Capítulo 10 — Sesión CAL-3
El bloque II no se parece al bloque I.
El bloque I pregunta por la fama, por las llamadas de teléfono, por si cantas en el coche. Son preguntas con las que se puede jugar: uno contesta bien, contesta ingenioso, gasta los cuatro minutos y sale de la sala habiendo entregado exactamente lo que quería entregar.
El bloque II no juega. El bloque II se sienta enfrente y espera.
Lo sé porque me lo leí entero en enero, en un tren, con la cara de quien lee un cuestionario. Enero fue hace tres semanas y un hombre distinto.
—«Si una bola de cristal pudiera decirle la verdad sobre usted mismo, su vida, su futuro o cualquier otra cosa, ¿qué querría saber?»
Empezó ella.
—Depende. ¿La bola tiene intervalo de confianza?
—Doctora.
—Es una pregunta seria. Una bola de cristal que da una respuesta puntual, sin incertidumbre, no es una bola de cristal: es un oráculo. Y los oráculos han hecho más daño que las guerras, porque una guerra al menos se ve venir.
Dos minutos y veinte discutiéndole el diseño experimental a una bola de cristal. Es una manera de gastar una pregunta que no había presenciado en catorce años de oficio.
Y entonces, en el segundo ciento cuarenta y uno, contestó.
—Querría saber si me estoy perdiendo algo.
Se calló. Le quedaba un minuto y treinta y nueve y se lo comió entero, con las manos quietas encima de las rodillas.
Mi turno.
—Una bola de cristal que dice la verdad sobre el futuro destruye el futuro. En cuanto la consultas, la respuesta entra en el sistema como una variable más y deja de ser cierta. Es un problema clásico de reflexividad y no tiene solución conocida.
—Eso no es una respuesta.
—Es una objeción metodológica.
—Es una respuesta, doctor. Lo que pasa es que no se ha dado cuenta de qué ha contestado.
Tenía razón. Tardé cuatro meses en verlo.
Acababa de decirle, en un laboratorio público, con electrodos, ante cuatro cámaras, que preguntar estropea las cosas.
—«¿Cuál es el mayor logro de su vida?»
—Treinta y una auditorías cerradas sin una sola objeción posterior. Ni una impugnación, ni una revisión, ni un comité.
—Eso no es un logro. Eso es un currículum.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. —Ferrán ni se movió—. Un logro es una cosa que le pasó al mundo por culpa de usted. Su currículum es una lista de cosas que no pasaron.
Tres minutos y once segundos.
Los pasé enteros buscando una cosa que le hubiera pasado al mundo por culpa mía.
Encontré una.
No la dije.
No la dije porque decir cuál es el mayor logro de tu vida obliga a decir cuándo fue, y decir cuándo fue obliga a decir cuánto tiempo hace.
Hace seis años.
Seis años es mucho tiempo para que a un hombre no le pase nada más.
Su turno.
—El estudio del café. 2019. Tres mil participantes, doble ciego, tazas idénticas, ocho meses de trabajo de campo. Demostré que un hallazgo con veinte años de manuales encima y cuatro charlas multitudinarias no existía. Nunca había existido.
—Entonces eso tampoco es un logro. Por su propia definición. Al mundo no le pasó nada por culpa suya: usted le quitó una cosa al mundo.
Silencio.
—Sí —dijo—. Bueno. Alguien tiene que recoger.
Ahí ya no me reí.
Las tres siguientes fueron un descenso, y a un descenso no se le hace comentario.
La de si sabiendo que vas a morir dentro de un año cambiarías algo de cómo vives: los dos dijimos que no, los dos en menos de cinco segundos, y los dos nos quedamos casi cuatro minutos escuchando lo que acabábamos de decir.
La de cómo de unida y cálida es tu familia: ella habló tres minutos y veinte y salieron cuatro personas, su padre, su madre, una abuela muerta y una tal Merche que resulta que no es de la familia y que sale igual.
Yo dije «suficiente».
«Suficiente» es una palabra que hace un trabajo enorme por muy poco dinero. Significa que hay bastante y que no hace falta más, sirve igual para una ración de arroz que para una infancia, y en las dos acepciones es lo que contesta la gente que no piensa añadir nada.
Me sobraron tres minutos y cuarenta y ocho. No los llené. Es la primera pregunta de las dieciocho que no he llenado.
Ella no dijo nada. Otra vez.
Empiezo a entender que la mujer que lleva nueve años metiendo la mano en los agujeros ajenos ha decidido, con conocimiento de causa y sin consultarme, no meterla en el mío.
No sé si eso es un regalo o es exactamente lo contrario.
