La hija prohibida del Don (Los protectores prohibidos) SIENA
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SIENA

Las paredes son de hormigón. Sin alisar ni pintar, solo losas grises en bruto forradas de estanterías con suministros y equipo que harían llorar a cualquier survivalista.

Me despierto en el catre del rincón, con las costillas doloridas y vendajes apretados alrededor del costado.

El aire es frío pero inmóvil, y la única luz viene del tenue resplandor de los fluorescentes del techo, que a veces zumban como si estuvieran pensando en apagarse pero aún no se hubieran decidido.

Rylan no está aquí.

No me entra el pánico.

No porque no me importe. Sino porque lo conozco.

No me dejaría sola aquí abajo sin asegurarse de que estoy a salvo.

Seguramente subió a la superficie a revisar las cámaras, quizá a arreglar el respiradero del generador.

Siempre está haciendo algo. Moviéndose. Preparándose para el próximo ataque, que puede que no llegue, pero lo más probable es que sí.

Me incorporo despacio. La cabeza me palpita. Mi cuerpo todavía no se siente mío. Está magullado y arde de dolor. Pero aun así balanceo las piernas sobre el borde. Apoyo los pies descalzos en el suelo frío. Respiro hondo para controlar el mareo que me nubla la vista.

El silencio aquí abajo resulta antinatural. Como si el mundo estuviera en pausa.

Cruzo la habitación, paso junto al catre en el que él suele dormir —aunque es raro que no lo compartamos—, y encuentro el armario de acero cerca del rincón del fondo.

Está entreabierto. No mucho, solo lo suficiente para ver el borde de una carpeta, el sello rojo CLASIFICADO sangrando en la luz tenue.

No debería.

Pero lo hago.

La carpeta de arriba está etiquetada con fechas. Años apilados en la esquina. Ubicaciones. Unidades. Una firma. La suya.

La saco, rozando con los dedos el sello en relieve que la marca como restringida. Inteligencia militar. Nivel de autorización: defensa.

Dentro: fotos.

Cuerpos. Escombros. Capturas de vigilancia.

Algunos rostros los reconozco. Viejos aliados de la familia.

Antiguos enemigos. Políticos que de repente se «retiraron» tras escándalos de corrupción.

Algunos hombres de los Moretti. Uno en el que no he pensado en años: Arturo Delisanti.

Mi padre me dijo una vez que murió de un infarto en Nápoles.

No fue así.

Rylan lo mató en Viena. Con un cuchillo. De cerca.

Hay notas. Cronologías. Algunos márgenes garabateados a toda prisa que me revuelven el estómago cuando me doy cuenta de cuánto tiempo lleva cazándonos. No solo a mí. A mi padre. A mis primos. A los socios. Cuanto más profundizo, más veo lo calculado que ha sido todo esto.

Me siento sobre los talones.

Esto ya no es venganza.

Es obsesión.

Una guerra que sigue librando mucho después de que el resto del mundo olvidara que empezó.

Abro otra carpeta. Esta es más fina. Hay una memoria USB pegada a la cubierta interior. Sin etiqueta.

Echo un vistazo alrededor —sigo sola—, luego cojo el pequeño portátil satelital que guarda cerca del catre, lo conecto y abro el único archivo de la unidad.

Es audio.

Le doy a reproducir.

Nada durante tres segundos. Luego:

—Aquí el teniente Rylan Creed, Compañía Echo, hora: veintidós cero cero, 18 de octubre...

Su voz suena más joven. Más áspera. Menos controlada. Hay dolor en ella, tensado entre cada respiración, como si estuviera conteniendo algo enorme y afilado.

—Misión fallida. Equipo comprometido. Tres KIA confirmados. Dos desaparecidos, presumiblemente capturados. Extracción imposible. Bajas civiles... demasiadas para contarlas.

Una pausa. Luego una exhalación baja y gutural.

—Nos tendieron una trampa. Alguien de dentro. Nunca tuvimos oportunidad. Uno de mis hombres murió intentando avisarme. El resto... los oigo cuando duermo.

Me quedo helada.

Su voz tiembla.

—Hago una promesa, aquí y ahora. Quienquiera que diera la orden, quienquiera que aceptara el pago, quienquiera que nos dejara pudrirnos: voy a quemar todo tu imperio. Ladrillo a maldito ladrillo.

Le doy a pausa.

La habitación vuelve a quedar demasiado silenciosa.

Grabó esto después de que lo abandonaran. Después de que aniquilaran a su equipo y lo obligaran a arrastrarse fuera de la selva con las costillas rotas y una bala en la pierna. Después de que enterrara a sus hombres y empezara a convertirse en la versión de sí mismo que conocí.

Me quedo ahí sentada durante mucho tiempo.

Luego cierro el portátil.

No lloro. Ya no sé cómo hacerlo. Pero siento algo pesado bajo las costillas, como una grieta que empieza a abrirse en piedra vieja. Nunca me contó esto. Nunca me explicó todo lo que pesaba. Pero vive dentro de él igual que yo cargo con mis propios fantasmas.

