SIENA #5
Siena viene a veces. Observa a través de las puertas de cristal.
Se le suaviza la mirada cuando las chicas conectan un golpe limpio o cuando aparto a alguien para corregirle la postura en lugar de gritar.
No dice mucho después, solo desliza la mano en la mía de camino a casa, como si fuera lo más natural del mundo.
No lo es.
Pero me gusta igual.
Esta noche termino una sesión sobre las siete.
El aire huele a sal y a azahar de limonero.
Me limpio el sudor de la mandíbula y me echo la bolsa al hombro.
El camino de vuelta a la villa es lento.
Paso junto a un grupo de turistas con las narices quemadas por el sol, que ríen demasiado alto.
Una pareja discute en francés cerca de la tienda de vinos.
El viento sopla desde el acantilado y trae el aroma de pescado a la brasa y pan recién hecho.
Normal.
Demasiado normal.
El tipo de normalidad que me escama.
Hay un hombre sentado en el banco frente al mercado.
Lleva una camisa de lino color canela, gafas de aviador, mocasines impecables.
Lee un periódico, pero no de verdad. Noto sus ojos sobre mí al pasar.
No se inmuta cuando miro hacia atrás. Solo inclina la cabeza ligeramente, como si asintiera al ritmo de una canción conocida.
Sigo caminando.
No reacciono.
No acelero el paso.
No toco el cuchillo de la bota.
Media manzana después, me meto por una calle lateral y vuelvo por el otro extremo. Para cuando llego al banco, ya no está. El periódico doblado con cuidado. Ni rastro de adónde fue.
Me quedo ahí un momento de más.
Se me aprieta el estómago.
Escaneo los tejados, reviso los callejones. Nada. Podría ser una coincidencia. Podría ser alguien siguiéndome la pista. Podría ser un fantasma del pasado. Pero no se lo diré. Todavía no. No hasta que esté seguro.
De vuelta en la villa, ella está junto a la isla de la cocina, descalza, cortando tomates. Lleva la camisa anudada a la cintura, suelta sobre los pantalones cortos. El pelo revuelto por el viento, y una mancha de harina en la clavícula.
—Llegas tarde —dice sin levantar la vista.
Dejo la bolsa del gimnasio junto a la puerta.
—Me entretuve.
—¿Te entretuviste o te siguieron?
Lo dice con ligereza. Casi bromeando. Pero me clava la mirada.
—Solo un paseo lento.
Asiente. No insiste. Eso me gusta de ella. Siempre me ha gustado.
Comemos en el balcón. Pasta con aceite de oliva y los tomates que cortó. Sirve vino. No brindamos. Nunca lo hacemos. Los brindis tienen algo de definitivo. Hablamos de cómo las estrellas se ven distintas aquí, del olor a orégano en el jardín del vecino, de cómo ha quedado el pan.
Normal.
Demasiado normal.
Más tarde, mientras se cepilla los dientes en el pequeño baño junto a nuestra habitación, voy al cajón de la mesilla.
Busco la caja. No es de terciopelo. Negra mate, pequeña.
Dentro, el anillo tiene su peso. El casquillo es de aquella noche.
El oro lo sacó de contrabando alguien que me debía un favor. No es bonito. No es tradicional.
Pero somos nosotros.
Crudo. Cicatrizado. Sin pulir.
Cierro la caja y la deslizo en el bolsillo de los vaqueros.
Sale del baño con los ojos somnolientos, la boca rosada. Se mete en la cama y se acurruca a mi lado como si fuera el único lugar donde pertenece.
—¿Estás bien? —murmura.
—Sí.
Miento.
Porque no puedo quitarme de encima al hombre del banco.
No puedo quitarme el hormigueo en la nuca, como si nos estuvieran observando.
Tararea y apoya la mano en mi pecho. Sus dedos trazan la cicatriz cerca de las costillas. La que ella misma cosió. La que casi me mata.
Nos quedamos dormidos así. Su respiración acompasada. Mis ojos bien abiertos.
A la mañana siguiente, me despierto temprano.
Corro ocho kilómetros por el sendero del acantilado antes del amanecer. El mundo está en calma. Algunos pescadores ya están en sus barcas. Apenas sopla el viento. Me arden los pulmones, y eso me gusta.
De vuelta en la villa, me ducho rápido. Siena todavía duerme, desparramada en la cama, con la cara medio enterrada en la almohada. Da una patada y aparta la manta de la pierna, y me quedo un segundo mirándola.
Sigue aquí.
Sigue respirando.
Me pongo una camisa oscura y vaqueros, me guardo la caja en el bolsillo otra vez y dejo una nota en la encimera.
Necesito despejarme. Vuelvo pronto. No quemes la casa.
—Milo
Pondrá los ojos en blanco cuando la vea. Seguro que luego me tira algo. Pero necesito comprobar una cosa.
El periódico que leía el hombre. Local. Recuerdo el titular. Voy a la tienda de la esquina cerca del puerto y compro un ejemplar. El mismo periódico. Reviso la última página.
Nada marcado.
Ningún mensaje.
Nada fuera de lo normal.
Pero sigo sintiendo ese peso.
Quizá sea paranoia.
Quizá no.
Camino hacia el barrio bajo, donde los cafés empiezan a llenarse de turistas. Pido un café solo y me siento en la mesa del rincón, observando. La espalda contra la pared. La mano cerca de la cintura. Nadie mira demasiado rato. Nadie me sigue. El hombre no está aquí.
Pero una mujer dos mesas más allá me observa. Luego aparta la mirada demasiado rápido.