En mi oficio, cuando alguien deja de mirarte, no es porque le des igual. Es porque ya ha decidido.
La de si cambiarías algo de cómo te criaron: ella dijo que le habría gustado que le explicaran las cosas. Yo dije que no cambiaría nada, que es rigurosamente cierto y que es, además, lo que dice todo el mundo cuando no piensa desarrollarlo.
—«¿Cuál es su recuerdo más preciado?»
Me tocaba.
—Marzo de 2020. Zaragoza. Un ensayo pediátrico pequeño, de hospital, sin dinero y sin prensa. Sesenta y un niños. Me mandaron a auditarles el análisis porque el resultado había salido negativo y el promotor quería saber por qué antes de cerrar la carpeta.
Ferrán no se movió.
—Encontré un error de codificación. Uno. En la variable de respuesta: dos categorías invertidas en el volcado. Tardé nueve días en encontrarlo y las nueve noches las pasé convencido de que ahí no había nada y de que el fármaco no servía.
—Y servía.
—Corregido el volcado, el ensayo salía positivo. Llevaba once meses funcionando y no lo sabía nadie porque dos columnas estaban del revés. Se aprobó en 2021. Lo toman unos cuatro mil niños al año en Europa.
Dos minutos y cuarenta.
—Ese es mi recuerdo. No el fármaco: la tarde del noveno día.
Un despacho prestado, en un hospital de Zaragoza, con la calefacción rota, a las seis y media, cuando vi las dos columnas y entendí lo que significaban.
Tenía veintiocho años. Estaba solo. No se lo conté a nadie hasta el día siguiente.
Me quedé ahí sentado, con el abrigo puesto, como un imbécil, pensando: mira, esto es para lo que sirve mirar bien.
Y me callé.
Me sobraban dos minutos y once segundos y me los comí enteros, porque el relato estaba cojo y yo lo sabía mejor que nadie.
Un hombre le cuenta a otra persona la mejor tarde de su vida. Le da la ciudad, el mes, la hora, la calefacción rota y el número de niños. Y termina en marzo de 2020.
Y son las nueve y media de la mañana de un martes de febrero de 2026.
Y no dice absolutamente nada de los seis años que hay en medio.
Yo he auditado a trescientas personas. Cuando un relato se para en seco en una fecha, la fecha no es el final del relato. Es el borde del agujero.
Ella lo vio. Yo la vi verlo.
Ferrán tiene una cosa que hace cuando encuentra algo: se queda muy quieta. No se inclina hacia delante, como la gente. Se queda quieta, que es lo que hacen los que cazan de verdad.
Se quedó quieta dos segundos.
Y no preguntó.
Yo llevaba minuto y medio armándome. Tenía tres respuestas preparadas, escalonadas según lo que ella apretara: la primera es técnica, la segunda es honesta a medias y la tercera no la he usado nunca con nadie.
No apretó.
Se comió mis dos minutos y once segundos conmigo, en silencio, mirándome, sin pedirme nada. Y las tres respuestas se me quedaron dentro.
Las tres respuestas dentro pesan bastante más que fuera. Es una cosa que aprendí aquel martes y que ya no he sabido desaprender.
Para que conste: prefiero que me interroguen.
Su turno. La misma pregunta.
—Domingo 12 de noviembre de 2006. Yo tenía trece años. Había niebla, que en el Cabanyal es raro; niebla de la que se come el mar. Nueve grados, que en Valencia es una catástrofe nacional.
Empezó así. Con la fecha, el municipio y la temperatura.
—La mercería estaba cerrada. Mi madre había bajado a hacer el inventario de temporada, que es una cosa que hace en noviembre y que odia con toda su alma.
Yo bajé a ayudar y me pusieron a contar botones.
Caja 14. Botones de nácar. Llevan en esa tienda desde antes de que yo naciera y siguen ahí, porque el nácar no se vende y mi madre no lo tira.
Un minuto y diez.
—Y en un momento, sin que hubiera pasado nada, sin motivo, mi padre le tendió la mano a mi madre y bailaron.
Silencio.
—No sonaba nada. No había radio. La radio de la mercería se rompió en 2003 y no la han cambiado nunca. No sonaba nada de nada, ni de la calle: era domingo y había niebla. Bailaron un minuto largo, entre las cajas, con la persiana bajada, a las once de la mañana.
Dos minutos y cuarenta.
—Y luego mi madre dijo «venga, va» y siguieron con el inventario.
Le quedaban dos minutos.
—Ese es mi recuerdo. No lo he contado nunca. Se lo cuento a usted porque me lo ha preguntado un cronómetro.
Es la cosa más desnuda que he oído decir a nadie en voz alta, y la dijo con la fecha, la temperatura y el número de la caja.