Él y yo estamos hechos de la misma violencia.

La misma podredumbre.

El mismo fuego.

La escotilla cruje desde arriba. Oigo botas en peldaños de metal. Luego, él.

Parece cansado. El pelo revuelto por el viento. Una mancha de algo en la mandíbula. Probablemente ceniza o aceite. Su mirada cae sobre mí, luego se desplaza al portátil abierto, a la memoria USB en mi mano.

No habla.

Yo tampoco.

Me levanto.

Camino hacia él.

Le pongo la memoria en la mano.

—No debería haberla abierto —digo.

Me estudia.

—Pero lo hiciste.

—Ahora lo entiendo.

—No —dice en voz baja—. No lo entiendes.

—Sí, Rylan.

Se apoya contra la pared. El metal gime bajo su peso.

—¿Crees que eso explica por qué no puedo dormir? ¿Por qué guardo armas debajo de la cama? ¿Por qué no dejo que nadie se quede lo suficiente como para importarme?

Asiento una vez.

Él exhala. Un suspiro largo. Cansado.

—No creo en el amor —le digo, con voz débil—. Nunca he creído. Pensaba que la gente que hablaba de eso tenía problemas mentales. Como si... deliraran.

Algo cambia en su expresión.

Me doy la vuelta antes de que pueda ver demasiado.

—Quizá debería hacerme un chequeo —murmuro—. Ver a un psiquiatra o algo así.

No se ríe. No dice nada de inmediato. Solo se queda ahí, observándome como si estuviera calibrando si hablo en serio o solo intento disipar la tensión.

Me dirijo al fregadero. Hay un dispensador de jabón para platos, una taza de hojalata boca abajo junto al escurridor y una pila de barritas de proteínas amontonadas en la esquina, como si alguien hubiera renunciado a fingir que disfruta de la comida de verdad.

Abro el armario, saco una olla, la lleno con agua de la jarra filtrada y enciendo el pequeño hornillo de gas que él instaló en la esquina. Hace clic dos veces y prende.

—¿Tienes hambre? —pregunto sin volverme.

—No —dice.

Pero tras una pausa, añade:

—Podría comer.

Así que empiezo a hervir agua. Abro uno de esos paquetes de comida deshidratada y echo algo que se hace llamar pasta, aunque parece más bien cartón empolvado. Sabrá a sal y arrepentimiento, pero estará caliente. Y a veces el calor basta.

Detrás de mí, lo oigo moverse. El crujido de la chaqueta al quitársela. Un gruñido al sentarse en el borde del catre. Sus botas golpean el suelo una tras otra.

Remuevo la olla y echo un vistazo por encima del hombro.

Está inclinado hacia delante, los antebrazos sobre las rodillas, la cabeza gacha, como si intentara decidir si levantarse o quedarse donde está. Como si moverse demasiado rápido fuera a quebrarlo todo.

—¿De dónde sacaste esa grabación? —pregunto.

No levanta la vista.

—La hice con una conexión satelital prestada. Me llevó horas conseguir una línea clara. Pensé que, si moría, alguien debería saberlo.

—¿Por qué conservarla?

—No lo sé.

Saco dos cuencos desportillados, reparto la comida entre ellos y le llevo el suyo.

Al principio no lo coge. Solo lo mira fijamente. Luego lo acepta con un gracias en voz baja.

Nos sentamos en extremos opuestos de la habitación.

No es propio de nosotros. Normalmente orbitamos más cerca. Incluso cuando discutimos. Incluso cuando estamos enfadados o nos tocamos por despecho. Pero esta noche todo parece más frágil. Más suave. Como si nos equilibráramos sobre algo que podría romperse.

—Solía pensar que nunca me cansaría del poder —digo—. Que sería suficiente.

—¿Y ahora?

—Ahora solo me gustaría comer algo que no venga en una bolsa de aluminio.

Esboza una sonrisa.

Picoteo la comida. Es terrible. Pero está caliente.

Come en silencio.

Levanto la vista.

—¿Y ahora qué?

—Dímelo tú.

—Volví, ¿no?

Levanta la mirada. Sus ojos parecen más oscuros con esta luz. Menos contenidos.

—Anoche. En Manhattan —digo—. No iba a disculparme.

—No pensé que fueras a hacerlo.

—Solo necesitaba estar cerca de ti. Todavía lo necesito. Y lo odio.

—Lo sé.

La forma en que lo dice —en voz baja, inquebrantable— hace que se me cierre la garganta.

—Lo decía en serio —continúo—. No creo en el amor. No creo que sea algo real. No para gente como nosotros. No cuando la supervivencia siempre ha sido la prioridad.

Deja el cuenco.

—¿Entonces cómo llamas a esto?

Niego con la cabeza.

—Algo peor.

No lo cuestiona. No intenta corregirme ni ofrecer una palabra más suave. Solo se recuesta sobre las manos y me observa como si intentara ver lo que no digo en voz alta.

—Ya no sé quién soy sin la guerra —admito.

—Yo tampoco.