Y cuando paso junto a ella al salir, veo la pantalla de su móvil.
Una foto.
Borrosa. Pero soy yo.
No dejo que me vea reaccionar. Sigo caminando. Cinco manzanas más arriba, tomo el callejón detrás de la vieja capilla y vuelvo a la villa por el camino largo. Solo para asegurarme.
Siena está despierta cuando llego. Descalza, yendo y viniendo con una taza de café en la mano. La nota ya no está.
—¿Estás bien? —pregunta.
Asiento. Voy hacia ella. La atraigo hacia mí.
Y digo:
—Tenemos que salir a caminar.
No pregunta por qué. Solo me sigue.
Bajamos por el sendero hasta las rocas donde el acantilado se quiebra contra el agua. No hay nadie. Solo el océano, vasto y brutal. Un lugar capaz de tragárselo todo sin pestañear.
Busco su mano.
Me la da.
La miro, de verdad la miro: el pelo azotado por el viento, la boca en calma paciente. Y lo sé.
Es el momento.
Nos sentamos en las rocas, bastante lejos del borde para no tener que preocuparme de que resbale, pero lo bastante cerca para que la espuma del mar nos salpique la cara cada vez que rompe una ola.
El sol va subiendo, rayos dorados atravesando nubes pálidas.
Se abraza las rodillas y apoya la barbilla en ellas, mirando el agua como si esta intentara decirle algo.
—Sé lo que estás haciendo —dice en voz baja.
No respondo.
Gira la cabeza.
—Llevas esa cara toda la mañana.
—¿Qué cara?
—La que tienes antes de una pelea. O antes de algo importante. Esa tensión en la mandíbula. —Se inclina y me da un toquecito en la mejilla—. Justo aquí.
Le cojo la mano y la detengo.
—A lo mejor solo estoy pensando.
—Ajá —dice—. Pensando en cómo decir algo sin meter la pata. Ese es tu estilo.
No se equivoca.
Pero no quiero que esto suene a informe de misión o a jugada estratégica. Esto no tiene nada que ver con la guerra. Ni con la venganza. Ni con la sangre.
Esto va de ella.
De nosotros.
Meto la mano en el bolsillo y saco la pequeña caja negra. Sin preámbulos. Sin discursos. La sostengo un instante antes de abrirla.
Parpadea.
Luego entreabre los labios, apenas.
—¿Lo has hecho tú? —pregunta.
Asiento.
—El casquillo es de una bala de aquella noche. El oro, de un cargamento que enterré hace seis años, cuando aún pensaba que nunca lo usaría.
No toca el anillo. Solo lo mira fijamente.
—No planeaba pedírtelo —digo—. No así. No aquí. Pensé que si salíamos con vida, nos tomaríamos un tiempo. Buscaríamos algo de paz. Quizás simplemente desapareceríamos.
Levanta la mirada.
—Pero no hemos desaparecido, Siena. Seguimos aquí. Respirando. Hablando. Tú has vuelto a escribir. Yo estoy dando clases. Y no hay un solo segundo que me parezca completo si no estás tú.
Se queda callada mucho rato.
Demasiado.
Casi cierro la caja.
Entonces dice:
—¿Quieres casarte conmigo con un símbolo de todo lo que sobrevivimos... y aún no hemos terminado?
Ladeo la cabeza.
—Quiero casarme contigo con un trozo de lo que no nos mató.
Extiende la mano despacio. Pasa el pulgar por el anillo. No está pulido. Los bordes son algo ásperos donde el casquillo se curva alrededor del oro. Es feo para los cánones tradicionales. Pero nos representa. Un poco estropeado. Un poco reciclado. Todavía afilado donde importa.
—Odias el matrimonio —susurra.
—Odio las jaulas —digo—. Esto no es una jaula.
—¿Y crees que podemos vivir aquí para siempre, sin más? ¿Con nombres prestados y papeles falsos?
—No. Pero podemos intentarlo.
Vuelve a mirar el anillo.
Luego a mí.
—De acuerdo —dice en un susurro.
Por un segundo creo que lo he imaginado.
—¿De acuerdo?
—Sí —dice, más alto ahora—. Me casaré contigo.
No hay sonrisa. No al principio. Solo esa extraña luz en su rostro. Luego se le humedecen los ojos, y la boca se le tuerce en algo caótico y hermoso, y la atraigo hacia mi pecho antes de que pueda decir nada más.
Le deslizo el anillo en el dedo. Encaja. Por los pelos.
Lo levanta, ladea la cabeza.
—Pesa.
Le hundo la boca en el pelo.
—Nosotros también.
Nos quedamos así un rato. Dejando que el silencio nos envuelva. Dejando que el viento se lo lleve. El cielo se abre más. Una gaviota pasa por encima. En algún lugar debajo de nosotros, la marea tira con más fuerza, subiendo hacia los acantilados.
Se aparta.
—¿Se lo decimos a Reed?
—Con el tiempo.
—¿Y al resto del mundo?
Niego con la cabeza.
—Que sigan pensando que hemos desaparecido.
Se ríe, una risa ligera y ronca.
—Solo quieres librarte de organizar una boda.
Le beso el hombro.
—Y tanto.
Se apoya en mí. Nos quedamos allí un rato. El peso de todo lo que hemos cargado por fin empieza a aligerarse.
Pero nada es simple para siempre.
Volvemos caminando despacio, de la mano. No dejo de revisar el entorno. Sin perseguidores. Sin sombras. Aun así, no puedo bajar la guardia. Ya he visto la paz antes. Justo antes de que suene el siguiente disparo.