Y ahí entendí una cosa que llevaba tres semanas analizando mal.
Yo creía que Ferrán cuenta las cosas con datos para protegerse de ellas. Eso pensaba. Es un análisis de aficionado y me da vergüenza haberlo firmado.
Las cuenta con datos porque es la única manera que tiene de que sean verdad. Un recuerdo sin fecha, sin temperatura y sin número de caja, para ella, no está probado.
Y lo que no está probado no se puede querer.
Por eso la caja 14. Por eso los nueve grados. No es manía de científica ni es frialdad ni es ninguna de las tonterías que yo llevaba tres semanas apuntando en un cuaderno. Es una mujer construyendo un expediente para poder creerse una cosa que le pasó cuando tenía trece años.
Y hay una parte del expediente que no cuadra, y esta la vi al momento, porque llevo catorce años viendo lo que no cuadra: aquella mañana había tres personas en la mercería y ella solo describe a dos.
Otra vez.
En su recuerdo más preciado, la niña que cuenta botones no aparece. Aparecen la niebla, la temperatura, la persiana, la caja, el padre, la madre y un minuto largo de baile sin música. La niña que estaba ahí, a dos metros, con trece años y las manos llenas de nácar, mirándolo, no se menciona.
Es su recuerdo. Y no está dentro.
Me tocaba la pregunta obvia. La que se cae sola. La que hace cualquiera: ¿y usted qué hizo mientras bailaban?
No la hice.
No por delicadeza. Que quede claro, porque es lo único de este capítulo de lo que no me avergüenzo: no la hice porque no había nada que preguntar.
Es el primer relato completo que he escuchado en esa sala.
No tenía borde.
Aisha no dijo nada al terminar. Ni «todo correcto», ni «bonita línea base», ni la ventana de cortisol.
Giró el monitor.
Dos líneas. La azul arriba, la gris debajo.
No hace falta saber estadística para leer eso. No hace falta ni saber leer. Son dos líneas que van cada una a lo suyo durante veinte minutos y que a partir del minuto veintiuno hacen otra cosa.
Se buscan.
Es la palabra. No me la publicaría ninguna revista del mundo y es la palabra.
Los tres nos quedamos mirando la pantalla.
Y aquí es donde un auditor tiene una función. No es una metáfora, es un puesto de trabajo con un sueldo y un procedimiento escrito: cuando el equipo del ensayo se queda mirando una pantalla en silencio, el auditor externo habla. Para eso me pagan. Es literalmente lo único que hago.
Abrí la boca.
—Instrumentación —dijo Ferrán.
—Claro —dijo Aisha.
Y apagó el monitor.
Cuatro segundos. Tres personas con formación científica, en un laboratorio público, con la cosa delante en una pantalla de veinticuatro pulgadas, poniéndose de acuerdo en cuatro segundos sin haberlo hablado jamás.
Nadie miente mejor que un equipo entero a la vez. Un mentiroso solo tiene que sostener su mentira. Un equipo se la sostiene mutuamente, y encima cada uno se queda tranquilo pensando que el único que miente es él.
Salimos a las once.
Ferrán llevaba la tablet, la libreta, dos vasos de café y el abrigo colgado del brazo, y cuando le sonó el móvil hizo lo que hace cualquiera con las manos ocupadas: le dio al altavoz con el codo, encima de la mesa.
—¿Sí?
—Filla. —La voz llenó el pasillo entero—. ¿Está el auditor ahí?
Ferrán se quedó quieta. Ya he explicado lo que significa que Ferrán se quede quieta.
—Mamá.
—Que si está.
—Mamá, estás en...
—Buenos días, señor Estellés —dijo la voz—. El domingo hay paella. A las dos. Que le he dicho a Vicent que usted come.
Ferrán llegó al móvil.
Llegó tarde, que es una cosa que a ella no le pasa nunca y a mí me pasa siempre.
—Mamá, el doctor Estellés no puede...
—El domingo hay paella —repitió la voz, con la serenidad de quien ya ha ganado— y él no ha dicho que no.
Y colgó.
Nos quedamos los dos en el pasillo, con el móvil boca arriba encima de la mesa y la pantalla ya apagada.
—Doctor. Usted no tiene ninguna obligación de...
—Norma número uno —dije.
—¿Perdón?
—Nada. Una cosa mía.
Se me quedó mirando dos segundos. Luego recogió la tablet, la libreta, el abrigo y los dos vasos de café, y se fue por el pasillo sin decir nada más.
A los cuatro pasos, sin volverse:
—A las dos. Calle Escalante. Traiga usted el pan, que es lo único que dejan traer.