—Y tengo miedo —añado—. No de morir. De no morir. De quedarme.

Inclina la cabeza.

—¿Conmigo?

Asiento.

No se mueve durante un rato.

Luego, suavemente:

—Bien.

Tardo un segundo en darme cuenta de que no se está burlando de mí. No está presionando. Solo lo acepta. Me acepta a mí.

Termino de comer y llevo el cuenco al fregadero. El agua todavía está tibia. Lo enjuago y lo dejo a un lado, luego me vuelvo y me apoyo en la encimera.

Rylan está tumbado en el catre, un brazo doblado bajo la cabeza. Observándome.

Me seco las manos con una toalla y me acerco.

—Debería dejarte descansar —digo.

—No lo harás.

Me siento a su lado de todos modos. Se mueve, haciéndome sitio.

—¿Crees que volverán? —pregunto.

—Ya lo intentaron dos veces. A la tercera, usarán algo más que fuego.

—¿Por eso seguimos aquí?

—En parte.

—¿Y la otra parte?

No responde.

Pero su mano asciende lenta y deliberada por mi muslo.

El catre cruje cuando me acerco a él, con las rodillas rozándole el costado.

Sus dedos se deslizan bajo el dobladillo de mi camisa y se detienen justo debajo de mis costillas, como si esperara que me apartase.

No lo hago. Lo observo: cómo se le tensa la mandíbula, el calor que empieza a acumularse en su mirada.

—Todavía me duele —susurro.

—Tendré cuidado —dice con voz baja, ronca.

Entonces se incorpora y me besa.

No es suave. Tampoco cruel. Es otra cosa: hambriento. Como si hubiera contenido el aliento desde que me fui y ahora por fin lo soltara en mi boca. Me abro a él, dejo que su lengua se deslice contra la mía mientras le rodeo la nuca con una mano para mantenerlo cerca.

Gime cuando me acomodo en su regazo, deslizándome sobre él despacio, con un cuidado casi doloroso.

Mis muslos lo encierran. Sus manos me sujetan la cintura, anclándome.

Mi camisa desaparece en un solo movimiento.

Se incorpora, con la boca en mi clavícula, luego más abajo, besando cada centímetro como si quisiera memorizar lo que casi ardió.

Echo la cabeza hacia atrás mientras sus palmas se deslizan por mis costados. Todo se tensa. Todo tiembla.

Bajo la mano y lo libero de la cinturilla. Respiro entrecortadamente, con la piel enrojecida. Maldice contra mi cuello mientras una mano se desliza entre mis piernas. Jadeo cuando me toca, ya húmeda, ya palpitante.

—Estás empapada —murmura, como si no pudiera creerlo.

Le muerdo el hombro.

—Te he echado de menos.

Gime de nuevo y nos cambia de posición, guiándose hacia mi entrada. Me hundo lentamente, con cuidado, ahogando el grito que se me queda en la garganta.

Nos movemos así: desesperados, lentos, sin aliento.

El aire huele a calor, a sal, a algo salvaje.

Mi cuerpo se mece contra el suyo sin pensar.

Sus manos permanecen en mis caderas, manteniéndome firme, ayudándome a cabalgarlo con embestidas largas y deliberadas que me hacen encoger los dedos de los pies.

Cuando me hago añicos, es con el rostro hundido en su cuello, su nombre en mis labios.

Su clímax llega con una maldición y un estremecimiento que le recorre todo el cuerpo y sacude el catre bajo nosotros.

Después, me desplomo contra él.

Sus manos no me sueltan.

Y yo tampoco lo suelto a él.

Pero la quietud no dura.

Un pitido agudo rompe el silencio del búnker: una alerta de movimiento.

El brazo de Rylan se tensa a mi alrededor.

—Alguien ha activado un sensor. Perímetro norte.

En segundos está de pie, de vuelta al modo misión mientras se pone los pantalones y comprueba el monitor.

—¿Qué pasa? —pregunto. El corazón me late desbocado, pero ahora por otra razón.

—Dos hombres. Sin insignias. Justo en el límite del bosque. Uno de ellos es Matteo Scalia.

Se me hiela la sangre.

—El ejecutor de Vittorio.

Asiente.

—Ya no se molesta en ser sutil. Lo que significa que se está envalentonando.

—¿Por qué ahora?

—Porque tu padre ha desaparecido. No te presentaste a matarme. El imperio está expuesto, y Vittorio quiere hacerse con él antes de que otro pueda reclamarlo.

Respiro hondo.

—Quiere terminar lo que el fuego empezó.

—Exactamente —dice Rylan—. La guerra de tu padre conmigo ya no importa. Eso era una misión. Esto es algo más grande.

Introduce un cargador nuevo.

—Vittorio no solo quiere tomar el control: quiere borrar todo el linaje Moretti. Tú. Tu padre. Cualquiera que pueda alzarse contra él.

—¿Y qué hacemos?

Me mira.

—Se acabaron las esperas.

Asiento con la mandíbula tensa.

Esto ya no va solo de venganza.

Ahora es todo o nada.