la forense» en otra, y ese sí acertó, porque los apodos buenos son los que te molestan y te describen a la vez: yo llego cuando el cuerpo del hallazgo ya está frío y determino de qué murió.
Casi siempre muere de lo mismo. De que nunca estuvo vivo.
—Fue una replicación —dije—. Sonado fue el original.
El alemán apuntó algo. Quintana sonrió a destiempo, con ese talento suyo para llegar tarde incluso a los gestos. Y durante quince minutos más fue, sinceramente, la mejor reunión de mi vida. El del lápiz probó suerte por el flanco clásico:
—Doscientas parejas parecen muchas, doctora, pero con la variabilidad esperable en las respuestas fisiológicas, ¿no se queda corta para detectar un efecto pequeño?
—Página catorce del anexo —dije—. Encontrará la simulación completa: con doscientas parejas y seis sesiones por pareja detecto un efecto de la mitad del tamaño que reivindicaba el estudio original, con un 95% de probabilidad.
Si el amor existe en ese cuestionario, señor Weiss, lo veré.
Si no lo veo, es que pesa menos que mi margen de error.
—¿Y si el efecto fuera aún menor?
—Entonces les propongo que discutamos si merece dos millones de euros un fenómeno que necesita un microscopio.
Alguien silenció una risa fuera de plano.
El lápiz, por primera vez en toda la mañana, se quedó quieto.
Defendí el presupuesto partida a partida, incluidos los ochocientos euros de saliva artificial que Quintana leyó dos veces en voz alta como si fueran un chiste que no acababa de pillar, y cuando la presidenta anunció que la evaluación era favorable, me permití girar el bolígrafo del moño exactamente una vuelta, que es mi versión de descorchar champán.
—Con una condición —añadió.
Debí figurarme que la palabra «favorable» venía con letra pequeña. Todo lo europeo viene con letra pequeña; es su manera de querernos.
—La magnitud del proyecto y su… visibilidad mediática previsible —leyó— aconsejan supervisión metodológica externa. La Fundación designará un auditor independiente con presencia continuada en su centro durante la totalidad del ensayo. Acceso completo a datos crudos, protocolos e instalaciones.
Lo repito para que se aprecie: presencia continuada. Totalidad. Acceso completo.
—Disculpen —dije con mi voz de disculparme, que es la misma con la que no me disculpo—.
El diseño ya incluye preinscripción pública, datos en abierto y un plan de análisis que no puedo tocar ni yo.
Es el estudio más vigilado de Europa antes de empezar.
¿Qué añade exactamente un auditor presencial, aparte de una silla ocupada?
—Confianza —dijo Quintana, estrenándose en la conversación con la única palabra que no se puede rebatir sin parecer culpable.
Argumenté. Argumenté bien, además, que es lo insultante.
Propuse auditorías trimestrales remotas, un comité de seguimiento, hasta cámaras en el laboratorio, y a cada alternativa la presidenta respondía con la misma cortesía inflexible de quien ya ha firmado el acta.
La condición no era negociable porque no era técnica.
Era política: la Fundación iba a poner dos millones de euros en un estudio sobre el amor y necesitaba poder decir, cuando la prensa llamara, que había un adulto vigilando.
—Bienvenida al programa, doctora Ferrán —cerró la sueca—. Recibirá hoy mismo la documentación.
Las ventanitas se apagaron una a una y me quedé mirando mi propio reflejo en la pantalla negra, con las gafas de seguridad puestas, como una idiota protegida contra nada.
Victoria: 9 sobre 10. Sensación de victoria: 5. La discrepancia entre ambas cifras quedó debidamente registrada.
En el laboratorio, la noticia buena corrió más deprisa que la mala, porque Aisha había estado escuchando «casualmente» desde el despacho de al lado y tiene el criterio editorial de un telediario: primero los millones, luego los muertos.
—¡Financiado! —gritó, y hubo aplausos, y Tono salió de la sala de instrumentación limpiándose las manos con un trapo, que en su idioma equivale a un abrazo.
—¿Y lo de la carabina? —preguntó cuando le llegó la parte de los muertos—. ¿Mos van a posar un vigilant?
—Un auditor metodológico independiente.
—Això. Una carabina.
Le expliqué a mi equipo lo que aquello implicaba con el tono neutro de los partes oficiales: una persona ajena, en nuestra casa, durante meses, con derecho a mirarlo todo y a firmar informes sobre lo mirado.
Aisha opinó que sería un tío con corbata que confunde el cortisol con el colesterol.
Tono opinó que mientras no le tocara los amplificadores, por él como si dormía en el almacén.
Yo opiné poco, porque estaba ocupada en distinguir dos cosas que se me habían mezclado en el estómago, y separar variables es literalmente mi trabajo.
Una era rabia limpia, de la buena, de la que se puede usar.
La otra tardé en identificarla porque hacía tiempo que no la veía: era la sensación exacta de cuando el tribunal de mi tesis me pidió «un enfoque menos agresivo», es decir, la sospecha de que a una le ponen escolta no por lo que pueda robar sino por lo que pueda encontrar.
A las nueve de la noche seguía en el despacho.
Había revisado la grabación de la reunión —las grabo todas; la memoria es un instrumento sin calibrar— y había comprobado dos cosas.
La primera, que mi defensa del presupuesto fue impecable.
La segunda, que al oír la palabra «auditor» tardé un segundo y medio en contestar, y que ese segundo y medio, en una persona que responde a todo lo demás en menos de uno, es la clase de anomalía que yo señalaría con rotulador si la encontrara en el vídeo de cualquier otro.
