EPÍLOGO
SIENA
El sol portugués me calienta los hombros, el Atlántico rompe contra el acantilado con un ritmo que parece respirar conmigo.
En algún lugar detrás de mí, en nuestra pequeña cocina de piedra, Rylan anda liado con un cuchillo de carnicero y un coco testarudo que compró en el mercado: un capricho ridículo que, según él, era «por la nostalgia».
Sonrío cuando sale con las mangas de la camisa arremangadas y dos vasos desparejos en las manos, llenos de agua de coco dulce con hielo.
—Señora Creed —dice mientras me entrega el mío, con los ojos llenos de esa calidez que nunca pensé que volvería a sentir.
Doy un sorbo, despacio, saboreando el frío. —Señorita Creed para ti —corrijo con suavidad.
Su sonrisa se ensancha.
Bajo la mirada al anillo: oro que envuelve una bala gastada y atrapa la luz del sol. Mi mente vuelve a las rocas, al viento que me enredaba el pelo mientras él me lo deslizaba en el dedo y me decía que no era solo un anillo. Era un voto. Uno que cumpliría, pasara lo que pasara.
Hemos cumplido esa promesa. Contra el sindicato. Contra Carrow. Contra la sombra del apellido Moretti.
Mi padre está lejos ahora, con un nombre nuevo, viviendo una vida tranquila que le organizaron personas que le deben favores a Rylan. Hablamos a veces, con cuidado, las voces suavizadas por la distancia y el alivio. Está a salvo. Libre. Y yo también.
¿El legado de los Moretti? Ardió con los hombres que intentaron usarlo contra mí. Lo que queda es mío, para cargarlo o dejarlo atrás.
Reed ha tomado el mando en Creed Security, saliendo al campo mientras Rylan y yo trabajamos desde el cuartel general.
No es una jubilación. Ni de lejos. Es una nueva fase: entrenar a la siguiente generación de operativos, diseñar estrategias, decidir adónde enviar a la gente cuando llega la llamada.
Seremos los cerebros detrás de la lucha en lugar del músculo en primera línea.
Doy otro trago, el agua de coco dulce en la lengua, y dejo el vaso sobre el muro desgastado junto a mí. El horizonte se extiende, infinito y abierto, ya no es algo hacia lo que escapar ni de lo que huir.
—Me gusta este lugar —digo.
La mano de Rylan se posa cálida sobre la mía. —Me encanta tenerte aquí, conmigo.
Y así, sin más, con el mar a nuestros pies y el sol a nuestras espaldas, el pasado queda atrás. El futuro es nuestro.
Nos volvemos hacia el horizonte, con los dedos entrelazados, viendo el último rayo de sol hundirse en el mar: dos personas que han luchado con uñas y dientes para llegar hasta aquí, y que afrontarán juntas lo que venga. Siempre.
Fin