PRÓLOGO
Tenía trece años cuando descubrí lo que la muerte significaba de verdad.
Se llamaba Maddox. El compañero de armas de mi padre. El soldado más apuesto que había visto en mi vida.
Una noche, sonó el teléfono. Bajé sigilosamente hasta la mitad de la escalera, conteniendo la respiración, escuchando cómo la voz de mi padre se volvía ronca y áspera.
—Muerto en combate —susurró—. Maddox se ha ido. KIA.
Las letras sonaban afiladas, como disparos. No las entendía. No del todo. Pero entendía el peso que cargaban los hombros de mi padre, cómo se tapó los ojos con la mano, el silencio que inundó nuestra casa.
Mi madre se acercó a él, lo abrazó, y me vio en la escalera. —Vete a la cama, Isla —dijo con dulzura.
Pero no dormí.
En vez de eso, abrí mi diario.
Querido diario:
Estoy muy triste esta noche. Uno de los compañeros de papá ha muerto.
Maddox. Era el hombre más apuesto: alto, fuerte, vestido con su uniforme el día que vino a casa.
El corazón me latía con fuerza con solo mirarlo.
Y ahora ya no está. No puedo dejar de llorar.
Espero que, allá donde vayan los soldados, él pueda verme cuando miro al cielo.
Solo era una niña enamorada, llorando por un hombre al que apenas conocía. Pero fue la primera vez que la muerte rozó mi vida. Y dejó una huella que jamás olvidaría.