La señalé. No la interpreté. Hay un orden para las cosas.
Estaba en eso cuando llamó mi madre. Mi madre llama siempre a las nueve porque es la hora en que la mercería ya está cerrada, la cena aún no está lista y mi padre ocupa la cocina entera con la solemnidad de un pontífice.
—¿Molesto, filla?
—Estoy trabajando, mamá.
—Entonces no molesto —concluyó, instalándose—. Cuéntame.
Le conté la parte contable: dos millones, doscientas parejas, cinco años de trabajo asegurado.
Mi madre celebra mis éxitos con un entusiasmo total y una comprensión aproximada, un poco como se aplaude la ópera en idioma extranjero.
De fondo se oía el aceite en la sartén y a mi padre diciendo algo que no era para nosotras.
—Vicent, que dice la xiqueta que le han dado los millones. —Pausa—. Que los millones no son para ella, que son para las máquinas. —Pausa—. Dice tu padre que enhorabuena y que si comes.
—Como, mamá.
—Eso dices. —El aceite subió de volumen y ella bajó la voz, en confianza—: ¿Y este estudio tuyo de qué va, al final? Me lo explicó Merche, de oírtelo a ti, y no me lo creo.
—Va de comprobar si un cuestionario famoso puede fabricar enamoramiento. Spoiler: no puede.
—¿Y para saber que no hacen falta dos millones?
Me reí, y me molestó lo rápido que me reí, porque llevo media vida preparando respuestas para esa pregunta exactamente y todas son peores que la pregunta.
—Para saberlo seguro, sí.
—Ay. —Lo dijo con su suspiro de mercera, el que usa igual para un cliente que devuelve cremalleras que para los telediarios—. Seguro, dice. Ni tu padre y yo sabemos seguro por qué funcionamos, y mira que llevamos años con el experimento.
Ahí estaba. La frase la dijo como quien pasa un plumero, sin segunda intención, y por eso mismo se quedó donde se quedan las cosas dichas sin intención.
Treinta y cinco años. Ella charlatana y él callado, ella de números y él de fuego lento, sin una sola afición compartida, sin variables comunes que ningún modelo decente aceptaría, y sin embargo, cada noche, ese hombre le aparta las espinas del pescado a esa mujer antes de servirle el plato, y esa mujer le guarda a ese hombre la parte del periódico que él finge que no lee.
Yo he construido una carrera entera sobre la idea de que lo que no se puede explicar no se puede afirmar.
Y ceno en casa de una afirmación inexplicable cada domingo.
—¿Y tú qué, xiqueta? —preguntó entonces, con la puntería de siempre—. De lo tuyo. ¿Alguna novedad?
—Mamá, la sartén.
—La sartén la lleva tu padre desde el 91. Contesta.
—Mi novedad son doscientas parejas y un auditor que me manda Europa para vigilarme. Con eso tengo la agenda sentimental completa.
—Un auditor —repitió, catando la palabra—. ¿Y cómo es?
—Pues como todos los problemas: llega mañana.
Se despidió con las instrucciones de siempre, cenar caliente y llamar a mi tía por su santo, y colgó para ir a discutir con mi padre la cantidad correcta de pimentón, una polémica que mantienen viva desde antes de que yo naciera y que ninguno de los dos desea ganar.
El despacho se quedó en ese silencio de edificio vacío en el que los fluorescentes parecen pensar.
Abrí la libreta para cerrar el día como Dios manda: financiación conseguida, condición aceptada bajo protesta, inicio de reclutamiento en dos semanas.
La letra me salió pequeña y ordenada, como siempre, y al terminar la lista quedó un renglón libre que estuve a punto de dejar en blanco.
Escribí: «Objeción real a la auditoría: pendiente de identificar».
Porque esa es la clase de honestidad que practico cuando nadie mira: la rabia era limpia, sí, pero no cuadraba del todo con su causa declarada, y un residuo sin explicar es un error esperando apellido.
Que un organismo proteja su inversión es razonable.
Que a mí me revisen lo que ya enseño voluntariamente no me quita nada.
Y aun así había pasado el día entero con la mandíbula apretada, defendiendo mi casa de un ataque que todavía no se había producido, contra una persona a la que todavía no conocía.
El correo de la Fundación entró a las 21:47, con ese instinto que tienen los correos para llegar cuando una ya ha guardado la libreta.
Asunto: DESIGNACIÓN AUDITOR EXTERNO — ENSAYO REPLICA-36.
El señor Quintana escribía los asuntos en mayúsculas, deduje, para ahorrarse el esfuerzo de que el contenido gritara solo.
El cuerpo del mensaje tenía cuatro líneas de fórmulas administrativas y un adjunto.
La designación recaía en un tal M. Estellés Bou, doctor en estadística, auditor sénior del programa, con —cito— «amplia experiencia en ensayos de alta visibilidad».
No abrí el currículum. Era tarde, era lunes y hay un límite diario para la cantidad de futuro que estoy dispuesta a estudiar.
Sí leí, en cambio, la última línea, la única que Quintana había redactado como un ser humano:
«El doctor Estellés se incorporará mañana a las 9:00. Le agradecemos que le facilite el acceso a todo.»
A todo.
Apagué el ordenador, recogí las gafas de seguridad y las guardé en el primer cajón, donde guardo lo que pienso volver a ponerme.